Cartas escogidas de J.R.R. Tolkien
Del
trabajo de Humphrey Carpenter,
Selección, edición electrónica
y comentarios de
Luis
Unsain Alcarohtar Cuthalion
10. La Odisea Del Silmarillion Pág. 214
He aquí un pequeño
compendio de cartas del profesor Tolkien en
las que dan datos sobre personajes, lenguas y lugares de su obra. Se trata
de Cartas escritas a amigos alumnos, etc. Y fueron extraídas de la obra “Cartas
de Tolkien” de Humphrey Carpenter.
Trataremos de
ordenarlas temáticamente, para tratar de reflejar el pensamiento de Tolkien
sobre algunos temas que interesan a los lectores de su obra en todo el mundo;
sacrificando, en algunos casos, el orden temporal y en otros, partes de las
carta que no hacen al tema en particular; pudiendo aparecer la misma carta
en dos temas distintos. Respecto a las notas al pie de página, se han conservado
las más importantes, que en su mayoría son del propio Tolkien, y se han agregado
algunas de mi cosecha, solamente con la intención de aclarar algunos puntos.
Los comentarios
iniciales de cada tema, son sólo introductorios. Se han conservado los comentarios
iniciales de cada carta, escritos por Carpenter
En primer lugar pongo a consideración dos de las cartas que creo son centrales para comprender la obra del profesor. La primera porque se trata de un resumen del mundo de la Tierra Media. La segunda porque refleja, íntegramente, el pensamiento del Tolkien sobre el contenido de su obra.
1) Tolkien consideraba
al Silmarillion como parte de una misma historia a la del Señor de los Anillos,
porque era la mitología que contenía y daba sentido histórico a lo sucedido
a finales de la Tercera Edad. Los editores consideraron, en un primer momento,
que la publicación de las dos obras era técnica y financieramente imposible
de publicar; escudados en la excusa de ser demasiado “Céltica”; y el Profesor
empezó gestiones para publicarla con otra editorial.
[1]
Después
que Allen & Unwin, presionados a decidirse, declinaron de mala gana publicar
El Señor de los Anillos junto
con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman, de Collins, publicaría
ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su empresa. En la
primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar la composición
tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por los
frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. A fines de 1951
no se había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins
empezaba a inquietarse por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente,
fue por sugerencia de Waldman que Tolkien escribió la carta siguiente -cuyo
texto cabal abarca unas diez mil palabras- con la intención de demostrar que
El Señor de los Anillos y El Silmarillion eran interdependientes e indivisibles. La
carta, que le interesó tanto a Waldman que hizo hacer una copia a máquina
de ella (véase el final de N° 137), no está fechada, pero probablemente se
escribió a finales de 1951.
Mi estimado
Milton:
Me pide
un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo imaginario.
Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas
palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez
desean expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere
decir (según él lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He
de infligirle algo de lo mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido,
que es (quizá) todo lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad.
En orden
de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo; aunque
no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no
recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos
niños inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué
a ello desde que empecé a escribir.
Pero
nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado
especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado
en teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de
lenguas (en general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas
que en inglés llamo equívocamente Elves
[2]
[Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más completas,
cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos diferentes
de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un origen
común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres
que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia,
una consistencia de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la
nomenclatura, o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones
comparables. No todos considerarán esto tan importante como yo, pues padezco
la maldición de una sensibilidad aguda para tales asuntos.
Pero
una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por
el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo
entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo
(que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando
el pensamiento y la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes
-polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados.
No soy «erudito»
[3]
en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin
embargo, porque en tales casos (en la medida en que me son conocidas) he estado
siempre buscando material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento.
Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió
la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas
con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como
ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en
lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron
profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato. Por
supuesto, se disponía y se dispone de todo el mundo arthuriano; pero, aunque
poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña,
pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar,
lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente y repetitivo.
Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión cristiana
y explícitamente la contiene.
Por razones
que no he de elaborar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de hadas,
como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos de
moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la
forma conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto,
de nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos.
Y no repetiré lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído.)
¡No se
ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces) tenía
intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las
amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio
fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene
esplendor de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente
a Inglaterra, a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba,
algo fresco y claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del
Noroeste, Bretaña y las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo,
todavía menos el Este); y aunque poseyera (si fuera capaz de lograrla) la
sutil belleza evasiva que algunos llaman céltica (aunque rara vez se la encuentra
en los verdaderos objetos célticos antiguos), debería ser «elevado», purgado
de bastedad y adecuado a la mente más adulta de una tierra ahora hace ya mucho
inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud algunos de los grandes cuentos,
y muchos los dejaría esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularían
en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para que otras mentes y manos
hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo.
Por supuesto,
un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez. Los cuentos fueron
lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida que iban presentándose,
los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de continuo interrumpido
(especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida, la mente se trasladaba
al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante, tuve siempre
la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte, no
de «inventar».
Por cierto,
concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente para mis hijos).
Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado, pues no
guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero,
por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que
tiene en sí mismo mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo
independiente; no sabía, cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental.
Pero resultó ser el medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad,
sU modo de descenso a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como
las elevadas Leyendas del comienzo, según se supone, consideran las cosas
a través de las mentes élficas, el cuento medio del Hobbit adopta virtualmente
el punto de vista humano, y el último cuento los mezcla.
Me disgusta
la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo intento
de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir
al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento,
más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto
mejor hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia.)
De cualquier modo, todo este material
[4]
trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la Máquina.
De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De la
Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o,
como yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar
parte de las satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en
nuestro mundo, está por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la
vez, se relaciona con un apasionado amor por el mundo primordial real y, por
tanto, pleno del sentido de la mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene
varias oportunidades de «Caída». Puede volverse posesivo, adherirse a las
cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador desea ser el Señor y Dios
de su creación privada. Se rebelará contra las leyes del Creador, especialmente
en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o separadas) conducirán al
deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más prontamente eficaz,
y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo toda utilización
de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades
o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con
el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades.
La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente
relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.
No he
empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos,
Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso
que hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones
del Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe
palabra para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han
sufrido de la misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos)
la diferencia. Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones
humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en
una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la
subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación. Los «Elfos»
son «inmortales», al menos en lo que a este mundo respecta; y de ahí que se
centran preferentemente en los dolores y las cargas de la inmortalidad en
el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo, en formas sucesivas, se
centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es también el Señor de
la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este espantoso mal
puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el deseo
de beneficiar al mundo y a los demás
[5]
-velozmente y de acuerdo con los propios planes del benefactor-,
que es un motivo recurrente.
Los ciclos
empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan
Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si
dijéramos, poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad
en sus esferas (de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura).
Son «divinos», es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de»
la creación del mundo. Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen
del drama cosmogónico, que percibieron al principio como drama (es decir,
como percibimos una historia hecha por algún otro) y luego como «realidad».
Desde el punto de vista de la mera narración, por supuesto, esto tiene por
fin procurar seres del mismo orden de belleza, poder y majestad que los «dioses»
de la más alta mitología, que puede todavía ser aceptada... bueno, diremos
sin mucho acierto por una mente que cree en la Santísima Trinidad.
La narración
avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o el Silmarillion
propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto,
transfigurado de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales
encarnadas de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento
del Drama de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno
de los «dioses» individuales e incompleto aunque el conocimiento del panteón
entero se amalgamara. Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección
al mal provocado por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo
con fineza de detalle) no lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza
de los Hijos de Dios eran los dos principales secretos. Todo lo que los dioses
sabían era que vendrían en el momento designado. Los Hijos de Dios, pues,
están primordialmente relacionados y emparentados, y primordialmente son diferentes.
Dado que también son algo del todo «otros» que los dioses, en cuya hechura
éstos no tuvieron parte alguna, son objeto del deseo y el amor especiales
de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos, y los Seguidores,
los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del
mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección,
durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata»,
sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles
camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida
de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad,
la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero
es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado
por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los
Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.
Como
digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares
que conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés
no son los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera
inevitable: después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia,
se constituirá de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos
como tales, y no meramente transfigurados o parcialmente representados como
Elfos, Enanos, Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos
tardíamente, y aunque van cobrando mayor importancia, no son los principales.
En la
cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir. Aunque,
por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano.
Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas,
pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos
ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos
encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que
sólo pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas
verdades y modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber
ningún «cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca
de la caída-, cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos
y las tenemos.
Así pues,
prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia» pueda
volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas,
no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho
después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo,
cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.)
El cuerpo principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho,
trata de la caída de los más dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor
(una especie de Paraíso, el hogar de los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada
en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento, desde largo tiempo bajo la
égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder del Mal todavía visiblemente
encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos se entretejen todos
de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli («radiación
de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de los Elfos se
simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli eran
algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz
de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro.
[6]
Éstos recibieron la muerte por acción maliciosa del Enemigo,
y Valinor quedó a oscuras, aunque de ellos, antes de morir por completo, derivan
las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí una pronunciada diferencia entre
estas leyendas y la mayor parte de las demás, pues el Sol no constituye un
símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la «luz del Sol» -el mundo
bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y fuente de una dislocada
visión imperfecta.)
Pero
el principal artífice de entre los Elfos (Feanor) había encerrado la Luz de
Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran
mancillados o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas.
La caída de los Elfos se produce por la actitud posesiva de Feanor y sus hijos
en relación con estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en
su Corona de Hierro y las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de
Feanor hacen un voto terrible y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera,
aun contra los dioses, que clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli.
Pervierten a la mayor parte de sus parientes, que se rebelan contra los dioses,
abandonan el paraíso y parten a una guerra sin esperanzas contra el Enemigo.
El primer fruto de su caída es la guerra en el Paraíso, la matanza de Elfos
por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos sus posteriores heroísmos,
generando traiciones y malogrando todas las victorias. El Silmarillion
es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo,
que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen
varios cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el
final del Mundo Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas
son recobradas (por la final intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente
perdidas por los Elfos: una en el mar, otra en las profundidades de la tierra
y la última para convertirse en una estrella del cielo. Este legendarium acaba
con una visión del fin del mundo, su rotura y reconstrucción y la recuperación
de los Silmarilli y la «luz antes del Sol», después de una batalla final que,
supongo, más debe a la visión escandinava de Ragnarök, que a ninguna otra
cosa, aunque no se parece mucho a ella.
A medida
que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a los cuentos
y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son «Hombres
buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo
rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente
y entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres
que aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres,
cuyos capitanes se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto
de los Hombres con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores,
y un tema recurrente es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora)
hay una partícula de «sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el
arte y la poesía de los Hombres dependen en gran parte de ella o es ella la
que las modifica.
[7]
Hay así dos matrimonios de mortales con elfos, que se unen
posteriormente en la parentela de Earendil, representada por Elrond, el Medio
Elfo que aparece en todas las historias, aun en El Hobbit. La principal
de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente tratadas
es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo. Aquí encontramos,
entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante entre
los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo»,
a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por
los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia
de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda
otra sabiduría, salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los
Hijos de Dios en el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen
éxito (con ayuda de Lúthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la
nobleza élfica) allí donde los ejércitos y los guerreros habían fracasado:
penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la
Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lúthien y se lleva a cabo
el primer matrimonio entre mortales e inmortales.
Como
tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según
creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del
entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su
plena significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación
del Silmaril, una suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos
de Féanor se vuelve operativo, y el deseo de la obtención del Silmaril lleva
a la ruina a todos los reinos de los Elfos.
Hay otras
historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes, y,
sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin,
el cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin
es el héroe: figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo
de relaciones, aunque no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de
Sigurd el Volsung, Edipo y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin:
la principal fortaleza élfica. Y el cuento, o cuentos, de Earendil
el Errabundo.
[8]
Resulta importante como la persona que lleva el Silmarillion
a su culminación y que, con su descendencia, proporciona los principales eslabones
con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes. Su función,
como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es hallar un camino
en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador, persuadirlos
de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad por ellos
y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee
todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de
Earendil es destruida por los hijos de Feanor. Pero esto procura la solución:
Elwing, arrojándose al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Earendil,
y con el poder de la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido.
El precio que deben pagar por ello es que nunca más se les permite volver
o vivir otra vez entre los Elfos o los Hombres. Los dioses entonces se ponen
en movimiento otra vez, y un gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del
Enemigo es destruida; y él mismo [es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío,
para que jamás vuelva a aparecer allí en forma encarnada. Los dos Silmarils
restantes son recuperadas de la Corona de Hierro, sólo para volver a perderlas
otra vez. Los dos últimos hijos de Feanor, obligados por su voto, las roban
y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar y a los fosos de
la tierra. El barco de Earendil, adornado con la última Silmaril, se lanza
a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan
El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad.
El próximo
ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la Tierra
una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia.
En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas
y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos
enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó
severamente que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar
permanentemente en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa,
a la vista del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó
por su valor y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles
habitar «al extremo oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis»
de Númenóre
[9]
Los dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado
o el don de la mortalidad concedido por Dios, pero los númenóreanos disfrutan
de una larga vida. Se hicieron a la vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron
un gran reino de marineros en lo más lejano que alcanza la vista desde Eressëa
(pero no de Valinor). La mayor parte de los Altos Elfos volvieron también
al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados con los númenóreanos
permanecen en la tierra no lejos de las costas del Mar. Algunos de los Exiliados
no han de regresar o demoran su regreso (porque el camino hacia el oeste está
siempre abierto para los inmortales y en los Puertos Grises los barcos están
permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco los Orcos (trasgos)
y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido del todo destruidos.
Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera
Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente
del Enemigo, de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se
arrepiente atemorizado cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo,
pero al final no hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los
dioses. Se demora en la Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando
por buenos motivos: la reorganización y rehabilitación de las ruinas de la
Tierra Media, «olvidada por los dioses», en la reencarnación del Mal y en
una criatura que anhela el Completo Poder, y, por tanto, se consume por siempre
jamás en un odio feroz (especialmente por los dioses y los Elfos). A lo largo
del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra crece en el Este de la Tierra
Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se multiplican a medida que
los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales son, pues, los
Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron en un nuevo
Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenór-Atlantis. Se los trata
analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y
la Caída de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit
y su continuación.
En el
primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error» de los
Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de
los consejos recibidos, todavía entristecidos en
[10]
las tierras mortales de sus antiguas hazañas heroicas.
Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo. Querían la paz,
la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer, sin embargo,
en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima del de los
Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban en
el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua»,
el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el
sol). Se volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra
de un anticuario, y sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento;
aunque también conservaron el antiguo motivo de su especie, el adorno de la
tierra y la curación de sus heridas. Oímos de un reino demorado más o menos
en el extremo Noroeste de lo que quedaba de las antiguas tierras de El
Silmarillion, bajo Gilgalad; y de otros asentamientos, como Imladris (Rivendell),
cerca de Elrond; y uno muy grande en Eregion, al pie occidental de las Montañas
Nubladas, junto a las Minas de Moria, el mayor reino de los Enanos durante
la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió una amistad entre los pueblos
por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos), y la herrería alcanzó
su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon a Sauron. En
aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía buenas, y sus motivos
y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de las tierras
desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose los unos
a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como
Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación
a intentar hacer un paraíso separado e independiente. Gilgalad rechazó todas
estas proposiciones y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron
grandes obras, y nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la
«magia» y las maquinarias. Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron
los Anillos de Poder («poder» es una palabra ominosa y siniestra en
todos estos cuentos, salvo cuando se aplica a los dioses).
El principal
poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la velocidad
del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la
preservación de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más
o menos el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del
poseedor, acercándose así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse
y volverse malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes
más directamente derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando
arroja una sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit),
tales como volver invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas
del mundo invisible.
Los Elfos
de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo casi
exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la
belleza: no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo,
en su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente,
que contenía los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien
lo llevara podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores,
controlar todo lo que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo.
No contaba, sin embargo, con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos.
En el momento en que él dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y
de sus propósitos secretos, y tuvieron miedo. Escondieron los Tres Anillos,
de modo que ni siquiera Sauron descubriera nunca dónde estaban, y permanecieron
sin mácula. A los otros trataron de destruirlos.
En la
guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente
en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y
Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción
y sometimiento, se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia).
De ahí el «antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los
Anillos:
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Sauron
se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron
en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gilgalad
se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están
los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene
una especie de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendell),
en el extremo oriental de las tierras occidentales.
[11]
Pero Sauron domina todas las hordas crecientes de los Hombres
que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente, con los verdaderos
Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente desde la
gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de Fuego, esgrimiendo
el Único Anillo.
Pero
para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su
propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito
y en el cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder
en la tierra de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder
existía y estaba en «relación» con él: no quedaba «disminuido» . A no ser
que otro lo cogiera y fuera su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor
(si era lo bastante fuerte y de naturaleza heroica) podía retar a Sauron,
volverse amo de todo lo que había aprendido o hecho desde la fabricación del
Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar su lugar. Ésta era la debilidad
esencial que había introducido en su situación en el esfuerzo (en gran parte
inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer el control
de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si
el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces
se disolvería, el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un
punto de fuga y quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad
maliciosa. Pero nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no
era destructible por herrería alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía
disolverlo, salvo el inmortal fuego subterráneo en el que había sido forjado...
y era imposible aproximarse a él, pues estaba en Mordor. Además, tan grande
era el poder de deseo del Anillo, que cualquiera que lo llevara puesto quedaba
dominado por él; estaba más allá de la fuerza de cualquier voluntad (aun la
suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no tenerlo en cuenta. Así lo creía.
De cualquier modo, estaba en su dedo.
Así pues,
mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una maligna teocracia
(pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la Tierra Media.
En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada
en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que
los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque
ignorantes. La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho,
por los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en
un simple estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.
Entretanto,
Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de
grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil,
hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre
(o el Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico
no sólo de la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la
leyenda (concebido plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera
Edad, una Edad Crepuscular, un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado
y cambiado; el último del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente
encarnados, y también el último en el que el Mal asume una única forma dominante
encarnada.
La Caída
es en parte el resultado de una debilidad
interior de los Hombres, consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin
registro en estos cuentos), sobre la que hubo arrepentimiento, pero no curación
definitiva. ¡En la tierra es más peligrosa la recompensa que el castigo! La
Caída es consecuencia de la astucia de Sauron, capaz de explotar esta debilidad.
El tema central es (inevitablemente, creo, en una historia acerca de Hombres)
una Proscripción, una Prohibición.
Los númenóreanos
moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo oriente, Eressëa;
y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica (aprendida en los días
de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos amigos y
aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en las costas
de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades
de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales,
aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años.
Esta recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados.
Su larga vida contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero
alimenta la actitud posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se
les despierta el deseo de disponer de más tiempo para disfrutar de
ellas. Previendo esto en parte, los dioses impusieron a los númenóreanos desde
un principio la Proscripción de no navegar nunca hacia Eressëa, ni hacia el
oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían ir a su gusto en cualquier
otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales» y de ese modo
enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba en contra de la ley
que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que su naturaleza,
de hecho, no podía soportar.
[12]
Hay tres
fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia
que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante largo
tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente.
Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes
hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.
En la
primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes por
mar. Como descendientes de Earendil, se convierten en supremos marineros,
y por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el
norte, el sur y el este. Sobre todo llegan a las costas occidentales de la
Tierra Media, donde ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron
e incurren en su odio imperecedero. En aquellos días llegaban al encuentro
de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras
de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de
sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepúsculo.
En la
segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la Proscripción,
empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar de
la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte
sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas
occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores
en busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de
impuestos que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número
de bienes. Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias.
Esta
fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer
[13]
4 rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado,
el más poderoso y orgulloso de todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron
había adoptado el título de Rey de Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar
al «pretencioso». Se dirige magnífico y majestuoso a la Tierra Media, y tan
vastos son sus armamentos y tan terribles son los númenóreanos en los días
de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan. El mismo Sauron
se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a Númenor como rehén
y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y conocimientos,
desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y con sus
mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del pueblo.
Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de
los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal
de los dioses es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá
en el vacío infinitos reinos para sus servidores. La proscripción es sólo
un recurso mendaz del miedo para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran
vida imperecedera y rivalicen con los Valar.
Bajo
Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su propio
templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan
su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores
de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas
se entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste;
porque allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo
amigos de los Elfos. El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está
cerca de la desembocadura del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía
beneficiosa de Númenor remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta
el reino de Gilgalad al norte, a medida que se difunde una Lengua Común.
Pero
al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion siente
que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de
Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia
el Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses,
dispuesto a arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo».
Enfrentados con esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también
con un verdadero peligro (pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían
haber llevado la ruina a la misma Valinor), los Valar deponen el poder que
se les había delegado, apelan a Dios y reciben la capacidad y el permiso para
tratar esta situación; el viejo mundo se rompe y cambia. Se abre un cisma
en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden en él. La misma Númenor, al
borde de la hendidura, se derrumba y desaparece para siempre en el abismo
con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible divina o inmortal
en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen, y sólo quedan
en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia el Oeste
si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o
al Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo
y finito, y un círculo inevitable... salvo por mediación de la muerte. Sólo
los «inmortales», los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren,
fatigados del círculo del mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto»
que lleva al antiguo o Verdadero Oeste, y permanecer allí en paz.
De modo
que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero no ha terminado
del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el
Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos),
y sus hijos Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha
mantenido apartado de la rebelión y cuyos barcos tripulados y provistos se
hallan en la costa este de Númenor, huye ante la abrumadora corriente desatada
por la ira del Oeste, y es transportado en lo alto de olas como torres que
llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y los suyos son arrojados
como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos númenóreanos de
Arnor, en el norte, cerca del reino de Gilgalad, y de Gondor, alrededor de
las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es inmortal,
a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al cabo
de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados
de Númenor.
La Segunda
Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y el
gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción
de la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un
desastroso error. Gilgalad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar
a Sauron. Isildur, hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron,
que pierde sus poderes y su espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza
a actuar. Isildur reclama el Anillo como de su propiedad, como «indemnización
por la muerte de su padre», y se niega a arrojarlo al Fuego que arde a su
lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran Río, y el Anillo se pierde sin que
nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace, y la Torre Oscura que
se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía, pero no destruida. Así
termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos y la desaparición
del último reinado de los Altos Elfos.
La Tercera
Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está en su trono,
pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos servidores,
esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras. Mordor está
vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las fronteras
de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en los
Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros
sitios. Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los
fuertes del reino númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion.
A lo lejos (en relación con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran
los países y los reinos sin cartografiar de los hombres salvajes o, malvados,
sólo iguales en el odio que sienten por el Oeste, heredado de Sauron, su amo;
pero Gondor y su poder les obstruye el camino. El Anillo se ha perdido, para
siempre según se espera; y los Tres Anillos de los Elfos, en posesión de guardianes
secretos, resultan operativos por cuanto preservan el recuerdo de la belleza
de antaño, mantienen enclaves encantados de paz donde el Tiempo parece
haberse detenido y el deterioro no avanza: una imagen de la beatitud del Verdadero
Oeste.
Pero,
en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente
se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo errante
escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur
nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur,
Gondor se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor;
luego va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una
especie de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente.
La vigilancia de Morder se debilita. La presión de los orientales y los sureños
aumenta. El linaje de Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas
Tirith («Torre de Vigilancia»), es gobernada por Mayordomos hereditarios.
Los Jinetes del Norte, los Rohirrim o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos,
se instalan en las verdes llanuras ahora despobladas que fueron otrora la
parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran bosque primitivo, el Gran Bosque
Verde, al este del curso superior del Gran Río, se proyecta una sombra que
crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios descubren que procede
de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee un castillo
secreto en el sur del Gran Bosque.
[14]
En medio
de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun para sí mismos),
[15]
pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos
civilizados que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo
vagas tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras
del Bosque Negro, huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse
en contacto con los últimos restos del Reino de Arnor.
Su principal
asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene una vida
rural ordenada y civilizada aunque sencilla, es la Comarca, originalmente
los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo; pero
el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la
memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el
año 1341 de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último
siglo) cuando Bilbo -El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».
En esa
historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la
situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se
dice de ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce.
La totalidad de la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto
en mente, y también se hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado
cabalmente en otro sitio. Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad,
altos poderes y linaje se silencian de forma moderada y no se revelan en pleno.
También hay alusiones a la historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera.
Las sombras y el mal del Bosque Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento
de hadas», procuran una de las partes más importantes de la aventura. Sólo
en un punto actúa esta «política mundial» como parte del mecanismo de la historia.
Gandalf el Mago
[16]
parte, pues ha sido llamado para atender importantes asuntos
-el intento de poner solución a la amenaza que constituye el Nigromante-,
de modo que deja al Hobbit sin ayuda o consejo en medio de su «aventura»,
obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas y volverse un héroe según
su propio estilo. (Muchos lectores han observado este punto y han supuesto
que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una continuación o en
algunos otros cuentos de este tiempo.)
El tono
y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de
que lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo
susceptible de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los
detalles de tono y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados.
Pero no querría cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del
todo corriente que no es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva
las dormidas semillas de esas cualidades) en un marco grandioso; y de hecho
(como lo observó un crítico) el tono y el estilo cambian con el desarrollo
del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la nobleza y elevación, para recaer
otra vez luego del regreso.
La Búsqueda
del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de El Hobbit,
es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental,
conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta
fundamental en estos cuentos, aunque a menudo es importante.
[17]
Pero durante el curso de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión,
aparentemente por «accidente», de un «anillo mágico» cuyo principal y único
poder inmediato evidente es volver invisible a quien lo lleva. Aunque para
este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar alguno en el plan
de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada. Al regresar
el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque inalterado
en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.
La continuación,
El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que proporcionalmente
la mejor del ciclo completo, concluye toda la narración; se intenta incluir
en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido: elfos,
enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y demonios,
los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto horror
del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de
los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento
de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final
de los Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace
cargo del Dominio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse
de los Elfos a través de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como
también la línea de realeza de Númenor. Pero así como los primeros Cuentos
son vistos a través de ojos élficos, por así decir, este último gran cuento,
bajado a tierra desde el mito y la leyenda, es visto sobre todo a través de
los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve de hecho antropocéntrico.
Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres, porque el último Cuento
ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente: el lugar
que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles
de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños, insignificantes,
olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como malvados).
Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo como
mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y
el mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente
de que sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos;
y sin lo simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo
de significado.
No es
posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos
en un párrafo o dos .... Fue empezado en 1936 y cada una de sus partes
fue reescrita muchas veces. No hay palabra casi, en sus 600.000 o más, que
no haya sido considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución
a la totalidad de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente
meditados. No digo que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable,
lo advierto, que me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no
gran valor para los demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la
han encontrado buena en su conjunto.
[18]
Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra
de manera sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el
trabajo ha sido colosal; y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal
cual está.
La
carta continúa con un resumen (sin comentarios) de la historia de El Señor
de los Anillos, al cabo
del cual, Tolkien escribe:
Éste
es un largo aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia
para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones enteras
como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales,
los Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la
«vida corriente» que mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos
y la política mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos
diversos, del todo ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más
alta de las historias de amor, la de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo
se alude a ella como a algo conocido. Se la cuenta en otro sitio en un cuento
corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el simple amor «rústico»
de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente esencial
para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para el
tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar),
las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera
belleza. Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido
en Eowyn y su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho
por enmendar las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo
«publicable» si no lo es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo)
de un punto crucial de El Hobbit por la que se clarifica el carácter
de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará reducir el capítulo
II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo; y también
simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el material
restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como
La Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas
explicaciones sobre el medio en que se desarrolla la historia, especialmente
el del Concilio de Elrond (Libro II). Pero en total apenas alcanzaría
a la eliminación de un único capítulo largo (de unas 72.).
Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.
2) El disparador de las palabras de Tolkien en el borrador de la carta que sigue, son una serie de preguntas formuladas por Peter Hastings director de una librería católica de Oxford. Las ideas centrales de la obra son expresadas en su respuesta.
Peter
Hastings, administrador de la Newman Bookshop (una librería católica de Oxford),
le escribió a Tolkien expresando su entusiasmo por El Señor
de los Anillos, pero le
preguntaba si no «se había extralimitado en cuestiones metafísicas». Daba
varios ejemplos: primero, «la afirmación de Bárbol de que el Señor Oscuro
había creado a los Trolls y a los Orcos». Hastings sugería que el mal era
incapaz de crear nada, y argüía que, aun en el caso de que pudiera crear,
sus criaturas «no podrían tener tendencia alguna al bien, ni siquiera una
muy pequeña»; mientras que, argumentaba también, uno de los Trolls de El Hobbit,
Guille, tiene un sentimiento
de piedad hacia Bilbo. También citaba la descripción que hace Baya de Oro
de Bombadil: «Él es». Hastings dijo que esto parecía implicar que Bombadil
era Dios. Sobre todo a Hastings le preocupaba la reencarnación de los Elfos,
que Tolkien le había mencionado en una conversación. Escribía de esto: «Dios
no ha utilizado ese recurso en ninguna de las creaciones de las que tenemos
conocimiento, y me parece que el hecho de que un sub-creador opere con él
como instrumento utilizable es ir más allá de la posición que le cabe, pues
al tratar las relaciones entre creador y creado, debe emplear los medios que
sabe que el Creador ha empleado ya ----- "El Anillo" es tan bueno
que es una lástima privarlo de su realidad sobrepasando los límites de la
función de un escritor». También preguntaba si la reencarnación de los Elfos
no planteaba problemas de índole práctica: «¿Qué ocurre con los descendientes
de un ser humano y un elfo que se casan?». Y, en otro plano, preguntaba cómo
Sauron, dada su extremada maldad, pudo «haber mantenido la cooperación entre
los elfos» hasta el momento en que los Anillos del Poder se forjaron.
Septiembre
de 1954
Estimado
señor Hastings:
Muchas
gracias por su larga carta. Lamento no tener el tiempo de contestarla tan
ampliamente como se merece. De cualquier modo, me ha rendido el tributo de
tomarme seriamente; aunque no puedo evitar Preguntarme si no lo ha hecho «demasiado
seriamente» o en un sentido equivocado. El cuento es, después de todo, nada
más que un cuento, una obra literaria que tiene el objetivo de producir un
efecto igualmente literario, y no una verdadera historia. Que el recurso adoptado,
el de dotar a su escenario de un aire o sentimiento histórico y (¿una ilusión
de?) tridimensionalidad, parece haber tenido buen éxito queda demostrado por
el hecho de que muchos corresponsales lo han tratado del mismo modo, de acuerdo
con sus diversos intereses o conocimientos: esto es, como si se tratara de
una información acerca de tiempos y lugares «verdaderos» que mi ignorancia
o descuido hubiera falseado a veces o descrito erradamente otras. Su economía,
ciencia, artefactos, religión y filosofía son defectuosos o, cuando menos,
sólo esbozados.
Por supuesto,
he considerado ya todos los puntos que me plantea. Pero comunicarle mis reflexiones
(en otra forma) exigiría un libro,
[19]
y toda clase de verdadera respuesta a sus más profundos
planteamientos debe esperar cuando menos hasta que tenga más material a su
disposición: el Vol. III, por ejemplo, para no mencionar las historias más
míticas de la Cosmogonía, la Primera Edad y la Segunda. Dado que todo el material,
desde el principio al fin, trata principalmente de la relación de la Creación
con la composición y la subcreación (y, subsidiariamente, con la cuestión
afín de la «mortalidad»), debe quedar en claro que las referencias a estas
cosas no son casuales, sino fundamentales: aunque puede que estén fundamentalmente
«equivocadas» desde el punto de vista de la Realidad (la realidad externa).
Pero no pueden estar equivocadas dentro de este mundo imaginario, pues así
es como ha sido hecho.
Diferimos
enteramente acerca de la naturaleza de la relación entre la subcreación y
la Creación. Yo hubiera dicho que la liberación «de los medios que el Creador
ha utilizado ya» es la función fundamental de la «subcreación», un tributo
a la infinitud de Su variedad potencial, uno de los modos en que en verdad
se exhibe, y, por cierto, así lo dije en el Ensayo. No soy un metafísico;
pero ¡me habría parecido una metafísica curiosa -no hay una sino muchas, innumerables
en potencia- la que declarase que los medios conocidos empleados (en un rincón
tan finito como aquel del que tenemos algún vislumbre) son los únicos posibles
o eficaces o quizás aceptables para Él y por Él!
Puede
que la «reencarnación» sea mala teología (eso ciertamente, mas bien
que metafísica) aplicada a la Humanidad; y mi legendarium, especialmente
la «Caída de Númenor», que corresponde inmediatamente antes que El Señor
de los Anillos, se basa en mi concepción de que los Hombres son esencialmente
mortales y no deben tratar de volverse «inmortales» carnalmente.
[20]
Pero no veo cómo aun en el Mundo Primordial un teólogo
o filósofo cualquiera, a no ser que esté mucho mejor informado acerca de la
relación del espíritu con el cuerpo que lo que nadie, según creo, sea capaz
de estarlo, pueda negar la posibilidad de la reencarnación como modo
de existencia prescrito para ciertas especies de criaturas racionales encarnadas.
