Cartas escogidas de J.R.R. Tolkien

   

Del trabajo de Humphrey Carpenter,

 

Selección, edición electrónica  y comentarios de

Luis Unsain Alcarohtar Cuthalion

 

INDICE

  1. Introducción Pág. 2
  2. Las Dos Mas Importantes Pág. 2
  3. Los Hobbits Pág. 33
  4. El Señor de los Anillos Pág. 48
  5. El Pensamiento Religioso Pág. 119
  6. Autobiografía Pág. 136
  7. Sus Concepciones Sobre la Guerra, en especial la Segunda Guerra Mundial Pág. 162
  8. Las Traducciones Pág. 176
  9. Las Lenguas Pág. 187

  10. La Odisea Del Silmarillion Pág. 214

 

 

  

 

 


INTRODUCCIÓN

 

He aquí un pequeño compendio de cartas del profesor Tolkien  en las que dan datos sobre personajes, lenguas y lugares de su obra. Se trata de Cartas escritas a amigos alumnos, etc. Y fueron extraídas de la obra “Cartas de Tolkien” de Humphrey Carpenter.

Trataremos de ordenarlas temáticamente, para tratar de reflejar el pensamiento de Tolkien sobre algunos temas que interesan a los lectores de su obra en todo el mundo; sacrificando, en algunos casos, el orden temporal y en otros, partes de las carta que no hacen al tema en particular; pudiendo aparecer la misma carta en dos temas distintos. Respecto a las notas al pie de página, se han conservado las más importantes, que en su mayoría son del propio Tolkien, y se han agregado algunas de mi cosecha, solamente con la intención de aclarar algunos puntos.

Los comentarios iniciales de cada tema, son sólo introductorios. Se han conservado los comentarios iniciales de cada carta, escritos por Carpenter

 

LAS DOS MÁS IMPORTANTES

 

En primer lugar  pongo a consideración dos de las cartas que creo son centrales para comprender la obra del profesor. La primera porque se trata de un resumen del mundo de la Tierra Media. La segunda porque refleja, íntegramente, el pensamiento del Tolkien sobre el contenido de su obra.

 

1) Tolkien consideraba al Silmarillion como parte de una misma historia a la del Señor de los Anillos, porque era la mitología que contenía y daba sentido histórico a lo sucedido a finales de la Tercera Edad. Los editores consideraron, en un primer momento, que la publicación de las dos obras era técnica y financieramente imposible de publicar; escudados en la excusa de ser demasiado “Céltica”; y el Profesor empezó gestiones para publicarla con otra editorial. [1]

 

Carta 131  A Milton Waldman

Después que Allen & Unwin, presionados a decidirse, declinaron de mala gana publicar El Señor de los Anillos junto con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman, de Collins, publicaría ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su empresa. En la primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar la composición tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por los frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. A fines de 1951 no se había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins empezaba a inquietarse por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente, fue por sugerencia de Waldman que Tolkien escribió la carta siguiente -cuyo texto cabal abarca unas diez mil palabras- con la intención de demostrar que El Señor de los Anillos y El Silmarillion eran interdependientes e indivisibles. La carta, que le interesó tanto a Waldman que hizo hacer una copia a máquina de ella (véase el final de N° 137), no está fechada, pero probablemente se escribió a finales de 1951.

 

Mi estimado Milton:

Me pide un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo imaginario. Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez desean expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere decir (según él lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He de infligirle algo de lo mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido, que es (quizá) todo lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad.

En orden de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo; aunque no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos niños inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué a ello desde que empecé a escribir.

Pero nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado en teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de lenguas (en general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas que en inglés llamo equívocamente Elves [2] [Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más completas, cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos diferentes de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un origen común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia, una consistencia de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la nomenclatura, o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones comparables. No todos considerarán esto tan importante como yo, pues padezco la maldición de una sensibilidad aguda para tales asuntos.

Pero una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo (que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando el pensamiento y la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes -polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados. No soy «erudito» [3] en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin embargo, porque en tales casos (en la medida en que me son conocidas) he estado siempre buscando material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento. Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato. Por supuesto, se disponía y se dispone de todo el mundo arthuriano; pero, aunque poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña, pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar, lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente y repetitivo. Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión cristiana y explícitamente la contiene.

Por razones que no he de elaborar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la forma conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto, de nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos. Y no repetiré lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído.)

¡No se ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces) tenía intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene esplendor de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente a Inglaterra, a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba, algo fresco y claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del Noroeste, Bretaña y las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo, todavía menos el Este); y aunque poseyera (si fuera capaz de lograrla) la sutil belleza evasiva que algunos llaman céltica (aunque rara vez se la encuentra en los verdaderos objetos célticos antiguos), debería ser «elevado», purgado de bastedad y adecuado a la mente más adulta de una tierra ahora hace ya mucho inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud algunos de los grandes cuentos, y muchos los dejaría esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularían en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para que otras mentes y manos hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo.

Por supuesto, un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez. Los cuentos fueron lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida que iban presentándose, los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de continuo interrumpido (especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida, la mente se trasladaba al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante, tuve siempre la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte, no de «inventar».

Por cierto, concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente para mis hijos). Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado, pues no guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero, por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que tiene en sí mismo mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo independiente; no sabía, cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental. Pero resultó ser el medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad, sU modo de descenso a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como las elevadas Leyendas del comienzo, según se supone, consideran las cosas a través de las mentes élficas, el cuento medio del Hobbit adopta virtualmente el punto de vista humano, y el último cuento los mezcla.

Me disgusta la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo intento de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento, más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto mejor hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia.) De cualquier modo, todo este material [4] trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la Máquina. De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De la Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o, como yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar parte de las satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en nuestro mundo, está por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la vez, se relaciona con un apasionado amor por el mundo primordial real y, por tanto, pleno del sentido de la mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene varias oportunidades de «Caída». Puede volverse posesivo, adherirse a las cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador desea ser el Señor y Dios de su creación privada. Se rebelará contra las leyes del Creador, especialmente en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o separadas) conducirán al deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más prontamente eficaz, y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo toda utilización de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades. La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.

No he empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos, Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso que hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones del Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe palabra para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han sufrido de la misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos) la diferencia. Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación. Los «Elfos» son «inmortales», al menos en lo que a este mundo respecta; y de ahí que se centran preferentemente en los dolores y las cargas de la inmortalidad en el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo, en formas sucesivas, se centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es también el Señor de la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este espantoso mal puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el deseo de beneficiar al mundo y a los demás [5] -velozmente y de acuerdo con los propios planes del benefactor-, que es un motivo recurrente.

Los ciclos empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si dijéramos, poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad en sus esferas (de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura). Son «divinos», es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de» la creación del mundo. Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen del drama cosmogónico, que percibieron al principio como drama (es decir, como percibimos una historia hecha por algún otro) y luego como «realidad». Desde el punto de vista de la mera narración, por supuesto, esto tiene por fin procurar seres del mismo orden de belleza, poder y majestad que los «dioses» de la más alta mitología, que puede todavía ser aceptada... bueno, diremos sin mucho acierto por una mente que cree en la Santísima Trinidad.

La narración avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o el Silmarillion propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto, transfigurado de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales encarnadas de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento del Drama de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno de los «dioses» individuales e incompleto aunque el conocimiento del panteón entero se amalgamara. Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección al mal provocado por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo con fineza de detalle) no lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza de los Hijos de Dios eran los dos principales secretos. Todo lo que los dioses sabían era que vendrían en el momento designado. Los Hijos de Dios, pues, están primordialmente relacionados y emparentados, y primordialmente son diferentes. Dado que también son algo del todo «otros» que los dioses, en cuya hechura éstos no tuvieron parte alguna, son objeto del deseo y el amor especiales de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos, y los Seguidores, los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección, durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata», sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad, la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.

Como digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares que conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés no son los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera inevitable: después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia, se constituirá de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos como tales, y no meramente transfigurados o parcialmente representados como Elfos, Enanos, Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos tardíamente, y aunque van cobrando mayor importancia, no son los principales.

En la cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir. Aunque, por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano. Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas, pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que sólo pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas verdades y modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber ningún «cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca de la caída-, cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos y las tenemos.

Así pues, prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia» pueda volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas, no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo, cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.) El cuerpo principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho, trata de la caída de los más dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor (una especie de Paraíso, el hogar de los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento, desde largo tiempo bajo la égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder del Mal todavía visiblemente encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos se entretejen todos de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli («radiación de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de los Elfos se simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli eran algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro. [6] Éstos recibieron la muerte por acción maliciosa del Enemigo, y Valinor quedó a oscuras, aunque de ellos, antes de morir por completo, derivan las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí una pronunciada diferencia entre estas leyendas y la mayor parte de las demás, pues el Sol no constituye un símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la «luz del Sol» -el mundo bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y fuente de una dislocada visión imperfecta.)