Supongo
que las principales dificultades con las que me topo son, en realidad, de
índole científica y biológica, que me preocupan tanto como lo teológico y
lo metafísico (aunque a usted no parece que le conciernan tanto). Los Elfos
y los Hombres, evidentemente, constituyen una única raza desde el punto de
vista biológico; de lo contrario, no podrían aparearse y producir vástagos
fértiles, aun cuando resulte ése un acontecimiento extraño: sólo se dan dos
casos en mis leyendas de semejantes uniones, y se mezclan en los descendientes
de Eárendil.
[21]
Pero como sostienen algunos que el índice de longevidad
es una característica biológica dentro de ciertos límites de variación, no
era posible que hubiera por una parte Elfos en cierto sentido «inmortales»
-no eternos, pero que no mueren de «envejecimiento»- y por la otra Hombres
mortales, más o menos como parecen serlo ahora en el Mundo Primordial, y fueran
al mismo tiempo lo bastante afines. Podría responder que esta «biología» es
sólo una teoría, que la moderna «gerontología» o como se llame descubre que
el «envejecimiento» es más misterioso y menos claramente inevitable en los
cuerpos de estructura humana. Pero debería responder: realmente, no me importa.
Éste es un dictamen biológico dentro de mi mundo imaginario. Es sólo (hasta
ahora) un mundo incompletamente imaginado, un «elemento secundario» rudimentario;
pero si quisiera el Creador concederle Realidad (en una forma corregida) en
un plano cualquiera, habría que penetrar en él y empezar a estudiar su diversa
biología, eso es todo.
Pero
tal como son las cosas -aunque dan la impresión de habérseme escapado de las
manos, de modo que las partes parecen (a mí) más bien reveladas a través de
mí que por mí-, su propósito sigue siendo, en amplia medida, literario (y,
si el término no lo intimida, didáctico). En esta «historia» los Elfos y los
Hombres se presentan biológicamente afines, Porque los Elfos constituyen ciertos
aspectos de los Hombres y sus talentos y deseos, encarnados en mi pequeño
mundo. Tienen ciertas libertades y poderes que a nosotros nos gustaría tener,
y en ellos se exhiben la belleza, el peligro y el dolor de la posesión de
esas cosas ....
Sauron, por supuesto, en su origen no era «malvado». Era un «espíritu
corrompido por el Señor Oscuro Primordial (el Rebelde subcreativo Primordial)
Morgoth. Se le dio la oportunidad de arrepentirse cuando Morgoth fue vencido,
pero no pudo enfrentar la humillación de la retractación y pedir perdón; de
modo que su temporario vuelco al bien y la «benevolencia» terminó en una recaída
todavía mayor y se convirtió en el principal representante del Mal en edades
posteriores. Pero a principios de la Segunda Edad era aún de bello aspecto
y podía todavía asumir una forma visible hermosa, y no era en verdad del todo
malvado no, a no ser que todos los «reformadores» que se apresuran a lograr
una «reconstrucción» y una «reorganización» lo sean antes de que el orgullo
y el deseo de ejercer el poder los devore. La rama particular de los Altos
Elfos implicados, los Noldor o los Amos de la Ciencia, estaban siempre del
lado de la «ciencia y la tecnología», como nosotros las llamaríamos: querían
adquirir el conocimiento que Sauron poseía genuinamente, y los de Eregion
rechazaron las advertencias de Gilgalad y Elrond. El «deseo» particular de
los Elfos de Eregion -una «alegoría», si quiere, del amor por las maquinarias
y los recursos técnicos- está también simbolizado por la amistad especial
que mantienen con los Enanos de Moria.
No los
consideraría más malvados o necios (pero en grado considerable en el mismo
peligro) que los católicos empeñados en ciertas clases de investigación física
(por ejemplo, los que producen, aunque sólo sea como productos secundarios,
gases venenosos y explosivos): no de por sí mala, pero siendo las cosas lo
que son y considerando la naturaleza y los motivos de los amos económicos
que procuran todos los medios para su tarea, es casi del todo seguro que servirán
a un mal fin. Del cual no han de ser necesariamente culpados, aun cuando tengan
conciencia de él.
En cuanto
a otras cuestiones, creo que estoy de acuerdo sobre la de «la creación por
el mal». Pero es usted más liberal con el empleo de la palabra «creación»
que yo.
[22]
Bárbol no dice que el Señor Oscuro «creara» a los Trolls
y los Orcos. Dice que los «hizo» imitando a ciertas criaturas ya existentes.
Hay para mí un abismo entre ambas afirmaciones, tan ancho que la de Bárbol
(en mi mundo) podría posiblemente ser verdad. No es realmente verdadero
de los Orcos, que constituyen sobre todo una raza de «criaturas racionales
encaradas», aunque horriblemente corrompidas, si bien no más que muchos Hombres
con los que uno se topa hoy. Bárbol es un personaje de mi historia,
no yo; y, aunque tiene una gran memoria y cierta sabiduría terrenal, no es
uno de los Sabios, y hay muchas cosas que no sabe o no comprende. No sabe
lo que son los «magos» o de dónde vinieron (mientras que yo sí; aunque, ejerciendo
mi derecho de subcreador, me pareció mejor que la cuestión quedara en el «misterio»
en esta historia, no sin dar alguna pista para su solución). El sufrimiento
y la experiencia (y posiblemente el Anillo mismo) le dieron a Frodo mayor
comprensión; y leerá usted en el Cap. I del libro VI las palabras que dirige
a Sam: «La Sombra que los engendró sólo puede remedar, no crear: no seres
verdaderos, con vida propia. No creo que haya dado vida a los Orcos, pero
los malogró y los pervirtió». En las leyendas de los Días Antiguos se sugiere
que Diabolus subyugó y corrompió a algunos de los primeros Elfos, antes de
que hubieran oído nunca de los «dioses», para no hablar ya de Dios.
De los
Trolls no estoy seguro. Creo que son meras «imitaciones» y, por tanto (aunque
aquí, por supuesto, sólo estoy utilizando elementos de una mitología bárbara
sin metafísica «consciente»), se vuelven meras imágenes de piedra cuando no
están en la oscuridad. Pero hay otras clases de Trolls además de estos ridículos,
si bien brutales, Trolls de Piedra, para los que se sugieren otros orígenes.
Por supuesto (dado que inevitablemente mi mundo es muy imperfecto aun en su
propio plano, y no del todo coherente, nuestro Mundo Real tampoco parece
del todo coherente; y yo mismo no estoy en verdad convencido de que, aunque
en cada mundo en cada uno de sus planos todo debe estar en última instancia
sometido a la Voluntad de Dios, aun en el nuestro no haya algunas imitaciones
subcreadas «toleradas»), cuando se hace que los Trolls hablen, se les
está otorgando una capacidad que en nuestro mundo (probablemente) significa
la posesión de un «alma». Pero no estoy de acuerdo en que (si admite el elemento
del cuento de hadas) mis trolls manifiesten ningún signo de «bondad» considerados
estrictamente y sin sentimentalismos. No digo que Guille sintiera piedad
-palabra que para mí tiene valor moral y de imagen: es la Piedad de Bilbo
y más tarde de Frodo la que finalmente permite que se lleve a cabo la Misión-
y no creo, que la mostrara. No podría (si El Hobbit hubiera sido más
cuidadosamente escrito y mi mundo tan pensado hace veinte años) haber utilizado
la expresión «pobre desgraciado», como no habría llamado al troll Guille
[William]. Pero no advertí piedad alguna aun entonces, y
lo mostré claramente. La piedad debe impedir que uno haga algo inmediatamente
deseable y en apariencia ventajoso. No hay más «piedad» aquí que la que habría
en un animal depredador que bosteza u ociosamente acaricia con la pata a un
animalillo que podría servirle de presa pero que no devora porque no tiene
hambre. O, a decir verdad, en muchas de las acciones de los hombres cuyas
verdaderas raíces son la saciedad, la holganza o simplemente una natural blandura
que nada tiene de moral, aunque las dignifiquen con el nombre de «piedad».
En cuanto
a Tom Bombadil, me parece que se muestra en exceso serio además de no haber
entendido bien la cuestión. (Una vez más las Palabras utilizadas son de Baya
de Oro y de Tom, no mías como comentador). Me recuerda usted más bien a un
pariente protestante que me objetaba la costumbre católica (moderna) de llamar
padre a los sacerdotes, pues esa denominación sólo pertenecía a la Primera
Persona, citando la última Epístola del Domingo, inoportunamente pues ella
dice ex quo. Muchos otros personajes se llaman Señor; y si «en el tiempo»
Tom fue el primero, fue el Mayor en el Tiempo. Pero Baya de Oro y Tom se refieren
al misterio de los nombres. Examine y medite las palabras de Tom en
el Vol. I, pág. 185.
[23]
Quizás usted pueda concebir la relación única que mantiene
con el Creador sin un nombre, ¿no es así? Pues en semejante relación los pronombres
se convierten en nombres. Pero tan pronto como se encuentre en un mundo de
otros seres finitos con una relación similar, aunque también única y diferente,
con un Ser Primordial, ¿quién es usted? Frodo ha preguntado no «qué es Tom
Bombadil», sino «Quién es». Nosotros y él, sin duda con negligencia, confundimos
las preguntas. Baya de Oro da lo que creo la respuesta correcta. No es preciso
que entremos en las sublimidades del «Soy el que soy», que es algo muy diferente
del él es.
[24]
Añade como concesión una enunciación de parte de lo
«que» es. Es señor de un modo peculiar: no tiene miedo y ningún deseo
de posesión o dominio en absoluto. Meramente conoce y comprende las cosas
que le conciernen en su propio pequeño reino natural. Apenas juzga y, aun
en la medida en que podemos ser testigos, ni siquiera hace un esfuerzo por
modificar o eliminar el Sauce.
No creo
que sea necesario filosofar sobre Tom, y hacerlo no lo mejoraría en nada.
Pero muchos lo han considerado un elemento extraño e incluso discordante.
El hecho histórico es que lo incluí porque ya lo había «inventado» independientemente
(apareció por primera vez en la Oxford Magazine)
[25]
y quería una «aventura» en el camino. Pero lo mantuve,
y tal como era, porque representa ciertas cosas que de otro modo hubieran
quedado excluidas. No pretendo que sea una alegoría -de lo contrario no le
habría dado un nombre tan particular, individual y ridículo-, pero la «alegoría»
es el único modo de exhibir ciertas funciones: es, pues, una «alegoría» o
un ejemplar, una encarnación particular de la ciencia natural pura (real);
el espíritu que desea tener conocimiento de otras cosas, su historia y naturaleza,
porque éstas son «otra, cosa» y enteramente independientes de la mente
indagadora, un espíritu coevo de la mente racional sin el menor interés por
«hacer» nada con el conocimiento: Zoología y Botánica, no Ganadería o Agricultura.
Aun los Elfos apenas muestran esta capacidad: son primordialmente artistas.
Además, T.B. exhibe otra cualidad en su actitud en relación con el Anillo,
que no puede afectarlo. Uno debe concentrarse en alguna parte, con seguridad
relativamente pequeña, del Mundo (el Universo), sea para contar una historia,
aunque larga, o aprender algo, aunque fundamental; y, por tanto, desde ese
«punto de vista», mucho quedará excluido, distorsionado en la circunferencia,
y parecerá una rareza discordante. El poder del Anillo para todos los involucrados,
aun los Magos o Emisarios, no es una ilusión; pero no constituye el cuadro
entero, ni siquiera del estado y contenido de esa parte del Universo.
He tratado
ya la dificultad biológica del matrimonio entre Elfos y Hombres. Se produce,
por supuesto, en el «cuento de hadas» y en el folklore, aunque no todos los
casos son sostenidos por las mismas concepciones. Pero yo la he vuelto mucho
más excepcional. No veo que la «reencarnación» afecte en absoluto los problemas
que de ella resultan. Aunque la «inmortalidad» (en mi mundo sólo dentro de
la longevidad limitada de la Tierra) sí, por supuesto. Como lo perciben muchos
cuentos de hadas.
En la
historia primordial de Lúthien y Beren, a Lúthien se le permite
como absoluta excepción despojarse de la «inmortalidad» y convertirse en «mortal»;
pero cuando el Lobo-Guardián mata a Beren a las Puertas del Infierno, Lúthien
obtiene un breve respiro durante el cual los dos vuelven a la Tierra Media
«vivos», aunque no se mezclen con otras personas: una especie de leyenda de
Orfeo al revés, pero una historia de Piedad, no de Inexorabilidad. Túor se
casa con Idril, la hija de Turgon, Rey de Gondolin; y «se supone» (no se enuncia)
que, como excepción única, recibe la «inmortalidad» élfica limitada: una excepción
en uno y otro sentido. Eärendil es el hijo de Túor y el padre de Elros (Primer
Rey de Númenor) y Elrond, siendo su madre Elwing, hija de Dior, hijo de Beren
y de Lúthien: de modo que el problema del Medio-Elfo se unifica en un linaje.
La idea es que los Medio-Elfos tienen la capacidad de elección (irrevocable),
que puede demorarse, pero no permanentemente, de compartir el destino de uno
u otro progenitor. Elros eligió ser un Rey «longevo», pero mortal, de modo
que todos sus descendientes son mortales y de una raza especialmente noble,
pero con una longevidad «menguante»: así Aragorn (quien, aunque tiene una
mayor duración de vida que sus contemporáneos y dobla la de los Hombres, no
la triplica como los Númenóreanos contemporáneos originales). Elrond eligió
estar entre los Elfos. Sus hijos -con una corriente élfica renovada, pues
su madre era Celebrían, hija de Galadriel- deben hacer su elección. Arwen
no es la «reencarnación» de Lúthien (eso sería imposible dentro del margen
de esta historia mítica, pues Lúthien murió como una mortal y abandonó el
mundo del tiempo), sino una descendiente muy parecida a ella en aspecto, carácter
y destino. Cuando se casa con Aragorn (cuya historia de amor, contada en otro
sitio, no tiene importancia central aquí y sólo ocasionalmente se la menciona)
«hace la elección de Lúthien», de modo que el dolor al separarse de Elrond
es especialmente agudo. Elrond va al otro lado del Mar. El fin de sus hijos,
Elladan y Elrohir, no se cuenta: demoran su elección y permanecen por algún
tiempo.
¿De quién
es «la autoridad que decide todo esto»? Las «autoridades» inmediatas son los
Valar (los Poderes o Autoridades): los «dioses». Pero ellos son sólo espíritus
creados -de un orden angélico elevado, diríamos, con ángeles asistentes menores-
dignos de reverencia, pero no de veneración;
[26]
y aunque potencialmente «subcreadores» y residentes
de la Tierra, a la que están unidos por el amor y a cuya hechura y
ordenamiento han asistido, no pueden por propia voluntad alterar ninguna provisión
fundamental. Invocaron al Único en ocasión de la crisis de la rebelión de
Númenor -cuando los Númenóreanos intentaron tomar la Tierra Imperecedera por
la fuerza de una gran armada en su deseo de obtener la inmortalidad corpórea-,
que requirió un cambio catastrófico en la forma de la Tierra. Siendo la Inmortalidad
y la Mortalidad dones especiales de Dios a los Eruhíni (en cuya concepción
y creación los Valar no tuvieron parte alguna), debe suponerse que ninguna
alteración de especie fundamental podía ser efectuada por los Valar aun en
un caso único: los de Lúthien (y Túor) y la situación de sus descendientes
fue un acto directo de Dios. La entrada en los Hombres de la corriente élfica
representa, en verdad parte del Plan Divino para el ennoblecimiento
de la Raza Humana, desde el principio destinada a desplazar a los Elfos.
¿Hay
algún «límite para la tarea de un escritor» excepto el que le impone su propia
finitud? Ningún límite fuera de las leyes de la contradicción, diría yo. Pero,
por supuesto, son necesarias la humildad y la conciencia del peligro. Un escritor
puede ser básicamente «benevolente» de acuerdo con sus luces (como espero
serlo yo) y no ser, sin embargo, «eficiente» por causa del error y la estupidez.
Pretendería, si no lo considerara presuntuoso en alguien de tan escasa instrucción,
tener como único objetivo la dilucidación de la verdad y el aliento de la
moral adecuada en este mundo real mediante el viejo recurso de ejemplificarlas
en encarnaciones desacostumbradas que tendieran a volverlas comprensibles.
Pero, por supuesto, quizás esté equivocado (en algunos o en todos los puntos):
puede que mis verdades no sean verdaderas o estén distorsionadas; y quizás
el espejo que he construido esté oscuro y quebrado. Pero antes tendría que
estar convencido de que algo que yo haya ideado sea en realidad dañino,
per se y no sólo porque haya sido entendido erróneamente, antes de que
me retracte o reescriba nada.
Puede
hacerse un gran daño, por supuesto, mediante este potente modo de «mitología»,
especialmente en forma voluntaria. El derecho a la «libertad» del subcreador
no es garantía entre los hombres caídos de que no ha de utilizarse con tanta
maldad como lo es el Libre Albedrío. Me consuela el hecho de que algunos más
píos y más sabios que yo no han encontrado nada de dañino en este Cuento o
en sus invenciones «míticas» ....
Para
concluir: habiendo mencionado el Libre Albedrío, podría decir que en mi mito
he utilizado la «subcreación» de un modo muy especial (no igual a la «subcreación»
como término de la crítica de arte, aunque intenté demostrar alegóricamente
Cómo podría incorporarse a la Creación en algún plano en mi cuento
«purgativo» Hoja de Niggle (Dublin Review 1945)) para volver visibles
y físicos los efectos del Pecado o los abusos del Libre Albedrío por los hombres.
El Libre Albedrío es derivativo y sólo .'. operativo dentro de circunstancias
dadas; pero para que pueda existir es necesario que el Autor lo garantice,
suceda lo que suceda: especialmente cuando está «en contra de Su Voluntad»,
como lo decimos nosotros, tal como se da dentro de una perspectiva finita,
de todos modos. No detiene ni vuelve «irreales» los actos pecaminosos y sus
consecuencias. De modo que en este mito se «concibe» (legítimamente, sea ello
un rasgo del mundo real o no) que concedió poderes «subcreativos» especiales
a algunos de Sus seres creados de más alto orden: eso es garantía de que a
lo que inventaron o hicieron debe concedérsele la realidad de la Creación.
Por supuesto, dentro de ciertos límites y sometido a ciertos mandamientos
y prohibiciones. Pero si «cayeran» como cayó el Diabulos Morgoth y empezaran
a hacer cosas «para sí», éstas, pues «serían», aun cuando Morgoth quebrantó
la suprema prohibición de hacer otras criaturas racionales como los Elfos
o los Hombres. «Serían» cuando menos, realidades físicas en el mundo físico,
por malvadas que pudieran resultar, aun «imitando» a los Hijos de Dios. Serían
los más grandes Pecados de Morgoth, abusos de su más alto privilegio, y serían
criaturas engendradas por el Pecado y naturalmente malvadas. (Estuve a punto
de escribir «irredimiblemente malvadas», pero eso sería ir demasiado lejos.
Porque aceptando y tolerando su hechura -necesaria para su existencia concreta-
aun los Orcos se volverían parte del Mundo, que es de Dios y en última instancia
bueno.) Pero que tengan «alma» o «espíritu» parece una cuestión diferente;
y como en mi mito, de cualquier modo, no concibo la hechura de almas o espíritus,
criaturas del mismo orden aunque no del mismo poder que los Valar, como una
posible «delegación», he representado por lo menos a los Orcos como seres
reales preexistentes sobre los que el Señor Oscuro ha ejercido la plenitud
de su poder remodelándolos y corrompiéndolos, no haciéndolos. Que Dios lo
«tolerara» no parece peor teología que la tolerancia de la deshumanización
calculada de los Hombres que se produce hoy por obra de los tiranos. De todos
modos, podría haber otras «hechuras» que, más semejantes a títeres llenos
(sólo a cierta distancia) con la mente y la voluntad de su hacedor, o que
como hormigas, operaran de acuerdo con la dirección de una reina-centro.
Ahora
(dirá con razón) me estoy tomando en serio más todavía de lo que usted lo
hizo, y entonando un himno y pronunciando un discurso sobre un buen cuento
que, sin duda, debe su similitud a la mera artesanía. Es así. Pero las cosas
sobre las que he escrito surgen de un modo u otro de todo escrito (u obra
de arte) que no tiene el cuidado de mantenerse dentro de los límites del «hecho
observado».
El
borrador termina aquí. En la parte superior, Tolkien escribió: «Carta no enviada»,
y agregó: «Parecía estar dándome demasiada importancia».
Tolkien expresa en una carta que “(...) Soy, de hecho, un Hobbit (salvo en tamaño). Me gustan los jardines, los
árboles y las granjas no mecanizadas; fumo en pipa y me agrada la buena comida
sencilla (sin refrigerar), pero detesto la cocina francesa; me gustan los
chalecos ornamentales en estos tiempos opacados, y hasta me atrevo a llevarlos.
Me satisfacen las setas (recogidas en el campo); tengo un sentido del humor
muy simple (que aun los críticos que me aprecian encuentran fatigoso); me
acuesto tarde y me levanto tarde (cuando me es posible). No viajo mucho...” Esta “confesión” me ha impulsado
a rescatar aquellas cartas del Profesor, que nos aportan datos sobre los Hobbits que no son suficientemente
conocidos o que aclaran puntos de el prólogo de ESDLA o de los Apéndices.
1)A poco de publicado El Hobbit,
Tolkien nos dice algo sobre los Hobbits, Bilbo y sus fuentes.
El 16 de enero de 1938, el Observer había publicado una carta, firmada
«Habit», en la que se preguntaba si los hobbits le podrían haber sido sugeridos
a Tolkien por lo que cuenta Julian Huxley de «los "hombrecitos peludos"
vistos en África por nativos y .... cuando menos por un científico». El escritor
de la carta mencionaba también que una amiga «decía recordar un viejo cuento
de hadas titulado "El Hobbit" que figuraba en una colección leída
aproximadamente en 1904», en el que la criatura con ese nombre «era definitivamente
aterradora». El escritor preguntaba si Tolkien «nos contaría algo más acerca
del nombre y los orígenes de este curioso héroe de su libro .... Ello ahorraría
a muchos estudiantes una buena cantidad de problemas en las generaciones por
venir. Y, entre paréntesis, ¿el robo de la copa del dragón por el hobbit se
basa en el episodio del Beowulf) Espero que así sea, pues uno de los encantos
del libro es la armonización, digna de Spenser, de las brillantes hebras de
tantas ramas de la épica, la mitología y el cuento de hadas Victoriano». La
réplica de Tolkien, aunque no estaba pensada para la publicación (véase la
conclusión de N° 26), apareció en el Observer el 10 de febrero de 1938.
Señor:
No es preciso que se me persuada: soy tan susceptible como un dragón a los
elogios, y de buen grado exhibiría mi chaleco de diamantes y aun comentaría
sus fuentes, pues el Habit [Hábito] (más inquisitivo que el Hobbit) no sólo
profesa admirarlo sino que pregunta también de dónde lo he sacado. Pero ¿no
sería ello más bien injusto con los estudiantes investigadores? Ahorrarles
trabajo es robarles la excusa de su existencia.
Sin embargo,
respecto de la pregunta principal del Habit, no hay peligro: no recuerdo nada
del nombre y los orígenes del héroe. Podría hacer conjeturas, por supuesto,
pero ellas no tendrían más autoridad que las de los futuros investigadores;
dejo el juego para ellos.
Nací
en África y he leído varios libros sobre su exploración. Desde 1896, aproximadamente,
he leído aún más libros de cuentos de hadas de la especie genuina. Por tanto,
ambos hechos, sacados a relucir por el Habit, parecerían ser significativos.
Pero
¿lo son? No tengo ningún recuerdo de vigilia de pigmeos peludos (sea en libros
o a la luz de la luna); tampoco de ningún Hobbit aterrador impreso en 1904.
Sospecho que los dos hobbits son homófonos accidentales, y me alegra
[27]
que no sean (como parecería) sinónimos. Y sostengo que
mi hobbit no vivió en África y no era peludo, salvo alrededor de los pies.
Tampoco se parecía a un conejo [rabbit]. Era un próspero y joven soltero bien
alimentado, con medios económicos que le permitían la independencia. Llamarlo
«sucio conejo» era una vulgaridad propia de trolls, como «hijo de rata» era un ejemplo
de la malicia de los enanos: insultos deliberados dirigidos a su estatura
y a sus pies, que lo ofendían profundamente. Sus pies, revestidos convenientemente
y calzados por la naturaleza, eran tan elegantes como los dedos de sus manos,
largos y sensibles.
En cuanto
al resto del cuento, es, como lo sugiere el Habit, una amalgama (previamente
digerida) de épica, mitología y cuentos de hadas, aunque no de autoría victoriana,
regla a la que George Macdonald es la principal excepción. El Beowulf se cuenta
entre mis más preciadas fuentes; aunque no lo recordaba conscientemente cuando
lo escribía; el episodio del robo surgió naturalmente (casi de manera inevitable)
de las circunstancias. Es difícil encontrar otro modo de proseguir la historia.
Supongo que el autor del Beowulf diría lo mismo.
Mi cuento
no se basa conscientemente en ningún otro libro, salvo uno, y ése no está
publicado: el «Silmarillion», una historia de los Elfos, a la cual se hacen
frecuentes alusiones. En realidad no había pensado en los futuros investigadores;
y como hay un único manuscrito, por el momento parece poco probable que esta
referencia resultara de alguna utilidad.
Pero
estas cuestiones son meros preliminares. Ahora que se me hizo ver que las
aventuras del Señor Bolsón son tema de futura investigación, me doy cuenta
de que será necesario mucho trabajo. Se plantea la cuestión de la nomenclatura.
Los nombres de los enanos y el del mago provienen del Eider Edda. Los nombres
de los hobbits, de Fuentes Obvias propias de su especie. La lista completa
de sus familias más ricas es: Bolsón, Boffin, Bolger, Ciñatiesa, Brandigamo,
Madriguera, Redondo, Cavada, Corneta, Ganapié, Sacovilla y Tuk. El dragón
lleva por nombre -un pseudónimo- el pasado del verbo germánico primitivo Smugan,
“pasar apretadamente por un agujero”: una insidiosa broma filológica.
El resto de los nombres pertenecen al Mundo Antiguo y Élfico, y no han sido
modernizados...”
“(...)La
lengua de los hobbits se parecía notablemente al inglés, como era de esperar:
sólo vivían en las fronteras del Páramo y en general no tenían conciencia
de ello. Sus apellidos son en su mayoría tan conocidos
y justamente respetados en esta isla como lo eran en Hobbiton y Delagua...”
2) sobre la fisonomía de los hobbits
Extracto de una carta aparentemente dirigida a los editores americanos
de Tolkien y quizás escrita en marzo o abril de 1938. Houghton Mifflin parece
haberle pedido que le suministrara dibujos de hobbits para utilizar en una
futura edición de El
Hobbit.
Me temo
que si necesita dibujos de hobbits en varias actitudes, debo dejarlo en manos
de alguien que sepa dibujar. Mis propias figuras no constituyen una guía segura;
por ejemplo, la imagen del Señor Bolsón en los capítulos VI y XII. La tan
mal dibujada del capítulo XIX constituye una mejor guía en cuanto a la impresión
general.
Imagino
una figura bastante humana, no una especie de conejo [rabbit] «hada» como
parecen concebirlos algunos críticos británicos: de vientre abultado y piernas
cortas. Una cara redonda y jovial; orejas sólo ligeramente puntiagudas y «feéricas»;
el pelo corto y rizado (de color castaño). Los pies, desde los tobillos hacia
abajo, cubiertos de pelos castaños. La ropa: pantalones de terciopelo verde;
chalecos rojos o amarillos; chaqueta verde o castaña; botones de oro (o bronce);
una capucha y capa de color verde oscuro (propia de un enano).
El tamaño
-sólo importante si en la figura aparecen otros objetos- es de unos tres o
tres pies seis pulgadas aproximadamente. El hobbit de la ilustración del tesoro,
capítulo XII, es, por supuesto, además de demasiado gordo en sitios que no
corresponde, demasiado grande. Pero (al menos como mis hijos lo entienden)
se encuentra en realidad en una figura o «plano» diferente, siendo invisible
para el dragón.
No hay
mención en el texto de que haya adquirido las botas. ¡Tendría que haberla!
De un modo u otro la cuestión se olvidó siempre en las sucesivas revisiones;
las botas aparecen en Rivendel; y luego está otra vez sin ellas al marcharse
de allí de vuelta a casa. Pero como una planta con piel correosa y pies cubiertos
de vello bien cepillado constituyen un elemento esencial de la hobbituidad,
debería en realidad aparecer descalzo, salvo en las ilustraciones especiales
de ciertos episodios.
3)
Tres cartas, sobre el nombre de Sam.
31 de
mayo de 1944 (FS 28) 20
Northmoor Road, Oxford
“(...)Sam,
entre paréntesis, no es la abreviatura de Samuel, sino de Samsagaz (Medio-tonto
en inglés antiguo), como el nombre de su padre es el Gaffer (Ham) en inglés
antiguo Hamfast o Stayathome [Quedadoencasa]. Los hobbits de esa clase tienen
por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con
el sobrenombre Gamyi y lo habría reemplazado por Buenchico si pensara que
tú me lo permitirías...”
28 de
julio de 1944 (FS 39)
En cuanto
a Sam Gamyi: estoy del todo de acuerdo con lo que dices, y no soñaría siquiera
en alterar su nombre sin tu aprobación; pero el objeto de la alteración era
precisamente destacar la comicidad, la rusticidad y, si quieres, el inglesismo
de esta joya entre los hobbits. Si lo hubiera pensado al principio, les habría
dado a todos los hobbits nombres muy ingleses que estuvieran a la altura de
la comarca. El Gaffer y [el Tío] vino primero; y Gamgee [Gamyi] siguió como
un eco de las viejas bromas de Lamorna.
[28]
Dudo de que sea inglés. Sólo tenía conocimiento de él a
través de Gamgee (Tissue) como se llamó el algodón absorbente al ser inventado
por un hombre de ese nombre el siglo pasado. Sin embargo, diría que todo
lo que uno imagina del personaje está asociado a ese nombre...”
“(...)Sí,
Sam Gamyi es, en cierto sentido, pariente del doctor Gamgee, pues
su nombre no habría sido nunca ése si yo no hubiera oído hablar del «tejido
de Gamgee»; hubo, según creo, un tal doctor Gamgee (de la familia, sin duda)
en Birmingham cuando era niño. El nombre, de cualquier modo, me era familiar.
Gaffer Gamgee surgió primero: era un personaje legendario para mis hijos (basado
en un vejete [gaffer] de la vida real que no tenía tal nombre). Pero
como lo encontrará usted explicado, en este cuento el nombre es una traducción
del verdadero nombre del Hobbit, derivado de una aldea (consagrada a la fabricación
de sogas) y anglificado como Gamwich (pron. Gammidge), cerca del Campo del
Cordelero (véase vol. II, pág. 297).
[29]
Como Sam era íntimo amigo de la familia de Coto (el nombre
de otra aldea), tuve la tentación de incurrir en la broma hobbit de escribir
Gamwichy Gamgee, aunque no creo que en el verdadero dialecto hobbit la broma
tuviera efecto...”
4)Los
Hobbits y la actualidad.
Antes de publicar una crónica acerca de El Señor de los Anillos, Michael Straight, jefe de redacción de New Republic, escribió a Tolkien formulándole una serie de preguntas...”
“(...)si el capítulo sobre el «Saneamiento de la Comarca» se dirigía especialmente a la Inglaterra contemporánea...”
“(...)
No hay especial referencia a Inglaterra en la «Comarca», salvo, por supuesto,
que como inglés criado en una aldea «casi rural» de Warwickshire, junto a
la próspera burguesía de Birmingham (¡por el tiempo del Diamond Jubilee!),
tomo mis modelos, como cualquier otro, de la «vida» tal como la conozco. Pero
no hay referencia de posguerra. No soy «socialista» en sentido alguno -pues
soy contrario a la «planificación» (como debe de ser evidente), sobre todo
porque los «planificado-res», cuando adquieren poder, se vuelven malos-, pero
yo no diría que tengamos que sufrir aquí la malicia de Sharkey y sus Rufianes.
Aunque el espíritu de «Isengard», si no de Mordor, está, por supuesto, siempre
aflorando. El presente plan de destruir Oxford con el fin de dar cabida a
los automóviles es un ejemplo. Pero nuestro principal adversario es un miembro
de un Gobierno «Tory». Aunque hoy en día podría encontrárselo dondequiera...”
5) La cuestión
de los regalos entre los Hobbits son un buen motivo para conocer algo mas
sobre las costumbres esta raza y sus distintos linajes.
Contestación
a un lector que señaló una aparente contradicción en El Señor
de los Anillos: que en
el capítulo «Una reunión muy esperada» se dice que «los Hobbits hacen regalos
a otra gente los días de su propio cumpleaños»; sin embargo, Gollum se refiere
al Anillo como a su «regalo de cumpleaños», y lo que se cuenta en el capítulo
«La sombra del pasado» sobre la forma en que lo adquirió indica que su gente
recibía regalos el
día de su cumpleaños. La carta del señor Nunn continuaba: «Por tanto, una
de las cosas siguientes es la verdad: (1) la gente de Sméagol no era de la «especie
de los Hobbits», como lo sugiere Gandalf (I, pág. 79); (2) la costumbre de
los Hobbits de hacer regalos era sólo reciente; (3) las costumbres de los
Fuertes [la gente de Sméagol-Gollum] diferían de las de los demás Hobbits,
o (5) [sic] hay un error en el texto. Le estaré muy agradecido si
me ahorra el tiempo de emprender la investigación de este importante asunto».
[Sin fecha; probablemente de fines de 1958 o principios
de 1959.]
Estimado
señor Nunn:
No soy
un modelo de erudición,
[30]
pero en la cuestión de la Tercera Edad, me considero sólo
un «cronista». Las faltas que puedan aparecer en mi crónica, creo, no son
en ningún caso consecuencia de errores, es decir, de afirmaciones no verdaderas,
sino de omisiones e informaciones incompletas, en su mayoría consecuencia
de la necesidad de resumir y del intento de introducir información en passant
durante el curso de una narración que, naturalmente, tendía a eliminar
muchas cosas no relacionadas de manera inmediata con el cuento.
En la
cuestión de los cumpleaños y las aparentes discrepancias que usted advierte,
podemos, por tanto, creo, eliminar sus alternativas (1) y (5). Omite la (4).
Con respecto
de (1) Gandalf, por cierto, dice al principio «creo», pág. 79; pero esto está
de acuerdo con su carácter y su tino. En un lenguaje más moderno, habría dicho
«deduzco», refiriéndose a cosas que no habían sido objeto de su observación
directa, pero sobre las que había llegado a una conclusión basada en el estudio.
(Observará usted en el Apéndice B que los Magos no llegaron hasta poco antes
de la primera aparición de los Hobbits en crónica alguna, y en ese tiempo
ya estaban divididos en tres ramas muy diferenciadas.) Pero, de hecho, no
tuvo la menor duda de su conclusión: «De todos modos es verdad, etcétera»,
pág. 81.
Su alternativa
(2) sería posible; pero dado que el cronista dice los Hobbits (palabra
que utiliza cualquiera sea su origen como nombre de la raza entera) y no los
Hobbits de la Comarca, o la, gente de la Comarca, debe suponerse
que quiere decir que la costumbre de hacer regalos era en cierta forma
común a todas las variedades, con inclusión de los Fuertes. Pero como su alternativa
(3) es naturalmente cierta, podríamos suponer que aun una costumbre tan profundamente
arraigada exhibiera diversos aspectos en las diversas ramas. Con la nueva
migración de los Fuertes de vuelta a las Tierras Ásperas en 1356 de la TE,
todo contacto entre este grupo retrógrado y los antecesores de la Comarca
quedó roto. Más de 1100 años transcurrieron antes del incidente de Déagol-Sméagol
(c. 2463). En tiempos de la Fiesta en 3001 de la TE, cuando se alude de paso
a las costumbres de la gente de la Comarca en la medida en que afectan a la
historia, el tiempo transcurrido era casi de 1650 años.
Todos
los Hobbits eran lentos para el cambio, pero los Fuertes migraban de vuelta
a una vida más ruda y primitiva de comunidades pequeñas y menguantes;
[31]
mientras que la gente de la Comarca, en los 1400 años de
su colonización, habían desarrollado una vida social más asentada y elaborada,
en la que la importancia del parentesco para sus sentimientos y costumbres
era asistida por detalladas tradiciones escritas y orales.
Aunque
he omitido toda exposición sobre este rasgo curioso aunque característico
de su conducta, los hechos que conciernen a la Comarca podrían comentarse
con cierto detalle. Los Fuertes ribereños deben seguir siendo, necesariamente,
más conjeturables.
Los «cumpleaños»
tenían una considerable importancia social. Una persona que celebrara su cumpleaños
era llamada ribadyan (que puede traducirse, de acuerdo con el sistema
descrito
[32]
y adoptado, como byrding
[33]
[naciente]). Las costumbres relacionadas con los cumpleaños
(aunque profundamente arraigadas), eran reguladas por una etiqueta bastante
estricta; de modo que en muchos casos quedaban reducidas a meras formalidades:
como en verdad lo sugiere «no muy caros, generalmente», pág. 43, y especialmente
pág. 58, líneas 20-36. Con respecto a los regalos: en su cumpleaños
el «naciente» los hacía y los recibía, pero los procesos eran
diferentes en cuanto a origen, función y etiqueta. La recepción fue
omitida por el narrador (pues no concierne a la Fiesta); pero, de hecho, era
la costumbre más antigua y, por tanto, la más formalizada. (Sí concierne al
incidente Sméagol-Déagol, pero el narrador, obligado a reducir esto a sus
elementos más significativos y a ponerlo en boca de Gandalf, que le hablaba
a un hobbit, naturalmente, no comentó una costumbre que el hobbit (y nosotros)
debería considerar natural en relación con los cumpleaños.)
La recepción
de regalos: éste era un antiguo ritual relacionado con
el parentesco. Era, en origen, el reconocimiento del naciente como
miembro de una familia o un clan, y una conmemoración de su «incorporación»
formal.
[34]
El padre o la madre no hacían regalo de cumpleaños a sus
hijos (salvo en los raros casos de adopción); pero el considerado
cabeza de familia debía dar algo, aunque sólo fuera como «señal».
La dádiva
de regalos: era una cuestión personal, no limitada por
el parentesco. Era una forma de «acción de gracias» y considerada como un
reconocimiento de los servicios, beneficios y amistad recibidos, en especial
durante el último año.
Es preciso
observar que los Hobbits, tan pronto como se convertían en «faunts» (es decir,
eran capaces de hablar y de andar: formalmente, a los tres años) hacían
regalos a sus padres. Debían ser supuestamente cosas «producidas» por
el donante (es decir, encontradas, cultivadas o hechas por el «naciente»);
los niños pequeños empezaban con ramilletes de flores silvestres. Éste pudo
haber sido el origen de los regalos de «acción de gracias» de más amplia distribución,
y la razón por la que siguió siendo «correcto» aun en la Comarca que tales
regalos fueran cosas pertenecientes al donante o producidas por él. Ejemplares
de los huertos u objetos de los talleres eran los regalos habituales, sobre
todo entre los Hobbits más pobres.
Según
la etiqueta de la Comarca, el día de la Fiesta, «la expectativa de recepción»
se limitaba a los primos segundos o parientes más cercanos y a los que residían
dentro de las 12 millas.
[35]
Ni siquiera de los amigos íntimos (si no estaban emparentados)
se «esperaba» que dieran nada, aunque podían hacerlo. El límite de residencia
de la Comarca era, por supuesto, un resultado bastante reciente de la gradual
fragmentación de las comunidades de parentesco y de las familias y la dispersión
de los parientes, en condiciones de antiguo arraigo. Porque los regalos de
cumpleaños (sin duda residuo de las costumbres de antiguas familias pequeñas)
debían entregarse en persona la víspera del Día, y cuando más tarde, antes
de la comida de dicho Día. Eran recibidos en privado por el «naciente» y era
muy mal visto exhibirlos separadamente o como colección, precisamente para
evitar el embarazo que puede darse en nuestras muestras de regalos de bodas
(que habrían horrorizado a la gente de la Comarca).
[36]
El donante podía así acomodar el regalo a su bolsillo y
su afecto sin incurrir en el comentario público ni ofender (si tal cosa cabía)
a nadie más que al receptor. Pero la costumbre no exigía regalos costosos,
y un Hobbit se sentía más halagado y deleitado por un regalo inesperadamente
«bueno» o deseable que ofendido por una señal convencional de buena voluntad
familiar.
Una huella
de esto puede verse en el relato de Sméagol y Déagol, modificado por los caracteres
individuales de estos personajes más bien miserables. Déagol, evidentemente
un pariente (como sin duda lo eran todos los miembros de la pequeña comunidad),
ya había dado su regalo habitual a Sméagol, aunque probablemente habían iniciado
la expedición muy temprano por la mañana. Como era de alma mezquina, guardaba
rencor por ello. Sméagol, que era más mezquino y codicioso todavía, trató
de utilizar el «cumpleaños» como excusa para adoptar una actitud tiránica.
«Porque lo quiero», fue la franca declaración de su principal reclamo. Pero
también quería decir que el regalo de D. era una muestra pobre e insuficiente:
de ahí la respuesta de D. de que, por el contrario, era más de lo que podía
permitirse.
La dádiva
de regalos del «naciente» -dejando fuera de la cuestión los regalos a
los padres,
[37]
ya mencionados-, puesto que era personal y una forma de
agradecimiento, variaba mucho más de forma en los diversos tiempos y lugares,
y de acuerdo con la edad y la situación del «naciente». El amo
y la señora de una casa o agujero en la Comarca daban regalos a todos los
que se encontraban bajo su techo o estaban a su servicio, y habitualmente
también a sus vecinos. Y podían extender la lista a su gusto, recordando cualesquiera
favores recibidos en el pasado año. Se entendía que la dádiva de regalos no
estaba fijada por un reglamento, aunque la retención de un regalo habitual
(por ejemplo, a un niño, a un sirviente o a un vecino) era señal de una reprimenda
y un indicio de ofensa grave. Los Jóvenes y los Inquilinos (los que no tenían
casa propia) no estaban sujetos a semejantes obligaciones, pues dependían
de los dueños de casa; pero, por lo general, hacían regalos según fueran sus
medios y afectos. «No muy caros, en general», se aplicaba a todos los regalos.
Bilbo era en esto, como en otras cosas, una persona excepcional, y su Fiesta
fue un desbordamiento de generosidad aun para un Hobbit rico. Pero una de
las ceremonias de cumpleaños más comunes era la celebración de una «fiesta»
al atardecer del Día. El anfitrión daba regalos a todos los invitados, que
los esperaban como parte de la recepción (si bien esto era secundario en relación
con la comida prevista). Pero no llevaban regalos consigo. La gente
de la Comarca lo habría considerado incorrecto. Si los invitados no habían
hecho ya su regalo (siendo uno de los requeridos para hacerlo por parentesco),
era demasiado tarde. Para los otros invitados era algo «que no se hacía»;
equivalía a pagar por la fiesta o compensar la dádiva de regalos, y resultaba
sumamente embarazoso. A veces, en el caso de un amigo muy querido imposibilitado
de asistir a una fiesta (por causa de la distancia u otros motivos), se enviaba
una invitación simbólica acompañada de un regalo. En ese caso el regalo era
siempre algo de comer o de beber, pues su objeto era ser una muestra de la
comida de la fiesta.
Creo
que se verá que todos los detalles registrados como «hechos» encajan, por
cierto, en un cuadro definido de sentimientos y costumbres, aunque este cuadro
no llega ni siquiera a quedar esbozado dentro del insuficiente marco de esta
nota. Por supuesto, podría haber aparecido en el Prólogo: por ejemplo,
en medio de la pág. 12. Pero aunque corté mucho de él, ese Prólogo es todavía
demasiado largo y sobrecargado de acuerdo aun con los críticos que le conceden
cierta utilidad, y no aconsejan (como lo han hecho algunos) a los lectores
olvidarlo o pasarlo por alto.
Aun siendo
incompleta, esta nota debe de parecerle demasiado larga, y aunque la pidió,
más de lo que usted quería. Pero no veo cómo podría haber contestado a su
curiosidad más brevemente y de modo más adecuado al halago que me hace al
interesarse por los Hobbits lo bastante como para haber observado la laguna
en la información procurada.
Sin embargo,
dar información siempre abre panoramas todavía más amplios; y, sin duda, verá
que la breve exposición sobre los «regalos» plantea aún más cuestiones antropológicas
implícitas en términos como parentesco, familia, clan, etcétera. Me aventuro
a añadir una nueva nota sobre este punto por temor de que al considerar el
texto a la luz de mi respuesta, sienta el deseo de averiguar algo más cerca
de la «abuela» de Sméagol, a la que Gandalf presenta como a una matrona (de
una familia de alta reputación y más rica que la mayoría, pág. 80) y hasta
la llama «matriarca» (pág. 84).
Que yo
sepa, los Hobbits eran universalmente monógamos (a decir verdad, rara vez
se casaban por segunda vez, aun cuando la mujer o el marido murieran muy jóvenes);
y diría que sus disposiciones familiares eran «patrilineales» más bien que
«pratiarcales». Es decir, el apellido se heredaba por la línea masculina (y
las mujeres adoptaban el apellido de su marido); además, el cabeza titular
de una familia era habitualmente el varón de más edad. En el caso de grandes
familias poderosas (como la de los Tuk), que continuaban cohesionadas aun
cuando se habían vuelto muy numerosas y constituían más lo que llamaríamos
clanes, la cabeza era el varón de más edad de lo que se consideraba la línea
de descendencia más directa. Pero el gobierno de una «familia», como unidad
real: la «casa», no era una monarquía (excepto por accidente). Era una «diarquía»,
en la que el amo y la señora gozaban de igual situación, si bien sus funciones
eran diferentes. Cualquiera de ellos era considerado el representante del
otro en caso de ausencia (con inclusión de la muerte). No había «viudas».
Si el amo moría primero, su lugar lo ocupaba su esposa, y esto incluía (si
él había tenido esa posición) ser cabeza o titular de una familia numerosa
o clan. Este título, pues, no pasaba al hijo o a algún otro heredero mientras
ella viviera, a no ser que renunciara voluntariamente.
[38]
Por tanto, podía ocurrir en varias circunstancias que una
mujer longeva de carácter fuerte siguiera siendo «cabeza de familia» hasta
tener nietos perfectamente adultos.
Laura
Bolsón (cuyo apellido de soltera era Cavada) siguió siendo «cabeza» de la
familia de los «Bolsón de Hobbiton» hasta los 102 años. Como era 7 años más
joven que su marido (que murió a la edad de 93 en 1300
[39]
), ocupó esta posición durante 16 años, hasta 1316; y su
hijo Bungo no se convirtió en «cabeza» hasta los 70 años, diez antes de morir
a la edad de 80. Bilbo no llegó a ocupar el puesto hasta la muerte de su madre
Tuk, Belladonna, en 1334, a los 44 años.
El puesto
de cabeza de familia de los Bolsón, pues, por causa de extraños acontecimientos,
fue objeto de duda. Otho Sacovilla-Bolsón era el heredero de este título,
del todo aparte de las cuestiones de propiedad que se habrían planteado si
su primo Bilbo hubiera muerto intestado; pero después del fiasco legal de
1342 (cuando Bilbo retornó vivo después de haber estado «presuntamente muerto»)
nadie se atrevió a dar por sentada su muerte otra vez. Otho murió en 1412,
su hijo Lotho fue asesinado en 1419 y su esposa Lobelia murió en 1420. Cuando
Maese Samsagaz informó de la «partida por mar» de Bilbo (y Frodo) en 1421,
se tenía todavía por imposible suponer la muerte; y cuando Maese Samsagaz
se convirtió en Alcalde en 1427, se promulgó una regla según la cual «si
algún habitante de la Comarca se hace a la mar en presencia de un testigo
digno de crédito con la expresa intención de no regresar o en circunstancias
que implican a las claras semejante intención, se considerará que renuncia
a todos los títulos, derechos o propiedades antes tenidos u ocupados, y sus
herederos entrarán en posesión de tales títulos, derechos o propiedades, como
lo indica la costumbre establecida o por la voluntad y disposición de quien
se ha marchado, según pueda requerirlo el caso». Presumiblemente, el título
de «cabeza» pasó luego a los descendientes de Ponto Bolsón, probablemente
Ponto (II).
[40]
Un caso
bien conocido fue también el de Lalia, la Grande
[41]
(o, menos cortésmente, la Gorda). Fortinbras II, otrora
cabeza de los Tuk y Thain, se casó con Lalia de los Clayhanger en 1314,
cuando él tenía 36 años y ella 31. Murió en 1380 a la edad de 102 años, pero
ella le sobrevivió largo tiempo, y llegó a un final desafortunado en 1402
a la edad de 119 años. De modo que gobernó a los Tuk y a los Grandes Smials
durante 22 años, una grande y memorable «matriarca», si bien no universalmente
amada. No asistió a la famosa Fiesta (CA-1401), pero lo que le impidió concurrir
fue más bien su gran tamaño e inmovilidad que su edad. Su hijo, Ferumbras,
no tenía esposa, pues fue incapaz (se sostenía) de encontrar a nadie que
quisiera ocupar apartamentos en los Grandes Smials, bajo la regencia de Lalia.
Ésta, en sus últimos y más gordos años, tenía la costumbre de ser transportada
en silla de ruedas hasta las Grandes Puertas para tomar el aire de la mañana
cuando hacía buen tiempo. En la primavera de 1402, su torpe asistenta dejó
que la pesada silla resbalara en el umbral, y Lalia cayó por las escaleras
hasta el jardín. Así terminó un reino y una vida que bien podría haber rivalizado
con las del Gran Tuk.
Se rumoreó
con insistencia que la asistenta era Perla (hermana de Pippin), aunque
los Tuk trataron de mantener el asunto dentro de la familia. En ocasión de
la celebración del acceso de Ferumbras al poder, el disgusto y el dolor de
la familia se vieron formalmente expresados mediante la exclusión de Perla
de la ceremonia y la fiesta; pero no pasó inadvertido el hecho de que más
tarde (al cabo de un decente intervalo) apareció con un collar espléndido
compuesto por joyas de su propio nombre, que había estado mucho tiempo en
el tesoro de los Thains.
La costumbre
difería en los casos en los que la «cabeza» moría sin dejar hijos. En la familia
Tuk, puesto que la función estaba también relacionada con el título y el cargo
(originalmente militar) de Thain,
[42]
la descendencia se daba estrictamente por la línea masculina.
En otras grandes familias el cargo podía pasar a través de una hija, del
difunto hasta su nieto mayor (sin que se tuviera en cuenta la edad
de la hija). Esta última costumbre era habitual en familias de origen más
reciente, sin documentación antigua ni mansiones ancestrales. En esos casos
el heredero (si aceptaba el título de cortesía) adoptaba el apellido de la
familia de su madre, aunque con frecuencia conservaba también el de la familia
de su padre (situado en segundo lugar). Éste era el caso de Otho Sacovilla-Bolsón.
Porque el título nominal de cabeza de los Sacovilla. le había llegado
a través de su madre Camellia. Fue su ambición más bien absurda de
lograr la rara distinción de ser «cabeza» de dos familias (probablemente se
habría llamado Bolsón-Sacovilla-Bolsón): una situación que explicará
su exasperación ante las aventuras y las desapariciones de Bilbo, aparte de
la pérdida de propiedad que significaba la adopción de Frodo.
Creo
que fue un punto de debate en el saber popular de los Hobbits (que el gobierno
del Alcalde Samsagaz impidió que se discutiera en este caso particular) si
la «adopción» por parte de «cabeza» sin hijos podía afectar la herencia del
cargo. Se convino en que la adopción de un miembro de una familia diferente
no podía afectarla, pues se trataba de una cuestión de consanguinidad y parentesco;
pero hubo la opinión de que la adopción de un pariente cercano del mismo apellido
[43]
antes de que fuera mayor de edad, le daba a éste el derecho
de gozar de todos los privilegios de un hijo. Esta opinión (sostenida por
Bilbo) fue, naturalmente, contestada por Otho.
No hay
razón para suponer que los Fuertes de las Tierras Ásperas hubieran desarrollado
un sistema estrictamente «matriarcal» propiamente dicho. No hay huella de
tal cosa entre el elemento Fuerte de la Cuaderna del Este y Los Gamos, aunque
había entre ellos ciertas diferencias en cuanto a las costumbres y las leyes.
El empleo que hace Gandalf (o, más bien, el que hace su difusor y traductor)
de la palabra «matriarca» no era «antropológico» sino que significaba simplemente
una mujer que de hecho gobernaba el clan. Sin duda porque había sobrevivido
a su marido y era una mujer de carácter dominante.
Es muy
probable que en el regresivo y decadente país de los Fuertes de las Tierras
Ásperas, las mujeres (como a menudo se lo observa en tales condiciones) tendieran
a preservar mejor el carácter físico y mental del pasado y, por tanto, adquirieran
una importancia especial. Pero no debe suponerse (creo) que había tenido lugar
un cambio fundamental en sus costumbres matrimoniales o que se desarrollara
una especie de sociedad matriarcal o poliándrica (aunque esto podría explicar
la ausencia de toda referencia en absoluto al padre de Sméagol-Gollum). En
este tiempo en el oeste se practicaba universalmente la «monogamia», y los
otros sistemas se miraban con repugnancia, como a las cosas que sólo se hacen
«bajo la Sombra».
En realidad,
empecé esta carta hace casi cuatro meses; pero nunca quedó acabada. Poco después
de recibir sus preguntas, mi esposa, que había estado enferma la mayor parte
de 1958, celebró su retorno a la salud cayéndose en el jardín, y lastimándose
tanto el brazo izquierdo, que todavía está inválida y escayolada. De modo
que 1958 fue un año casi completamente frustrado; junto con otras dificultades
y la inminencia de mi retiro, que me obliga a muchas reestructuraciones, no
he tenido tiempo en absoluto que dedicar al Silmarillion. Por mucho
que lo desee (y, felizmente, Allen y Unwin parecen desearlo también).
El borrador termina aquí.
5) Algunos comentarios sobre la “personalidad” Hobbit
15 de diciembre de 1965
Respecto de la publicación de una edición británica en rústica de El Hobbit.
La cubierta
de U[nwin] Books [de El Hobbit]. No recuerdo cuándo se hizo el esbozo
de la Muerte de Smaug, pero creo que debió de haber sido antes de publicarse
por primera vez; no puede haber sido muy lejos de 1936. Estoy en sus manos,
pero aún no estoy satisfecho de utilizar como cubierta este garabato. Se parece
demasiado a esa moda de actualidad por la que los que saben dibujar tratan
de disimularlo. Pero quizás haya una diferencia entre sus productos y el de
un hombre que evidentemente no es capaz de dibujar lo que ve.
Las notas
de cubierta. Escribí una de prisa para U[nwin] Books.
No quiero herir los sentimientos de un escritor que evidentemente tenía buenas
intenciones para conmigo y para con el libro, pero espero que estarás de acuerdo,
si tienes tiempo de considerarlo, en que no servirá. Aparte de su desafortunado
estilo, no da una idea certera de la historia y del modo en que se la presenta.
A no ser que se quiera derrotar a la «magia», NUNCA se habla así dentro de
las cubiertas de un libro maravilloso. La saga hobbit se presenta como vera
historia con grandes esfuerzos (que han resultado muy eficaces). Dentro
de ese marco, la pregunta «¿Es usted un hobbit?» sólo puede responderse «No»
o «Sí» según haya uno nacido. Nadie es un «hobbit» porque le guste una vida
tranquila y la comida abundante; aún menos porque tenga un deseo latente de
aventuras. Los hobbits constituían una raza cuya principal característica
física era su estatura, y el principal rasgo distintivo de su temperamento
era la casi total erradicación de toda «chispa» adormilada; sólo el uno por
mil aproximadamente tenía alguna traza de ella. Bilbo fue elegido especialmente
por la autoridad y sabiduría de Gandalf por ser anormal; tenía una
buena parte de las virtudes propias de un hobbit: un penetrante buen sentido,
generosidad, paciencia y fortaleza, y también una «poderosa chispa» todavía
no encendida. La historia y su continuación no tratan de «tipos» ni de la
cura de la satisfacción burguesa por la amplitud de experiencias, sino de
los logros de individualidades especialmente agraciadas y dotadas. Diría,
si expresar tales cosas no estropearan lo que intentan hacer explícito: «por
individuos predestinados, inspirados y guiados por un Emisario hacia fines
más allá de su educación y alcance individuales». Esto resulta claro en El
Señor de los Anillos; pero está presente, aunque de forma velada, en El
Hobbit desde un principio, y las últimas palabras de Gandalf aluden a
ello...”
[44]
EL
SEÑOR DE LOS ANILLOS
1)
Tolkien y El Señor de los Anillos, su origen,
sus antecedentes, sus inspiraciones, sus influencias, su gusto por
las lenguas. Una Carta autobiográfica sobre su obra cumbre.
A Auden, que había
comentado El Señor de los Anillos en la New York Times Book Review y en Encounter,
se le habían enviado las
pruebas del tercer volumen, El retorno del rey. Le escribió a Tolkien en abril de 1955 para
formularle varias preguntas suscitadas por el libro. La réplica de Tolkien
no se conservó (Auden habitualmente tiraba las cartas después de leerlas).
Éste volvió a escribir a Tolkien el 3 de junio diciendo que le habían pedido
que diera en octubre una charla sobre El Señor de los Anillos por el Tercer Programa de la BBC. Le preguntaba
si quería escuchar algo especial en la emisión y si podía suministrarle algunos
«toques humanos» dándole información acerca de cómo llegó a escribirse el
libro. La respuesta de Tolkien se conservó porque en esta ocasión -y cuando
subsiguientemente le escribió a Auden- guardó una copia en papel carbón, de
la que ha sido obtenido este texto.
7 de junio
de
Querido
Auden:
Me alegró
mucho saber de usted, y también comprobar que no se ha aburrido todavía. Me
temo que deba prepararse para una larga carta otra vez, pero puede hacer con
ella lo que quiera. De cualquier modo, la he dactilografiado para que pueda
leerse velozmente. No pienso realmente que yo sea tan importante. Escribí
la Trilogía
[46]
por satisfacción personal, llevado a ella por la escasez
de literatura de ese tipo que deseaba leer (y la que había estaba a menudo
sumamente adulterada). Una tarea ingente, y como dice el autor de Ancrene
Wisse al final de su obra: «Preferiría, Dios sea testigo de ello, echarme
a andar a Roma antes que empezar esta obra otra vez». Pero a diferencia
de él, yo no habría dicho: «Leed parte de este libro a vuestro gusto cada
día; y espero que si lo leéis a menudo, os será muy provechoso; de lo contrario,
habré malgastado muchas largas horas». No pensé demasiado en el provecho
o en el placer de los demás, aunque nadie puede realmente escribir o hacer
nada de manera exclusivamente privada.
Sin embargo,
cuando la BBC emplea a alguien de su importancia para hablar públicamente
de la Trilogía, no sin referencia al autor, el más modesto (o por lo menos
reservado) de los hombres, cuyo instinto le lleva a enmascarar bajo una investidura
mítica y legendaria los conocimientos que tiene de sí mismo y las críticas
a la vida tal como ésta se le da, no puede evitar pensar en ella en términos
personales, y encontrarla interesante, y difícil también para expresarse con
brevedad y exactitud a la vez.
El Señor
de los Anillos, como historia, fue terminada hace ya tanto
tiempo que puedo ahora adoptar un punto de vista impersonal sobre ella y encontrar
las «interpretaciones» muy divertidas; aun aquellas que yo mismo pudiera hacer,
que son en su mayoría post scriptum: tenía en mente muy pocas intenciones
de carácter particular, conscientes o intelectuales, mientras iba escribiéndola.
[47]
Excepto unas pocas críticas deliberadamente despreciativas
-como la del Vol. II en el New Statesman,
[48]
en la que usted y yo fuimos denostados con términos tales
como «pubescente» e «infantilismo»-, lo que los lectores apreciativos han
sacado de la obra o han visto en ella ha sido bastante favorable, aun cuando
no esté de acuerdo con ello. Exceptuando siempre, por supuesto, toda interpretación
que suponga una simple alegoría: es decir, lo particular y lo tópico. En un
sentido más amplio, supongo, es imposible escribir una «historia» que no sea
alegórica en la proporción en que «cobre vida», pues cada uno de nosotros
es una alegoría, encarnada en un cuento particular e investida con las ropas
del tiempo y el lugar, verdad universal y vida perdurable. De cualquier modo,
la mayor parte de la gente que ha disfrutado de El Señor de los Anillos
ha sido afectada primordialmente por ella como historia estimulante, y
así fue como se la escribió. Aunque, por supuesto, no puede eludirse la pregunta
formulada desde la puerta trasera: «¿De qué se trata?». Eso sería como responder
a una pregunta estética hablando de un aspecto técnico. Supongo que si en
un momento dado se hace una buena elección en lo que a una «buena narración»
(o «buen teatro») respecta, se comprobará que el acontecimiento descrito es
el más «significativo».
Para
volver, si puedo, a los «Toques humanos» y a la cuestión del momento en que
comencé: esto es más bien como preguntarle al Hombre cuándo comenzó el lenguaje.
Fue la evolución inevitable aunque condicionada de un dar a luz. Esto ha sido
siempre algo mío: la sensibilidad a la estructura lingüística, que me afecta
emocionalmente tanto como el color y la música; el apasionado amor por las
cosas que crecen, y una profunda respuesta a las leyendas (por falta de una
palabra mejor) que tienen lo que llamaría el temperamento y la temperatura
noroccidentales. De cualquier modo, si se quiere escribir un cuento de esta
clase, uno debe consultar con las propias raíces, y un hombre del Noroeste
del Viejo Mundo pondrá su corazón y la acción de su cuento en el mundo imaginario
de ese aire y esa situación: el Mar Incesante de sus innumerables antepasados
en el Oeste, y las tierras infinitas (de las que proviene la mayor parte de
sus enemigos) en el Este. Aunque además puede que su corazón recuerde, por
más que haya sido despojado de toda tradición oral, el rumor a lo largo de
todas las costas acerca de los Hombres Venidos del Mar.
Digo
esto sobre el «corazón» porque tengo lo que algunos podrían llamar un complejo
de Atlántida. Posiblemente heredado, aunque mis padres murieron demasiado
jóvenes como para que sepa tales cosas sobre ellos, y demasiado jóvenes como
para que me las transmitieran oralmente. Heredado de mí (supongo) por sólo
uno de mis hijos,
[49]
aunque no lo supe hasta recientemente, y él no sabía que
yo lo tuviera. Me refiero al terrible sueño recurrente (que empieza con la
memoria) de la Gran Ola, levantada como una torre, que avanza ineluctable
por sobre los árboles y los campos verdes. (Se lo he legado a Faramir.) No
creo que lo haya tenido desde que escribí la «Caída de Númenor», última de
las leyendas de la Primera y la Segunda Edades.
Soy,
por sangre, de las Tierras Medias del Oeste (y escogí como lengua el inglés
medio de las Tierras Medias del Oeste desde que le puse los ojos encima),
pero quizás un hecho de mi historia personal pueda explicar en parte por qué
el «aire noroccidental» me atrae tanto a la vez como «patria» y como descubrimiento.
Nací en realidad en Bloemfontein, y, por tanto, esas impresiones profundamente
implantadas que subyacen a los recuerdos todavía visualmente disponibles de
la primera infancia, son las de un cálido campo reseco. Mi primer recuerdo
de Navidad esta constituido por un sol enceguecedor, cortinas corridas y un
eucalipto desmayado de calor.
Me temo
que esto se esté convirtiendo en una lata espantosa y me extienda demasiado,
más de lo que se merece «esta despreciable persona delante de usted». Pero
es difícil detenerse una vez empezado un tema tan absorbente para uno mismo
como es uno mismo. En cuanto al condicionamiento: soy plenamente consciente
del condicionamiento lingüístico. Asistí a la King Edward's School y me pasé
allí la mayor parte del tiempo aprendiendo latín y griego; pero también aprendí
inglés. ¡No literatura inglesa! Excepto Shakespeare (que me disgustó cordialmente),
los principales contactos con la poesía se produjeron cuando fue preciso traducirla
al latín. No una mala introducción, aunque un tanto caprichosa. Quiero decir
algo de la lengua inglesa y su historia. Aprendí anglosajón en la escuela
(también gótico, pero ése fue un accidente del todo desconectado del curriculum,
aunque decisivo; descubrí en él no sólo la filología histórica moderna, atrayente
desde el punto de vista histórico y científico, sino, por primera vez, el
estudio de una lengua por mero amor: quiero decir, por el intenso placer estético
derivado de una lengua por sí misma, no sólo despojada de su utilidad sino
del hecho de ser el «vehículo de una literatura»).
Hay dos
o tres hebras. La fascinación que tenían para mí los nombres galeses, aun
cuando los viera sólo en camiones cargados de carbón, incluso desde pequeño
es una de ellas; sin embargo, cuando pedía información, la gente sólo me daba
libros incomprensibles para un niño. No aprendí nada de galés hasta que fui
un estudiante ya mayor, y encontré en él un constante deleite, tanto lingüístico
como estético. El español es otra: mi tutor era en parte español, y yo, a
comienzos de mi adolescencia, cogía sus libros e intentaba aprender esa única
lengua romance que me procura el placer particular del que hablo: no es exactamente
lo mismo que la mera percepción de la belleza; siento la belleza, por ejemplo,
del italiano o, por lo demás, del inglés moderno (que está muy lejos de mi
gusto personal); se parece más bien al apetito que se siente por un alimento
necesario. Después del gótico, lo más importante fue el descubrimiento en
la biblioteca del Exeter College de una gramática finlandesa. Fue como el
descubrimiento de una entera bodega llena del vino más asombroso, de una especie
y un sabor nunca degustados antes. Me intoxicó por completo; y abandoné el
intento de inventar una lengua germánica «no registrada», y mi «propia lengua»
-o series de lenguas inventadas- se volvió densamente finlandesa, tanto en
su estructura como en su fonética.
Eso,
por supuesto, hace mucho que ha pasado. El gusto lingüístico cambia como todo
lo demás con el avance del tiempo, u oscila entre polos. El centro lo ocupan
ahora el latín y el tipo británico de celta, con el hermosamente coordinado
y estructurado (si bien de modo sencillo) anglosajón en las cercanías, y algo
más alejado el antiguo noruego junto con el vecino, aunque no emparentado,
finlandés. ¿No podría decirse romano-británico? Con una fuerte y más reciente
infusión de Escandinavia y el Báltico. Bien, me atrevería a decir que semejantes
gustos lingüísticos, con la debida concesión a la pátina escolar, constituyen
una prueba tan buena o aún mejor de los propios ancestros que los grupos sanguíneos.
Todo
esto como marco de las historias, aunque las lenguas y los nombres no pueden
para mí separarse de ningún modo de ellas. Son y fueron, por así decir, un
intento de procurar un marco o un mundo en el que mis expresiones de gusto
lingüístico pudieran tener una función. Comparativamente, las historias llegaron
de forma más tardía.