Pero el principal artífice de entre los Elfos (Feanor) había encerrado la Luz de Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran mancillados o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas. La caída de los Elfos se produce por la actitud posesiva de Feanor y sus hijos en relación con estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en su Corona de Hierro y las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de Feanor hacen un voto terrible y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera, aun contra los dioses, que clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli. Pervierten a la mayor parte de sus parientes, que se rebelan contra los dioses, abandonan el paraíso y parten a una guerra sin esperanzas contra el Enemigo. El primer fruto de su caída es la guerra en el Paraíso, la matanza de Elfos por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos sus posteriores heroísmos, generando traiciones y malogrando todas las victorias. El Silmarillion es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo, que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen varios cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el final del Mundo Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas son recobradas (por la final intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente perdidas por los Elfos: una en el mar, otra en las profundidades de la tierra y la última para convertirse en una estrella del cielo. Este legendarium acaba con una visión del fin del mundo, su rotura y reconstrucción y la recuperación de los Silmarilli y la «luz antes del Sol», después de una batalla final que, supongo, más debe a la visión escandinava de Ragnarök, que a ninguna otra cosa, aunque no se parece mucho a ella.

A medida que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a los cuentos y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son «Hombres buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente y entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres que aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres, cuyos capitanes se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto de los Hombres con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores, y un tema recurrente es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora) hay una partícula de «sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el arte y la poesía de los Hombres dependen en gran parte de ella o es ella la que las modifica. [7] Hay así dos matrimonios de mortales con elfos, que se unen posteriormente en la parentela de Earendil, representada por Elrond, el Medio Elfo que aparece en todas las historias, aun en El Hobbit. La principal de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente tratadas es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo. Aquí encontramos, entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante entre los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo», a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda otra sabiduría, salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los Hijos de Dios en el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen éxito (con ayuda de Lúthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la nobleza élfica) allí donde los ejércitos y los guerreros habían fracasado: penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lúthien y se lleva a cabo el primer matrimonio entre mortales e inmortales.

Como tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su plena significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación del Silmaril, una suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos de Féanor se vuelve operativo, y el deseo de la obtención del Silmaril lleva a la ruina a todos los reinos de los Elfos.

Hay otras historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes, y, sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin, el cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin es el héroe: figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo de relaciones, aunque no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de Sigurd el Volsung, Edipo y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin: la principal fortaleza élfica. Y el cuento, o cuentos, de Earendil el Errabundo. [8] Resulta importante como la persona que lleva el Silmarillion a su culminación y que, con su descendencia, proporciona los principales eslabones con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes. Su función, como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es hallar un camino en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador, persuadirlos de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad por ellos y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de Earendil es destruida por los hijos de Feanor. Pero esto procura la solución: Elwing, arrojándose al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Earendil, y con el poder de la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido. El precio que deben pagar por ello es que nunca más se les permite volver o vivir otra vez entre los Elfos o los Hombres. Los dioses entonces se ponen en movimiento otra vez, y un gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del Enemigo es destruida; y él mismo [es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío, para que jamás vuelva a aparecer allí en forma encarnada. Los dos Silmarils restantes son recuperadas de la Corona de Hierro, sólo para volver a perderlas otra vez. Los dos últimos hijos de Feanor, obligados por su voto, las roban y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar y a los fosos de la tierra. El barco de Earendil, adornado con la última Silmaril, se lanza a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad.

El próximo ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la Tierra una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia. En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó severamente que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar permanentemente en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa, a la vista del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó por su valor y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles habitar «al extremo oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis» de Númenóre [9] Los dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado o el don de la mortalidad concedido por Dios, pero los númenóreanos disfrutan de una larga vida. Se hicieron a la vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron un gran reino de marineros en lo más lejano que alcanza la vista desde Eressëa (pero no de Valinor). La mayor parte de los Altos Elfos volvieron también al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados con los númenóreanos permanecen en la tierra no lejos de las costas del Mar. Algunos de los Exiliados no han de regresar o demoran su regreso (porque el camino hacia el oeste está siempre abierto para los inmortales y en los Puertos Grises los barcos están permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco los Orcos (trasgos) y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido del todo destruidos. Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente del Enemigo, de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se arrepiente atemorizado cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo, pero al final no hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los dioses. Se demora en la Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando por buenos motivos: la reorganización y rehabilitación de las ruinas de la Tierra Media, «olvidada por los dioses», en la reencarnación del Mal y en una criatura que anhela el Completo Poder, y, por tanto, se consume por siempre jamás en un odio feroz (especialmente por los dioses y los Elfos). A lo largo del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra crece en el Este de la Tierra Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se multiplican a medida que los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales son, pues, los Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron en un nuevo Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenór-Atlantis. Se los trata analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y la Caída de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit y su continuación.

En el primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error» de los Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de los consejos recibidos, todavía entristecidos en [10] las tierras mortales de sus antiguas hazañas heroicas. Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo. Querían la paz, la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer, sin embargo, en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima del de los Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban en el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua», el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el sol). Se volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra de un anticuario, y sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento; aunque también conservaron el antiguo motivo de su especie, el adorno de la tierra y la curación de sus heridas. Oímos de un reino demorado más o menos en el extremo Noroeste de lo que quedaba de las antiguas tierras de El Silmarillion, bajo Gilgalad; y de otros asentamientos, como Imladris (Rivendell), cerca de Elrond; y uno muy grande en Eregion, al pie occidental de las Montañas Nubladas, junto a las Minas de Moria, el mayor reino de los Enanos durante la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió una amistad entre los pueblos por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos), y la herrería alcanzó su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon a Sauron. En aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía buenas, y sus motivos y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de las tierras desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose los unos a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación a intentar hacer un paraíso separado e independiente. Gilgalad rechazó todas estas proposiciones y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron grandes obras, y nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la «magia» y las maquinarias. Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron los Anillos de Poder («poder» es una palabra ominosa y siniestra en todos estos cuentos, salvo cuando se aplica a los dioses).

El principal poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la velocidad del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la preservación de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más o menos el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del poseedor, acercándose así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse y volverse malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes más directamente derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando arroja una sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit), tales como volver invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas del mundo invisible.

Los Elfos de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo casi exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la belleza: no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo, en su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente, que contenía los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien lo llevara podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores, controlar todo lo que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo. No contaba, sin embargo, con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos. En el momento en que él dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y de sus propósitos secretos, y tuvieron miedo. Escondieron los Tres Anillos, de modo que ni siquiera Sauron descubriera nunca dónde estaban, y permanecieron sin mácula. A los otros trataron de destruirlos.

En la guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción y sometimiento, se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia). De ahí el «antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los Anillos:

 

Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.

Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

 

Sauron se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gilgalad se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene una especie de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendell), en el extremo oriental de las tierras occidentales. [11] Pero Sauron domina todas las hordas crecientes de los Hombres que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente, con los verdaderos Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente desde la gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de Fuego, esgrimiendo el Único Anillo.

Pero para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito y en el cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder en la tierra de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder existía y estaba en «relación» con él: no quedaba «disminuido» . A no ser que otro lo cogiera y fuera su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor (si era lo bastante fuerte y de naturaleza heroica) podía retar a Sauron, volverse amo de todo lo que había aprendido o hecho desde la fabricación del Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar su lugar. Ésta era la debilidad esencial que había introducido en su situación en el esfuerzo (en gran parte inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer el control de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces se disolvería, el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un punto de fuga y quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad maliciosa. Pero nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no era destructible por herrería alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía disolverlo, salvo el inmortal fuego subterráneo en el que había sido forjado... y era imposible aproximarse a él, pues estaba en Mordor. Además, tan grande era el poder de deseo del Anillo, que cualquiera que lo llevara puesto quedaba dominado por él; estaba más allá de la fuerza de cualquier voluntad (aun la suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no tenerlo en cuenta. Así lo creía. De cualquier modo, estaba en su dedo.

Así pues, mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una maligna teocracia (pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la Tierra Media. En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque ignorantes. La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho, por los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en un simple estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.

Entretanto, Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil, hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre (o el Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico no sólo de la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la leyenda (concebido plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera Edad, una Edad Crepuscular, un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado y cambiado; el último del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente encarnados, y también el último en el que el Mal asume una única forma dominante encarnada.

La Caída es en parte el resultado de una debilidad interior de los Hombres, consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin registro en estos cuentos), sobre la que hubo arrepentimiento, pero no curación definitiva. ¡En la tierra es más peligrosa la recompensa que el castigo! La Caída es consecuencia de la astucia de Sauron, capaz de explotar esta debilidad. El tema central es (inevitablemente, creo, en una historia acerca de Hombres) una Proscripción, una Prohibición.

Los númenóreanos moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo oriente, Eressëa; y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica (aprendida en los días de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos amigos y aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en las costas de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales, aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años. Esta recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados. Su larga vida contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero alimenta la actitud posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se les despierta el deseo de disponer de más tiempo para disfrutar de ellas. Previendo esto en parte, los dioses impusieron a los númenóreanos desde un principio la Proscripción de no navegar nunca hacia Eressëa, ni hacia el oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían ir a su gusto en cualquier otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales» y de ese modo enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba en contra de la ley que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que su naturaleza, de hecho, no podía soportar. [12]

Hay tres fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante largo tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente. Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.