Intenté
escribir un cuento por primera vez poco más o menos a los siete años. Era
sobre un dragón. No recuerdo nada de él, salvo un hecho filológico. Mi madre
no dijo nada del dragón, pero señaló que no era posible decir «un verde dragón
grande», sino «un gran dragón verde». Me pregunté por qué, y me lo pregunto
todavía. El hecho de que recuerde esto es posiblemente significativo, pues
no creo haber intentado escribir otro cuento durante muchos años, y emprendí
el estudio del lenguaje.
Mencioné
el finlandés porque ésa fue la lengua que disparó el cohete en la historia.
Algo en el aire del Kalevala me atrajo inmensamente, aun en la pobre traducción
de Kirby. Nunca aprendí el finlandés lo suficientemente bien como para hacer
otra cosa que avanzar penosamente por el original, como un escolar hace con
Ovidio; me atrajo sobre todo el efecto que tuvo en «mi lengua». Pero el comienzo
del legendarium, del que la Trilogía forma parte (la conclusión), fue un intento
de reorganizar un fragmento del Kalevala, especialmente el cuento de Kullervo
el desdichado, según una forma propia. Eso comenzó, como dije, en el período
lectivo, casi desastroso, pues mi afán casi me sacó de quicio. Digamos de
1912 a 1913. Tal como prosiguió la cosa, me puse a escribir en verso. Aunque
la primera verdadera historia de este mundo imaginario casi plenamente formado,
tal como existe ahora, fue escrita en prosa durante un permiso por enfermedad
a fines de 1916: La Caída de Gondolin, que tuve el descaro de leer en el Exeter
College Essay Club en 1918.
[50]
Escribí mucho más en los hospitales antes del final de
la Primera Gran Guerra.
Proseguí
después del regreso, pero cuando intenté que este material se publicara, no
tuve buen éxito. El Hobbit, en un principio, no tenía conexión alguna,
aunque inevitablemente quedó incluido en la circunferencia de una construcción
más amplia, y hasta llegó a modificarla. Por desgracia, en la medida en que
yo fui consciente de ello, estuvo concebido como «historia para niños», y
como no había adquirido todavía el tino suficiente y mis hijos no eran lo
bastante grandes para corregirme, tiene en parte la tontería del estilo que
me contagié impensadamente de la clase de material del que me serví, como
Chaucer puede contagiarse del cliché de la trova. Lo lamento de veras. También
lo lamentan los niños inteligentes.
Todo
lo que recuerdo del comienzo de El Hobbit es estar sentado corrigiendo
ensayos de promoción en el imperecedero cansancio de la tarea anual que se
nos impone sin paga en las academias. En una hoja en blanco garrapateé: «En
un agujero en la tierra vivía un hobbit». No sabía y no sé por qué. Por largo
tiempo no hice nada al respecto, y durante algunos años no fui más allá del
trazado del Mapa de Thror. Pero se convirtió en El Hobbit a principios
de la década de 1930, y finalmente se publicó no por causa del entusiasmo
de mis propios hijos (aunque les gustó mucho),
[51]
sino porque se lo presté a la entonces reverenda madre
de Cherwell Edge mientras padecía de gripe, y lo vio una ex estudiante que
estaba por aquel tiempo en la oficina de Allen & Unwin. Según creo, se
lo dieron a leer a Rayner Unwin; si, una vez crecido, no hubiera sido por
él, creo que la Trilogía no habría sido nunca publicada.
Como
El Hobbit tuvo gran éxito, se solicitó una continuación; y las remotas
Leyendas Élficas fueron rechazadas. El lector de un editor dijo que estaban
demasiado atestadas con esa especie de belleza céltica que en grandes dosis
enfurecía hasta la locura a los anglosajones. Es muy probable que tuviera
razón. De cualquier modo, yo mismo percibía el valor de los Hobbits,
pues ponían un terreno concreto bajo los pies de la «fantasía», procuraban
sujetos para el «ennoblecimiento» y héroes más dignos de alabanza que los
profesionales: nolo heroizari es, por supuesto, un tan buen comienzo
para un héroe como lo es nolo episcopari para un obispo. No es que
sea un «demócrata» en ninguna de sus acepciones corrientes; excepto, supongo,
para hablar en términos literarios, en que todos somos iguales ante el Gran
Autor, qui deposuit potentes de sede et exaltavit humiles.
[52]
De todos
modos, yo no estaba preparado para escribir una «continuación», en el sentido
de otra historia para niños. Había estado pensando en los «Cuentos de Hadas»
y su relación con los niños; incluí algunas de las conclusiones en una conferencia
que pronuncié en St. Andrews, que finalmente amplié y publiqué en un Ensayo
(entre los enumerados en la O.U.P. como Essays Presentad to Charles Williams
y vilmente ahora fuera de imprenta). Como expresaba la idea de que la
conexión trazada en la mente moderna entre niños y «cuentos de hadas» es falsa
y accidental, y malogra los cuentos en sí mismos y también para los niños,
quise intentar escribir una historia que no estuviera en absoluto dirigida
a los niños (en cuanto a tales); quería también un amplio cañamazo.
Naturalmente,
me encontré con que tenía que hacer un trabajo enorme, pues debía encontrar
una vinculación con El Hobbit; pero aún más me costó el marco mitológico.
También eso debía ser reescrito. El Señor de los Anillos es sólo la
parte final de una obra casi el doble de voluminosa
[53]
en la que trabajé entre 1936 y 1953. (Quise publicarlo
todo en orden cronológico, pero resultó imposible.) ¡Y era preciso prestar
atención a las lenguas! Si hubiera considerado mi propio placer más que el
estómago de una posible audiencia, habría habido muchos más elementos élficos
en el libro. Pero aun los fragmentos existentes requerían, si habían de tener
algún significado, dos gramáticas y fonologías organizadas y una enorme cantidad
de palabras.
Sin consideración
de nada más, habría sido una tarea ingente; pero he sido un administrador
y maestro moderadamente consciente, y cambié mi cargo de profesor en 1945
(desechando todas mis viejas conferencias). Y, por supuesto, durante la guerra
no hubo a menudo tiempo para nada racional. Me quedé atascado en el final
del Libro Tercero durante siglos. El Libro Cuarto fue escrito como una serie
que fui enviando a mi hijo, que prestaba sus servicios en África en 1944.
Los dos últimos libros fueron escritos entre 1944 y 1948. Eso no significa,
por supuesto, que la idea principal de la historia fuera un producto de guerra.
Se llegó a ella en uno de los primeros capítulos que todavía sobreviven (Libro
I, 2). Se la da en realidad y está presente en germen desde el comienzo,
aunque no tenía noción consciente de lo que el Nigromante significaba (excepto
como mal siempre recurrente) en El Hobbit, ni tampoco qué conexión
pudiera tener con el Anillo. Pero si se quisiera proceder a partir del final
de El Hobbit, creo que el anillo sería la elección inevitable como
vínculo. Luego, si se quisiera una historia larga, el Anillo adquiriría de
inmediato una letra mayúscula, e inmediatamente aparecería el Señor Oscuro.
Como lo hizo, sin que nadie lo invitara, junto al hogar en Bolsón Cerrado
tan pronto como llegué a ese punto. De modo que la Búsqueda esencial empezó
en seguida. En el camino encontré muchas cosas que me asombraron. Ya conocía
a Tom Bombadil; pero nunca había estado en Bree. Me impresionó ver a Trancos
sentado en un rincón de la posada y no sabía más que Frodo acerca de él. Las
Minas de Moria habían sido nada más que un nombre; y mis oídos mortales jamás
habían escuchado hablar de Lothórien antes de llegar allí. Sabía que los Señores
de los Caballos estaban muy lejos, en los confines de un antiguo Reino de
los Hombres, pero el Bosque de Fangorn fue una aventura imprevista. Nunca
había oído hablar de la Casa de Eorl ni de los Senescales de Gondor. Lo más
inquietante de todo: es que nunca se me había revelado la existencia de Saruman,
y me sentí tan desconcertado como Frodo cuando Gandalf no apareció el 22 de
septiembre. No sabía nada de las Palantíri, aunque en el mismo instante
en que la piedra de Orthanc fue arrojada desde la ventana, la reconocí y supe
la significación del verso folklórico que me había estado rondando la cabeza:
siete estrellas y siete piedras y un solo árbol blanco. Estos versos
y nombres afloran, pero no siempre se explican. Todavía tengo todo por descubrir
acerca de los gatos de la Reina Berúthiel.
[54]
Pero supe más o menos todo acerca de Gollum y su papel,
y acerca de Sam, y sabía también que el camino estaba custodiado por una Araña.
Y si esto tiene algo que ver con el hecho de haber sido picado por una tarántula
cuando era un niño pequeño,
[55]
será bienvenida la gente que tenga alguna idea al respecto
(suponiendo lo improbable, que alguien se interese por ello). Sólo puedo decir
que no recuerdo nada de ello y nada sabría si no se me hubiera contado; y
no me disgustan las arañas en particular, no siento la urgencia de matarlas.
¡Por lo común las rescato cuando las encuentro en la bañera!
Bueno,
ahora me estoy volviendo verdaderamente gárrulo. Espero que no se haya aburrido
de muerte. También espero volver a verlo en alguna ocasión. En ese caso, quizá
podríamos hablar sobre usted y su obra y no sobre la mía. De cualquier modo,
el interés que muestra en mi obra me sirve de gran aliento.
Con los
mejores deseos, suyo,
2) Como vimos en la carta anterior, El Señor de los Anillos fue pensado, originalmente, como continuación de El Hobbit. Claramente, y durante su escritura, ese objetivo fue cambiando hasta transformarse en la obra central de Tolkien; con no pocas dificultades, de las que algo nos dice el Profesor en la siguiente carta.
Tolkien comió con
Unwin en Londres el 9 de julio, y convino en que Rayner Unwin
[56]
debería ver el Libro I de El Señor de los Anillos, del
que había una copia mecanografiada «pasable». El 28 de julio, Tolkien recibió
los comentarios de Rayner; éste escribía: «Las corrientes tortuosas y encontradas
de los acontecimientos de este mundo dentro de un mundo casi lo abruman a
uno .... La lucha entre la oscuridad y la luz (a veces uno sospecha que la
historia se vuelve pura alegoría) es macabra y mucho más intensa que la del
"Hobbit" .... Convertir el Anillo original en este nuevo y poderoso
instrumento requiere algunas explicaciones, y a Gandalf le es difícil encontrar
motivos para muchas de las acciones originales del Hobbit, pero la vinculación
entre ambos libros está bien hecha en conjunto .... Honestamente, no sé quién
se espera que vaya a leerlo... Si los adultos no consideraran degradante leerlo,
muchos, sin duda, disfrutarían con él .... El corrector de pruebas tendrá
que corregir varias omisiones del cambio de "Hamilcar" por "Belisarius"».
A pesar de estas críticas y vacilaciones, Rayner consideró que el libro era
«una historia brillante y cautivadora». El 31 de julio, Tolkien escribió la
siguiente contestación, pero no la envió hasta el 21 de septiembre por razones
dadas en la carta de esa fecha.
31 de
julio de 1947 Merton
College, Oxford
Estimado
Unwin:
Vuelvo
a las observaciones de Rayner con agradecimiento para ambos. Lamento que se
sintiera abrumado, y particularmente echo en falta toda referencia a la comedia,
de la que el primer «libro», según lo imaginaba, estaba bien provisto. Puede
que el tiro me haya salido errado. Por mi parte, no puedo soportar los libros
o las piezas de teatro graciosos, me refiero a los que desde el principio
pretenden ser cómicos; pero me parece que en la vida real, como aquí, es precisamente
contra la oscuridad del mundo que surge la comedia, y resulta mejor cuando
no se la esconde. Evidentemente, he logrado hacer el horror verdaderamente
horrible, y eso es un gran consuelo; porque toda novela que considera con
seriedad las cosas, debe tener un sesgo de miedo y horror si aun remota o
representativamente ha de parecerse a la realidad y no resultar mero escapismo.
Pero he fracasado si no parece posible que hobbits meramente mundanos puedan
medirse con cosas semejantes. Creo que no hay horror concebible que esas criaturas
no puedan superar mediante la gracia (que aparece aquí en formas mitológicas)
combinada con el rechazo en última instancia del compromiso o el sometimiento
por parte de su naturaleza y su razón.
Pero
a pesar de esto, que Rayner no sospeche la intervención de la «Alegoría».
Supongo que hay una «moral» en todo cuento digno de ser contado. Pero eso
no es la misma cosa. Aun la lucha entre la oscuridad y la luz (como él la
llama, no yo) es para mí sólo una fase particular de la historia, un ejemplo
de su trama quizá, pero no La Trama; y los actores son individuos; cada uno
de ellos, por supuesto, contiene universales, de lo contrario, no tendrían
vida, pero no los representan en cuanto a tales.
Desde
luego, la Alegoría y la Historia convergen, encontrándose en algún punto de
la Verdad. De modo que la única alegoría perfectamente coherente es la vida
real, y la única historia plenamente inteligible es una alegoría. Y uno comprueba,
aun en la imperfecta «literatura» humana, que cuanto mejor y más coherente
es una alegoría, tanto más fácilmente puede leerse «sólo como una historia»;
y cuanto mejor y más estrechamente entretejida es una historia, más fácilmente
pueden encontrar en ella una alegoría los que tengan propensión a hacerlo.
Pero ambas cosas parten de extremos opuestos. Podéis convertir el Anillo en
una alegoría de nuestro tiempo, si queréis: una alegoría del hado inevitable
que aguarda a todos los intentos de derrotar el poder maligno mediante el
poder. Pero eso es sólo consecuencia de que el poder, sea mágico o mecánico,
tiene siempre ese mismo funcionamiento. No se puede escribir una historia
acerca de un anillo mágico aparentemente simple sin que eso irrumpa, si de
veras se toma el anillo con seriedad, y hacer que ocurran las cosas que ocurrirían
si semejante cosa existiera.
Rayner,
por supuesto, ha señalado una debilidad (inevitable): el encadenamiento. Me
alegro de que piense que en general el encadenamiento está bien logrado. Es
lo mejor que podría esperarse. Lo he hecho lo mejor posible, pues tenía que
incluir hobbits (a los que amo), y aun debo tener un atisbo de Bilbo para
celebrar viejos tiempos. Pero no me preocupa el descubrimiento de que el anillo
era más serio de lo que aparecía en un principio; ése es sólo un modo de salida
entre todos los posibles. Tampoco necesitan explicación las acciones de Bilbo,
me parece. La debilidad es Gollum, y el hecho de que ofrezca el anillo como
regalo. Sin embargo, Gollum se vuelve más tarde un personaje importante, y
no dependo de Gandalf para que su psicología se vuelva inteligible. Espero
que resulte evidente y que finalmente Gandalf se revele como alguien más perceptivo
que apremiado. Con todo, debo tenerlo en cuenta cuando revise el capítulo
II para entregarlo a la imprenta; de cualquier modo, tengo intención de acortarlo.
La manera adecuada de salvar la dificultad sería remodelar un tanto el capítulo
V de la primera historia. Ésta no es una solución práctica; aunque, por cierto,
espero dejarlo todo revisado y en su forma definitiva tras de mí, de modo
que la humanidad pueda luego arrojarlo al cesto de los papeles. Todos los
libros van a parar allí al final, en este mundo al menos.
En cuanto
a ¿quién ha de leerlo? El mundo parece dividirse más y más en facciones impenetrables,
Morlocks y Eloi, y otros más. Pero aquellos a quienes les agrada esta especie
de material, gustan mucho de él, y nunca tienen lo bastante de él como para
que su hambre se apacigüe. Puede que el gusto sea (¡ay!) numéricamente limitado,
aun cuando, como lo sospecho, esté creciendo, y necesite materia prima para
un crecimiento aún mayor. Pero allí donde existe, el gusto no está limitado
por la edad o la profesión (aunque se excluyan los enteramente consagrados
a las máquinas). La audiencia que ha seguido hasta ahora El Anillo capítulo
a capítulo y lo ha releído y clama por su continuación, contiene alguna gente
dispar de gustos literarios similares: tales como C.S. Lewis, el finado Charles
Williams y mi hijo Christopher; probablemente constituyen una minoría muy
reducida y apenas correspondida. Pero ha incluido a otros: un abogado, un
médico (profesionalmente interesado en el cáncer), un oficial del ejército
ya mayor, una maestra de escuela elemental, un artista y un granjero.
[57]
Lo cual constituye una muestra bastante amplia, aun cuando
se excluya a la gente de profesión literaria cuyos propios intereses parecerían
estar muy apartados de dicho material, como David Cecil, por ejemplo.
De cualquier
modo, el corrector de pruebas, si alguna vez llega el libro a esa etapa, tendrá,
espero, muy poco que hacer. Estaba abrumado bajo el peso de otras tareas y
no tuve tiempo de revisar los capítulos que envié. En unos pocos casos debe
de haberse garrapateado «Belisario» como sugerencia sobre el nombre Hamilcar.
[58]
Lo que se decida importa poco, aunque el cambio tenía un
propósito; pero, de cualquier modo, espero que el muy detestable descuido
de no mantener constante ni siquiera el nombre de un personaje secundario
no desfigurará la forma final. Otra cosa: es inevitable que se presuponga
el conocimiento del libro anterior; pero hay en existencia un Prefacio o capítulo
introductor, «De los Hobbits». Se da en él la esencia del Capítulo V, «Acertijos
en las tinieblas», y procura la información contenida en las dos primeras
páginas aproximadamente del otro libro, además de explicar muchos puntos sobre
los que quieran enterarse los «fans», tales como el tabaco y las referencias
a la policía y al rey,
[59]
y la aparición de casas en la ilustración de Hobbiton.
El Hobbit, después de todo, no resultó tan simple como parecía, y fue
arrancado más bien al azar de un mundo en el cual ya existía y que no fue
inventado luego para hacer una continuación. La única libertad, si así puede
llamarse, es haber hecho del Anillo de Bilbo el Único Anillo: todos los anillos
tenían la misma fuente, aun antes de que pusiera su mano sobre él en la oscuridad.
Los horrores estaban ya allí acechando,
[60]
y Elrond vio que no podían evitarse por la acción de Concilio
Blanco alguno.
3) Luego de muchas discrepancias
con el Editor, Tolkien aceptó publicar ESDLA como una obra separada del Silmarillion
y en tres volúmenes.
[61]
Las tres cartas que siguen se refieren entre otras cosas
a los títulos de cada uno de los volúmenes.
Allen & Unwin
decidieron publicar El Señor de los Anillos en tres volúmenes al precio de veintiún
chelines cada uno. El contrato de Tolkien estipulaba que el manuscrito del
libro debía entregarse, listo para la imprenta, el 25 de marzo de 1953. Los
editores le habían pedido que escribiera una descripción del libro con fines
publicitarios, de no más de un centenar de palabras.
24 de
marzo de 1953 99 Holywell,
Oxford
Querido
Rayner:
He tenido
intención por algún tiempo de escribirte, a medida que el 25 de marzo, «día
del contrato», iba acercándose inexorable, y me encontraba todavía enredado
en las múltiples dificultades que tuve desde el momento mismo de firmar. Y
heme aquí ya en la víspera.
Brevemente,
lo que me ha ocurrido es el empeoramiento de la salud de mi esposa, que me
ha sumido en diversas aflicciones desde noviembre. Ante el ultimátum del médico,
me vi obligado a dedicar la mayor parte del tiempo que me dejaban libre mis
deberes al encuentro de una casa y la negociación de su adquisición en un
terreno elevado, seco y tranquilo. En realidad, estoy ahora en «articulo mortis»
o casi lo parece: de hecho debo mudarme de casa. Nada podría ser más desastroso.
Además, la mala voluntad de Mordor decretó que yo mismo perdiera por enfermedad
la mayor parte de las vitales Vacaciones de Navidad. No hubo ninguna grieta
en la armadura del último período escolar; y estoy ahora todavía ocupado como
presidente en el control de la distribución de honores entre los ensayos de
Inglés para junio, y estoy por añadidura una semana atrasado.
Me temo
que debo pedir tu indulgencia en relación con la fecha. Pero veo alguna esperanza
en tu carta, pues parece que los 2 primeros libros bastarían para mantener
rodando el balón. Prácticamente terminé una revisión detallada de ellos antes
de que el desastre me alcanzara y puedo entregártelos a fin de mes.
¿Sería
útil que te mandara ahora inmediatamente el primer libro (el más largo
de todos), que está del todo listo, acompañado de una copia adicional corregida?
Si me diriges un telegrama o me hablas por teléfono, mañana podría enviarte
el Libro I.
Lamento
resultar una molestia; pero puedes suponer qué doloroso es para mí que un
trabajo placentero se haya transformado en una pesadilla por habérseme acumulado
en 1953 tantos deberes y dificultades.
Entre
el 23 de abril y el 17 de junio espero disponer de tiempo suficiente para
poner el grueso de los últimos libros (que exigen escasa revisión) en orden,
para no detener las cosas una vez puestas en marcha. Pero desde el 17 de junio
al 27 de julio entraré en un túnel de exámenes que me exigirán 12 horas de
trabajo por día. Después de eso, levantaré la maltrecha cabeza, espero. De
cualquier modo, renunciaré a los Exámenes; pero este año, no puedo escapar
de ellos.
Si me
das alguna sugerencia acerca de lo que requiere tu departamento de publicidad,
sería una gran ayuda para mi maltrecho ingenio. ¿Cómo puedo describir el libro
claramente y poner de relieve su interés especial en un centenar de palabras
? Quizá podría contar con la ayuda de alguien que lo haya leído, como C.S.L.
....
Siempre
tuyo,
J.R.R.
Tolkien.
P.D.:
He pensado un tanto en la cuestión de los subtítulos de los volúmenes, que
tú considerabas deseables. Pero no me resulta fácil, pues los «libros», aunque
deben agruparse en pares, no están apareados realmente; y el par del medio
(III/IV) no está siquiera relacionado.
¿No valdría
que se utilizaran los «títulos de los libros», por ejemplo: El Señor de
los Anillos: Vol. I El Anillo se pone en camino y El Anillo va al Sur,
Vol. II La traición de Isengard y El Anillo va al Este; Vol.
III La Guerra del Anillo y El final de la Tercera Edad?
[62]
Si no,
por el momento no se me ocurre nada mejor que: I Crece la Sombra II El Anillo
en la Sombra III La Guerra del Anillo o El retorno del Rey.
JRRT.
8 de agosto de 1953
Rayner Unwin dijo a Tolkien que sería deseable que cada uno de los volúmenes de El Señor de los Anillos tuviera un título por separado, y refirió a Tolkien a su propia carta del 24 de marzo, en la que hacía sugerencias de subtítulos para las diversas partes.
Escribí
de prisa en primavera y no hice una copia de mi carta del 24 de marzo. Si
pudiera recuperarla o tener una copia de ella, me sería útil. No soy partidario,
sin embargo, de contar con títulos independientes para cada uno de los volúmenes,
sin tener un título general. El Señor de los Anillos es un buen título
general, creo, pero no es aplicable especialmente al Volumen I; a decir verdad,
es probable que sea el volumen al que menos se adecua. Excepto posiblemente
por motivos de costo, no veo objeción para:
El Señor
de los Anillos. I El retorno de la Sombra.
" "
"
II La Sombra se alarga.
" "
"
III El retorno del Rey.
Por cierto,
sólo por la utilización de un único título general puede evitarse la confusión
de la que hablas.
No estoy
desposado con ninguno de los subtítulos sugeridos, y me gustaría que se pudieran
evitar. Porque es verdaderamente imposible inventarlos de modo que correspondan
al contenido; pues la división en dos «libros» por volumen es puramente una
cuestión de conveniencia respecto de la longitud y no guarda relación alguna
con el ritmo o la ordenación de la narración ....
17 de agosto de 1953
Esta carta, dactilografiada en rojo, le fue enviada a Rayner inmediatamente después de que éste hubiera visitado a Tolkien.
Has sido
muy amable en venir a verme y aclarar las cosas. Sólo después de acompañarte
hasta el autobús me di cuenta de que finalmente no bebiste ni una cerveza,
ni siquiera nada fresco. Lo siento. Mi comportamiento, me temo, ha estado
muy por debajo del nivel del de los hobbits. Sugiero ahora como títulos de
los volúmenes, bajo el título general de El Señor de los Anillos:
Vol. I La Comunidad del Anillo. Vol. II Las Dos Torres. Vol. III La Guerra
del Anillo (o, si lo prefieres todavía: El retorno del Rey).
La Comunidad
del Anillo servirá, me parece; y se adecua bien al hecho de que el último
capítulo del Volumen es La disolución de la Comunidad. Las dos torres se acerca
tanto como es posible a encontrar un título que cubra Libros tan divergentes
como el 3 y el 4; y puede quedar en la ambigüedad, pues podría referirse a
Isengard y Barad-dür o a Minas Tirith y B; o Isengard y Cirith Ungol.
[63]
Pensándolo bien, prefiero para el Vol. III La Guerra del
Anillo, pues otra vez se lo incluye; y también es menos comprometido y no
sugiere tan directamente el giro de la historia: los títulos de los capítulos
han sido también escogidos para decir lo menos posible de antemano. Pero no
insisto en mi elección.
Reconsiderando
nuestra conversación: Dudo de que las letras rojas sean ahora lo bastante
importantes para las letras de fuego del Anillo en el Libro I, cap. 2 (Galerada
15), como para que valga la pena el gasto de la alteración. Creo que no estaría
mal que la última página rúnica del Libro de Mazarbul (Libro II, cap. 5) se
reprodujera como frontispicio (?). La última página porque, aunque no tan
bien forjada, se relaciona estrechamente con la narración concreta.
El 1
de septiembre llevaré personalmente la Copia para el Vol. II. Ya parece estar
bastante bien ordenada. Vuelvo ahora a la consideración de los Mapas... y
del Prefacio.
En
las Cartas que siguen, Tolkien nos brinda mucha información sobre El Señor
de los Anillos; puesto que luego de la publicación, muchos lectores atiborraron
la correspondencia del profesor con preguntas sobre la Obra. Para una mejor
lectura y comprensión, he puesto un subtítulo por cada tema en particular.
Es importante, también, prestar atención a las notas al pie de página, puesto
que allí se amplía mas la información.
4)
Los Elfos, Tom Bombadil, Ella-laraña y las Ents mujeres
25 de abril
de
“«Elfos»
es una traducción quizá no muy adecuada, pero originalmente lo bastante satisfactoria,
de Quendi. Se los representa como una raza de apariencia similar (y
más todavía remontándose en el tiempo) a la de los Hombres, y en días tempranos
de la misma estatura. ¡No entraré aquí a señalar sus diferencias de los Hombres!
Pero supongo que los Quendi de estas historias se emparentan en realidad
muy poco con los Elfos y las Hadas de Europa; y si se me apremia a racionalizar,
diría que representan en realidad a los Hombres con facultades estéticas y
creativas muy realzadas, mayor belleza y nobleza, y una vida más larga: los
Hijos Mayores destinados a desvanecerse ante los Seguidores (Hombres) y a
vivir en última instancia por la delgada línea de su sangre que se mezcló
con la de los Hombres, entre los cuales constituía la única pretensión legítima
a la «nobleza».
Se los
representa como si se hubieran dividido tempranamente en dos o tres variedades,
i. Los Eldar, que escucharon la convocatoria de los Valar o los Poderes
para que desde la Tierra Media fueran por Mar al Oeste; y 2, los Elfos Menores,
que no la escucharon. La mayoría de los Eldar, al cabo de una gran
marcha, llegaron a las Costas Occidentales y cruzaron el Mar; éstos fueron
los Altos Elfos, cuyo poder y conocimiento se incrementaron inmensamente.
Pero en esa ocasión parte de ellos permaneció en las tierras costeras del
Noroeste: éstos fueron los Sindar o Elfos Grises. Los Elfos Menores
apenas aparecen, excepto como parte del pueblo del Reino de los Elfos, del
Bosque Negro norteño y de Lorien, regidos por los Eldar; sus lenguas
no aparecen.
Los Altos
Elfos con los que nos topamos en este libro son los Exiliados, que regresaron
por Mar a la Tierra media después de ciertos acontecimientos que son el motivo
principal del Silmarillion; proceden de una de las principales tribus
de los Eldar: los Noldor (Maestros de la Ciencia). O, más bien, sus
últimos restos. Porque el Silmarillion propiamente dicho y la Primera
Edad terminaron con la destrucción del Poder Oscuro primordial (del que Sauron
era un mero teniente) y la rehabilitación de los Exiliados, que volvieron
otra vez por Mar. Los que se demoraron fueron los que se enamoraron de la
Tierra Media, aun cuando desearan la belleza inalterable de la Tierra de los
Valar. De ahí la fabricación de los Anillos, porque los Tres Anillos estaban
precisamente dotados con el poder de la preservación, no con el de dar nacimiento
Aunque inmaculados, pues no estaban hechos por Sauron ni habían sido tocados
por él, eran, no obstante, parcialmente producto de la instrucción que él
impartió, y, en última instancia, estaban bajo el control del Único. Así,
como ya lo verá, cuando el Único desaparece, los últimos defensores de la
ciencia y la belleza de los Altos Elfos quedan privados del poder de retener
el tiempo, y parten...”
Tom Bombadil
no es una persona importante, al menos en relación con la narración. Supongo
que tiene cierta importancia como «comentario». Quiero decir, no es así como
yo escribo realmente: es sólo una invención (que apareció por primera vez
en la Oxford Magazine en 1933 aproximadamente) y representa algo que
yo siento importante, aunque no estaría preparado para analizar ese sentimiento
con precisión. Sin embargo, no lo habría incluido si no tuviera alguna especie
de función. Podría enunciarlo de este modo: La historia se constituye en términos
de un aspecto bueno y otro malo, la belleza contra una implacable fealdad,
la tiranía en contra del reinado, la libertad moderada con consentimiento
contra la compulsión que hace ya mucho ha perdido todo otro motivo que el
mero poder, y así sucesivamente; pero ambos aspectos, conservador o destructivo,
requieren, en cierto grado, algo de control. Sin embargo, si usted ha renunciado
al control, como quien hace «un voto de pobreza», y se deleita en las cosas
por sí mismas sin ninguna referencia a su propia persona, contemplando, observando,
y hasta cierto punto conociendo, entonces la cuestión de lo bueno y lo malo
del poder y del control carecería para usted de toda significación, y los
mecanismos del poder le serían completamente inservibles. Éste es un punto
de vista pacifista natural que siempre surge cuando se produce una guerra.
Pero el punto de vista de Rivendel parece ser que es excelente haber representado,
pero que de hecho hay cosas con las que no puede medirse, y de las que depende
no obstante su existencia. En última instancia, sólo la victoria del Oeste
permitirá que Bombadil continúe y aun que sobreviva. Nada había para él en
el mundo de Sauron.
No tiene
ninguna conexión en mi mente con las Ents-mujeres. Lo que les haya ocurrido
a ellas no se resuelve en este libro. Él es en cierto modo la respuesta que
obtienen en el sentido de que es casi lo opuesto; es, por así decir, la Botánica
y la Zoología (como ciencias) y la Poesía en cuanto opuestas a la Ganadería,
la Agricultura y el pragmatismo.
Creo
que, de hecho, las Ents-mujeres desaparecieron para siempre, destruidas junto
con sus jardines en la Guerra de la Última Alianza (Segunda Edad, 3429-3441),
cuando Sauron adoptó una política de tierra arrasada y quemó sus campos para
impedir el avance de los Aliados corriente abajo por el Anduin (vol. II, pág.
99, se refiere al hecho).
[64]
Sobrevivieron sólo en la «agricultura» transmitida a los
Hombres (y a los Hobbits). Puede que algunas, por supuesto, hayan huido hacia
el este o aun que se hayan convertido en esclavas: en tales cuentos, incluso
los tiranos deben tener un marco económico y agrícola para sus soldados y
obreros del metal. Si algunas sobrevivieron así, por cierto habrían quedado
separadas de los Ents, y cualquier contacto entre ellos habría resultado difícil,
a no ser que la experiencia de la agricultura industrializada y militarizada
las hubiera vuelto más anárquicas. Así lo espero. No lo sé...
El Balrog
es un sobreviviente del Silmarillion y las leyendas de la Primera
Edad. También lo es Ella-Laraña. Los Balrogs, cuyas armas principales
eran los látigos, eran espíritus primordiales del fuego destructor, importantes
servidores del Poder Oscuro primordial de la Primera Edad. Supuestamente,
habían sido todos destruidos con el derrumbe de Thangorodrim, su fortaleza
en el Norte. Pero se comprueba aquí (hay siempre una especie de resaca, especialmente
dejada por el mal, desde una edad a la otra) que uno de ellos había escapado
y se había refugiado bajo las montañas de Hithaeglin (las Montañas Nubladas).
Puede observarse que sólo los Elfos saben lo que es la criatura... e indudablemente
Gandalf.
Shelob
(forma inglesa que representa el L.C., «she-lob», araña
de sexo femenino) es una traducción del élfico Ungol, «araña». Se la
representa en el vol. II como descendiente de las arañas gigantes de las hoyas
de Nandungorthin, que intervienen en las leyendas de la Primera Edad,
especialmente en las principales, como el cuento de Beren y Lúthien. Hay constante
referencia a esto, pues, como lo señala Sam (vol. II, pág. 444-446),
[65]
esta historia es en cierto sentido una continuación.
Elrond y su hija Arwen Undómiel, que se parece mucho a Lúthien tanto en aspecto
como en destino, son descendientes de Beren y Lúthien; y también lo es Aragorn,
con varios intervalos de parentesco. Las mismas arañas gigantes eran sólo
vástagos de Ungoliante, la primitiva devoradora de la luz, que en forma de
araña fue asistente del Poder Oscuro, aunque se peleó luego con él. No hay,
pues, alianza entre Shelob y Sauron, el representante del Poder Oscuro; sólo
un odio común.
Galadriel
tiene la misma edad, o más todavía, que Shelob. Es la última de los Grandes
entre los Altos Elfos, y «despertó» en Eldamar, más allá del Mar, mucho antes
que Ungoliant llegara a la Tierra Media y diera allí origen a sus vástagos
....”
5) Dos cartas, la última, un borrador no enviado;
que plantean cuestiones centrales en ESDLA. En la primera, la historia de
la Tierra Media vista como el proceso de la Caída del mundo mítico. En la
segunda la Concepción de Tolkien sobre la “Magia”
25 de septiembre
de
Estimada
señora Mitchison:
Obligaciones,
problemas, enfermedades y viajes me han hecho la vida imposible, de lo contrario
le habría escrito mucho antes, especialmente después de su amable carta del
mes pasado, temporalmente extraviada entre un cúmulo de exámenes, galeradas
y no sé qué más, después de leer hasta el final El Señor & c.
Ha sido
muy amable y alentadora, y su generosa y perspicaz crítica me pone en deuda
con usted. El suyo es el único comentario que yo haya visto que, además de
tratar el libro como «literatura», cuando menos en intención, y aun tomándolo
seriamente (y, de acuerdo con ello, elogiándolo o ridiculizándolo), también
ve en él la forma elaborada del juego de inventar un país, un país
infinito, porque aun un comité de especialistas en diversas ramas no podría
completar el cuadro general. Soy más consciente de mi insuficiencia en arqueología
y realien
[66]
que en economía: ropas, instrumentos agrícolas, metalistería,
cerámica, arquitectura, etcétera. Para no mencionar la música y sus instrumentos.
No soy incapaz ni inconsciente del pensamiento económico; y creo que en lo
que a los «mortales» respecta, Hombres, Hobbits y Enanos, las situaciones
están concebidas de modo tal que la probabilidad económica está presente y
podría ser elaborada: Gondor tiene suficientes «tierras urbanizadas» y feudos
con agua potable y redes camineras para abastecer a su población; y evidentemente
tiene muchas industrias, aunque la referencia a éstas no resulte adecuada.
La Comarca está situada en un emplazamiento regado y montañoso y a una distancia
del mar y a una latitud que le darían una fertilidad natural, del todo aparte
del hecho enunciado de que era una región bien cuidada cuando la ocuparon
(sin duda, con abundantes artes y artesanías más antiguas). Los Hobbits de
la Comarca no tienen una gran necesidad de metales, pero sí los Enanos, y
en el este de las Montañas de Lune se encuentran algunas de sus minas (como
se muestra en las leyendas anteriores): sin duda, la razón, o una de ellas,
de que crucen con frecuencia la Comarca. Parte de los elementos modernos
que utilizan (pienso especialmente en los paraguas) son probablemente,
sin la menor duda, me parece, un error, del mismo orden que sus tontos nombres
y sólo tolerable como «anglificación» deliberada para señalar el contraste
entre ellos y otros pueblos en los términos más familiares. No creo que gente
de esa especie y en esa etapa de vida y desarrollo pueda ser a la vez pacífica
y muy brava y esforzada de ser necesario.
[67]
La experiencia de dos guerras ha confirmado esta opinión.
Pero los hobbits no constituyen una visión utópica ni son recomendados
como ideal en su propia era ni en ninguna otra. Ellos, como todos los pueblos
y sus situaciones, son un accidente histórico -como los Elfos se lo señalan
a Frodo- pasajero a la larga. ¡No soy un reformista ni un «embalsamador»!
No soy un «reformista» (por ejercicio del poder) pues parece condenado al
sarumanismo. Pero el «embalsamamiento» tiene sus propios castigos.
Algunos
críticos han considerado simplista todo el asunto, sencillamente una lucha
entre el Bien y el Mal, siendo todo el bien bueno y el mal malo. Perdonable,
quizás (aunque por lo menos Boromir ha sido olvidado), en gente apresurada
que sólo ha leído un fragmento y, por supuesto, sin tener a su disposición
las historias élficas, escritas antes, aunque no publicadas. Pero los Elfos
no son enteramente buenos ni tienen siempre razón. No tanto porque
hayan flirteado con Sauron, como porque, con su ayuda o sin ella, fueron «embalsamadores».
Querían estar repicando y en la procesión a la vez: vivir en la mortal Tierra
Media histórica porque habían llegado a amarla (y quizá porque allí gozaban
de las ventajas de una casta superior) y por tanto trataron de detener
sus alteraciones y su historia, detener su desarrollo, mantenerla como un
lugar placentero, incluso en gran parte un desierto, donde pudieran ser «artistas»:
y los abrumaron la tristeza y la nostalgia. A su modo, los Hombres de Gondor
fueron semejantes: un pueblo menguante cuyos únicos «objetos de veneración»
eran sus tumbas. Pero, de cualquier modo, éste es un cuento acerca de una
guerra, y si se permite la guerra (cuando menos como tema y escenario), no
sirve de mucho quejarse de que todos los que están de un lado estén en contra
del otro. No es ni siquiera que yo haya vuelto tan simple esta cuestión: están
Saruman, y Denethor, y Boromir; y hay traiciones y lucha aun entre los Orcos.
En realidad,
al imaginar esta historia, estamos viviendo ahora en una Tierra físicamente
redonda. Pero el entero «legendarium» contiene la transición desde un mundo
plano (o cuando menos una οΤκουμένη con límites a su alrededor) a un globo: una transición inevitable, supongo,
a un moderno «hacedor de mitos» con una mente sometida a las mismas «apariencias»
que la de los hombres antiguos, y en parte alimentado de sus mitos, pero que
ha aprendido que la Tierra era redonda desde los años más remotos. Tan profunda
fue la impresión que hizo en mí la «astronomía», que no creo que pudiera
referirme a un mundo plano o concebirlo de ese modo imaginativamente, aunque
una Tierra estática con un Sol que gira a su alrededor es más fácil (a la
fantasía, si no a la razón).
El «mito» particular que está por detrás de este cuento y el ánimo
tanto de los Hombres como de los Elfos en esta época es la Caída de : una
variedad especial de la tradición de la Atlántida. Eso me parece a mí tan
fundamental para la «historia mítica» -si tiene una especie de base en la
historia real o no, con el debido respeto a Saurat y a otros, carece de pertinencia-
que alguna versión de ella debe intervenir.
He escrito
una crónica de la Caída que quizá le interese. Pero la cuestión inmediata
es que antes de la Caída había más allá del mar y las costas occidentales
de la Tierra Media un paraíso élfico terrenal, Eressëa, y Valinor,
la tierra de los Valar (los Poderes, los Señores del Oeste),
[68]
sitios a los que se podía llegar físicamente mediante
la navegación ordinaria, aunque los Mares eran peligrosos. Pero después de
la rebelión de los Númenóreanos, los Reyes de los Hombres, que vivían en una
tierra más occidental que ninguna otra de los mortales, y que finalmente,
en la cúspide de su orgullo, intentaron ocupar Eressëa y Valinor por la fuerza, fue destruida y Eressëa y Valinor retiradas
de la Tierra físicamente accesible: el camino hacia el oeste estaba abierto,
pero no conducía a sitio alguno salvo al punto de partida... para los mortales.
Elendil
y sus hijos fueron los jefes de la pequeña partida de los «fieles» que no
tomaron parte en el intento de obtener el poder mundano y la inmortalidad
por la fuerza, y se libraron de la anegación de Númenor y fueron transportados
hacia el este en una gran tormenta y arrojados a las costas occidentales de
la Tierra Media, donde establecieron sus reinos. Pero no había modo de regresar
para ellos ni para ningún hombre mortal; de ahí su nostalgia.
Sin embargo,
la promesa hecha a los Eldar (los Altos Elfos, no a otras variedades que habían
asumido la decisión irrevocable de preferir la Tierra Media al paraíso) por
el sufrimiento padecido en la lucha contra el Señor Oscuro primordial, tenía
todavía que ser satisfecha: siempre podrían abandonar la Tierra Media si así
lo deseaban e ir por el Mar al Verdadero Oeste, por el Camino Recto, y llegar
así a Eressëa; pero debían abandonar el tiempo y la historia para nunca más
volver. Los Medio-Elfos, como Elrond y Arwen, podían elegir cuál sería su
destino: elegir una vez y para siempre. De ahí el dolor de la partida de Elrond
y Arwen.
Pero
en esta historia se supone que pueden haber ciertas excepciones raras (¿legítimamente
supuestas?, siempre parece haber excepciones); y de este modo ciertos «mortales»
que han desempeñado un gran papel en los asuntos de los Elfos, pueden ir con
ellos al Hogar de los Elfos. Así, Frodo (por don expreso de Arwen) y Bilbo,
y finalmente Sam (como fue presagiado por Frodo); y como única excepción,
Gimli el Enano, por ser amigo de Lególas y «servidor» de Galadriel.
No he
dicho nada de ello en este libro, pero la idea mítica que está por detrás
es que para los mortales, puesto que su «especie» no puede nunca alterarse
para siempre, ésta es estrictamente sólo una recompensa temporal: una curación
y compensación de los males sufridos. No pueden quedarse allí para siempre,
y aunque no están en condiciones de volver a la tierra mortal, pueden y han
de «morir» por libre voluntad y abandonar el mundo. (En este escenario, la
vuelta de Arthur sería del todo imposible, un vano hecho imaginario.)
Lamento
que a la Bahía de Hielo de Forochel no se le haya dado (hasta ahora) un papel
significativo. Es sólo el término «élfico» con que se designa al Hielo Norteño,
y es un mero resto de los fríos del Norte, el reino del Señor Oscuro primordial
de las primeras Edades. Se dice, en verdad, que Arvedui, el último rey de
Arnor, huyó hacia allí, desde donde trató de escapar en barco, pero que fue
destruido por el hielo; y con él perecieron las últimas Palantiri del
Reino del Norte.
Me temo
que ésta es una carta ridículamente larga, y quizá presuntuosa en su extensión,
aunque su bondad e interés le sirven en cierto modo de excusa.
Poco
después de su visita, tan agradable e inesperada, hice hacer una copia de
la cronología de la Segunda Edad y de la Tercera para que pueda usted leerla:
del todo analítica e inmotivada. Si todavía le interesa, se la enviaré.
Lamenté
comprobar, cuando me fue devuelta, que la andanada sobre «lenguas», etcétera,
había sido enviada sin corregir y con montones de palabras y frases sin borrar,
de modo que algunas partes apenas resultaban legibles.
Puede
que le interese saber que ya parece ser necesaria una reimpresión de La
Comunidad. Aunque supongo que la primera impresión no fue muy amplia.
Sinceramente
suyo,
J.R.R.
Tolkien.
Un pasaje del borrador
de la carta precedente que no se incluyó en la versión enviada.
Me temo
haber sido demasiado fortuito acerca de la «magia» y, en especial, acerca
del empleo de la palabra; aunque Galadriel y otros muestran, mediante la crítica
que hacen del empleo «mortal» de la palabra, que el pensamiento centrado en
ella no es del todo fortuito. Pero ésta es una cuestión muy amplia y difícil;
y una historia que, como usted tan acertadamente apunta, trata en amplia medida
acerca de los motivos (elección, tentaciones, etcétera) y las intenciones
de utilizar cualquier cosa que se encuentre en el mundo, difícilmente podría
engrosarse con una disquisición pseudofilosófica. No tengo intención de empeñarme
en el debate de si la «magia» es en sentido alguno real o realmente
posible en el mundo. Pero supongo que, en lo que al cuento respecta, algunos
dirían que existe una distinción latente, como la que se llamó una vez la
distinción entre magia, y goeteia.
[69]
Galadriel habla de los «engaños del Enemigo». Perfectamente,
pero la magia podía ser considerada, era considerada, buena (per se),
y la goeteia, mala. Ninguna es en este cuento buena o mala (per se),
sino sólo por el motivo, el propósito o la utilización. Ambas partes emplean
las dos, pero con diferentes motivos. El motivo malo por sobre todos (para
este cuento, pues trata especialmente de ello) es el sometimiento de la «libre»
voluntad de los demás. Las operaciones del Enemigo no son de ningún modo todas
ilusiones goéticas, sino «magia» que produce efectos reales en el mundo físico.
Pero utiliza su magia para aplastar tanto las cosas como a la gente,
y la goeteia para aterrar y someter. Los Elfos y Gandalf utilizan su
magia moderadamente: una magia que produce resultados reales
(fuego en una gavilla húmeda) con propósitos benéficos específicos. Sus efectos
goéticos son por entero artísticos y no tienen por fin engañar: nunca
engañan a los Elfos (aunque pueden engañar o desconcertar a los Hombres desprevenidos),
porque la diferencia es para ellos tan clara como lo es para nosotros la
diferencia entre la ficción, la pintura o la escultura y la «vida».
Ambas
partes viven principalmente por medios «ordinarios». El Enemigo o los que
se han vuelto como él prefieren la «maquinaria» -con efectos destructivos
y malignos- porque los «magos», que han llegado a interesarse sobre todo
por la utilización de la magia para la obtención del propio poder,
así lo hacen. El motivo básico de la magia -aparte de cualquier consideración
filosófica acerca de su funcionamiento- es la inmediatez: la velocidad, la
reducción del trabajo y también la reducción al mínimo (o punto de fuga)
del hueco entre la idea o el deseo y el resultado o efecto. Pero puede que
no sea tan fácil tener acceso a la magia y, de cualquier modo, si
se tiene dominio de la suficiente mano de obra esclavizada y maquinarias (a
menudo la misma cosa disimulada), es posible con igual velocidad derribar
montañas, arrasar bosques o levantar pirámides por tales medios. Por supuesto,
interviene entonces otro factor, un factor moral o patológico: los tiranos
pierden de vista los objetivos, se vuelven crueles y, por tanto, aplastan,
lastiman y envilecen. Sin duda, sería posible defender el hecho de que el
pobre Lotho introdujera maquinarias más eficaces, pero no el uso que hacen
de ellas Zarquino y Arenas.
De cualquier
modo, una diferencia en la utilización de la «magia» en esta historia es que
no se tiene acceso a ella por conocimiento folklórico o hechizos, sino que
es un poder inherente no poseído o accesible a los Hombres en cuanto tales.
La «curación» por obra de Aragorn podría considerarse «mágica», o al menos
una mezcla de magia con farmacología y procesos «hipnóticos». Pero (en teoría)
es comunicada por hobbits que tienen muy escasas nociones de filosofía y ciencia;
mientras que A. no es un «Hombre» puro, pues está lejanamente emparentado
con los «hijos de Lúthien».
[70]
6) En la carta a Robert Murray,
amigo personal de Tolkien, se plantean otros dos temas de suma importancia,
para comprender la profundidad del pensamiento del Profesor sobre las ideas
subyacentes en la gran obra.
Carta 156
A Robert Murray, S. J. (borrador)
Respuesta a nuevos
comentarios sobre El Señor de los Anillos.
4 de noviembre
de
Mi querido
Rob:
“(...)
No, «Smeagol», por supuesto, no fue plenamente considerado en un principio,
pero creo que el personaje estaba implícito, y sólo necesitaba atención. En
cuanto a Gandalf: por cierto, no se trata de unirme a P.H. para
dar voz a crítica alguna. Yo mismo podría ser mucho más destructivo.
Supongo que siempre hay defectos en toda obra de arte de largo alcance, y
especialmente en las literarias que se fundan en un material anterior al que
se le da nuevo aliento: ¡como Homero, el Beowulf, Virgilio o la tragedia
griega o shakespeariana! En esa categoría, como categoría no competidora,
se sitúa El Señor de los Anillos, aunque sólo se funda sobre el propio
primer material del autor. Creo que el modo en que se presenta el retorno
de Gandalf es un defecto, y otro crítico, tan fascinado como tú, utilizó,
extrañamente, la misma expresión: «engaño». Eso es en parte consecuencia
de las compulsiones siempre presentes de la técnica narrativa. Tiene que retornar
en ese punto, y las explicaciones de su supervivencia que se establecen de
manera explícita deben darse allí; pero la narración urge y no puede demorarse
para dar lugar a elaboradas exposiciones que impliquen el entero decorado
«mitológico». Aun así, queda algo obstruida, aunque he cortado considerablemente
lo que G cuenta de sí. Quizá podría haber aclarado más las observaciones posteriores
del Vol. II (y del Vol. III) que se refieren a Gandalf o son hechas por él,
pero reduje deliberadamente todas las alusiones a los asuntos de gran importancia
a meras sugerencias, sólo perceptibles para los más atentos, o las mantuve
como formas simbólicas sin explicación. Así, Dios y los dioses «angélicos»,
los Señores o los Poderes del Oeste, sólo atisban en pasajes como la conversación
que mantiene Gandalf con Frodo: «algo más había en juego por detrás, por
encima de los designios del hacedor del Anillo»; o en la gracia númenóreana
de Faramir en la cena.
Gandalf
«murió» realmente y se transformó: pues eso me parece a mí el único engaño
verdadero: representar algo que pueda llamarse «muerte» como si nada se alterara.
«Yo soy G. el Blanco, que ha vuelto de la muerte.» Probablemente, debió
haberle dicho a Lengua de Serpiente: «No he pasado a través de la muerte (no
"el fuego y la inundación") para intercambiar palabras torcidas
con un sirviente». Y así sucesivamente. Podría decir mucho más, pero sólo
sería para dilucidar (tediosamente quizás) ideas mitológicas que tengo en
mente; no se desbarataría el hecho, me temo, de que el retorno de Gandalf,
tal como se lo presenta en este libro, constituye un «defecto», un defecto
del que tenía conciencia; quizá no trabajé lo suficiente para corregirlo.
Pero G., por supuesto, no es un ser humano (Hombre o Hobbit). No hay, claro
está, nombres modernos precisos para decir lo que era. Yo aventuraría decir
que era un «ángel» encarnado, estrictamente un Κγγελος:
[71]
es decir, junto con los otros Istari, magos, «los
que saben», un emisario de los Señores del Oeste, enviado a la Tierra Media,
cuando la gran crisis ocasionada por Sauron asomó por sobre el horizonte.
Por «encarnados» quiero decir que estaban dotados de cuerpos físicos capaces
de dolor y fatiga, que sus espíritus sufrían el temor físico y la «muerte»,
aunque, con el apoyo de un espíritu angélico, eran capaces de resistir largo
tiempo y sólo lentamente padecían el cansancio de la preocupación y el trabajo.
Por qué
adoptaron esa forma se vincula con la «mitología» de los Poderes «angélicos»
del mundo de esta fábula. A esta altura de la fabulosa historia, el propósito
era precisamente limitar y entorpecer su exhibición de «poder» en el plano
físico y, por tanto, hacer aquello para lo cual fundamentalmente habían sido
enviados: preparar, aconsejar, instruir, animar el corazón y la mente de
los amenazados por Sauron, para oponerle resistencia con sus propias fuerzas,
y no sencillamente hacerlo en su lugar. Así pues, se manifestaron como sabios
«ancianos». Pero en esta «mitología» todos los poderes «angélicos» relacionados
con este mundo eran capaces de múltiples grados de error y fracaso entre la
absoluta rebelión satánica y el mal de Morgoth y su satélite Sauron, y la
indolencia de algunos otros poderes superiores o «dioses». Los «magos» no
estaban exentos de ello; en verdad, como seres encarnados, eran más proclives
a extraviarse o errar. Sólo Gandalf pasa plenamente las pruebas, en el plano
moral al menos (comete errores de juicio). Porque en su condición era para
él un sacrificio perecer en el Puente en defensa de sus compañeros,
menos quizá que para un Hombre o un Hobbit mortal, pues él tenía un poder
interior mucho más grande que el de ellos; pero también más, pues se humillaba
abnegadamente de conformidad con «las Reglas»: pues por lo que sabía en aquel
momento, era la única persona que podía dirigir la resistencia contra
Sauron con buen éxito, y toda su misión resultaba vana. Devolvía el
mando a la Autoridad que establecía las Reglas y abandonaba las esperanzas
personales de triunfo.
Eso,
diría yo, es lo que la Autoridad deseaba para neutralizar a Sauron. Los «magos»,
en cuanto tales, habían fracasado; o, si gustas: la crisis se había vuelto
demasiado grave y estaba necesitada de un incremento de poder. De modo que
Gandalf se sacrificó, fue aceptado, fue fortalecido y retornó. «Sí, ése era
el nombre. Yo era Gandalf.» Por supuesto, su personalidad e idiosincrasia
siguen siendo las mismas, pero tanto su sabiduría como su poder son mucho
mayores. Cuando habla, exige atención; el viejo Gandalf no podría haber tratado
del mismo modo con Théoden ni con Saruman. Tiene todavía la obligación de
ocultar su poder y de enseñar antes que forzar o dominar las voluntades,
pero donde los poderes físicos del Enemigo son demasiado para que la buena
voluntad de los oponentes resulte eficaz, puede, en una emergencia, actuar
como un «ángel», no más violentamente que la liberación de san Pedro de la
prisión. Rara vez lo hace, operando más bien a través de los demás, pero en
uno o dos casos en la Guerra (Vol. III) revela un súbito poder: en dos ocasiones
rescata a Faramir. Sólo él queda para prohibir la entrada del Señor de Nazgûl
a Minas Tirith, cuando la Ciudad ha sido arrasada y las Puertas destruidas;
sin embargo, tan poderoso es el reguero de resistencia humana que él mismo
ha alentado y organizado, que, de hecho, no se produce guerra alguna: pasa
a otras manos mortales. Al final, en el momento de partir para siempre, se
resume así a sí mismo: «Fui el enemigo de Sauron». Podría haber añadido:
«Con ese fin fui enviado a la Tierra Media». Pero de ese modo al final
habría revelado más que al principio. Fue enviado por un mero plan prudente
de los Valar o gobernadores angélicos, pero la Autoridad se ha hecho
cargo de ese plan y lo ha ampliado en el momento de su fracaso. «Desnudo
fui enviado de nuevo por un breve tiempo hasta que mi tarea estuviera cumplida.»
¿Enviado por quién y desde dónde? No por los «dioses», cuyo cometido responde
sólo al mundo encarnado y a su tiempo pues él salió «fuera del pensamiento
y el tiempo». Desnudo, ¡ay!, no queda claro. Significaba literalmente
«sin ropas como un niño» (no desencarnado) y, por tanto, listo para recibir
el blanco atuendo de los más altos. El poder de Galadriel no es divino, y
su curación en Lórien no significa más que la curación y la renovación físicas.
Pero
si es «engaño» tratar a la «muerte» como si ésta no constituyera diferencia
alguna, la encarnación no debe ignorarse. Quizás el poder de Gandalf pueda
acrecentarse (es decir, en las formas de esta fábula, en santidad), pero si
aún encarnado debe sufrir el cuidado y la ansiedad, y las necesidades de la
carne. No tiene más (si no menos) certidumbres o libertades que un teólogo,
por ejemplo. De cualquier manera, ninguno de mis personajes «angélicos» se
representan como si conocieran el futuro cabalmente, o, a decir verdad, no
lo conocen en absoluto cuando están implicadas otras voluntades. De
ahí su constante tentación de hacer o intentar hacer lo que para ellos está
mal (y es desastroso): forzar las voluntades menores mediante el poder,
por venerable temor si no por verdadero miedo o sometimiento físico. Pero
la naturaleza del conocimiento que tienen los hombres de la historia del
Mundo y su participación en su hechura (antes de que se encarnara o se hiciera
«real») -de ahí obtenían el poco conocimiento del futuro que tenían- forma
parte de la mitología general. Con ello se representa al menos que la intervención
de los Elfos y de los Hombres en esa historia no les correspondía en absoluto
y quedaba reservada: de ahí que se los llamara los Hijos de Dios; y por eso
los dioses los amaban (u odiaban) especialmente, pues tenían una relación
con el Creador igual a la suya propia, aunque de diferente estatura. Ésta
es la situación mitológica-teológica en este momento de la Historia, que se
ha explicado, pero que no se ha publicado todavía...”
Los Hombres han «caído» -cualesquiera leyendas enunciadas en forma
de supuesta historia antigua de este nuestro mundo concreto debe aceptar eso-,
pero los pueblos del Oeste, el lado bueno, están Reformados. Es decir, son
los descendientes de los Hombres que intentaron arrepentirse y se marcharon
hacia el Oeste para huir del dominio del Señor Oscuro Primordial y de su falsa
idolatría, y, a diferencia de los que se quedaron, renovaron (y ampliaron)
su conocimiento de la verdad y la naturaleza del Mundo. De ese modo, escaparon
de la «religión» en sentido Pagano hacia un puro mundo monoteísta, en el que
todas las cosas y los seres y los poderes que podrían parecer venerables no
fueron venerados, ni siquiera los dioses (los Valar), pues eran sólo criaturas
del Único. Y Él era inmensamente remoto.
Los Altos
Elfos eran los exiliados del Reino Bendecido de los Dioses (después de su
particular caída élfica propia) y no tenían «religión» (o prácticas religiosas,
más bien), pues habían estado en manos de los dioses, que alababan y adoraban
a Eru «el Único», Ilúvatar el Padre de Todos en el Monte de
Aman.
La más
alta clase de Hombres, los de las Tres Casas, que ayudaron a los Elfos en
la Guerra Primordial contra el Señor Oscuro, fueron recompensados con el
don de la Tierra de la Estrella o Oesternesse (= Númenor), que estaba más
al oeste que cualquier otra tierra mortal y casi a la vista del Hogar de los
Elfos (Eldamar) en las costas del Reino Bendecido. Allí se convirtieron en
los Númenóreanos, los Reyes de los Hombres. Se les dio el triple de extensión
de vida, pero no la «inmortalidad» élfica (que no es eterna, sino que se
mide de acuerdo con la duración del tiempo en la Tierra); porque según el
punto de vista de esta mitología, la «mortalidad», o una breve extensión de
vida, y la «inmortalidad», o una extensión de vida indefinida, eran parte
de lo que podríamos llamar la naturaleza biológica y espiritual de los Hijos
de Dios, los Hombres y los Elfos (los primogénitos), respectivamente, que
no podía ser alterada por nadie (ni siquiera por un Poder o dios);
y el Único no la alteraba tampoco, salvo quizá por una de esas extrañas excepciones
a todas las reglas y ordenanzas que parecen darse en la historia del Universo
y manifiestan el Dedo de Dios, como la única Voluntad y Agente enteramente
libre.
[72]
De este
modo, los Númenóreanos iniciaron como monoteístas un gran nuevo bien; pero
como los judíos (sólo que de manera más pronunciada) con un único centro
físico de «veneración»: la cumbre de la montaña de Meneltarma, el «Pilar del
Cielo» -literalmente, pues no concebían el cielo como una divina residencia-,
en el centro de Númenor; pero no contaba como edificio ni templo, pues todas
esas cosas tenían asociaciones negativas. Pero «cayeron» otra vez por causa
de una prohibición, de manera inevitable. Se les prohibió navegar hacia el
oeste más allá de su propia tierra porque no se les permitía ser o
tratar de ser «inmortales»; y en este mito el Reino Bendecido se representa
con una existencia física concreta como región del mundo real, a la que podrían
haber llegado por barco, pues eran grandes marineros. Mientras fueron obedientes,
los visitaba con frecuencia gente del Reino Bendecido, de modo que su conocimiento
y su arte alcanzaron dimensiones casi élficas.
Pero
la proximidad del Reino Bendecido, la larga extensión misma de su vida concebida
como recompensa y el incrementado deleite de su existencia fueron causa de
que empezaran a anhelar la «inmortalidad». No quebrantaron la prohibición,
pero la aceptaron de mala gana. Y, forzados hacia el este, convirtieron la
beneficencia con que se acompañaban sus apariciones en las costas de la Tierra
Media en orgullo, deseo de poder y de riqueza. Así, entraron en conflicto
con Sauron, el teniente del Señor Oscuro Primordial, que había recaído en
el mal y reclamaba tanto el reinado como la divinidad entre los Hombres de
la Tierra Media. Fue por la cuestión del reinado que Ar-pharazôn,
el decimotercero y más poderoso Rey de Númenor, lo desafió fundamentalmente.
Su armada, que hizo puerto en Umbar, era tan gigantesca y tan terribles y
resplandecientes los Númenóreanos en ella, que los servidores de Sauron lo
abandonaron.
De modo
que Sauron recurrió a la astucia. Se sometió y fue llevado a Númenor como
prisionero, convertido en rehén. Pero era, por supuesto, una persona «divina»
(en los términos de esta mitología: un miembro menor de la raza de los Valar)
y, con mucho, demasiado poderoso para poder ser controlado de esta manera.
Poco a poco tuvo a Ar-Pharazôn bajo su propio control y corrompió en la ocasión
a muchos Númenóreanos, destruyó la concepción que tenían de Eru, representado
ahora como mera invención de los Valar o Señores del Oeste (una sanción ficticia
a la que apelaban si alguno cuestionaba sus dictámenes), y reemplazaron su
culto por una religión satanista con un vasto templo donde se veneraba al
desposeído y mayor de los Valar (el rebelde Señor Oscuro de la Primera Edad).
[73]
Finalmente induce a Ar-Pharazón, amedrentado por la aproximación
de la vejez, a organizar la más grande de las armadas y llevar la guerra al
mismo Reino Bendecido y coger con sus propias manos la «inmortalidad».
[74]
Los Valar,
en realidad, no tenían una verdadera respuesta para esta monstruosa rebelión,
pues los Hijos de Dios, en última instancia, no estaban bajo su jurisdicción:
no les estaba permitido destruirlos o reprimirlos mediante alguna exhibición
«divina» de los poderes que tenían sobre el mundo físico. Apelaron a Dios,
y tuvo lugar un catastrófico «cambio de plan». En el momento en que Ar-Pharazôn
puso el pie en la costa prohibida, se abrió una grieta: Númenor se desplomó
y quedó completamente destruida; la armada fue tragada y el Reino Bendecido
quedó apartado para siempre de los círculos del mundo físico. En adelante
se pudo navegar alrededor del mundo sin encontrarlo nunca.
Así terminó
Númenor-Atlantis y toda su gloria. Pero en una especie de situación semejante
a la de Noé, el pequeño grupo de los Fieles en Númenor, que se habían negado
a formar parte de la rebelión (aunque muchos de ellos habían sido sacrificados
en el Templo por los sauronianos) escapó en Nueve Barcas (Vol. 1,502; II,
275) bajo la conducción de Elendil (= Ælfwine, Amigo de los Elfos)
y sus hijos Isildur y Anárion, y estableció una especie de recuerdo
reducido de Númenor en el Exilio en las costas de la Tierra Media, heredando
el odio de Sauron, la amistad de los Elfos, el conocimiento del Verdadero
Dios y (menos felizmente) el anhelo de la longevidad, la costumbre del embalsamamiento
y la edificación de magníficas tumbas, sus únicos objetos «consagrados» o
casi. Pero el sitio «consagrado» de Dios y la Montaña habían desaparecido,
y no hubo un verdadero sustituto. Además, cuando los «Reyes» llegaron a su
fin, no hubo equivalente a un «sacerdocio», pues ambas cosas eran idénticas,
según las ideas númenóreanas. De modo que aunque Dios (Eru) era el fundamento
de la buena
[75]
filosofía númenóreana y un hecho básico para su concepción
de la historia, en la época de la Guerra del Anillo no tenía sitio consagrado
donde se lo venerara. Y esa especie de verdad negativa era característica
del Oeste y toda la zona bajo influencia númenóreana: la negación de la veneración
de toda «criatura», y, sobre todo, de un «Señor oscuro» o demonio satánico,
Sauron o cualquier otro; eso fue casi tan lejos como llegaron. No tenían (imagino)
oraciones de petición a Dios, pero preservaron un vestigio de la acción de
gracias. (Los que estaban bajo una influencia élfica específica invocaban
a los poderes angélicos para obtener ayuda ante un peligro inmediato o por
miedo a un enemigo maligno.)
[76]
Más tarde parece que hubo un lugar «consagrado» en Mindolluin
al que sólo el Rey tenía acceso, en el que antiguamente había ofrecido acciones
de gracias y alabanzas en nombre de su pueblo, pero había sido olvidado. Aragorn
volvió a entrar en él y encontró un vástago del Árbol Blanco y lo replantó
en el Patio de la Fuente. Es de suponer que con el resurgimiento del linaje
de los reyes-sacerdotes (de los que Lúthien, la Doncella-Elfo bendita, era
antepasada) la veneración de Dios se renovaría y Su Nombre (o título) se
oiría con mayor frecuencia. No obstante, no habría templo consagrado
al Verdadero Dios mientras durara la influencia númenóreana.
Pero
estaban viviendo todavía en las fronteras del mito; o, más bien, este cuento
muestra cómo el «mito» se convierte en Historia o el Dominio de los Hombres;
porque, por supuesto, la Sombra se erguirá otra vez en cierto sentido (como
claramente lo predice Gandalf), pero nunca se encarnará otra vez un demonio
maligno como enemigo físico (a no ser que advenga antes del gran Final); dirigirá
a los Hombres y todas las complicaciones de los semidemonios y los buenos
a medias, los crepúsculos de la duda entre un bando y otro, las situaciones
que más le complacen (ya se las puede ver surgir en la Guerra del Anillo,
cuyos bandos no están tan claramente divididos como algunos críticos lo han
sostenido): éstos serán y son nuestro más difícil destino. Pero si imaginas
a la gente en semejante estado mítico, en el que el Mal está en amplia medida
encarnado y en el que la resistencia física a él constituye un acto fundamental
de lealtad a Dios, creo que la «buena gente» se encontraría en ese estado:
concentrada en lo negativo, en la resistencia a lo falso, mientras que la
«verdad» permanecería más en lo histórico y lo filosófico que en lo religioso.