En la primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes por mar. Como descendientes de Earendil, se convierten en supremos marineros, y por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el norte, el sur y el este. Sobre todo llegan a las costas occidentales de la Tierra Media, donde ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron e incurren en su odio imperecedero. En aquellos días llegaban al encuentro de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepúsculo.

En la segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la Proscripción, empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar de la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores en busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de impuestos que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número de bienes. Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias.

Esta fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer [13] 4 rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado, el más poderoso y orgulloso de todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron había adoptado el título de Rey de Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar al «pretencioso». Se dirige magnífico y majestuoso a la Tierra Media, y tan vastos son sus armamentos y tan terribles son los númenóreanos en los días de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan. El mismo Sauron se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a Númenor como rehén y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y conocimientos, desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y con sus mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del pueblo. Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal de los dioses es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá en el vacío infinitos reinos para sus servidores. La proscripción es sólo un recurso mendaz del miedo para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran vida imperecedera y rivalicen con los Valar.

Bajo Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su propio templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas se entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste; porque allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo amigos de los Elfos. El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está cerca de la desembocadura del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía beneficiosa de Númenor remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta el reino de Gilgalad al norte, a medida que se difunde una Lengua Común.

Pero al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion siente que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia el Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses, dispuesto a arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo». Enfrentados con esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también con un verdadero peligro (pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían haber llevado la ruina a la misma Valinor), los Valar deponen el poder que se les había delegado, apelan a Dios y reciben la capacidad y el permiso para tratar esta situación; el viejo mundo se rompe y cambia. Se abre un cisma en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden en él. La misma Númenor, al borde de la hendidura, se derrumba y desaparece para siempre en el abismo con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible divina o inmortal en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen, y sólo quedan en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia el Oeste si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o al Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo y finito, y un círculo inevitable... salvo por mediación de la muerte. Sólo los «inmortales», los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren, fatigados del círculo del mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto» que lleva al antiguo o Verdadero Oeste, y permanecer allí en paz.

De modo que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero no ha terminado del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos), y sus hijos Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha mantenido apartado de la rebelión y cuyos barcos tripulados y provistos se hallan en la costa este de Númenor, huye ante la abrumadora corriente desatada por la ira del Oeste, y es transportado en lo alto de olas como torres que llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y los suyos son arrojados como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos númenóreanos de Arnor, en el norte, cerca del reino de Gilgalad, y de Gondor, alrededor de las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es inmortal, a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al cabo de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados de Númenor.

La Segunda Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y el gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción de la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un desastroso error. Gilgalad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar a Sauron. Isildur, hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron, que pierde sus poderes y su espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza a actuar. Isildur reclama el Anillo como de su propiedad, como «indemnización por la muerte de su padre», y se niega a arrojarlo al Fuego que arde a su lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran Río, y el Anillo se pierde sin que nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace, y la Torre Oscura que se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía, pero no destruida. Así termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos y la desaparición del último reinado de los Altos Elfos.

La Tercera Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está en su trono, pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos servidores, esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras. Mordor está vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las fronteras de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en los Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros sitios. Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los fuertes del reino númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion. A lo lejos (en relación con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran los países y los reinos sin cartografiar de los hombres salvajes o, malvados, sólo iguales en el odio que sienten por el Oeste, heredado de Sauron, su amo; pero Gondor y su poder les obstruye el camino. El Anillo se ha perdido, para siempre según se espera; y los Tres Anillos de los Elfos, en posesión de guardianes secretos, resultan operativos por cuanto preservan el recuerdo de la belleza de antaño, mantienen enclaves encantados de paz donde el Tiempo parece haberse detenido y el deterioro no avanza: una imagen de la beatitud del Verdadero Oeste.

Pero, en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo errante escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur, Gondor se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor; luego va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una especie de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente. La vigilancia de Morder se debilita. La presión de los orientales y los sureños aumenta. El linaje de Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas Tirith («Torre de Vigilancia»), es gobernada por Mayordomos hereditarios. Los Jinetes del Norte, los Rohirrim o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos, se instalan en las verdes llanuras ahora despobladas que fueron otrora la parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran bosque primitivo, el Gran Bosque Verde, al este del curso superior del Gran Río, se proyecta una sombra que crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios descubren que procede de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee un castillo secreto en el sur del Gran Bosque. [14]

En medio de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun para sí mismos), [15] pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos civilizados que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo vagas tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras del Bosque Negro, huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse en contacto con los últimos restos del Reino de Arnor.

Su principal asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene una vida rural ordenada y civilizada aunque sencilla, es la Comarca, originalmente los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo; pero el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el año 1341 de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último siglo) cuando Bilbo -El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».

En esa historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se dice de ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce. La totalidad de la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto en mente, y también se hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado cabalmente en otro sitio. Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad, altos poderes y linaje se silencian de forma moderada y no se revelan en pleno. También hay alusiones a la historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera. Las sombras y el mal del Bosque Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento de hadas», procuran una de las partes más importantes de la aventura. Sólo en un punto actúa esta «política mundial» como parte del mecanismo de la historia. Gandalf el Mago [16] parte, pues ha sido llamado para atender importantes asuntos -el intento de poner solución a la amenaza que constituye el Nigromante-, de modo que deja al Hobbit sin ayuda o consejo en medio de su «aventura», obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas y volverse un héroe según su propio estilo. (Muchos lectores han observado este punto y han supuesto que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una continuación o en algunos otros cuentos de este tiempo.)

El tono y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de que lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo susceptible de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los detalles de tono y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados. Pero no querría cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del todo corriente que no es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva las dormidas semillas de esas cualidades) en un marco grandioso; y de hecho (como lo observó un crítico) el tono y el estilo cambian con el desarrollo del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la nobleza y elevación, para recaer otra vez luego del regreso.

La Búsqueda del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de El Hobbit, es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental, conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta fundamental en estos cuentos, aunque a menudo es importante. [17] Pero durante el curso de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión, aparentemente por «accidente», de un «anillo mágico» cuyo principal y único poder inmediato evidente es volver invisible a quien lo lleva. Aunque para este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar alguno en el plan de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada. Al regresar el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque inalterado en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.

La continuación, El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que proporcionalmente la mejor del ciclo completo, concluye toda la narración; se intenta incluir en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido: elfos, enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y demonios, los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto horror del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final de los Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace cargo del Dominio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse de los Elfos a través de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como también la línea de realeza de Númenor. Pero así como los primeros Cuentos son vistos a través de ojos élficos, por así decir, este último gran cuento, bajado a tierra desde el mito y la leyenda, es visto sobre todo a través de los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve de hecho antropocéntrico. Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres, porque el último Cuento ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente: el lugar que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños, insignificantes, olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como malvados). Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo como mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y el mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente de que sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos; y sin lo simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo de significado.

No es posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos en un párrafo o dos .... Fue empezado en 1936 y cada una de sus partes fue reescrita muchas veces. No hay palabra casi, en sus 600.000 o más, que no haya sido considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución a la totalidad de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente meditados. No digo que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable, lo advierto, que me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no gran valor para los demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la han encontrado buena en su conjunto. [18] Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra de manera sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el trabajo ha sido colosal; y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal cual está.

 

La carta continúa con un resumen (sin comentarios) de la historia de El Señor de los Anillos, al cabo del cual, Tolkien escribe:

 

Éste es un largo aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones enteras como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales, los Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la «vida corriente» que mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos y la política mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos diversos, del todo ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más alta de las historias de amor, la de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo se alude a ella como a algo conocido. Se la cuenta en otro sitio en un cuento corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el simple amor «rústico» de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente esencial para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para el tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar), las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera belleza. Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido en Eowyn y su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho por enmendar las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo «publicable» si no lo es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo) de un punto crucial de El Hobbit por la que se clarifica el carácter de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará reducir el capítulo II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo; y también simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el material restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como La Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas explicaciones sobre el medio en que se desarrolla la historia, especialmente el del Concilio de Elrond (Libro II). Pero en total apenas alcanzaría a la eliminación de un único capítulo largo (de unas 72.).

Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.

 

 

2) El disparador de las palabras de Tolkien en el borrador de la carta que sigue, son una serie de preguntas formuladas por Peter Hastings director de una librería católica de Oxford. Las ideas centrales de la obra son expresadas en su respuesta.