Pero
los «magos» no son en ningún sentido o grado «sombríos». No los míos. Me encuentro
en la dificultad de encontrar nombres ingleses para criaturas mitológicas
con otros nombres, pues la gente no «se tragaría» una ristra de nombres élficos,
y yo preferiría más bien que aceptaran mis criaturas legendarias aun con
las falsas asociaciones propias de 'a «traducción» antes que no las acepten
en absoluto.
Aun los
dwarfs [enanos] no son realmente «dwarfs» germánicos (Zwerge, dweorgas,
dvergar), y los llamo «dwarves» para señalarlo. No son naturalmente malvados,
no necesariamente hostiles y no una especie de pueblo larval alimentado de
piedras, sino una variedad de criatura racional encarnada. Los istari se
traducen como «wizards» [magos] por la conexión con wise [sabio]. Son
en realidad emisarios del Verdadero Oeste y, por tanto, mediatamente, de Dios,
enviados con el fin de fortalecer la resistencia de los «buenos» cuando los
Valar advierten que la sombra de Sauron está cobrando forma otra vez.
El borrador termina con una exposición sobre
la naturaleza de los istari y la muerte y la
reencarnación de Gandalf que se asemeja al pasaje sobre este tema de esta
misma carta.
7) Las siguientes tres cartas
nos hablan de Frodo y su “fracaso” y la que sigue agrega un tema por demás
interesante que tiene que ver con la Subcreación.
En la tercera carta (a la señora
Ellen Elgar) se analiza, además el papel de Gollum, Sam, Gandalf, Elrond y
Galadriel, en el plan de la destrucción del Anillo Único y su relación con
el “fracaso” de Frodo.
Antes de publicar
una crónica acerca de El Señor de los Anillos, Michael Straight, jefe de redacción de New Republic, escribió
a Tolkien formulándole una serie de preguntas: primero, si había «significado»
en el papel que Gollum desempeñaba en la historia y en el fracaso moral de
Frodo en su culminación; segundo, si el capítulo sobre el «Saneamiento de
la Comarca» se dirigía especialmente a la Inglaterra contemporánea, y, tercero,
por qué los otros viajeros partían de los Puertos Grises junto con Frodo al
final del libro. «¿Es por la misma razón que hay quienes ganan con la victoria
pero no pueden disfrutar de ello?»
[Sin
fecha; probablemente enero o febrero de 1956.]
Estimado
señor Straight:
Gracias
por su carta. Espero que haya disfrutado con El Señor de los Anillos.
Disfrutado es la palabra clave. Porque fue escrito para entretener
(en el más alto sentido): para ser legible. No hay en la obra ninguna
«alegoría» moral, política o contemporánea, en absoluto.
Es un
«cuento de hadas», pero un cuento de hadas escrito para adultos, de acuerdo
con la creencia, que expresé una vez extensamente en el ensayo «Sobre los
cuentos de hadas», de que constituyen el público adecuado. Porque creo que
el cuento de hadas tiene su propio modo de reflejar la «verdad», diferente
de la alegoría, la sátira o el «realismo», y es, en algún sentido, más poderoso.
Pero ante todo, debe lograrse como cuento, entusiasmar, complacer y aun a
veces conmover, y dentro de su propio mundo imaginario, debe acordársele credibilidad
(literaria). Lograrlo fue mi objetivo primordial.
Aunque,
por supuesto, si uno se propone dirigirse a «adultos» (gente mentalmente adulta),
éstos no se sentirán complacidos, entusiasmados o conmovidos, a no ser que
la totalidad o los episodios parezcan tratar de algo digno de consideración,
no de la mera peripecia: debe haber alguna relación con la «situación humana»
(de todos los tiempos). De modo que algo de las propias reflexiones y «valores»
del narrador aparecerá inevitablemente. No es esto lo mismo que la alegoría.
Todos nosotros, en grupos o como individuos, ejemplificamos principios
generales, pero no los representamos. No son más una alegoría los hobbits
que, digamos, los pigmeos de las selvas africanas. Gollum es para mí sólo
un «personaje» -una persona imaginaria- que, en una situación dada, actuó
de este y aquel otro modo bajo tensiones opuestas, tal como parece probable
que hubiera actuado (hay siempre un elemento incalculable en cualquier
individuo, sea real o imaginario; de otro modo, no sería un individuo, sino
un «tipo»).
Intentaré
responder sus preguntas específicas. La escena final de la Misión fue modelada
de ese modo simplemente porque, al considerar la situación y los «personajes»
de Frodo, Sam y Gollum, esos acontecimientos me parecieron mecánica, moral
y psicológicamente creíbles Pero, por supuesto, si desea usted que se profundice
la reflexión, diría que según el modo de la historia, la «catástrofe» ejemplifica
(un aspecto de) las familiares palabras: «Perdónanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la
tentación, mas líbranos del mal».
«No
nos dejes caer en la tentación», etcétera, es la petición más difícil
y con menos frecuencia considerada. En términos de mi cuento, la cuestión
es que aunque cada acontecimiento o situación tiene (cuando menos) dos aspectos:
la historia y el desarrollo del individuo (es algo de lo que puede obtener
un bien, un bien definitivo, para sí, o fracasar) y la historia del mundo
(que depende de la medida que adopte por sí misma), aun así uno puede hallarse
en situaciones anormales. Yo las llamaría situaciones «de sacrificio»: posiciones
en las que el «bien» del mundo depende de la conducta de un individuo en circunstancias
que le exigen sacrificio y una resistencia muy por encima de lo normal, o
que incluso quizás exijan (o parezcan exigir, humanamente hablando) una fortaleza
de cuerpo y espíritu que el individuo no posea: en cierto sentido, está condenado
al fracaso, condenado a caer en la tentación o a quebrantarse bajo la presión
contra su «voluntad»; es decir, contra cualquier elección que podría hacer
o haría de estar libre y sin coacción.
Frodo
se encontró en semejante posición: una trampa en apariencia completa; una
persona nacida con mayor poder probablemente nunca podría haber resistido
tanto tiempo a la seducción del poder ofrecido por el Anillo; una persona
con menor poder no habría podido tener esperanzas de resistirse a ella en
una decisión final. (Ya Frodo no había estado dispuesto a dañar el Anillo
antes de ponerse en marcha, y fue incapaz de dárselo a Sam.)
La Misión
.'. estaba condenada a fracasar como plan mundanal, y también estaba condenada
a terminar en desastre como la historia del proceso por el que el humilde
Frodo se dirigía al «ennoblecimiento», a su santificación. Fracasaría y fracasó
en lo que a Frodo concierne, al menos considerado solo. «Apostató», y he recibido
una furiosa carta en la que se clamaba que debió haber sido ejecutado por
traidor, no honrado. Créame, sólo cuando leí esto tuve idea de cuan «tópica»
debía parecer esa situación. Surgió naturalmente del «plan» general concebido
en lo fundamental en 1936. No preví que antes de que el cuento se publicara
entraríamos en una era oscura en la que la técnica de la tortura y &
quebrantamiento de la personalidad rivalizaría con la de Mordor y el Anillo
y nos plantearía el problema concreto de hombres honestos de buena voluntad
destruidos al punto de convertirse en apóstatas y traidores.
Pero
en este punto se logra la «salvación» del mundo y la propia «salvación» de
Frodo por su anterior piedad y el perdón de la ofensa. En cualquier
momento, toda persona prudente le habría advertido a Frodo que Gollum ciertamente
[77]
lo traicionaría y podría robarle al final. Tener «piedad»
de él y abstenerse de matarlo fue una locura, o la mística creencia en el
definitivo valor que de por sí tiene la piedad o la generosidad, aun cuando
resulte desastrosa en el mundo temporal. Le robó y lo dañó al final; pero,
por mediación de cierta «gracia», la última traición se produjo precisamente
en el momento en que el acto malo final fue lo más benéfico que podía hacerse
por Frodo. Por mediación de una situación creada por su «perdón», él mismo
fue salvado y liberado de su carga. Con mucha justicia se le acordaron los
más altos honores, pues resulta claro que él y Sam nunca ocultaron el curso
preciso de los acontecimientos. No me gustaría indagar cuál fue el juicio
definitivo a que fue sometido Gollum. Esto sería investigar «Goddes privitee»,
como decía la gente del Medioevo. Gollum era digno de piedad, pero terminó
pertinazmente en el mal, y el hecho de que éste fuera para bien, no es mérito
suyo. Su maravilloso coraje y su extraordinaria resistencia, tan grandes como
los de Frodo y Sam o más todavía, si bien estaban consagrados al mal, eran
portentosos, pero no honorables. Me temo que, cualesquiera sean nuestras creencias,
debemos enfrentar el hecho de que hay personas que ceden a la tentación, rechazan
la oportunidad de nobleza o salvación, y parecen resultar «condenables». Su
«condenabilidad» no es mensurable en los términos del macrocosmos (donde
puede tener un buen efecto). Pero los que estamos en «un mismo barco» no debemos
ocupar el sitio del Juez. El dominio del Anillo era algo demasiado fuerte
para el alma mezquina de Sméagol. Pero nunca habría tenido que soportarlo
si no se hubiera convertido en una especie de mezquino ladrón antes de que
se le cruzara en el camino. ¿Era necesario que se le cruzara alguna vez en
el camino? ¿Es necesario que algo peligroso se nos cruce nunca en el camino
? Se podría encontrar una especie de respuesta tratando de imaginar a Gollum
en el trance de superar una tentación. ¡La historia habría sido del todo diferente!
Contemporizando, no fijando todavía la voluntad para el bien no del todo corrupta
de Sméagol en el debate en el pozo de escoria, se debilitó como para aprovechar
esa oportunidad cuando el amor naciente de Frodo quedó fácilmente marchito
por los celos de Sam ante la guarida de Ella-Laraña. Después estaba perdido...”
“(...)Sí:
creo que los «victoriosos» no pueden nunca disfrutar de la «victoria», al
menos, no en los términos que esperaban; y en la medida en que lucharon por
algo para ser disfrutado por ellos (sea una adquisición o la mera preservación),
menos satisfactoria parecerá la «victoria». Pero la partida de los Portadores
de los Anillos tiene otro aspecto del todo diferente en lo que a los Tres
concierne. Tras la historia, por supuesto, hay una estructura mitológica.
En realidad, fue escrita primero, y quizás ahora se publique en parte. Se
trata, diría yo, de una mitología «monoteísta», aunque «subcreativa». No hay
corporización del Único, de Dios, que, por cierto, permanece remoto, fuera
del Mundo, y sólo es directamente accesible a los Valar o los Gobernantes,
Éstos ocupan el lugar de los «dioses», pero son espíritus creados o aquellos
de la primera creación que por propia voluntad han entrado en el mundo.
[78]
Pero el Único conserva su autoridad definitiva y (o así
parece verse en el tiempo serial) se reserva el derecho a meter el dedo de
Dios en la historia: esto es, producir realidades que no podrían deducirse
aun teniendo un conocimiento completo del pasado previo, pero que, por ser
reales, se convierten en parte del pasado efectivo para todo tiempo subsiguiente
(la posible definición de un «milagro»). De acuerdo con la fábula, los Elfos
y los Hombres fueron las primeras de estas intromisiones, hechas en verdad
mientras la «historia» era todavía sólo una historia y no estaba «realizada»;
por tanto, de ningún modo fueron concebidos o creados por los dioses, los
Valar, y se los llamó los Eruhíni o «Hijos de Dios», y para los Valar fueron
un elemento incalculable: esto es, eran criaturas racionales de libre voluntad
en relación con Dios, de la misma categoría histórica que los Valar, aunque
de capacidad espiritual e intelectual y rango muy inferiores.
Por supuesto,
aunque esto sea de hecho exterior a mi historia, los Elfos y los Hombres son
sólo aspectos diferentes de lo Humano y representan el problema de la Muerte
vista por una persona finita, aunque con voluntad y consciente de sí. En este
mundo mitológico los Elfos y los Hombres son parientes en sus formas encarnadas,
pero en la relación de sus «espíritus» con el mundo temporal representan diferentes
«experimentos», cada uno de los cuales tiene su propia tendencia natural y
su debilidad. Los Elfos representan, por así decir, los aspectos artísticos,
estéticos y puramente científicos de la Naturaleza Humana elevados a un nivel
más alto del que se ve de hecho en los Hombres. Esto es: le tienen un amor
entrañable al mundo físico, y un deseo de observarlo y comprenderlo por sí
mismo y como «otro» -como realidad derivada de Dios en el mismo grado que
ellos mismos-, no como material susceptible de ser utilizado o como plataforma
de poder. También poseen una facultad «subcreativa» o artística de suma excelencia.
Por tanto, son «inmortales». No «eternamente», pero lo necesario para
resistir junto con el mundo creado y dentro de él mientras su historia dure.
Cuando son «muertos» por la herida o la destrucción de su forma encarnada,
no escapan del tiempo sino que permanecen en el mundo, ya sea desencarnados
o renaciendo. Esto se vuelve una gran carga a medida que transcurren las edades,
especialmente en un mundo donde existen la malicia y la destrucción (en esta
fábula, he dejado fuera la forma mitológica que adopta la Malicia o la Caída
de los Ángeles). El mero cambio como tal no se representa como «mal»:
es el desarrollo de la historia, y negarlo, por supuesto, está contra los
designios de Dios. Pero la debilidad de los Elfos en estos términos es naturalmente
lamentar el pasado y no estar dispuestos a enfrentar el cambio: como si un
hombre detestara un libro largo que todavía continúa y quisiera demorarse
en su capítulo favorito. De ahí que en cierta medida se dejaran ganar por
los engaños de Sauron: desearon tener cierto «poder» sobre las cosas tal como
son (lo que es muy diferente del arte) para hacer efectiva su particular voluntad
de permanencia: detener el cambio y mantener las cosas siempre frescas y hermosas.
Los «Tres Anillos» era «inmaculados», porque este objeto era bueno en su modo
limitado: incluía la curación de los verdaderos daños de la malicia, como
también la mera detención del cambio; y los Elfos no deseaban dominar otras
voluntades, ni usurpar todo el mundo para su particular placer. Pero con la
caída del «Poder», sus pequeños esfuerzos por preservar el pasado se desmoronaron.
Ya no había nada para ellos en la Tierra Media, salvo cansancio. De modo que
Elrond y Galadriel partieron. Gandalf es un caso especial. Él no fue el hacedor
ni el propietario original del Anillo, sino que le fue dado por Círdan para
ayudarlo en su área. Gandalf volvía, terminados su trabajo y cometido, a su
casa, la tierra de los Valar.
La travesía
del Mar no es la Muerte. La «mitología» se centra en los Elfos. De acuerdo
con ella, hubo al principio un Paraíso Terrenal, hogar y reino de los Valar,
parte física de la tierra.
En esta
historia o mitología no se da en parte alguna una «encarnación» del Creador.
Gandalf es una persona «creada», aunque posiblemente era un espíritu que existía
desde antes del mundo físico. Su función como «mago» era la de ser angelos
o mensajero de los Valar o Gobernantes: ayudar a las criaturas racionales
de la Tierra Media a oponer resistencia a Sauron, un poder excesivo para ellos
si se hallaban desasistidos. Pero como, según la perspectiva de este cuento
y mitología, el Poder -cuando domina o trata de dominar a otras voluntades
y a otras mentes (excepto con el asentimiento de su razón)- es malo, estos
«magos» se encarnaron en las formas de vida de la Tierra Media, de modo que
padecían dolores tanto mentales como físicos. Por la misma razón, estaban
también sometidos al peligro de lo encarnado: la posibilidad de la «caída»,
del pecado, si quiere. La forma principal que esto adopta en ellos sería la
impaciencia que conduce al deseo de forzar a los demás a cumplir con sus propios
buenos designios y, por tanto, de manera inevitable, finalmente al mero deseo
de volver efectivas sus propias voluntades por cualquier medio. A este mal
sucumbió Saruman. Gandalf no. Pero la situación empeoró tanto por la caída
de Saruman, que los «buenos» se vieron obligados a un mayor esfuerzo y sacrificio.
Así Gandalf enfrentó y padeció la muerte; y volvió o fue enviado de vuelta,
como él lo dice, con poderes acrecentados. Pero aunque esto le recuerde a
uno los Evangelios, no se trata verdaderamente de lo mismo en absoluto. La
Encarnación de Dios es algo infinitamente más grande que nada que yo
me atreviera a escribir. Aquí sólo me ocupo de la Muerte como parte de la
naturaleza, física y espiritual, del Hombre, de la Esperanza sin garantías.
Ésa es la razón por la que considero el cuento de Arwen y Aragorn como el
más importante de los Apéndices; forma parte de la historia esencial, y sólo
se lo sitúa de esa forma porque no pudo incluirse en la narración principal
sin destruir su estructura: que está planeada para ser «hobbito-céntrica»,
es decir, primordialmente un estudio del ennoblecimiento (o santificación)
de los humildes.
Ninguno de los borradores
con que se compuso este texto está acabado.
27 de julio de 1956
Por casualidad,
acabo de recibir otra carta sobre el fracaso de Frodo. Muy pocos parecen haberlo
observado. Pero siguiendo la lógica de la trama, como acontecimiento era claramente
inevitable. Y, sin duda, es un acontecimiento más significativo y real que
un mero «cuento de hadas» que acabara con un héroe indomable. Es posible
para los buenos, aun para los santos, ser sometidos a un poder maligno demasiado
grande como para que puedan superarlo por sí mismos. En este caso la causa
(no el «héroe») fue la triunfante, puesto que por el ejercicio de la piedad,
la misericordia y el perdón de la ofensa, se produjo una situación en la que
todo quedó enderezado y se evitó el desastre. Gandalf, por cierto, lo previo.
Véase Vol. I, págs. 88-89.
[79]
Por supuesto, no quiso decir que uno debía ser misericordioso
porque podría resultar útil más tarde: no sería entonces misericordia o piedad,
que sólo están verdaderamente presentes cuando son contrarias a la prudencia.
¡No nos cabe planearlas! Pero tenemos la seguridad de que debemos nosotros
mismos ser extravagantemente generosos si hemos de esperar la extravagante
generosidad que representa el más ligero alivio o huida de las consecuencias
de nuestros propios errores y locuras. Y esa misericordia, por cierto, a veces
se da en esta vida.
Frodo
merecía todo honor porque derramó hasta la última gota de la capacidad de
su voluntad y de su cuerpo, y eso fue suficiente para llevarlo al punto destinado
y no más allá. Muy pocos, quizá ninguno más de su tiempo, podrían haber llegado
tan lejos. El Otro Poder se hizo cargo entonces del control: el Escritor de
la Historia (por el que no me refiero a mí mismo), «esa persona siempre presente
que nunca está ausente y nunca se la nombra»
[80]
(como ha dicho un crítico). Véase Vol. I, págs. 83-84.
[81]
Un tercer comentarista (el único además de los mencionados)
de este punto vilipendió hace unos meses a Frodo por ser un bribón (que debió
haber sido ahorcado, no honrado), y también a mí. Parece triste y extraño
que en esta maligna época en la que diariamente gente de buena voluntad es
sometida a tortura, «lavados de cerebro» y toda clase de quebrantamientos,
alguien pueda ser tan ferozmente simplista y creerse tan justo...”
(borradores)
Septiembre de 1963
Contestación a los comentarios de una lectora sobre la incapacidad de Frodo de entregar el Anillo en las Grietas del Destino.
Muy pocos (a decir verdad, en cartas sólo usted y alguien más) han
observado o comentado la «incapacidad» de Frodo. Es un detalle muy importante.
Desde
el punto de vista del narrador, los acontecimientos en el Monte del Destino
proceden simplemente de la lógica del cuento hasta ese momento. No fueron
deliberadamente elaborados ni previstos hasta que ocurrieron.
[82]
Pero, por empezar, se hizo muy claro por fin que Frodo,
después de todo lo ocurrido, sería incapaz de destruir voluntariamente el
Anillo. Reflexionando sobre la solución después de llegada a ella (como mero
acontecimiento), siento que resulta fundamental en relación con la entera
«teoría» de la verdadera nobleza y heroísmo que se presenta.
Frodo,
por cierto, fue «incapaz» como héroe tal como lo conciben las mentes simples:
no soportó hasta el final; cedió, desertó. No digo «mentes simples» con desprecio:
con frecuencia ven con claridad la verdad simple y el ideal absoluto al que
dirigir el esfuerzo, aun cuando resulte inalcanzable. Su debilidad, sin embargo,
es doble. No perciben la complejidad de una situación dada en el Tiempo, en
el que un ideal absoluto está atrapado. Tienden a olvidar ese extraño elemento
del Mundo que llamamos Piedad o Misericordia, que es también un requerimiento,
absoluto en el juicio moral (puesto que está presente en la naturaleza divina).
En su más alto ejercicio pertenece a Dios. Para los jueces finitos de conocimiento
imperfecto debe llevar al empleo de dos diferentes escalas de «moralidad».
Ante nosotros mismos debemos presentarnos el ideal absoluto sin compromiso,
pues no conocemos los límites de nuestra propia fuerza natural (+ la gracia),
y si no apuntamos a lo más alto, estaremos sin duda por debajo de lo que podríamos
alcanzar. A los demás, a los que conocemos lo bastante como para emitir un
juicio, debemos aplicar una escala atemperada por la «misericordia»: es decir,
como con buena voluntad podemos hacer esto sin la tendencia inevitable en
juicios acerca de nosotros mismos, debemos estimar los límites de la fortaleza
de otro y sopesarla en relación con la fuerza de las particulares circunstancias.
[83]
No creo
que Frodo fuera un fracaso moral. En el último momento la presión del
Anillo alcanzaría su máximo; imposible, diría yo, que cualquiera pudiera resistirlo,
seguramente después de conservarlo tanto tiempo, meses de incrementado tormento,
hambre y agotamiento. Frodo había hecho lo que podía y estaba exhausto (como
instrumento de la Providencia) y había logrado una situación en la que el
objeto de su búsqueda era alcanzable. Su humildad (con la que había empezado)
y sus sufrimientos fueron justamente recompensados por el más alto honor;
y su ejercicio de la paciencia y la misericordia que usó con Gollum le ganaron
la Misericordia: su incapacidad quedó enmendada.
Somos
criaturas finitas con limitaciones absolutas con respecto al poder de acción
o de resistencia de nuestra estructura anímico-corporal. El fracaso moral
de un hombre sólo puede afirmarse, me parece, cuando su esfuerzo o su
capacidad de resistencia quedan por debajo de sus límites, y la culpa
decrece cuanto más cerca se está de dichos límites.
[84]
No obstante,
creo que puede observarse en la historia y en la experiencia que algunos individuos
parecen situarse en posiciones «de sacrificio»: situaciones o tareas que para
el perfeccionamiento de su solución exigen capacidades más allá de sus límites
extremos, aun más allá de todo límite posible para una criatura encarnada
en el mundo físico, en las que el cuerpo puede ser destruido o mutilado de
tal manera que afecta la mente y la voluntad. El juicio en tal caso debe depender,
pues, de los motivos y la disposición con los que se puso en marcha, y debe
sopesar sus acciones en relación con la máxima posibilidad de sus capacidades
a lo largo del camino que constituye su punto límite.
Frodo
emprendió su búsqueda por amor: para salvar del desastre, a sus propias expensas,
si podía, al mundo que él conocía; y también con completa humildad, reconociendo
que era del todo inadecuado para la tarea. Su verdadero compromiso consistía
tan sólo en hacer lo que pudiera, tratar de hallar un camino y avanzar tanto
por él como la fuerza de su mente y de su cuerpo lo permitía. Es lo que hizo.
No veo que el quebrantamiento de su mente y su voluntad bajo demoníaca presión
después del tormento sea más un fracaso moral que lo habría sido el
quebrantamiento de su cuerpo si hubiera sido estrangulado por Gollum o aplastado
por la caída de una roca, por ejemplo.
Ése parece
haber sido el juicio de Gandalf y de Aragorn y todos los que estaban enterados
de la entera historia de su viaje. ¡Por cierto, Frodo no habría ocultado nada!
Pero lo que el mismo Frodo sintió acerca de los acontecimientos es otra cuestión
enteramente distinta.
Al principio
no parece haber tenido el menor sentimiento de culpa (III, 298);
[85]
recuperó la sensatez y la paz. Pero luego pensó
que había dado su vida en sacrificio: esperaba morir muy pronto. Pero no fue
así, y es posible observar en él una creciente inquietud. Arwen fue la primera
en observar los síntomas, y le dio su joya como consuelo y pensó en un medio
por el cual curarlo.
[86]
Lentamente va desvaneciéndose «del cuadro», hablando y
haciendo cada vez menos. Creo que está claro para el lector atento que cuando
los tiempos oscuros le llegan y es consciente de haber recibido «la herida
de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada
carga» (III, 355), no eran sólo recuerdos de las pesadillas de los pasados
horrores lo que lo afligía, sino también una autoinculpación irracional: se
veía a sí mismo y a todo lo que había hecho como un fracaso. «Aunque vuelva
a la Comarca, no parecerá la misma, porque yo no seré el mismo.» Eso fue en
realidad una tentación venida de la Oscuridad, una última chispa de orgullo:
el deseo de haber vuelto como un «héroe», no contento con ser el mero instrumento
del bien. Y estaba mezclada con otra tentación, más negra y, sin embargo (en
cierto sentido), más merecida, porque, comoquiera que pueda explicarse, de
hecho no había arrojado el Anillo por un acto voluntario: estaba tentado de
lamentar su destrucción y hasta de desearla. «Ha desaparecido para siempre
y todo está ahora oscuro y vacío», dijo cuando despertó después de su enfermedad
en 1420.
«-¡Ay!
.... Ciertas heridas nunca curan del todo», dijo Gandalf (III, 355): no en
la Tierra Media. Frodo fue enviado o se le permitió cruzar el Mar para curarlo,
si eso era posible, antes de morir. Tendría que «irse» finalmente:
ningún mortal podía, o puede, morar por siempre en la tierra o dentro del
Tiempo. De modo que fue a la vez al encuentro de un purgatorio y de una recompensa
por algún tiempo: un período de reflexión, de paz y de mayor entendimiento
de su posición en la pequeñez y la grandeza, pasado a pesar de todo en el
Tiempo en medio de la belleza natural de «Arda Impoluta», la Tierra no maculada
todavía por el mal.
Bilbo
fue también. Sin duda, para completar el plan trazado por el mismo Gandalf.
Éste sentía gran afecto por Bilbo, desde la juventud del hobbit en adelante.
Su compañía era realmente necesaria en bien de Frodo; es realmente difícil
imaginar a un hobbit, aun uno que hubiera pasado por las experiencias de Frodo,
verdaderamente feliz, aun en un paraíso terrenal, sin un compañero de su propia
especie, y Bilbo era la persona a la que Frodo más quería. (Cf. III, 334,
líneas 15 a 27, y 349, líneas 13-15.)
[87]
Pero también necesitaba y merecía el favor por sí mismo.
Llevaba todavía la marca del Anillo y era necesario que finalmente le fuera
borrada: una huella de orgullo y de posesividad personal. Por supuesto, era
viejo y tenía la mente confusa, pero era todavía una revelación de la «marca
negra» cuando dijo en Rivendel (III, 353): «... ¿qué fue de mi anillo,
Frodo, el que tú te llevaste?»; y cuando se le recordó lo que había ocurrido,
su contestación inmediata fue: «¡Qué lástima! Me hubiera gustado verlo de
nuevo». En cuanto a su recompensa, es difícil considerar completa su vida
sin una experiencia de carácter «puramente élfico» y la oportunidad de escuchar
las leyendas e historias en su totalidad, ya que sus fragmentos tanto le habían
gustado.
Por supuesto,
resulta claro que el plan había sido trazado y concertado (por Arwen, Gandalf
y otros) antes de que Arwen hablara. Pero Frodo no lo captó de inmediato;
sólo después de reflexionar fue comprendiendo las consecuencias lentamente.
Semejante viaje no parecería en un principio necesariamente temible, ni siquiera
como algo que se proyectaba para más adelante... en tanto no tuviera fecha
y fuera pos-ponible. Su verdadero deseo era, tan propio de un hobbit (y de
un ser humano), sólo volver a «ser sí mismo» y volver a la vida familiar que
había sido interrumpida. Ya en el viaje de vuelta desde Rivendel, vio repentinamente
que eso ya no era posible para él. De ahí su grito: «¿Dónde encontraré descanso?».
Sabía la respuesta, y Gandalf no le contestó. En cuanto a Bilbo, es probable
que Frodo no entendiera en un principio lo que quiso decir Arwen con «no volverá
a hacer un largo viaje, salvo uno». De cualquier modo, no lo asoció con su
propio caso. Cuando Arwen habló (en 3019 de la Tercera Edad), era todavía
joven, no había cumplido todavía los 51, y Bilbo era 78 años mayor. Pero en
Rivendel llegó a entender las cosas con mayor claridad. Las conversaciones
que mantuvo allí no han sido registradas, pero bastante queda revelado en
la despedida de Elrond en III, 354.
[88]
Desde el comienzo de su primera enfermedad (5 de oct. de
3019), Frodo debió de haber estado pensando en «navegar», aunque se resistía
aún a tomar una decisión final: ir con Bilbo, o ir en absoluto. Sin duda,
después de su grave enfermedad de marzo de 3020 se decidió.
Sam fue
creado para que lo amen y se rían de él. Irrita a algunos lectores y hasta
los enfurece. Puedo entenderlo. Todos los hobbits a veces me afectan del mismo
modo, aunque sigan gustándome mucho. Pero Sam puede ser muy «cargante». Es
un hobbit más representativo que cualesquiera otros que hayamos visto con
frecuencia; y, en consecuencia, tiene con mayor intensidad un ingrediente
de esa cualidad que aun a veces les es difícil soportar a los hobbits: una
vulgaridad -con ello no me refiero a una mera practicidad-, una miopía mental
orgullosa de sí, una satisfacción vanidosa (en grado diverso), una seguridad
de sí y una disponibilidad a medirlo y generalizarlo todo a partir de una
experiencia limitada, en amplia medida entronizada en una sentenciosa «sabiduría»
tradicional. Sólo excepcionalmente encontramos hobbits en íntimo compañerismo,
los que tienen una gracia o un don: una visión de la belleza, una reverencia
por cosas más nobles que ellos mismos, en guerra con su rústica autocomplacencia.
¡Imagine a Sam sin la educación que le impartió Bilbo y la fascinación que
le produce todo lo élfico! No es difícil. La familia Coto y el Gaffer [Tío]
cuando los «Viajeros» retornan, constituyen un atisbo suficiente.
Sam era
seguro de sí, y en lo íntimo un poquillo fatuo; pero su fatuidad había sido
transformada por la devoción que sentía por Frodo. No se consideraba heroico,
ni siquiera valiente o admirable en ningún sentido, salvo en la lealtad con
que estaba dispuesto a servir a su amo. Eso tenía un componente (probablemente
inevitable) de orgullo y posesividad: es difícil excluirlo de la devoción
de los que desempeñan semejante servicio. De cualquier modo, le impedía la
comprensión plena del amo al que amaba y seguirlo en su gradual educación
hacia la nobleza del servicio de lo ingrato y de la percepción en lo corrupto
del bien dañado. Sencillamente, no comprendía del todo los motivos de Frodo
ni su aflicción en el episodio del Estanque Prohibido. Si hubiera comprendido
mejor lo que ocurría entre Frodo y Gollum, las cosas habrían resultado diferentes
al final. Para mí quizás el momento más trágico de la historia es el de II,
449 y siguientes, cuando Sam no advierte el cambio completo habido en el tono
y el aspecto de Gollum. «-Nada, no, nada -le respondió Gollum afablemente-.
¡Buen amo!» Su arrepentimiento se malogra y la piedad de Frodo (en cierto
sentido
[89]
) queda desperdiciada. El antro de Ella-Laraña se vuelve
inevitable.
Esto
es consecuencia, por supuesto, de la «lógica de la historia». Difícilmente
Sam podría haber actuado de manera diferente. (Alcanzó el punto de la piedad
finalmente (III, 2.94),
[90]
pero, para el bien de Gollum, demasiado tarde.) Si lo hubiera
hecho, ¿qué habría ocurrido? El proceso de la entrada a Mordor y la lucha
por llegar al Monte del Destino habrían sido diferentes y también lo habría
sido el final. El interés se habría mudado a Gollum, creo, y a la batalla
que se habría librado entre su arrepentimiento y su nuevo amor por un lado,
y el Anillo. Aunque el amor se hubiera ido fortaleciendo diariamente, no podría
haberse arrancado del dominio del Anillo. Creo que de algún modo extraño,
retorcido y lamentable, Gollum habría intentado (quizá sin un designio consciente)
satisfacer a ambos. Sin duda, a cierta altura no mucho antes del final, habría
robado el Anillo o lo habría tomado por la fuerza (como ocurre concretamente
en el Cuento). Pero satisfecha la «posesión», creo que se habría sacrificado
por Frodo y se habría arrojado voluntariamente al abismo en llamas.