 

 

Carta 153  A Peter Hastings (borrador)

 

Peter Hastings, administrador de la Newman Bookshop (una librería católica de Oxford), le escribió a Tolkien expresando su entusiasmo por El Señor de los Anillos, pero le preguntaba si no «se había extralimitado en cuestiones metafísicas». Daba varios ejemplos: primero, «la afirmación de Bárbol de que el Señor Oscuro había creado a los Trolls y a los Orcos». Hastings sugería que el mal era incapaz de crear nada, y argüía que, aun en el caso de que pudiera crear, sus criaturas «no podrían tener tendencia alguna al bien, ni siquiera una muy pequeña»; mientras que, argumentaba también, uno de los Trolls de El Hobbit, Guille, tiene un sentimiento de piedad hacia Bilbo. También citaba la descripción que hace Baya de Oro de Bombadil: «Él es». Hastings dijo que esto parecía implicar que Bombadil era Dios. Sobre todo a Hastings le preocupaba la reencarnación de los Elfos, que Tolkien le había mencionado en una conversación. Escribía de esto: «Dios no ha utilizado ese recurso en ninguna de las creaciones de las que tenemos conocimiento, y me parece que el hecho de que un sub-creador opere con él como instrumento utilizable es ir más allá de la posición que le cabe, pues al tratar las relaciones entre creador y creado, debe emplear los medios que sabe que el Creador ha empleado ya ----- "El Anillo" es tan bueno que es una lástima privarlo de su realidad sobrepasando los límites de la función de un escritor». También preguntaba si la reencarnación de los Elfos no planteaba problemas de índole práctica: «¿Qué ocurre con los descendientes de un ser humano y un elfo que se casan?». Y, en otro plano, preguntaba cómo Sauron, dada su extremada maldad, pudo «haber mantenido la cooperación entre los elfos» hasta el momento en que los Anillos del Poder se forjaron.

 

Septiembre de 1954

Estimado señor Hastings:

Muchas gracias por su larga carta. Lamento no tener el tiempo de contestarla tan ampliamente como se merece. De cualquier modo, me ha rendido el tributo de tomarme seriamente; aunque no puedo evitar Preguntarme si no lo ha hecho «demasiado seriamente» o en un sentido equivocado. El cuento es, después de todo, nada más que un cuento, una obra literaria que tiene el objetivo de producir un efecto igualmente literario, y no una verdadera historia. Que el recurso adoptado, el de dotar a su escenario de un aire o sentimiento histórico y (¿una ilusión de?) tridimensionalidad, parece haber tenido buen éxito queda demostrado por el hecho de que muchos corresponsales lo han tratado del mismo modo, de acuerdo con sus diversos intereses o conocimientos: esto es, como si se tratara de una información acerca de tiempos y lugares «verdaderos» que mi ignorancia o descuido hubiera falseado a veces o descrito erradamente otras. Su economía, ciencia, artefactos, religión y filosofía son defectuosos o, cuando menos, sólo esbozados.

Por supuesto, he considerado ya todos los puntos que me plantea. Pero comunicarle mis reflexiones (en otra forma) exigiría un libro, [19] y toda clase de verdadera respuesta a sus más profundos planteamientos debe esperar cuando menos hasta que tenga más material a su disposición: el Vol. III, por ejemplo, para no mencionar las historias más míticas de la Cosmogonía, la Primera Edad y la Segunda. Dado que todo el material, desde el principio al fin, trata principalmente de la relación de la Creación con la composición y la subcreación (y, subsidiariamente, con la cuestión afín de la «mortalidad»), debe quedar en claro que las referencias a estas cosas no son casuales, sino fundamentales: aunque puede que estén fundamentalmente «equivocadas» desde el punto de vista de la Realidad (la realidad externa). Pero no pueden estar equivocadas dentro de este mundo imaginario, pues así es como ha sido hecho.

Diferimos enteramente acerca de la naturaleza de la relación entre la subcreación y la Creación. Yo hubiera dicho que la liberación «de los medios que el Creador ha utilizado ya» es la función fundamental de la «subcreación», un tributo a la infinitud de Su variedad potencial, uno de los modos en que en verdad se exhibe, y, por cierto, así lo dije en el Ensayo. No soy un metafísico; pero ¡me habría parecido una metafísica curiosa -no hay una sino muchas, innumerables en potencia- la que declarase que los medios conocidos empleados (en un rincón tan finito como aquel del que tenemos algún vislumbre) son los únicos posibles o eficaces o quizás aceptables para Él y por Él!

Puede que la «reencarnación» sea mala teología (eso ciertamente, mas bien que metafísica) aplicada a la Humanidad; y mi legendarium, especialmente la «Caída de Númenor», que corresponde inmediatamente antes que El Señor de los Anillos, se basa en mi concepción de que los Hombres son esencialmente mortales y no deben tratar de volverse «inmortales» carnalmente. [20] Pero no veo cómo aun en el Mundo Primordial un teólogo o filósofo cualquiera, a no ser que esté mucho mejor informado acerca de la relación del espíritu con el cuerpo que lo que nadie, según creo, sea capaz de estarlo, pueda negar la posibilidad de la reencarnación como modo de existencia prescrito para ciertas especies de criaturas racionales encarnadas.

Supongo que las principales dificultades con las que me topo son, en realidad, de índole científica y biológica, que me preocupan tanto como lo teológico y lo metafísico (aunque a usted no parece que le conciernan tanto). Los Elfos y los Hombres, evidentemente, constituyen una única raza desde el punto de vista biológico; de lo contrario, no podrían aparearse y producir vástagos fértiles, aun cuando resulte ése un acontecimiento extraño: sólo se dan dos casos en mis leyendas de semejantes uniones, y se mezclan en los descendientes de Eárendil. [21] Pero como sostienen algunos que el índice de longevidad es una característica biológica dentro de ciertos límites de variación, no era posible que hubiera por una parte Elfos en cierto sentido «inmortales» -no eternos, pero que no mueren de «envejecimiento»- y por la otra Hombres mortales, más o menos como parecen serlo ahora en el Mundo Primordial, y fueran al mismo tiempo lo bastante afines. Podría responder que esta «biología» es sólo una teoría, que la moderna «gerontología» o como se llame descubre que el «envejecimiento» es más misterioso y menos claramente inevitable en los cuerpos de estructura humana. Pero debería responder: realmente, no me importa. Éste es un dictamen biológico dentro de mi mundo imaginario. Es sólo (hasta ahora) un mundo incompletamente imaginado, un «elemento secundario» rudimentario; pero si quisiera el Creador concederle Realidad (en una forma corregida) en un plano cualquiera, habría que penetrar en él y empezar a estudiar su diversa biología, eso es todo.

Pero tal como son las cosas -aunque dan la impresión de habérseme escapado de las manos, de modo que las partes parecen (a mí) más bien reveladas a través de mí que por mí-, su propósito sigue siendo, en amplia medida, literario (y, si el término no lo intimida, didáctico). En esta «historia» los Elfos y los Hombres se presentan biológicamente afines, Porque los Elfos constituyen ciertos aspectos de los Hombres y sus talentos y deseos, encarnados en mi pequeño mundo. Tienen ciertas libertades y poderes que a nosotros nos gustaría tener, y en ellos se exhiben la belleza, el peligro y el dolor de la posesión de esas cosas ....

Sauron, por supuesto, en su origen no era «malvado». Era un «espíritu corrompido por el Señor Oscuro Primordial (el Rebelde subcreativo Primordial) Morgoth. Se le dio la oportunidad de arrepentirse cuando Morgoth fue vencido, pero no pudo enfrentar la humillación de la retractación y pedir perdón; de modo que su temporario vuelco al bien y la «benevolencia» terminó en una recaída todavía mayor y se convirtió en el principal representante del Mal en edades posteriores. Pero a principios de la Segunda Edad era aún de bello aspecto y podía todavía asumir una forma visible hermosa, y no era en verdad del todo malvado no, a no ser que todos los «reformadores» que se apresuran a lograr una «reconstrucción» y una «reorganización» lo sean antes de que el orgullo y el deseo de ejercer el poder los devore. La rama particular de los Altos Elfos implicados, los Noldor o los Amos de la Ciencia, estaban siempre del lado de la «ciencia y la tecnología», como nosotros las llamaríamos: querían adquirir el conocimiento que Sauron poseía genuinamente, y los de Eregion rechazaron las advertencias de Gilgalad y Elrond. El «deseo» particular de los Elfos de Eregion -una «alegoría», si quiere, del amor por las maquinarias y los recursos técnicos- está también simbolizado por la amistad especial que mantienen con los Enanos de Moria.

No los consideraría más malvados o necios (pero en grado considerable en el mismo peligro) que los católicos empeñados en ciertas clases de investigación física (por ejemplo, los que producen, aunque sólo sea como productos secundarios, gases venenosos y explosivos): no de por sí mala, pero siendo las cosas lo que son y considerando la naturaleza y los motivos de los amos económicos que procuran todos los medios para su tarea, es casi del todo seguro que servirán a un mal fin. Del cual no han de ser necesariamente culpados, aun cuando tengan conciencia de él.