Creo
que el efecto de su regeneración parcial por amor habría constituido una visión
más clara cuando reclamara el Anillo. Habría percibido la maldad de Sauron,
y de pronto se habría dado cuenta de que no podía utilizar el Anillo y de
que no tenía la fuerza ni la estatura para conservarlo, a despecho de Sauron:
el único modo de conservarlo y de herir a Sauron era destruirlo y destruirse
él mismo a la vez; y en un fugaz vislumbre habría visto que esto era el más
grande servicio que podría rendirle a Frodo. Éste, en el cuento concreto,
coge el Anillo y lo reclama; por cierto, también él habría tenido un claro
vislumbre, pero no se le dio tiempo: fue atacado inmediatamente por Gollum.
Cuando Sauron cobró conciencia de la captura del Anillo, su única esperanza
radicó en su poderío: que el pretendiente a su posesión fuera incapaz de cederlo
en tanto Sauron no tuviera tiempo de vérselas con él. Entonces también Frodo
probablemente, si no era atacado, tendría que haber adoptado la misma medida:
arrojarse con el Anillo al abismo. De lo contrario, habría fracasado por completo.
Es un problema interesante: cómo habría actuado Sauron o habría resistido
el pretendiente. Sauron envió de inmediato a los Espectros del Anillo. Naturalmente,
se les dio plena instrucción y de ningún modo se los engañó respecto del verdadero
señorío del Anillo. Quien lo llevara no sería invisible para ellos, sino a
la inversa; y más vulnerable ante sus armas. Pero la situación era ahora diferente
a la que se había dado en la Cima de los Vientos, en la que Frodo había actuado
meramente por temor y sólo había querido utilizar (en vano) el poder subsidiario
del Anillo de conferir invisibilidad. Había crecido desde entonces. ¿Habrían
sido inmunes a su poder si él lo tenía como instrumento de comando y de dominio?
No del
todo. No creo que hubieran podido atacarlo con violencia, apoderarse de él
o tomarlo cautivo; habrían obedecido o fingido obedecer cualesquiera órdenes
menores suyas que no hubieran entorpecido su cometido, impuesto sobre ellos
por Sauron, que todavía mediante los nueve anillos (que tenía en su poder)
poseía fundamental control de sus voluntades. Ese cometido era sacar a Frodo
del Abismo. Una vez perdida la capacidad o la oportunidad de destruir el
Anillo, no cabría poner en duda el final, salvo que hubiera ayuda desde el
exterior, que aun era apenas remotamente posible.
Frodo
se había convertido en una persona considerable, pero de una clase especial:
en amplitud espiritual más que en aumento de capacidad física o mental; su
voluntad era mucho más fuerte de lo que había sido, pero en la medida en que
había sido ejercitada para oponer resistencia sin usar el Anillo y con el
objeto de destruirlo. Necesitaba tiempo, mucho tiempo, antes de que pudiera
controlar el Anillo o (que en tal caso es lo mismo) antes de que éste pudiera
controlarlo a él; antes de que su voluntad y arrogancia pudieran aumentar
en estatura lo bastante como para lograr dominar otras considerables voluntades
hostiles. Aun por un largo tiempo, sus actos y órdenes tendrían todavía que
parecería «buenas» para el beneficio de otros además de para sí mismo.
La situación
de Frodo con el Anillo frente a los Ocho
[91]
podría compararse con la de un bravo hombrecillo provisto
de un arma devastadora frente a ocho salvajes guerreros de gran fuerza y agilidad
armados de espadas envenenadas. La debilidad del hombre consistía en que no
sabía aún cómo utilizar su arma, y era, por temperamento y educación, adverso
a la violencia. La debilidad de ellos, en que el arma del hombre era algo
que los llenaba de espanto, pues en su culto religioso constituía un objeto
de terror ante el que estaban condicionados a tratar con servilismo al que
lo portara. Creo que habrían manifestado «servilismo». Habrían saludado a
Frodo como a un «Señor». Con dulces palabras lo habrían inducido a abandonar
el Sammath Naur, por ejemplo, «para cuidar de su nuevo reino y contemplar
a lo lejos, con su nueva vista, la morada de poder que debe ahora reclamar
como propia y torcer para sus propios fines». Una vez fuera de la estancia,
mientras él estuviera mirando, algunos de ellos habrían destruido la entrada.
Frodo, por entonces, habría estado lo bastante inmerso en grandes planes de
modificaciones políticas -parecidos a los de la visión que tentó a Sam (III,
231),
[92]
pero mucho más grandes y vastos- como para prestar atención
a esto. Pero si todavía conservaba alguna cordura y en parte comprendía su
significación, de modo que se negara a ir con ellos ahora a Barad-dûr, sencillamente
habrían esperado. Hasta que el mismo Sauron llegara. De cualquier modo, pronto
tendría lugar una confrontación entre Frodo y Sauron, si el Anillo permanecía
intacto. Su resultado era inevitable. Frodo habría sido derrotado por completo:
aplastado hasta convertirse en polvo o conservado en medio de tormentos como
esclavo escarnecido. ¡Sauron no habría tenido miedo del Anillo! Era suyo y
estaba sometido a su voluntad. Aun desde lejos tenía efecto sobre él, pudiéndolo
hacer actuar para que volviera a sí mismo. Ante su presencia concreta, muy
pocos de su misma estatura podrían haber tenido esperanzas de retenerlo. De
los «mortales», ninguno, ni el mismo Aragorn siquiera. En la contienda con
las Palantír, Aragorn era el legítimo propietario. Además, la contienda tenía
lugar a la distancia, y en un cuento que permite la encarnación de grandes
espíritus en una forma física y destructible, su poder debe ser mucho mayor
cuando están físicamente presentes. Sauron debía ser considerado terrible.
La forma que asumía era la de un hombre de estatura más que humana, pero no
gigantesca. En su más temprana encarnación era capaz de velar por su poder
(como lo hacia Gandalf) y podía aparecer como una figura imperiosa de gran
fuerza corporal y una actitud y un aspecto de gran realeza.
De los
demás, sólo Gandalf era capaz de dominarlo, pues se trataba de un emisario
de las Potencias y una criatura del mismo orden, un espíritu inmortal que
había adoptado una forma física visible. En el «Espejo de Galadriel», 1, 504,
ésta se concibe a sí misma capaz de esgrimir el Anillo y de suplantar al Señor
Oscuro. Si era así, también lo eran los otros guardianes del Árbol, en especial
Elrond. Pero ésta es otra cuestión. Formaba parte del Anillo el engaño por
el que las mentes se llenaban de la ilusión de supremo poderío. Pero esto
los Grandes lo habían pensado muy bien y lo habían rechazado, como se lo ve
en las palabras que Elrond pronuncia en el Concilio. El rechazo de Galadriel
de la tentación se fundaba en una reflexión y una resolución previas. En cualquier
caso, Elrond o Galadriel habrían procedido según la política ahora adoptada
por Sauron: habrían erigido un imperio con grandes generales y ejércitos absolutamente
subordinados y maquinarias de guerra, hasta que pudieran desafiar a Sauron
y destruirlo por la fuerza. No se contemplaba el enfrentamiento con Sauron
cara a cara, sin ayuda. Uno puede imaginar la escena en la que Gandalf, por
ejemplo, estuviera colocado en semejante situación. Estaría en delicado equilibrio.
Por un lado, la verdadera fidelidad del Anillo a Sauron; por el otro, una
fuerza superior porque Sauron no tenía realmente posesión de él, y quizá también
porque estaba debilitado por una larga corrupción y el gasto de la voluntad
insumido en el dominio de seres inferiores. Si Gandalf resultaba victorioso,
el resultado para Sauron habría sido el mismo que la destrucción del Anillo;
para él habría sido destruido, le habría sido quitado para siempre. Pero el
Anillo y todas sus obras habrían quedado conservados. Habría sido el amo hasta
el final.
Gandalf
como Señor del Anillo habría sido mucho peor que Sauron. Habría seguido siendo
«justo», pero de una justicia centrada en sí mismo. Habría seguido gobernando
y mandando cosas para «bien» y beneficio de sus subditos de acuerdo con su
sabiduría (que era y habría seguido siendo grande).
El borrador termina
aquí. En el margen Tolkien escribió: «Así, mientras Sauron multiplicaba [palabra
ilegible] el mal, permitió que el "bien" fuera claramente distinguible
de él. Gandalf habría vuelto el bien detestable y en apariencia malo.»
8) La idea de Historicidad
planteada por Tolkien en ESDLA, es motivo de una reflexión del Profesor en
cuanto a que su obra no discurre solamente en términos de lo imaginario o
de la fantasía, sino que hay que pensarla como una realidad imaginaria en
donde la política, la justicia, el bien y el mal juegan con límites imprecisos
que van más allá del “clásico” conflicto literario entre “Buenos” y “Malos”
Carta
183 Notas sobre la crítica de El Retorno
del Rey de W. H. Auden
Un comentario, aparentemente escrito para la propia satisfacción
de Tolkien, que no le fue enviado o mostrado a nadie, sobre «At the End of
the Quest, Victory», una crítica de El Retorno del Rey, por
W. H. Auden, aparecida en el New York Times Book Review el n de
enero de 1956. El texto ofrecido aquí es la reescritura hecha en alguna fecha
algo posterior de una primera versión ahora perdida que, con toda probabilidad,
se escribió en 1956. En la crítica, Auden escribía: «La vida, tal como la
experimento en mi propia persona, es primordialmente una continua sucesión
de opciones entre alternativas .... La imagen natural con que se puede representar
esta experiencia es la de un viaje con un objetivo, amenazado de peligros
y obstáculos
.... Pero cuando observo a mis prójimos, esta imagen parece falsa. Puedo ver,
por ejemplo, que sólo los ricos y los que están en vacaciones pueden emprender
viajes; la mayor parte de los hombres, la mayor parte del tiempo, deben trabajar
en un lugar preciso. No puedo verlos eligiendo, sino sólo adoptando medidas,
y, si conozco bien a algunos, puedo de ordinario predecir cómo actuará en
una situación dada .... Luego, si trato de describir lo que veo como si fuera
una cámara impersonal, no produciré una Misión, sino un documento "naturalista"
-----
Ambos extremos, desde luego, falsifican la vida. Hay
Misiones medievales que justifican la crítica hecha por Erich Auerbach en
su libro Mimesis:
"El mundo de las andanzas
caballerescas es un mundo de aventura .... Las hazañas [del caballero] ....
son acciones llevadas a cabo al azar que no encajan en ninguna estructura
con finalidades políticas" .... El Señor Tolkien ha logrado mejor que
ningún otro escritor anterior la utilización de las propiedades tradicionales
de la Misión».
Agradezco mucho esta crítica. Muy alentadora, puesto que viene de un
hombre que es a la vez poeta y crítico de suma distinción. Sin embargo (pienso),
no es alguien que tenga mucha práctica en la narración de cuentos. De cualquier
modo, me sorprende un tanto, porque a pesar de su alabanza antes me parece
la manera de expresarse de un crítico que la de un autor. Según yo lo siento,
no es el modo exacto de considerar las Misiones en general, ni mi historia
en particular. Creo que es precisamente porque no intenté ni nunca
pensé intentar la «objetivación» de mi experiencia personal de la vida, que
la narración de la Misión del Anillo ha logrado procurar placer a Auden (y
a otros). Probablemente, ésa es también la razón, en muchos casos, por la
que no logró complacer a algunos lectores y críticos. La historia no trata
de JRRT en absoluto y en ningún momento trata de ser una alegoría de su experiencia
de la vida, porque eso es lo que debe significar la objetivación de su experiencia
subjetiva en un cuento, si algo significa.
Mi mentalidad es proclive a la historia. La Tierra Media no es un mundo
imaginario. El nombre es la forma moderna (que aparece en el siglo XIII y
está todavía en uso) de midden-erd > middel-erd, nombre antiguo
de oikoumenë, sitio de la morada de los Hombres, el mundo objetivamente
real, utilizado específicamente en oposición a los mundos imaginarios (como
el País de las Hadas) o los mundos invisibles (como el Cielo o el Infierno).
El teatro de mi cuento es esta tierra, la tierra en la que ahora vivimos,
pero el período histórico es imaginario. Lo esencial de la morada está todo
presente (al menos para los habitantes del Noroeste de Europa), de modo que,
por supuesto, tiene un aire de familiaridad, si bien algo glorificado por
la distanciación en el tiempo.
Los hombres emprenden y han emprendido viajes y búsquedas en la historia,
sin intención de representar alegorías de la vida. No es verdad del pasado
ni lo es del presente decir que «sólo los ricos y los que están de vacaciones
pueden emprender viajes». La mayoría de los hombres emprenden algunos viajes.
Que sean largos o cortos, que tengan algún cometido o sólo se hagan para «ir
y volver», no es de primordial importancia. Como traté de expresarlo en la
Canción de la Marcha de Bilbo, hasta una caminata de toda una tarde puede
tener efectos importantes. Aun cuando Sam sólo había llegado al Bosque Cerrado,
tuvo una «revelación». Porque si hay algo en una jornada, cualquiera que sea
su duración, para mí es esto: la liberación del estado vegetativo de quien
sufre pasivamente, un ejercicio de la voluntad por pequeño que sea, y movilidad,
y también de la curiosidad, sin la cual una mente racional se estupidiza.
(Aunque, por supuesto, todo esto se pensó con posterioridad y no tiene en
cuenta el punto principal. Para el cuentista, un viaje es una invención maravillosa.
Procura un fuerte hilo del que pueden pender una multitud de cosas que tiene
en mente, para dar origen a algo del todo nuevo, variado, imprevisible y,
sin embargo, coherente. El principal motivo de que utilizara esta forma era
simplemente técnico.)
De cualquier modo, no considero a aquellos de mis prójimos que he observado
de la manera descrita. Soy ahora bastante viejo, de modo que he podido observar
a algunos de ellos lo suficiente como para tener noción de lo que, supongo,
Auden llamaría su carácter básico o innato, aunque se noten cambios (a menudo
considerables) en su modo de conducta. No creo que un viaje en el espacio
sea una comparación útil para la comprensión de estos procesos. Me parece
que la comparación con una semilla es más esclarecedora: una semilla, con
su vitalidad y su heredad innatas, su capacidad de crecer y desarrollarse.
Una gran parte de los «cambios» en el hombre son, sin duda, el desenvolvimiento
de las pautas escondidas en la semilla; aunque éstas están, por supuesto,
modificadas por la situación (geográfica o climatológica) en la que ha sido
arrojada, y pueden ser dañadas por accidentes terrestres. Pero esta comparación
excluye inevitablemente un punto importante. Un hombre no es sólo una semilla
que se desarrolla según una pauta definida, bien o mal, de acuerdo con su
situación o sus defectos como ejemplar de su especie; un hombre es a la vez
una semilla y, en cierto grado, también un jardinero, para bien o para mal.
Me impresiona el grado en el que el desarrollo del «carácter» puede ser
el producto de la intención consciente, la voluntad de modificar las tendencias
innatas en las direcciones deseadas; en algunos casos, el cambio puede ser
grande y permanente. He conocido a uno o dos hombres y mujeres que podrían
ser descritos como «hechos por sí mismos» en este respecto, y esto contiene
tanta verdad parcial al menos como la que hallaríamos si aplicáramos la expresión
«hechos por sí mismos» a aquellos cuya riqueza o posición es fruto en amplia
medida de sus propios esfuerzos y fuerza de voluntad, con poca o ninguna ayuda
de una fortuna o posición social heredadas.
De cualquier modo, personalmente compruebo que las acciones de la mayoría
de la gente son imprevisibles en cualquier situación particular o emergencia.
Quizá porque no soy un buen juez del carácter. Pero aun Auden sólo dice que
«habitualmente» puede predecir cómo han de actuar esas personas; y por la
inserción de «habitualmente» se admite un elemento de incompatibilidad que,
por pequeño que sea, está invalidando su punto de vista.
Algunas personas son, o parecen ser, más previsibles que otras. Pero
eso es consecuencia más bien de su fortuna que de su naturaleza (como individuos).
La gente cuyas reacciones son previsibles reside en circunstancias relativamente
fijas, y es difícil cogerlas y observarlas en situaciones que (les) sean extrañas.
Ésa es otra buena razón para enviar a los «hobbits» -gente simple y previsible
en circunstancias simples y desde hace mucho asentadas- a un viaje que
los aleje de sus viejos hogares, al encuentro de tierras extrañas y peligrosas.
En especial si se les procura un fuerte motivo de resistencia y adaptación.
Aunque sin ningún motivo elevado la gente cambia (o más bien revela lo latente)
en los viajes: ése es un hecho de la observación ordinaria que no necesita
ninguna explicación simbólica. En un viaje de longitud lo suficientemente
prolongada como para procurar adversidades, desde diversos grados de incomodidad
hasta miedo, el cambio de compañeros bien conocidos en la «vida ordinaria»
(y de uno mismo) es a menudo asombroso.
No me gusta el empleo de la palabra «político» en semejante contexto;
me parece falso. Me resulta claro que el deber de Frodo era «humano», no político.
Naturalmente, pensó primero en la Comarca, puesto que sus raíces estaban allí,
pero la empresa tenía por objeto no la preservación de esta o aquella política,
como el aspecto republicano o aristocrático de la Comarca, sino la liberación
de una maligna tiranía de todo lo «humano»,
[93]
con inclusión de los «orientales» y los
Haradrim, que eran todavía servidores de la tiranía.
Denethor estaba teñido de mera política: de ahí su fracaso y la
desconfianza que sentía por Faramir. Para él había llegado a ser un motivo
primordial la preservación de la política de Gondor tal como era, en contra
de otro potentado que se había hecho más fuerte y que debía ser temido y en
contra del cual era preciso luchar por esa razón y no porque fuera implacable
o malvado. Denethor despreciaba a los hombres menores, y se puede tener la
seguridad de que no distinguía ente los orcos y los aliados de Mordor. Si
hubiera sobrevivido como vencedor, aun sin utilización del Anillo, habría
dado un gran paso para convertirse él mismo en tirano, y los términos y el
tratamiento que habría acordado a los pueblos engañados del este y del sur
hubiera sido cruel y vengativo. Se había convertido en un líder «político»:
Gondor contra el resto.
Pero ésa no era la política o el deber propuestos por el Concilio de
Elrond. Sólo después de escuchar el debate y comprender la naturaleza de la
empresa, aceptó Frodo el peso de su misión. En verdad, los Elfos destruyeron
su propia política intentando cumplir un deber «humano». Esto no ocurrió meramente
como una desdichada consecuencia de la Guerra; sabían que se trataba de un
resultado inevitable de la victoria, que de ningún modo podía ser ventajosa
para los Elfos. No puede decirse que Elrond tuviera un deber o un propósito
políticos.
El empleo que hace Auerbach de la palabra «político» puede parecer a
primera vista más justificado; pero no es, creo, realmente admisible... ni
siquiera si reconocemos la fatiga a la que estaba reducida la mera «caballería
andante» como lectura para pasar el tiempo de una clase principalmente interesada
en las hazañas de las armas y el amor.
[94]
Tan divertida para nosotros (o para mí)
como lo son las historias sobre el criquet o las narraciones de un equipo
en gira para aquellos que (como yo) encuentran el criquet (tal como es ahora)
de un aburrimiento espantoso. Pero las hazañas de la Saga Arthuriana (por
ejemplo) o las novelas relacionadas con ese gran centro imaginativo, no tienen
necesidad de encajar en una pauta de finalidad política.
[95]
Así era en las primeras tradiciones arthurianas.
O al menos este hilo de imaginación primitiva aunque poderosa era un elemento
importante en ellas. Como también en el Beowttlf. Auerbach habría aprobado
el Beowulf, pues en él un autor intentó situar una hazaña de la caballería
andante en un complejo campo político: las tradiciones inglesas de las relaciones
internacionales mantenidas con Dinamarca, Gotland y Suecia en días antiguos.
Pero ésa no es la fuerza de la historia, sino y sobre todo su debilidad. Los
objetivos personales de Beowulf en su viaje a Dinamarca son precisamente los
de los posteriores Caballeros: su propio renombre y, por encima de él, la
gloria de su señor y rey; pero durante todo el tiempo atisbamos algo más profundo.
Grendel es un enemigo que ha atacado el corazón del reino y ha llevado a los
recintos reales la oscuridad exterior, de modo que sólo a la luz del día puede
el rey sentarse en el trono. Esto es algo muy diferente y mucho más horrible
que la invasión «política» por iguales: hombres de otro reino similar, como
el posterior ataque de Ingeld a Heorot.
La derrota de Grendel constituye un buen cuento de maravillas porque
él es demasiado fuerte y peligroso como para que un hombre corriente lo venza,
pero es una victoria en la que todos los hombres pueden regocijarse porque
es un monstruo, hostil a todos los hombres y a toda camaradería y alegría
humanas. Comparados con él, aun los daneses y los geatis, desde mucho tiempo
atrás políticamente hostiles, eran Amigos y pertenecían a la misma facción.
Es la monstruosidad y la calidad feérica de Grendel lo que hace el cuento
realmente importante, sobreviviendo aun cuando la política se ha opacado y
las relaciones entre daneses y geatis han llegado a una «entente cordiale»
entre dos casas regentes y se han convertido en un asunto menor de imprecisa
historia. En ese mundo político Grendel parece tonto, aunque por cierto no
lo es, por ingenuas que puedan parecer la imaginación del poeta y la descripción
que hace de él.
Por supuesto, en la «vida real» las causas no quedan claramente recortadas,
aunque sea sólo porque los tiranos humanos rara vez están tan enteramente
corrompidos como para convertirse en puras manifestaciones de una voluntad
maligna. En la medida en que yo pueda juzgarlo, algunos parecen haber sido
corrompidos hasta ese punto, pero aun así deben gobernar a súbditos que sólo
en parte están igualmente corrompidos, mientras que muchos necesitan todavía
que se les ofrezcan «buenos motivos», reales o fingidos. Como lo vemos hoy.
Aun así hay casos claros: por ejemplo, actos de mera cruel agresión en la
que, por tanto, desde un principio el bien está todo él con una de
las partes, no importa cuál sea el mal que los que padecen con resentimiento
la agresión generen entre los miembros de la parte justa. Hay también
conflictos sobre ideas y acontecimientos importantes. En tales casos, estoy
más impresionado por la importancia de estar en el lado justo que perturbado
por la revelación de la jungla de motivos confusos, objetivos privados y acciones
individuales (nobles o bajas) en las que lo justo y lo injusto en
los conflictos humanos concretos están comúnmente implicados. Si el conflicto
es realmente sobre las cosas apropiadamente llamadas justas e injustas,
o buenas y malas, la justicia o bondad de una de
las partes no queda probada o establecida por lo que una de ellas proclame;
debe depender de valores y creencias que estén por encima del conflicto particular
y sean independientes de él. Un juez debe acordar la justicia y la
injusticia de acuerdo con principios que considere válidos en todos
los casos. Si ello es así, lo justo seguirá siendo una posesión inalienable
del lado justo y en todo momento justificará su causa (Hablo de causas, no
de individuos). Por supuesto, a un juez cuyas ideas morales tienen una base
religiosa o moral, o en verdad a cualquiera que no esté enceguecido por el
fanatismo partidario, la justicia de la causa no justificará las acciones
de sus sostenedores, como individuos, que son moralmente malvados. Pero aunque
la «propaganda» haga de ellos una prueba de que su causa no era de hecho «justa»,
eso no resulta válido. Los agresores son ante todo culpables de las malas
acciones que proceden de su original violación de la justicia y de las pasiones
que su propia maldad debe naturalmente (según sus normas) haber despertado.
Ellos, de cualquier modo, no tienen derecho a exigir que sus víctimas, al
ser atacadas, no demanden ojo por ojo o diente por diente.
De manera semejante, las buenas acciones de los que están del lado de
lo injusto no justificarán su causa. Puede haber acciones, por parte de los
que estén a favor de lo injusto, de coraje heroico o de algún nivel moral
más elevado: acciones de piedad o dominio de sí mismo. Un juez puede acordarles
honor o regocijarse al ver cómo algunos hombres son capaces de elevarse por
sobre el odio y la cólera despertados por un conflicto; como puede también
deplorar las malas acciones habidas en el lado justo y afligirse al ver cómo
el odio, una vez provocado, puede rebajarlos. Pero esto no alterará su juicio
en cuanto a cuál sea el lado que esté con la justicia ni su atribución de
la culpa fundamental por todo el mal que se le ha ocasionado al otro lado.
En mi historia no trato del Mal Absoluto. No creo que exista tal cosa,
pues eso es el Cero. No creo, de cualquier manera, que ningún «ser racional»
sea enteramente malo. Satán cayó. En mi mito, Morgoth cayó antes de la Creación
del mundo físico. En mi historia, Sauron representa una aproximación tan cabal
como es posible a una voluntad por entero mala. Había seguido el camino de
todos los tiranos: empezó bien, al menos en el sentido de que, aunque
deseaba ordenarlo todo de acuerdo con su propia sabiduría, consideró en primer
lugar el bienestar (económico) de otros habitantes de la Tierra. Pero fue
más allá de los tiranos humanos en cuanto a orgullo y sed de dominio, pues
era en su origen un espíritu inmortal (angélico).
[96]
En El Señor de los Anillos el conflicto
no se centra básicamente en la «libertad», aunque, por supuesto, ella queda
comprendida. Se centra en Dios y Su derecho exclusivo al divino honor. Los
Eldar y los Númenóreanos creían en El Único, el verdadero Dios, y consideraban
una abominación la veneración de cualquier otra persona. Sauron deseaba ser
un Rey-Dios, y sus servidores lo tenían por tal;
[97]
si hubiera resultado victorioso habría
exigido honores divinos de todas las criaturas racionales y poder temporal
absoluto por sobre el mundo entero. De modo que si aun sumido en la desesperación
«el Oeste» hubiera criado o contratado hordas de orcos y hubiera asolado cruelmente
las tierras de otros Hombres como aliados de Sauron, o meramente para impedirles
que lo ayudaran, su Causa habría seguido siendo irrevocablemente justa. Como
lo es la Causa de los que se oponen ahora al Dios-Estado y al mariscal Esto
o Aquello como su Sumo Sacerdote, a pesar de que es cierto (como desdichadamente
lo es) que muchas de sus acciones son injustas, y aunque fuera cierto (que
no lo es) que los habitantes del «Oeste», salvo una minoría de patrones ricos,
viven en temor y escualidez, mientras que los veneradores del Dios-Estado
viven en paz y abundancia, en la mutua estima y la confianza.
De modo que siento que las boberías de la crítica, la correspondencia
sobre ellas y las discusiones sobre si mis «buenas gentes» eran bondadosas
y misericordiosas o concedían cuartel o no, están fuera de cuestión. Algunos
críticos parecen estar decididos a mostrarme como un adolescente de mentalidad
simple, inspirado por un espíritu, digamos, del tipo Con-la-bandera-a-Pretoria,
y distorsionan intencionalmente lo que se dice en mi cuento. No tengo ese
espíritu, y no aparece en la historia. La sola figura de Denethor basta para
demostrarlo; pero no he hecho a los que están del lado «justo», a los Hobbits,
los Rohirrim, los Hombres del Valle o de Gondor, mejores de lo que los hombres
han sido o son o pueden ser. El mío no es mundo «imaginario», sino un momento
histórico imaginario de la «Tierra Media», que es el lugar donde vivimos.
9) Sobre Sauron y su corporeidad.
Carta
200 De una carta al mayor R. Bowen
25 de
junio de 1957
Tengo
en cuenta sus observaciones sobre Sauron. Siempre quedaba descorporizado cuando
era vencido. Según la teoría, si es posible dignificar los recursos de la
historia con término semejante, era un espíritu, un espíritu menor, pero aun
así un espíritu «angélico». De acuerdo con la mitología que rige estas cosas,
eso significa que, aunque era una criatura, por supuesto, pertenecía a la
raza de seres inteligentes que fueron hechos antes de que existiera el mundo
físico, y se les permitió asistir a su creación según fueran sus posibilidades.
Los que más se interesaron en esta obra de Arte, tal como fue en primera instancia,
se entusiasmaron tanto con ella que cuando el Creador la hizo real (esto es,
le dio realidad secundaria subordinada a la suya, que llamamos realidad primaria)
quisieron entrar en ella desde el comienzo de su «realización».
Se les
permitió hacerlo, y los grandes de entre ellos se convirtieron en el equivalente
de los «dioses» de las mitologías tradicionales; pero la condición era que
debían permanecer «en ella» en tanto la Historia no terminara. Estaban pues
en el mundo, pero no del modo cuya naturaleza esencial es estar físicamente
encarnado. Se autoencarnaban si lo deseaban, pero sus formas encarnadas eran
más análogas a nuestras ropas que a nuestros cuerpos, salvo que, más que las
ropas, eran la expresión de sus deseos, ánimos, voluntades y funciones. El
conocimiento de la Historia como fue al ser concebida, antes de su realización,
les procuraba cierta medida de pre-visión; el monto variaba mucho, desde el
conocimiento bastante completo de la mente del Creador poseído por Manwë,
el «Rey Mayor», hasta el de los espíritus menores que podrían haberse interesado
tan sólo en algún asunto subsidiario (como los árboles o los pájaros, por
ejemplo). Algunos se habían apegado a tales artistas superiores, y conocían
las cosas sobre todo indirectamente a través del conocimiento que tenían de
estos maestros. Sauron había estado unido al mayor de todos, Melkor, que se
convirtió en el Rebelde inevitable y el autovenerador de las mitologías que
empiezan con un único Creador trascendente. Olórin (Vol. II, pág. 382) había
estado unido a Manwë.
[98]
El Creador
no se mantuvo apartado en lo alto. Introdujo nuevos temas en el diseño original,
que, por consiguiente, podrían resultar imprevistos para muchos espíritus
en realización; hubo también acontecimientos imprevisibles (es decir, sucesos
que aun un completo conocimiento del pasado no podía prever).
De la
primera clase, y el principal de todos, era el tema de la inteligencia encarnada,
los Elfos y los Hombres, que no fue pensado ni tratado por ninguno de los
Espíritus. Por tanto, fueron llamados Hijos de Dios. Siendo diferentes de
los Espíritus, de menor «estatura» y, sin embargo, del mismo orden, eran objeto
de la esperanza y el deseo de los espíritus mayores, que conocían algo de
su forma y su naturaleza y el modo y la época en que se daría su realización.
Pero se daban cuenta también de que los Hijos de Dios no debían ser «dominados»,
aunque serían especialmente susceptibles de serlo.
Fue por
esta pre-ocupación que les producían los Hijos de Dios que los espíritus asumían
con tanta frecuencia la forma y la semejanza de ellos, especialmente después
de su aparición. Así fue que Sauron apareció en esta forma. Se supone, según
este mito, que cuando esta forma era «real», es decir, una realidad física
en el mundo físico y no una visión transferida de mente a mente, era preciso
cierto tiempo para alcanzar plenitud. Luego era destructible como los demás
organismos físicos. Claro que eso no destruía el espíritu ni lo eliminaba
del mundo donde debía permanecer hasta su fin. Después de la batalla con Gilgalad
y Elendil, Sauron tardó largo tiempo en rehacerse, más del que había tardado
tras la Caída de Númenor (supongo que porque cada reconstitución consumía
parte de la energía inherente del espíritu, que podría llamarse la «voluntad»
o el vínculo efectivo entre la mente y el ser indestructible y la realización
de su imaginación). La imposibilidad de rehacerse después de la destrucción
del Anillo es «mitológicamente» lo bastante clara en el presente libro.
Lamento que todo esto resulte aburrido y «pomposo». Pero así
resultan todos los intentos de «explicar» las imágenes y los acontecimientos
de una mitología. Naturalmente, las historias son lo primero. Pero la posibilidad
de tener una especie de explicación racional o racionalizada, es la prueba
de la coherencia de una mitología como tal.
10)
Respuestas varias de Tolkien sobre temas diversos, como las cabalgaduras de
los Nazgûl, las vestimentas de la Tercera Edad. Los Magos Azules, etc. En
un borrador de la misma carta El Profesor nos habla de los Valar y la Subcreación...
“(...)La señorita Beare formulaba después una
serie de preguntas numeradas. «Pregunta 1»: ¿Por qué (en la primera edición,
1, 291) se dice que el caballo de Glorfindel tiene «freno y bridas» cuando
los Elfos cabalgan sin embocadura, riendas o montura? «Pregunta 2»: ¿Cómo
pudo Ar-Pharazón derrotar a Sauron cuando éste tenía el Único Anillo? «Pregunta
3»: ¿Cuáles eran los colores de los dos magos mencionados, aunque no por su
nombre, en el libro? «Pregunta 4»: ¿Qué ropas llevaban los pueblos de la Tierra
Media? ¿Era la corona alada de Gondor como la de una valkiria, o como la que
se ilustra en la cajetilla de los cigarrillos Gauloise?..” “(...)¿Cabalgaba
el Rey-Brujo un pterodáctilo en el sitio de Gondor? «Pregunta 5»: ¿Quién es
el Rey Mayor mencionado por Bilbo en su canción de Eärendil? ¿Es el Único?...”
14 de
octubre de 1958 Merton College,
Oxford
Estimada
señorita Beare:
Me temo
que esta contestación le llegue demasiado tarde para que le resulte útil en
la ocasión; pero no me fue posible escribirle antes. Acabo de llegar al cabo
de un año de permiso, uno de cuyos objetivos fue completar algunas de las
obras «eruditas» que fueron descuidadas mientras me ocupé de bagatelas no
profesionales (tales como El Señor de los Anillos): registro
el tono de muchos de mis colegas. En realidad, ocupé gran parte del tiempo
en graves contratiempos, entre ellos la enfermedad de mi esposa; pero me pasé
todo agosto trabajando largas horas, siete días a la semana, contra reloj,
para poner fin a una obra antes de ir a Irlanda en misión oficial. Regresé
hace unos pocos días, justo a tiempo para nuestra festividad de Michaelmas.
En un
momento de sosiego trataré de contestar sus preguntas brevemente. No conozco
«todas las respuestas». Gran parte de mi propio libro me desconcierta; y,
de cualquier modo, la mayor parte de él fue escrita hace tanto (hace algo
más de 20 años), que lo leo ahora como si fuera obra de un extraño.
Pregunta
1. Podría responder, supongo: «¡un ciclista acróbata es capaz de montar en
una bicicleta con guías!». Pero en realidad se utilizó bridle [riendas]
por descuido en lugar de lo que debió llamarse, supongo beadstall [cabestro].
[99]
O, más bien, como bit [embocadura] se añadió (1221),
hace mucho (el capítulo 12 del Libro Primero se escribió muy tempranamente),
no había considerado la conducta natural de los elfos en relación con los
animales. El caballo de Glorfindel habría llevado un cabestro ornamental
con una pluma y correas con joyas incrustadas y campanillas; pero Glor., por
cierto, no habría utilizado una embocadura. Cambiaré riendas y embocaduras
por cabestro.
Pregunta
2. Esta pregunta y sus implicaciones quedan contestadas en la «Caída de Númenor»,
no publicada todavía, pero cuya explicación no puedo emprender ahora. No se
puede presionar demasiado al Anillo Único, pues, por supuesto, es un elemento
mítico, aunque el mundo de los cuentos está concebido en términos más o menos
históricos. El Anillo de Sauron es sólo uno de los varios tratamientos míticos
de la colocación de la propia vida o del propio poder en algún objeto externo,
que se expone así a la captura o la destrucción con resultados desastrosos
para uno mismo. Si fuera a «filosofar» este mito o, al menos, el Anillo de
Sauron, diría que era un modo mítico de representar la verdad de que la potencia
(o quizá más bien la potencialidad), si ha de ejercerse y producir
resultados, tiene que ser exteriorizada y de ese modo, por así decir, sale,
en mayor o menor grado, fuera del control directo de uno. Un hombre que desee
ejercer «poder» debe tener súbditos que no sean él mismo. Pero entonces depende
de ellos.
Ar-Pharazôn,
como se dice en la «Caída», o Akallabêth, conquistó a los súbditos
aterrorizados de Sauron, no a éste. La «rendición» personal de Sauron
fue voluntaria y fruto de la astucia: ¡logró transporte sin cargo hasta Númenor!
Naturalmente, tenía el Anillo Único, de modo que pronto pudo dominar las mentes
y las voluntades de la mayoría de los Númenóreanos. (No creo que Ar-Pharazôn
supiera nada del Anillo Único. Los Elfos mantenían muy en secreto el asunto
de los Anillos en tanto les era posible. De cualquier manera, Ar-Pharazôn
no estaba en comunicación con ellos. En el Cuento de los Años, Apéndices,
págs. 90-92, encontrará vestigios del infortunio: «la Sombra cae sobre Númenor».
Después de Tar-Atanamir -un nombre élfico-, el próximo nombre es Ar-Adunakhôr,
un nombre númenóreano. Véase pág. Nº --
[100]
El cambio de nombres se acompañó de un completo
rechazo de la amistad de los Elfos y de la enseñanza «teológica» que los Númenóreanos
habían recibido de ellos.)
Sauron
fue derrotado primero por un «milagro»: una acción directa de Dios el Creador,
que cambió la estructura del mundo cuando fue invocado por Manwë; véase Apéndices,
págs. 14-15. Aunque reducido a «un espíritu de odio transportado por un viento
oscuro», no creo que sea necesario sentirse intimidado por este espíritu que
carga el Anillo Único, del que depende ahora en amplia medida su poder de
dominar las mentes. Que Sauron no fuera él mismo destruido en la cólera del
Único no es mi culpa: el problema del mal y su aparente tolerancia es permanente
para todos los que se preocupan por nuestro mundo. La indestructibilidad de
los espíritus con libre voluntad, aun por su Creador, es también un
rasgo inevitable, si uno cree en su existencia o lo finge en una historia.
Sauron,
por supuesto, quedó «confundido» por el desastre, y disminuido (pues había
perdido una enorme cantidad de energía en la corrupción de Númenor). Necesitaba
tiempo para su propia rehabilitación corporal, y para ganar el control de
sus ex súbditos. Fue atacado por Gil-galad y Elendil antes de que su nuevo
dominio fuera plenamente establecido.
Pregunta
3. No he nombrado los colores porque no los conozco.
[101]
Dudo de que tuvieran colores distintivos. Los distintivos
sólo eran necesarios en el caso de los tres que permanecieron en la zona relativamente
pequeña del Noroeste. (Sobre los nombres, véase P[regunta] 5.) Realmente,
no tengo ningún conocimiento claro de los otros dos, pues no conciernen a
la historia del NO. Creo que fueron como emisarios a regiones distantes fuera
del territorio de los Númenóreanos: misioneros en tierras «ocupadas por el
enemigo», por así decir. Nada sé del éxito que pudo haber tenido su misión;
pero me temo que fracasaron, como fracasó Saruman, aunque sin duda de modo
diferente; y sospecho que fueron fundadores de cultos secretos y tradiciones
«mágicas» que perduraron después de la caída de Sauron.
Pregunta
4. No conozco el detalle de sus vestidos. Visualizo con gran claridad y precisión
el paisaje y los objetos «naturales», pero no los artefactos. Pauline Baynes
obtuvo su inspiración para Egidio en gran parte a partir de las ilustraciones
de los manuscritos medievales; excepto en el caso de los caballeros (que tienen
un aire algo «arthuriano»),
[102]
el estilo parece adecuarse bastante bien. Salvo que los
varones, especialmente en las partes septentrionales como la Comarca, habrían
llevado pantalones, ya escondidos por una capa, ya bajo un manto, o meramente
acompañados por una camisa.
No tengo
duda de que en el ámbito considerado en mi historia (muy amplio), el «vestido»
de los diversos pueblos, Hombres y otros, estaba muy diversificado en la Tercera
Edad, según el clima y la costumbre heredada. Como lo estaba en nuestro mundo,
aun si consideramos sólo Europa, el Mediterráneo y el muy cercano «Oriente»
(o Sur), antes de la victoria en nuestro tiempo del menos agradable estilo
de vestido (especialmente en el caso de los varones y los «neutros») que revela
la historia escrita: una victoria que todavía se continúa, aun entre los que
más odian las tierras en las que tuvo su origen. Los Rohirrim no eran «medievales»
según el estilo que damos a la palabra. Los estilos del Tapiz de Bayeux (hecho
en Inglaterra) se adecuan a ellos bastante bien, si se recuerda que las redes
de tenis que [los] soldados parecen llevar son sólo un torpe signo convencional
de las cotas de malla de aros pequeños...”
Los Númenóreanos de Gondor eran orgullosos, peculiares y arcaicos, y creo que la mejor manera de tener una imagen de ellos es (digamos) en términos egipcios. En muchos aspectos parecían «egipcios»: el amor por lo gigantesco y lo macizo, y la capacidad de construirlo. Y por su gran interés en los antepasados y las tumbas. (Pero no, por supuesto, en cuanto a la «teología», en la que eran hebraicos y todavía más puritanos; pero sería demasiado largo poner esto en claro: explicar, en verdad, por qué prácticamente no existía «religión» manifiesta alguna, [103] o mas bien actos religiosos, templos o ceremonias entre los pueblos «buenos» o antisaurianos en El Señor de los Anillos.) Creo que la corona de Cóndor (el reino S.) era muy alta, como la egipcia, pero alada, no perfectamente vertical, sino siguiendo un
![]() |
El Reino
N. tenía sólo una diadema (Apéndices, pág. 24). Cf. la diferencia entre
los reinos S. y N. del Egipto...”
“(...)Pterodáctilo.
Sí y no. No tenía intención de que la cabalgadura del
Rey-Brujo fuera lo que se llama ahora un «pterodáctilo» y se dibuja a menudo
(con más bien menor número de pruebas imprecisas de las que fundamentan la
nueva y fascinante mitología semicientífica de la «Prehistoria»). Pero evidentemente
es pterodactílica y debe mucho a la nueva mitología, y su descripción
podría dar pie a la creencia de que se trata del último sobreviviente de eras
geológicas más antiguas.
[104]
Pregunta
5. Manwë, esposo de Varda; o en la lengua de los Elfos Grises, Manwë y Elbereth.
Dado que los Valar no tenían lengua propia (no la necesitaban), no tenían
nombres «verdaderos», sólo identidades, y los nombres les eran atribuidos
por los Elfos, de modo que eran más bien «motes» referidos a una peculiaridad,
función o hecho sorprendente. (Lo mismo se aplica a los «Istari» o Magos que
fueron emisarios de los Valar, y a los de su especie.) En consecuencia, cada
identidad tenía varios «motes»; y los nombres de los Valar no estaban necesariamente
relacionados en las diferentes lenguas élficas (o las lenguas de los Hombres
que habían recibido su conocimiento de los Elfos). (Elbereth J Varda, «Señora
de las Estrellas» y «Encumbrada», no son palabras emparentadas, pero se refieren
a la misma persona.) Manwë (Ser Bendito) era el Señor de los Valar y, por
tanto, el Rey Mayor de Arda. Arda, «reino», era el nombre que se le
daba a nuestro mundo o la tierra, pues era el lugar dentro de la inmensidad
de Eä, elegido para ser el sitio y el dominio especial del Rey, por saber
éste que allí aparecerían los Hijos de Dios. En el mito cosmogónico se dice
que Manwë era el «hermano» de Melkor, es decir que eran coevos y de la misma
potencia en la mente del Creador. Melkor se convirtió en el Rebelde y el Diábolos
de estos cuentos, que se disputó el reino de Arda con Manwë. (Habitualmente
era llamado Morgoth en la lengua de los Elfos Grises.)
El Único
no habita físicamente en ninguna parte de Eä.
No es
preciso que diga que todo esto es mítico y de ningún modo una nueva especie
de religión o visión. En la medida de mi conocimiento, es meramente una invención
imaginativa para expresar en el único modo que me es posible algunas de mis
(oscuras) percepciones del mundo. Todo lo que puedo decir es que, si fuera
«historia», no sería fácil situar las tierras y los acontecimientos (o «culturas»),
según las pruebas de que disponemos, arqueológicas o geológicas, en los sitios
más cercanos o remotos de lo que ahora llamamos Europa; aunque de la Comarca,
por ejemplo, se dice explícitamente haber estado en esta región (1, 13).
[105]
Podría haber situado las cosas con mayor verosimilitud
antes de que la cuestión se me planteara, si la historia no hubiera estado
ya demasiado desarrollada. Dudo de que fuera mucha la ventaja; y espero que,
evidentemente largo aunque indefinido, el hueco
[106]
en el tiempo entre la caída de Barad-dûr y nuestros Días
es bastante como para obtener «credibilidad literaria», aun para los lectores
familiarizados con lo que se sabe o se conjetura de la «pre-historia».
He construido,
supongo, un tiempo imaginario, pero en cuanto al espacio he
mantenido los pies en mi propia madre patria. Lo prefiero a la moda contemporánea
de buscar globos remotos en el «espacio». Por curiosos que sean, resultan
ajenos y no son amables con el amor que inspiran los parientes sanguíneos.
La Tierra Media (entre paréntesis y si semejante nota es necesaria)
no es de mi propia invención. Es una modernización o alteración (N[ew] E[nglish]
D[ictionary]: una «perversión») de una vieja palabra para el mundo habitado
de los Hombres, la oikoumenë: media porque se la concebía vagamente
situada en medio de los Mares circundantes y (según la imaginación nórdica)
entre el hielo del Norte y el fuego del Sur. Inglés a. middan-geard,
i. medieval midden-erd, middle-erd. ¡Muchos
críticos parecen suponer que la Tierra Media está situada en otro planeta!
Desde
el punto de vista teológico (si el término no resulta demasiado grandilocuente),
imagino que el cuadro no se aleja demasiado de lo que algunos (incluido yo)
consideran la verdad. Pero como he escrito deliberadamente un cuento, que
está construido sobre, o a partir de, ciertas ideas «religiosas», aunque no
es una alegoría de ellas (ni de ninguna otra cosa), no las menciona abiertamente
y aun menos las predica, no me alejaré ahora de esa actitud para aventurarme
en disquisiciones teológicas para las que no estoy preparado. Pero podría
decir que si el cuento es «sobre» algo (aparte de sí mismo), no es, como según
parece se supone en general, sobre el «poder». La búsqueda del poder es sólo
el motivo que pone los acontecimientos en marcha y creo que relativamente
carece de importancia. Trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad; y
de las «huidas»: la longevidad y el atesoramiento de la memoria.
Sinceramente
suyo,
J.R.R.
Tolkien.
Continuación en borrrador de la misma carta
(no enviada)
Puesto
que he escrito tanto (espero que no demasiado), bien podría agregar unas pocas
líneas sobre el Mito en el que todo se funda, pues se podrían clarificar algo
más las relaciones entre los Valar, los Elfos, los Hombres, Sauron, los Magos,
etcétera.
Los Valar
o «potencias, gobernantes» fueron la primera «creación»: espíritus o mentes
racionales sin encarnación, creados antes que el mundo físico. (En
rigor, estos espíritus se llamaban Ainur, pues los Valar
fueron sólo los que entre ellos entraron en el mundo después de haber
sido hecho, y el nombre sólo se aplica a los grandes de entre ellos, que ocupan
el lugar imaginativo, aunque no teológico, de los «dioses».) Los Ainur tomaron
parte en la creación del mundo como «subcreadores»: en grado diverso, según
la manera siguiente: Interpretaron según su capacidad, y completaron en detalle,
el Diseño que les propuso el Único. Se les propuso primero en forma musical
o abstracta, y luego en una «visión histórica». En la primera interpretación,
la vasta Música de los Ainur, Melkor introdujo alteraciones, no interpretaciones
de la mente del Único, y surgió una gran discordancia. El Único presento esta
«Música», con inclusión de la aparente discordancia, como una «historia» visible.
En esta
etapa tenía todavía una validez con la que puede compararse la que tiene un
«cuento» entre nosotros: «existe» en la mente del narrador y, de manera
derivada, en la de los auditores, pero no en el mismo plano que el del narrador
o los auditores. Cuando el Único (el Narrador) dijo Sea
[107]
el Cuento se convirtió en Historia, sobre el mismo
plano que el de los auditores, y éstos podían, si lo deseaban, entrar en
ella. Muchos de los Ainur lo hicieron, y deben habitar en ella hasta el
Final, pues quedan involucrados en el Tiempo, la serie de acontecimientos
que la completan. Estos fueron los Valar y sus asistentes menores. Éstos eran
los que se habían «enamorado» de la visión y, sin duda, los que habían desempeñado
la parte más «subcreativa» (o, como nosotros diríamos, más «artística») de
la Música.
Fue por
el amor que tenían por Eä, y por la parte que desempeñaron en su creación,
que desearon y pudieron encarnarse en formas físicas visibles, aunque
éstas eran comparables a nuestros vestidos (en la medida en que éstos
constituyen una expresión personal), no a nuestros cuerpos. Sus formas eran
así la expresión de sus personas, capacidades y amores. No era preciso que
fueran antropomórficos (Yavanna, esposa
[108]
de Aulé, por ejemplo, se manifestaba con la forma de un
gran Árbol.) Pero las formas «habituales» de los Valar, cuando eran visibles
o estaban vestidos, eran antropomórficas, por el intenso interés que les despertaban
los Elfos y los Hombres.
Los Elfos
y los Hombres eran llamados los «hijos de Dios» porque constituían, por así
decir, un añadido privado al Diseño hecho por el Creador, en el cual los Valar
no tuvieron parte. (Sus «temas» fueron introducidos en la Música por el Único
cuando surgieron las discordancias de Melkor.) Los Valar sabían que aparecerían
-y los grandes, cuándo y cómo (aunque no con precisión)-, pero poco era lo
que conocían de su naturaleza, y su preciencia, derivada del conocimiento
previo que tenían del Diseño, era imperfecta o defectuosa en relación con
los hechos de los Hijos. Los Valar incorruptos, pues, anhelaban a los Hijos
antes de que llegaran, y los amaron después, como a criaturas diferentes de
sí mismos, independientes de ellos y de su capacidad artística, «niños» en
cuanto eran más débiles e ignorantes que los Valar, pero de igual linaje (pues
provenían directamente del Único), aunque estaban bajo su autoridad como gobernantes
de Arda. Los corruptos, como lo eran Melkor/Morgoth y sus seguidores (de los
que Sauron era uno de los principales), veían en ellos el material ideal para
convertirlos en súbditos y esclavos, volviéndose ellos amos y «dioses», envidiándolos
y odiándolos en secreto en la medida en que se rebelaban contra el Único (y
contra Manwë, su Teniente en Eä).
En esta
«prehistoria» mítica, la inmortalidad, estrictamente una longevidad
coextensiva con la vida de Arda, era parte de la naturaleza dada a los Elfos;
más allá del Fin, nada había sido revelado. Se habla de la mortalidad,
es decir, un período de vida de corta duración sin la menor relación con
la vida de Arda, como propia de la naturaleza dada a los Hombres: los Elfos
la llamaron el Don de Ilúvatar (Dios). Pero debe recordarse que míticamente
estos cuentos se centran en los Elfos
[109]
no son antropocéntricos, y los Hombres sólo aparecen en
ellos mucho después de la Llegada de aquéllos. Ésta es, por tanto, una perspectiva
«élfica» y no necesariamente tiene algo en pro o en contra de creencias, como
la cristiana, de que la «muerte» no forma parte de la naturaleza humana, sino
que es un castigo por el pecado (la rebelión) y una consecuencia de la «Caída».
Debería considerársela como la percepción que tienen los Elfos de lo que la
muerte -por no estar vinculada con los «ciclos del mundo»- significaría
para los Hombres, sea cual fuere su origen. Un divino «castigo» es también
un divino «don» si se lo acepta, pues su objetivo es la bendición final, y
la suprema inventiva del Creador hará que los «castigos» (es decir, el cambio
de designio) produzcan un bien no alcanzable de otro modo: un Hombre «mortal»
tiene probablemente (diría un Elfo) un destino más alto, si bien no revelado,
que un ser longevo. Intentar por algún recurso o «magia» recuperar la longevidad
es, pues, la suprema locura y maldad de los «mortales». La longevidad o la
falsa «inmortalidad» (la verdadera inmortalidad está más allá de Eä) es el
principal anzuelo de Sauron: convierte a los pequeños en un Gollum, y a los
grandes en un Espectro de los Anillos.
En las
leyendas élficas hay registro del extraño caso de una mujer Elfo (Míriel,
madre de Fëanor) que intentó morir, lo que tuvo desastrosos resultados
que llevaron a la «Caída» de los Altos Elfos. Los Elfos no eran víctimas de
enfermedades, pero se los podía «asesinar»: es decir, sus cuerpos podían ser
destruidos o mutilados hasta que dejaran de ser ya adecuados para dar sostén
a la vida. Pero esto no conducía naturalmente a la «muerte»: eran rehabilitados,
renacían y finalmente recuperaban la memoria de su pasado; permanecían «idénticos».
Pero Míriel deseaba abandonar el ser y se negó al renacimiento.
[110]
Supongo
que si hay una diferencia entre este Mito y lo que podría llamarse quizá mitología
cristiana, esa diferencia es ésta. En la última, la Caída del Hombre es posterior
a (aunque no necesariamente una consecuencia de) la «Caída de los Ángeles»:
una rebelión de la voluntad creada libre en un nivel más alto que el del Hombre;
pero no se sostiene claramente (y en muchas versiones no se lo sostiene en
absoluto) que esto haya afectado a la naturaleza del «Mundo»: el mal fue traído
de fuera por Satán. En este mito la rebelión de la voluntad creada libre precede
a la creación del Mundo (Eä); y Eä contenía en sí, subcreadamente introducidos,
el mal, la rebelión, elementos discordantes pertenecientes a su propia naturaleza
ya cuando se dijo Sea. La Caída o la corrupción de todo y de todos
sus habitantes, por tanto, era una posibilidad, aunque no inevitable. Los
árboles pueden «torcerse», como en el Viejo Bosque; los Elfos pueden convertirse
en Orcos, y si esto requería la malicia persuasiva de Morgoth, aun los Elfos
de por sí eran capaces de cometer malas acciones. Aun los Valar «buenos»,
por habitar el Mundo, podían cuando menos errar, como lo hicieron ocasionalmente
en su trato con los Elfos; o también eran capaces, como lo probaron los menores
de su especie (los Istari o magos), de buscar el propio beneficio. Aulë, por
ejemplo, uno de los Grandes, en cierto sentido «cayó», porque deseaba de tal
modo ver a los Hijos, que se impacientó e intentó anticiparse a la voluntad
del Creador. Siendo el más grande de los artesanos, trató de hacer criaturas,
de acuerdo con el conocimiento imperfecto propio de su especie. Cuando hubo
hecho trece,
[111]
Dios le habló con enfado, pero no sin piedad: porque Aulë
no había hecho esto por el maligno deseo de tener esclavos y súbditos
propios, sino por amor impaciente, deseoso de criaturas con las que conversar
y a las cuales enseñar, compartiendo con ellas las alabanzas a Ilúvatar y
el amor por los materiales de que está hecho el mundo.
El Único
reprendió a Aulë diciéndole que había intentado usurpar el poder del Creador,
pero no pudo dar vida independiente a lo que había hecho. Sólo tenía
una vida, la suya, derivada del Único, y sólo podía, cuando más, distribuirla.
«Considera», dijo el Único: «estas criaturas tuyas sólo tienen tu voluntad
y tu movimiento. Aunque has inventado una lengua para ellas, sólo pueden comunicarte
tu propio pensamiento. Esto es un pobre remedo de mí.»
Entonces
Aulë, apenado y arrepentido, se humilló y pidió perdón. Y dijo: «Destruiré
estas imágenes de mi presunción y esperaré tu voluntad». Y cogió un gran martillo
y lo levantó para golpear la mayor de sus imágenes, pero ésta se sobresaltó
y se apartó de él. Y al detener el golpe, asombrado, oyó la risa de Ilúvatar.
«¿Te
desconcierta esto?», preguntó. «¡Considera!, tus criaturas ahora viven, libres
de tu voluntad. Porque he visto tu humildad y tenido piedad de tu impaciencia.
He recogido en mi designio lo que has hecho.»
Ésta
es la leyenda élfica de la creación de los Enanos; pero los Elfos cuentan
también que Ilúvatar dijo así: «No obstante, no toleraré que mi designio se
anticipe: tus hijos no despertarán antes que los míos». Y ordenó a Aulé que
acostara a los padres de los Enanos en sitios profundos, cada cual con su
pareja, menos Dúrin, el mayor, que no la tenía. Allí dormirían prolongadamente
hasta que Ilúvatar les indicara que despertaran. No obstante, casi siempre
hubo escaso amor entre los Enanos y los hijos de Ilúvatar. Y del destino que
éste dio a los hijos de Aulë más allá de los Círculos del mundo, los Elfos
y los Hombres nada saben, y si lo saben los Enanos, no hablan de ello.
11)
En esta carta, Tolkien aclara la cuestión del amor entre Faramir y Eowyn.
a un lector de El Señor de los Anillos
Un
fragmento en cuya parte superior Tolkien ha escrito «Comentarios acerca de
una crítica (¿ahora perdida?) referida a Faramir & Eowyn (c. 1963).»
“(...)
Eowyn: Es posible amar a más de una persona (del
otro sexo) al mismo tiempo, pero de un modo y con una intensidad diferentes.
No creo que los sentimientos de Eowyn por Aragorn realmente cambiaran mucho;
y cuando él se reveló como figura encumbrada, en linaje y oficio, ella pudo
seguir amándolo y admirándolo. Él era viejo, y eso no es sólo
una cualidad física: cuando no se acompaña de ningún síntoma de decadencia
física, la edad puede resultar alarmante e inspirar temerosa veneración.
Además, ella no era ambiciosa en el verdadero sentido político. Aunque
no un «ama seca» por temperamento, tampoco era realmente un soldado o «amazona»,
pero como muchas mujeres valientes era capaz de gran bravura militar en un
momento de crisis.
Creo
que no comprende bien a Faramir. Su padre lo amilanaba: no sólo de
la manera ordinaria en una familia con un severo padre orgulloso de gran
fuerza de carácter, sino como Númenóreano delante del jefe de un estado númenóreano
sobreviviente. No tenía madre ni hermana (Eowyn tampoco tenía madre)
y tenía un hermano «mandón». Se había acostumbrado a ceder y a no dar aliento
a sus opiniones, aunque retenía el poder de mando entre los hombres, como
suele hacerlo un individuo como él, con toda evidencia personalmente valiente
y decidido, pero también modesto, de buen temple, justicia escrupulosa y muy
misericordioso. Creo que entendía muy bien a Eowyn. Además, ser Príncipe
de Ithilien, el más grande de los nobles después de Dol Amroth en el resucitado
estado númenóreano de Gondor, que tendría pronto poder y prestigio imperiales,
no era «tarea de cultivar legumbres para el mercado», como usted lo llama.
Hasta que no hubieran sido hechas muchas cosas por el Rey repuesto, el P.
de Ithilien sería guardián residente de las fronteras de Gondor en su puesto
de avanzada situado en el extremo este; y también tendría a su cargo el deber
de rehabilitar el territorio perdido y despejarlo de bandidos y restos de
orcos, para no hablar del terrible valle de Minas Ithil (Morgul). Naturalmente,
no entré en detalles acerca del modo en que Aragorn, como Rey de Gondor,
gobernaría el reino. Pero se sugiere claramente que hubo muchas luchas y que
en los primeros años del reinado de A. se hicieron expediciones en contra
de los enemigos del Este. Los principales comandantes, sometidos al Rey, serían
Faramir e Imrahil; y uno de éstos normalmente seguiría siendo comandante militar
en el país en ausencia del Rey. Un Rey númenóreano era monarca, con
poder de decisión incuestionable en el debate; pero gobernaba el reino dentro
del marco de la antigua ley, de la que él era el administrador (e intérprete),
pero no el hacedor. En todas las cuestiones debatibles de importancia doméstica
o exterior, sin embargo, aun Denethor tenía un Consejo, y cuando menos escuchaba
lo que los Señores de los Feudos y los Capitanes de las Fuerzas tenían por
decir. Aragorn restableció el Gran Concilio de Gondor, y en él Faramir, que
seguía siendo
[112]
por herencia el Senescal (o representante del Rey
durante su ausencia en el extranjero, en caso de enfermedad o entre su muerte
y el ascenso al trono de su heredero), sería el principal consejero.
Crítica
a la rapidez de la relación o «amor» entre Faramir y Eowyn. De acuerdo con
mi experiencia, los sentimientos y las decisiones maduran muy rápido (tal
como puede medírselas según el mero «tiempo del reloj», que en realidad no
puede aplicarse) en los períodos de tensión y, en especial, en la expectativa
de una muerte inminente. Y no creo que las personas de alto rango y
crianza necesiten pequeños escarceos y avances en cuestiones de «amor». Este
cuento no trata de un período de «Amor Cortesano» y todos sus fingimientos;
sino de una cultura más primitiva (es decir, menos corrupta) y más noble.
Carta
a un lector de El Señor de los Anillos.
“(...)
No hay o no había Ents en las más viejas historias, porque éstos se me presentaron
de hecho ante mi vista, sin premeditación o algún conocimiento consciente
previo, cuando llegué al Capítulo IV del Libro Tres. Pero como Bárbol muestra
tener conocimiento de la tierra anegada de Beleriand (al oeste de las Montañas
de Lune), en la que se desarrolló la contienda principal de la guerra contra
Morgoth,
[113]
tendrán que ser incluidos. No obstante, como la Guerra
de Beleriand ocurrió en tiempos de la reunión de los hobbits unos 7.000 años
atrás, sin duda no eran del todo lo mismo: menos sabios, menos fuertes, más
tímidos y más incomunicables (su propia lengua, más simple; pero el conocimiento
de otras lenguas, muy escaso). Pero puedo prever una medida que adoptaron
no sin relación con El S. de los A. Tuvo lugar en Ossiriand, un lugar boscoso,
secreto y misterioso ante el pie occidental del Ered Luin, que Beren y Lúthien
habitaron por un tiempo después del regreso de Beren de entre los Muertos
(I, págs. 270-271). Beren no volvió a mostrarse entre los mortales, salvo
una vez. Interceptó un ejército de enanos que había descendido de las montañas,
saqueado el reino de Doriath y matado al Rey Thingol, el padre de Lúthien,
llevándose un gran botín, incluido el collar de Thingol del que colgaba el
Silmaril. Hubo una batalla alrededor de un vado de uno de los Siete Ríos de
Ossir, y el Silmaril fue recobrado y llegó así a Dior, hijo de Beren, y a
Elwing, hija de Dior, y a Earendel, su marido (padre de Elros y Elrond). Parece
claro que Beren, que no tenía ejército, recibió la ayuda de los Ents, lo cual
nada contribuyó al amor entre los Ents y los Enanos.
¡Perdóneme
la precipitación! Perdóneme también la utilización de una máquina de escribir.
Vengo sufriendo y sufro todavía de un reumatismo en el brazo derecho, que
parece objetar mucho menos la dactilografía que la escritura a mano. Otra
vez gracias por su carta.
El
borrador termina aquí. En la parte superior, no de un modo muy legible, Tolkien
había escrito a lápiz:
Nadie
sabía de dónde vinieron (los Ents) ni cuándo aparecieron por primera vez.
Los Altos Elfos decían que los Valar nunca los mencionaron en la «Música».
Pero algunos (Galadriel) eran [de la] opinión de que cuando Yavanna descubrió
la misericordia de Eru para con Aulë en relación con la cuestión de los Enanos,
le rogó a Eru (por la mediación de Manwë) que diera vida a cosas hechas de
criaturas vivientes que no fueran de piedra, y que los Ents eran almas enviadas
para habitar los árboles o que lentamente fueron cobrando parecido con los
árboles por causa del amor innato que sentían por ellos. No todos eran buenos
[palabras ilegibles]. Los Ents, pues, tuvieron dominio sobre la piedra.
Los machos eran devotos a Oromë, pero las mujeres lo eran a Yavanna.
12)
Sombragris, el gran Meara y su relación con Gandalf, hasta el final...
19 de
enero de 1965
Creo
que ciertamente Sombragrís fue con Gandalf [allende el Mar], aunque esto no
se dice. Me parece que es mejor no decirlo todo (y, en verdad, resulta más
realista, pues en las crónicas y las relaciones de la historia «real», muchos
hechos que a algún investigador le gustaría conocer, se omiten, y la verdad
tiene que descubrirse o conjeturarse a partir de los datos con que se cuenta).
Argumentaría de la manera siguiente: Sombragrís provenía de una raza especial
(II, 167, 171, Apéndices, 61-62),
[114]
siendo, por así decir, un equivalente élfico de los caballos
ordinarios: su «sangre» provenía del «Oeste allende el Mar». No habría sido
inadecuado para él «ir al Oeste». Gandalf no estaba muriendo ni yendo por
una gracia especial a la Tierra Occidental antes de ir «más allá de los círculos
del mundo»; volvía a casa, pues evidentemente era uno de los «inmortales»,
un emisario angélico de los angélicos gobernantes (Valar) de la Tierra. Tomaría
o podría tomar lo que quisiera. Gandalf fue visto por última vez mientras
cabalgaba Sombragrís (III, 366). Debe de haber cabalgado hasta los Cielos
y es inconcebible que [hubiera] montado otra bestia que Sombragrís; de modo
que éste debió de haber estado allí. Un cronista que compusiera una larga
historia y por el momento se conmoviera principalmente por el dolor de los
dejados atrás (¡él mismo entre ellos!), habría omitido mencionar el caballo;
pero si el gran caballo hubiera compartido la pena de la separación, difícilmente
habría sido olvidado.
13)
Una de las últimas cartas en donde aclara dudas respecto a El Señor de los
Anillos. En este caso es la archiconocida pregunta sobre el destino de las
Ents-Mujeres.
6 [?] de junio de 1972
En
respuesta a la pregunta: ¿Encontraron los Ents alguna vez a sus Ents-mujeres?
En cuanto a las Ents-Mujeres: no lo sé. No he escrito nada que vaya más allá de los primeros años de la Cuarta Edad. (Excepto el comienzo de un cuento que supuestamente se refiere al fin del reino de Eldaron unos 100 años después de la muerte de Aragorn. Luego descubrí, por supuesto, que la Paz del Rey no contendría cuentos dignos de recontarse, y que sus guerras tendrían poco interés después del derrocamiento de Sauron, sino que casi con seguridad se produciría por entonces una cierta inquietud, consecuencia -según parece- del inevitable hastío que el bien produciría entre los Hombres: habría sociedades secretas que practicarían cultos oscuros y otros dedicados a los Orcos entre los adolescentes.) Pero creo que en el Vol. II, págs. 100-102, [115] se hace evidente que no habría re-unión para los Ents en la «historia», sino que los Ents y sus esposas, por ser criaturas racionales, encontrarían algún «paraíso terrenal» hasta el fin de este mundo, más allá del cual no alcanzaba la sabiduría de los Elfos ni de los Ents. Aunque quizá compartieran la esperanza de Aragorn de que «no estaban destinados para siempre a los círculos del mundo y que más allá de ellos hay más que memoria» ....