En cuanto a otras cuestiones, creo que estoy de acuerdo sobre la de «la creación por el mal». Pero es usted más liberal con el empleo de la palabra «creación» que yo. [22] Bárbol no dice que el Señor Oscuro «creara» a los Trolls y los Orcos. Dice que los «hizo» imitando a ciertas criaturas ya existentes. Hay para mí un abismo entre ambas afirmaciones, tan ancho que la de Bárbol (en mi mundo) podría posiblemente ser verdad. No es realmente verdadero de los Orcos, que constituyen sobre todo una raza de «criaturas racionales encaradas», aunque horriblemente corrompidas, si bien no más que muchos Hombres con los que uno se topa hoy. Bárbol es un personaje de mi historia, no yo; y, aunque tiene una gran memoria y cierta sabiduría terrenal, no es uno de los Sabios, y hay muchas cosas que no sabe o no comprende. No sabe lo que son los «magos» o de dónde vinieron (mientras que yo sí; aunque, ejerciendo mi derecho de subcreador, me pareció mejor que la cuestión quedara en el «misterio» en esta historia, no sin dar alguna pista para su solución). El sufrimiento y la experiencia (y posiblemente el Anillo mismo) le dieron a Frodo mayor comprensión; y leerá usted en el Cap. I del libro VI las palabras que dirige a Sam: «La Sombra que los engendró sólo puede remedar, no crear: no seres verdaderos, con vida propia. No creo que haya dado vida a los Orcos, pero los malogró y los pervirtió». En las leyendas de los Días Antiguos se sugiere que Diabolus subyugó y corrompió a algunos de los primeros Elfos, antes de que hubieran oído nunca de los «dioses», para no hablar ya de Dios.

De los Trolls no estoy seguro. Creo que son meras «imitaciones» y, por tanto (aunque aquí, por supuesto, sólo estoy utilizando elementos de una mitología bárbara sin metafísica «consciente»), se vuelven meras imágenes de piedra cuando no están en la oscuridad. Pero hay otras clases de Trolls además de estos ridículos, si bien brutales, Trolls de Piedra, para los que se sugieren otros orígenes. Por supuesto (dado que inevitablemente mi mundo es muy imperfecto aun en su propio plano, y no del todo coherente, nuestro Mundo Real tampoco parece del todo coherente; y yo mismo no estoy en verdad convencido de que, aunque en cada mundo en cada uno de sus planos todo debe estar en última instancia sometido a la Voluntad de Dios, aun en el nuestro no haya algunas imitaciones subcreadas «toleradas»), cuando se hace que los Trolls hablen, se les está otorgando una capacidad que en nuestro mundo (probablemente) significa la posesión de un «alma». Pero no estoy de acuerdo en que (si admite el elemento del cuento de hadas) mis trolls manifiesten ningún signo de «bondad» considerados estrictamente y sin sentimentalismos. No digo que Guille sintiera piedad -palabra que para mí tiene valor moral y de imagen: es la Piedad de Bilbo y más tarde de Frodo la que finalmente permite que se lleve a cabo la Misión- y no creo, que la mostrara. No podría (si El Hobbit hubiera sido más cuidadosamente escrito y mi mundo tan pensado hace veinte años) haber utilizado la expresión «pobre desgraciado», como no habría llamado al troll Guille [William]. Pero no advertí piedad alguna aun entonces, y lo mostré claramente. La piedad debe impedir que uno haga algo inmediatamente deseable y en apariencia ventajoso. No hay más «piedad» aquí que la que habría en un animal depredador que bosteza u ociosamente acaricia con la pata a un animalillo que podría servirle de presa pero que no devora porque no tiene hambre. O, a decir verdad, en muchas de las acciones de los hombres cuyas verdaderas raíces son la saciedad, la holganza o simplemente una natural blandura que nada tiene de moral, aunque las dignifiquen con el nombre de «piedad».

En cuanto a Tom Bombadil, me parece que se muestra en exceso serio además de no haber entendido bien la cuestión. (Una vez más las Palabras utilizadas son de Baya de Oro y de Tom, no mías como comentador). Me recuerda usted más bien a un pariente protestante que me objetaba la costumbre católica (moderna) de llamar padre a los sacerdotes, pues esa denominación sólo pertenecía a la Primera Persona, citando la última Epístola del Domingo, inoportunamente pues ella dice ex quo. Muchos otros personajes se llaman Señor; y si «en el tiempo» Tom fue el primero, fue el Mayor en el Tiempo. Pero Baya de Oro y Tom se refieren al misterio de los nombres. Examine y medite las palabras de Tom en el Vol. I, pág. 185. [23] Quizás usted pueda concebir la relación única que mantiene con el Creador sin un nombre, ¿no es así? Pues en semejante relación los pronombres se convierten en nombres. Pero tan pronto como se encuentre en un mundo de otros seres finitos con una relación similar, aunque también única y diferente, con un Ser Primordial, ¿quién es usted? Frodo ha preguntado no «qué es Tom Bombadil», sino «Quién es». Nosotros y él, sin duda con negligencia, confundimos las preguntas. Baya de Oro da lo que creo la respuesta correcta. No es preciso que entremos en las sublimidades del «Soy el que soy», que es algo muy diferente del él es. [24] Añade como concesión una enunciación de parte de lo «que» es. Es señor de un modo peculiar: no tiene miedo y ningún deseo de posesión o dominio en absoluto. Meramente conoce y comprende las cosas que le conciernen en su propio pequeño reino natural. Apenas juzga y, aun en la medida en que podemos ser testigos, ni siquiera hace un esfuerzo por modificar o eliminar el Sauce.

No creo que sea necesario filosofar sobre Tom, y hacerlo no lo mejoraría en nada. Pero muchos lo han considerado un elemento extraño e incluso discordante. El hecho histórico es que lo incluí porque ya lo había «inventado» independientemente (apareció por primera vez en la Oxford Magazine) [25] y quería una «aventura» en el camino. Pero lo mantuve, y tal como era, porque representa ciertas cosas que de otro modo hubieran quedado excluidas. No pretendo que sea una alegoría -de lo contrario no le habría dado un nombre tan particular, individual y ridículo-, pero la «alegoría» es el único modo de exhibir ciertas funciones: es, pues, una «alegoría» o un ejemplar, una encarnación particular de la ciencia natural pura (real); el espíritu que desea tener conocimiento de otras cosas, su historia y naturaleza, porque éstas son «otra, cosa» y enteramente independientes de la mente indagadora, un espíritu coevo de la mente racional sin el menor interés por «hacer» nada con el conocimiento: Zoología y Botánica, no Ganadería o Agricultura. Aun los Elfos apenas muestran esta capacidad: son primordialmente artistas. Además, T.B. exhibe otra cualidad en su actitud en relación con el Anillo, que no puede afectarlo. Uno debe concentrarse en alguna parte, con seguridad relativamente pequeña, del Mundo (el Universo), sea para contar una historia, aunque larga, o aprender algo, aunque fundamental; y, por tanto, desde ese «punto de vista», mucho quedará excluido, distorsionado en la circunferencia, y parecerá una rareza discordante. El poder del Anillo para todos los involucrados, aun los Magos o Emisarios, no es una ilusión; pero no constituye el cuadro entero, ni siquiera del estado y contenido de esa parte del Universo.

He tratado ya la dificultad biológica del matrimonio entre Elfos y Hombres. Se produce, por supuesto, en el «cuento de hadas» y en el folklore, aunque no todos los casos son sostenidos por las mismas concepciones. Pero yo la he vuelto mucho más excepcional. No veo que la «reencarnación» afecte en absoluto los problemas que de ella resultan. Aunque la «inmortalidad» (en mi mundo sólo dentro de la longevidad limitada de la Tierra) sí, por supuesto. Como lo perciben muchos cuentos de hadas.

En la historia primordial de Lúthien y Beren, a Lúthien se le permite como absoluta excepción despojarse de la «inmortalidad» y convertirse en «mortal»; pero cuando el Lobo-Guardián mata a Beren a las Puertas del Infierno, Lúthien obtiene un breve respiro durante el cual los dos vuelven a la Tierra Media «vivos», aunque no se mezclen con otras personas: una especie de leyenda de Orfeo al revés, pero una historia de Piedad, no de Inexorabilidad. Túor se casa con Idril, la hija de Turgon, Rey de Gondolin; y «se supone» (no se enuncia) que, como excepción única, recibe la «inmortalidad» élfica limitada: una excepción en uno y otro sentido. Eärendil es el hijo de Túor y el padre de Elros (Primer Rey de Númenor) y Elrond, siendo su madre Elwing, hija de Dior, hijo de Beren y de Lúthien: de modo que el problema del Medio-Elfo se unifica en un linaje. La idea es que los Medio-Elfos tienen la capacidad de elección (irrevocable), que puede demorarse, pero no permanentemente, de compartir el destino de uno u otro progenitor. Elros eligió ser un Rey «longevo», pero mortal, de modo que todos sus descendientes son mortales y de una raza especialmente noble, pero con una longevidad «menguante»: así Aragorn (quien, aunque tiene una mayor duración de vida que sus contemporáneos y dobla la de los Hombres, no la triplica como los Númenóreanos contemporáneos originales). Elrond eligió estar entre los Elfos. Sus hijos -con una corriente élfica renovada, pues su madre era Celebrían, hija de Galadriel- deben hacer su elección. Arwen no es la «reencarnación» de Lúthien (eso sería imposible dentro del margen de esta historia mítica, pues Lúthien murió como una mortal y abandonó el mundo del tiempo), sino una descendiente muy parecida a ella en aspecto, carácter y destino. Cuando se casa con Aragorn (cuya historia de amor, contada en otro sitio, no tiene importancia central aquí y sólo ocasionalmente se la menciona) «hace la elección de Lúthien», de modo que el dolor al separarse de Elrond es especialmente agudo. Elrond va al otro lado del Mar. El fin de sus hijos, Elladan y Elrohir, no se cuenta: demoran su elección y permanecen por algún tiempo.

¿De quién es «la autoridad que decide todo esto»? Las «autoridades» inmediatas son los Valar (los Poderes o Autoridades): los «dioses». Pero ellos son sólo espíritus creados -de un orden angélico elevado, diríamos, con ángeles asistentes menores- dignos de reverencia, pero no de veneración; [26] y aunque potencialmente «subcreadores» y residentes de la Tierra, a la que están unidos por el amor y a cuya hechura y ordenamiento han asistido, no pueden por propia voluntad alterar ninguna provisión fundamental. Invocaron al Único en ocasión de la crisis de la rebelión de Númenor -cuando los Númenóreanos intentaron tomar la Tierra Imperecedera por la fuerza de una gran armada en su deseo de obtener la inmortalidad corpórea-, que requirió un cambio catastrófico en la forma de la Tierra. Siendo la Inmortalidad y la Mortalidad dones especiales de Dios a los Eruhíni (en cuya concepción y creación los Valar no tuvieron parte alguna), debe suponerse que ninguna alteración de especie fundamental podía ser efectuada por los Valar aun en un caso único: los de Lúthien (y Túor) y la situación de sus descendientes fue un acto directo de Dios. La entrada en los Hombres de la corriente élfica representa, en verdad parte del Plan Divino para el ennoblecimiento de la Raza Humana, desde el principio destinada a desplazar a los Elfos.

¿Hay algún «límite para la tarea de un escritor» excepto el que le impone su propia finitud? Ningún límite fuera de las leyes de la contradicción, diría yo. Pero, por supuesto, son necesarias la humildad y la conciencia del peligro. Un escritor puede ser básicamente «benevolente» de acuerdo con sus luces (como espero serlo yo) y no ser, sin embargo, «eficiente» por causa del error y la estupidez. Pretendería, si no lo considerara presuntuoso en alguien de tan escasa instrucción, tener como único objetivo la dilucidación de la verdad y el aliento de la moral adecuada en este mundo real mediante el viejo recurso de ejemplificarlas en encarnaciones desacostumbradas que tendieran a volverlas comprensibles. Pero, por supuesto, quizás esté equivocado (en algunos o en todos los puntos): puede que mis verdades no sean verdaderas o estén distorsionadas; y quizás el espejo que he construido esté oscuro y quebrado. Pero antes tendría que estar convencido de que algo que yo haya ideado sea en realidad dañino, per se y no sólo porque haya sido entendido erróneamente, antes de que me retracte o reescriba nada.

Puede hacerse un gran daño, por supuesto, mediante este potente modo de «mitología», especialmente en forma voluntaria. El derecho a la «libertad» del subcreador no es garantía entre los hombres caídos de que no ha de utilizarse con tanta maldad como lo es el Libre Albedrío. Me consuela el hecho de que algunos más píos y más sabios que yo no han encontrado nada de dañino en este Cuento o en sus invenciones «míticas» ....

Para concluir: habiendo mencionado el Libre Albedrío, podría decir que en mi mito he utilizado la «subcreación» de un modo muy especial (no igual a la «subcreación» como término de la crítica de arte, aunque intenté demostrar alegóricamente Cómo podría incorporarse a la Creación en algún plano en mi cuento «purgativo» Hoja de Niggle (Dublin Review 1945)) para volver visibles y físicos los efectos del Pecado o los abusos del Libre Albedrío por los hombres. El Libre Albedrío es derivativo y sólo .'. operativo dentro de circunstancias dadas; pero para que pueda existir es necesario que el Autor lo garantice, suceda lo que suceda: especialmente cuando está «en contra de Su Voluntad», como lo decimos nosotros, tal como se da dentro de una perspectiva finita, de todos modos. No detiene ni vuelve «irreales» los actos pecaminosos y sus consecuencias. De modo que en este mito se «concibe» (legítimamente, sea ello un rasgo del mundo real o no) que concedió poderes «subcreativos» especiales a algunos de Sus seres creados de más alto orden: eso es garantía de que a lo que inventaron o hicieron debe concedérsele la realidad de la Creación. Por supuesto, dentro de ciertos límites y sometido a ciertos mandamientos y prohibiciones. Pero si «cayeran» como cayó el Diabulos Morgoth y empezaran a hacer cosas «para sí», éstas, pues «serían», aun cuando Morgoth quebrantó la suprema prohibición de hacer otras criaturas racionales como los Elfos o los Hombres. «Serían» cuando menos, realidades físicas en el mundo físico, por malvadas que pudieran resultar, aun «imitando» a los Hijos de Dios. Serían los más grandes Pecados de Morgoth, abusos de su más alto privilegio, y serían criaturas engendradas por el Pecado y naturalmente malvadas. (Estuve a punto de escribir «irredimiblemente malvadas», pero eso sería ir demasiado lejos. Porque aceptando y tolerando su hechura -necesaria para su existencia concreta- aun los Orcos se volverían parte del Mundo, que es de Dios y en última instancia bueno.) Pero que tengan «alma» o «espíritu» parece una cuestión diferente; y como en mi mito, de cualquier modo, no concibo la hechura de almas o espíritus, criaturas del mismo orden aunque no del mismo poder que los Valar, como una posible «delegación», he representado por lo menos a los Orcos como seres reales preexistentes sobre los que el Señor Oscuro ha ejercido la plenitud de su poder remodelándolos y corrompiéndolos, no haciéndolos. Que Dios lo «tolerara» no parece peor teología que la tolerancia de la deshumanización calculada de los Hombres que se produce hoy por obra de los tiranos. De todos modos, podría haber otras «hechuras» que, más semejantes a títeres llenos (sólo a cierta distancia) con la mente y la voluntad de su hacedor, o que como hormigas, operaran de acuerdo con la dirección de una reina-centro.

Ahora (dirá con razón) me estoy tomando en serio más todavía de lo que usted lo hizo, y entonando un himno y pronunciando un discurso sobre un buen cuento que, sin duda, debe su similitud a la mera artesanía. Es así. Pero las cosas sobre las que he escrito surgen de un modo u otro de todo escrito (u obra de arte) que no tiene el cuidado de mantenerse dentro de los límites del «hecho observado».

El borrador termina aquí. En la parte superior, Tolkien escribió: «Carta no enviada», y agregó: «Parecía estar dándome demasiada importancia».

 

LOS HOBBITS

 

Tolkien  expresa en una carta que “(...) Soy, de hecho, un Hobbit (salvo en tamaño). Me gustan los jardines, los árboles y las granjas no mecanizadas; fumo en pipa y me agrada la buena comida sencilla (sin refrigerar), pero detesto la cocina francesa; me gustan los chalecos ornamentales en estos tiempos opacados, y hasta me atrevo a llevarlos. Me satisfacen las setas (recogidas en el campo); tengo un sentido del humor muy simple (que aun los críticos que me aprecian encuentran fatigoso); me acuesto tarde y me levanto tarde (cuando me es posible). No viajo mucho...”  Esta “confesión” me ha impulsado a rescatar aquellas cartas del Profesor, que nos aportan  datos sobre los Hobbits que no son suficientemente conocidos o que aclaran puntos de el prólogo de ESDLA o de los Apéndices.

 

1)A poco de publicado El Hobbit, Tolkien nos dice algo sobre los Hobbits, Bilbo y sus fuentes.

 

Carta 025  Al jefe de redacción del Observer

El 16 de enero de 1938, el Observer había publicado una carta, firmada «Habit», en la que se preguntaba si los hobbits le podrían haber sido sugeridos a Tolkien por lo que cuenta Julian Huxley de «los "hombrecitos peludos" vistos en África por nativos y .... cuando menos por un científico». El escritor de la carta mencionaba también que una amiga «decía recordar un viejo cuento de hadas titulado "El Hobbit" que figuraba en una colección leída aproximadamente en 1904», en el que la criatura con ese nombre «era definitivamente aterradora». El escritor preguntaba si Tolkien «nos contaría algo más acerca del nombre y los orígenes de este curioso héroe de su libro .... Ello ahorraría a muchos estudiantes una buena cantidad de problemas en las generaciones por venir. Y, entre paréntesis, ¿el robo de la copa del dragón por el hobbit se basa en el episodio del Beowulf) Espero que así sea, pues uno de los encantos del libro es la armonización, digna de Spenser, de las brillantes hebras de tantas ramas de la épica, la mitología y el cuento de hadas Victoriano». La réplica de Tolkien, aunque no estaba pensada para la publicación (véase la conclusión de N° 26), apareció en el Observer el 10 de febrero de 1938.

 

Señor: No es preciso que se me persuada: soy tan susceptible como un dragón a los elogios, y de buen grado exhibiría mi chaleco de diamantes y aun comentaría sus fuentes, pues el Habit [Hábito] (más inquisitivo que el Hobbit) no sólo profesa admirarlo sino que pregunta también de dónde lo he sacado. Pero ¿no sería ello más bien injusto con los estudiantes investigadores? Ahorrarles trabajo es robarles la excusa de su existencia.

Sin embargo, respecto de la pregunta principal del Habit, no hay peligro: no recuerdo nada del nombre y los orígenes del héroe. Podría hacer conjeturas, por supuesto, pero ellas no tendrían más autoridad que las de los futuros investigadores; dejo el juego para ellos.

Nací en África y he leído varios libros sobre su exploración. Desde 1896, aproximadamente, he leído aún más libros de cuentos de hadas de la especie genuina. Por tanto, ambos hechos, sacados a relucir por el Habit, parecerían ser significativos.

Pero ¿lo son? No tengo ningún recuerdo de vigilia de pigmeos peludos (sea en libros o a la luz de la luna); tampoco de ningún Hobbit aterrador impreso en 1904. Sospecho que los dos hobbits son homófonos accidentales, y me alegra [27] que no sean (como parecería) sinónimos. Y sostengo que mi hobbit no vivió en África y no era peludo, salvo alrededor de los pies. Tampoco se parecía a un conejo [rabbit]. Era un próspero y joven soltero bien alimentado, con medios económicos que le permitían la independencia. Llamarlo «sucio conejo» era una vulgaridad propia de trolls, como «hijo de rata» era un ejemplo de la malicia de los enanos: insultos deliberados dirigidos a su estatura y a sus pies, que lo ofendían profundamente. Sus pies, revestidos convenientemente y calzados por la naturaleza, eran tan elegantes como los dedos de sus manos, largos y sensibles.

En cuanto al resto del cuento, es, como lo sugiere el Habit, una amalgama (previamente digerida) de épica, mitología y cuentos de hadas, aunque no de autoría victoriana, regla a la que George Macdonald es la principal excepción. El Beowulf se cuenta entre mis más preciadas fuentes; aunque no lo recordaba conscientemente cuando lo escribía; el episodio del robo surgió naturalmente (casi de manera inevitable) de las circunstancias. Es difícil encontrar otro modo de proseguir la historia. Supongo que el autor del Beowulf diría lo mismo.

Mi cuento no se basa conscientemente en ningún otro libro, salvo uno, y ése no está publicado: el «Silmarillion», una historia de los Elfos, a la cual se hacen frecuentes alusiones. En realidad no había pensado en los futuros investigadores; y como hay un único manuscrito, por el momento parece poco probable que esta referencia resultara de alguna utilidad.

Pero estas cuestiones son meros preliminares. Ahora que se me hizo ver que las aventuras del Señor Bolsón son tema de futura investigación, me doy cuenta de que será necesario mucho trabajo. Se plantea la cuestión de la nomenclatura. Los nombres de los enanos y el del mago provienen del Eider Edda. Los nombres de los hobbits, de Fuentes Obvias propias de su especie. La lista completa de sus familias más ricas es: Bolsón, Boffin, Bolger, Ciñatiesa, Brandigamo, Madriguera, Redondo, Cavada, Corneta, Ganapié, Sacovilla y Tuk. El dragón lleva por nombre -un pseudónimo- el pasado del verbo germánico primitivo Smugan, “pasar apretadamente por un agujero”: una insidiosa broma filológica. El resto de los nombres pertenecen al Mundo Antiguo y Élfico, y no han sido modernizados...”

“(...)La lengua de los hobbits se parecía notablemente al inglés, como era de esperar: sólo vivían en las fronteras del Páramo y en general no tenían conciencia de ello. Sus apellidos son en su mayoría tan conocidos y justamente respetados en esta isla como lo eran en Hobbiton y Delagua...”

 

2) sobre la fisonomía de los hobbits

 

 

Carta 027  A la Houghton Mifflin Company

Extracto de una carta aparentemente dirigida a los editores americanos de Tolkien y quizás escrita en marzo o abril de 1938. Houghton Mifflin parece haberle pedido que le suministrara dibujos de hobbits para utilizar en una futura edición de El Hobbit.

 

Me temo que si necesita dibujos de hobbits en varias actitudes, debo dejarlo en manos de alguien que sepa dibujar. Mis propias figuras no constituyen una guía segura; por ejemplo, la imagen del Señor Bolsón en los capítulos VI y XII. La tan mal dibujada del capítulo XIX constituye una mejor guía en cuanto a la impresión general.

Imagino una figura bastante humana, no una especie de conejo [rabbit] «hada» como parecen concebirlos algunos críticos británicos: de vientre abultado y piernas cortas. Una cara redonda y jovial; orejas sólo ligeramente puntiagudas y «feéricas»; el pelo corto y rizado (de color castaño). Los pies, desde los tobillos hacia abajo, cubiertos de pelos castaños. La ropa: pantalones de terciopelo verde; chalecos rojos o amarillos; chaqueta verde o castaña; botones de oro (o bronce); una capucha y capa de color verde oscuro (propia de un enano).

El tamaño -sólo importante si en la figura aparecen otros objetos- es de unos tres o tres pies seis pulgadas aproximadamente. El hobbit de la ilustración del tesoro, capítulo XII, es, por supuesto, además de demasiado gordo en sitios que no corresponde, demasiado grande. Pero (al menos como mis hijos lo entienden) se encuentra en realidad en una figura o «plano» diferente, siendo invisible para el dragón.

No hay mención en el texto de que haya adquirido las botas. ¡Tendría que haberla! De un modo u otro la cuestión se olvidó siempre en las sucesivas revisiones; las botas aparecen en Rivendel; y luego está otra vez sin ellas al marcharse de allí de vuelta a casa. Pero como una planta con piel correosa y pies cubiertos de vello bien cepillado constituyen un elemento esencial de la hobbituidad, debería en realidad aparecer descalzo, salvo en las ilustraciones especiales de ciertos episodios.

 

3) Tres cartas, sobre el nombre de Sam.

 

Carta 072  A Christopher Tolkien

31 de mayo de 1944 (FS 28)               20 Northmoor Road, Oxford

 

“(...)Sam, entre paréntesis, no es la abreviatura de Samuel, sino de Samsagaz (Medio-tonto en inglés antiguo), como el nombre de su padre es el Gaffer (Ham) en inglés antiguo Hamfast o Stayathome [Quedadoencasa]. Los hobbits de esa clase tienen por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con el sobrenombre Gamyi y lo habría reemplazado por Buenchico si pensara que tú me lo permitirías...”

 

Carta 076  De una carta a Christopher Tolkien

28 de julio de 1944 (FS 39)

En cuanto a Sam Gamyi: estoy del todo de acuerdo con lo que dices, y no soñaría siquiera en alterar su nombre sin tu aprobación; pero el ob­jeto de la alteración era precisamente destacar la comicidad, la rustici­dad y, si quieres, el inglesismo de esta joya entre los hobbits. Si lo hu­biera pensado al principio, les habría dado a todos los hobbits nombres muy ingleses que estuvieran a la altura de la comarca. El Gaffer y [el Tío] vino primero; y Gamgee [Gamyi] siguió como un eco de las viejas bromas de Lamorna. [28] Dudo de que sea inglés. Sólo tenía conocimiento de él a través de Gamgee (Tissue) como se llamó el algodón absorbente al ser inventado por un hombre de ese nombre el siglo pasado. Sin em­bargo, diría que todo lo que uno imagina del personaje está asociado a ese nombre...”

 

Carta 144 A Naomi Mitchison

 

“(...)Sí, Sam Gamyi es, en cierto sentido, pariente del doctor Gamgee, pues su nombre no habría sido nunca ése si yo no hubiera oído hablar del «tejido de Gamgee»; hubo, según creo, un tal doctor Gamgee (de la familia, sin duda) en Birmingham cuando era niño. El nombre, de cualquier modo, me era familiar. Gaffer Gamgee surgió primero: era un personaje legendario para mis hijos (basado en un vejete [gaffer] de la vida real que no tenía tal nombre). Pero como lo encontrará usted explicado, en este cuento el nombre es una traducción del verdadero nombre del Hobbit, derivado de una aldea (consagrada a la fabricación de sogas) y anglificado como Gamwich (pron. Gammidge), cerca del Campo del Cordelero (véase vol. II, pág. 297). [29] Como Sam era íntimo amigo de la familia de Coto (el nombre de otra aldea), tuve la tentación de incurrir en la broma hobbit de escribir Gamwichy Gamgee, aunque no creo que en el verdadero dialecto hobbit la broma tuviera efecto...”

 

4)Los Hobbits y la actualidad.

 

Carta 181  A Michael Straight [borradores]

Antes de publicar una crónica acerca de El Señor de los Anillos, Michael Straight, jefe de redacción de New Republic, escribió a Tolkien formulándole una serie de preguntas...”

“(...)si el capítulo sobre el «Saneamiento de la Comarca» se dirigía especialmente a la Inglaterra contemporánea...”

 

“(...) No hay especial referencia a Inglaterra en la «Comarca», salvo, por supuesto, que como inglés criado en una aldea «casi rural» de Warwickshire, junto a la próspera burguesía de Birmingham (¡por el tiempo del Diamond Jubilee!), tomo mis modelos, como cualquier otro, de la «vida» tal como la conozco. Pero no hay referencia de posguerra. No soy «socialista» en sentido alguno -pues soy contrario a la «planificación» (como debe de ser evidente), sobre todo porque los «planificado-res», cuando adquieren poder, se vuelven malos-, pero yo no diría que tengamos que sufrir aquí la malicia de Sharkey y sus Rufianes. Aunque el espíritu de «Isengard», si no de Mordor, está, por supuesto, siempre aflorando. El presente plan de destruir Oxford con el fin de dar cabida a los automóviles es un ejemplo. Pero nuestro principal adversario es un miembro de un Gobierno «Tory». Aunque hoy en día podría encontrárselo dondequiera...”

 

 

5) La cuestión de los regalos entre los Hobbits son un buen motivo para conocer algo mas sobre las costumbres esta raza y sus distintos linajes.

 

Carta 214  A A. C. Nunn (borrador)

Contestación a un lector que señaló una aparente contradicción en El Señor de los Anillos: que en el capítulo «Una reunión muy esperada» se dice que «los Hobbits hacen regalos a otra gente los días de su propio cumpleaños»; sin embargo, Gollum se refiere al Anillo como a su «regalo de cumpleaños», y lo que se cuenta en el capítulo «La sombra del pasado» sobre la forma en que lo adquirió indica que su gente recibía regalos el día de su cumpleaños. La carta del señor Nunn continuaba: «Por tanto, una de las cosas siguientes es la verdad: (1) la gente de Sméagol no era de la «especie de los Hobbits», como lo sugiere Gandalf (I, pág. 79); (2) la costumbre de los Hobbits de hacer regalos era sólo reciente; (3) las costumbres de los Fuertes [la gente de Sméagol-Gollum] diferían de las de los demás Hobbits, o (5) [sic] hay un error en el texto. Le estaré muy agradecido si me ahorra el tiempo de emprender la investigación de este importante asunto».

 

[Sin fecha; probablemente de fines de 1958 o principios de 1959.]

 

Estimado señor Nunn:

No soy un modelo de erudición, [30] pero en la cuestión de la Tercera Edad, me considero sólo un «cronista». Las faltas que puedan aparecer en mi crónica, creo, no son en ningún caso consecuencia de errores, es decir, de afirmaciones no verdaderas, sino de omisiones e informaciones incompletas, en su mayoría consecuencia de la necesidad de resumir y del intento de introducir información en passant durante el curso de una narración que, naturalmente, tendía a eliminar muchas cosas no relacionadas de manera inmediata con el cuento.

En la cuestión de los cumpleaños y las aparentes discrepancias que usted advierte, podemos, por tanto, creo, eliminar sus alternativas (1) y (5). Omite la (4).

Con respecto de (1) Gandalf, por cierto, dice al principio «creo», pág. 79; pero esto está de acuerdo con su carácter y su tino. En un lenguaje más moderno, habría dicho «deduzco», refiriéndose a cosas que no habían sido objeto de su observación directa, pero sobre las que había llegado a una conclusión basada en el estudio. (Observará usted en el Apéndice B que los Magos no llegaron hasta poco antes de la primera aparición de los Hobbits en crónica alguna, y en ese tiempo ya estaban divididos en tres ramas muy diferenciadas.) Pero, de hecho, no tuvo la menor duda de su conclusión: «De todos modos es verdad, etcétera», pág. 81.

Su alternativa (2) sería posible; pero dado que el cronista dice los Hobbits (palabra que utiliza cualquiera sea su origen como nombre de la raza entera) y no los Hobbits de la Comarca, o la, gente de la Comarca, debe suponerse que quiere decir que la costumbre de hacer regalos era en cierta forma común a todas las variedades, con inclusión de los Fuertes. Pero como su alternativa (3) es naturalmente cierta, podríamos suponer que aun una costumbre tan profundamente arraigada exhibiera diversos aspectos en las diversas ramas. Con la nueva migración de los Fuertes de vuelta a las Tierras Ásperas en 1356 de la TE, todo contacto entre este grupo retrógrado y los antecesores de la Comarca quedó roto. Más de 1100 años transcurrieron antes del incidente de Déagol-Sméagol (c. 2463). En tiempos de la Fiesta en 3001 de la TE, cuando se alude de paso a las costumbres de la gente de la Comarca en la medida en que afectan a la historia, el tiempo transcurrido era casi de 1650 años.

Todos los Hobbits eran lentos para el cambio, pero los Fuertes migraban de vuelta a una vida más ruda y primitiva de comunidades pequeñas y menguantes; [31] mientras que la gente de la Comarca, en los 1400 años de su colonización, habían desarrollado una vida social más asentada y elaborada, en la que la importancia del parentesco para sus sentimientos y costumbres era asistida por detalladas tradiciones escritas y orales.

Aunque he omitido toda exposición sobre este rasgo curioso aunque característico de su conducta, los hechos que conciernen a la Comarca podrían comentarse con cierto detalle. Los Fuertes ribereños deben seguir siendo, necesariamente, más conjeturables.

Los «cumpleaños» tenían una considerable importancia social. Una persona que celebrara su cumpleaños era llamada ribadyan (que puede traducirse, de acuerdo con el sistema descrito [32] y adoptado, como byrding [33] [naciente]). Las costumbres relacionadas con los cumpleaños (aunque profundamente arraigadas), eran reguladas por una etiqueta bastante estricta; de modo que en muchos casos quedaban reducidas a meras formalidades: como en verdad lo sugiere «no muy caros, generalmente», pág. 43, y especialmente pág. 58, líneas 20-36. Con respecto a los regalos: en su cumpleaños el «naciente» los hacía y los recibía, pero los procesos eran diferentes en cuanto a origen, función y etiqueta. La recepción fue omitida por el narrador (pues no concierne a la Fiesta); pero, de hecho, era la costumbre más antigua y, por tanto, la más formalizada. (Sí concierne al incidente Sméagol-Déagol, pero el narrador, obligado a reducir esto a sus elementos más significativos y a ponerlo en boca de Gandalf, que le hablaba a un hobbit, naturalmente, no comentó una costumbre que el hobbit (y nosotros) debería considerar natural en relación con los cumpleaños.)

La recepción de regalos: éste era un antiguo ritual relacionado con el parentesco. Era, en origen, el reconocimiento del naciente como miembro de una familia o un clan, y una conmemoración de su «incorporación» formal. [34] El padre o la madre no hacían regalo de cumpleaños a sus hijos (salvo en los raros casos de adopción); pero el considerado cabeza de familia debía dar algo, aunque sólo fuera como «señal».

La dádiva de regalos: era una cuestión personal, no limitada por el parentesco. Era una forma de «acción de gracias» y considerada como un reconocimiento de los servicios, beneficios y amistad recibidos, en especial durante el último año.

Es preciso observar que los Hobbits, tan pronto como se convertían en «faunts» (es decir, eran capaces de hablar y de andar: formalmente, a los tres años) hacían regalos a sus padres. Debían ser supuestamente cosas «producidas» por el donante (es decir, encontradas, cultivadas o hechas por el «naciente»); los niños pequeños empezaban con ramilletes de flores silvestres. Éste pudo haber sido el origen de los regalos de «acción de gracias» de más amplia distribución, y la razón por la que siguió siendo «correcto» aun en la Comarca que tales regalos fueran cosas pertenecientes al donante o producidas por él. Ejemplares de los huertos u objetos de los talleres eran los regalos habituales, sobre todo entre los Hobbits más pobres.

Según la etiqueta de la Comarca, el día de la Fiesta, «la expectativa de recepción» se limitaba a los primos segundos o parientes más cercanos y a los que residían dentro de las 12 millas. [35] Ni siquiera de los amigos íntimos (si no estaban emparentados) se «esperaba» que dieran nada, aunque podían hacerlo. El límite de residencia de la Comarca era, por supuesto, un resultado bastante reciente de la gradual fragmentación de las comunidades de parentesco y de las familias y la dispersión de los parientes, en condiciones de antiguo arraigo. Porque los regalos de cumpleaños (sin duda residuo de las costumbres de antiguas familias pequeñas) debían entregarse en persona la víspera del Día, y cuando más tarde, antes de la comida de dicho Día. Eran recibidos en privado por el «naciente» y era muy mal visto exhibirlos separadamente o como colección, precisamente para evitar el embarazo que puede darse en nuestras muestras de regalos de bodas (que habrían horrorizado a la gente de la Comarca). [36] El donante podía así acomodar el regalo a su bolsillo y su afecto sin incurrir en el comentario público ni ofender (si tal cosa cabía) a nadie más que al receptor. Pero la costumbre no exigía regalos costosos, y un Hobbit se sentía más halagado y deleitado por un regalo inesperadamente «bueno» o deseable que ofendido por una señal convencional de buena voluntad familiar.

Una huella de esto puede verse en el relato de Sméagol y Déagol, modificado por los caracteres individuales de estos personajes más bien miserables. Déagol, evidentemente un pariente (como sin duda lo eran todos los miembros de la pequeña comunidad), ya había dado su regalo habitual a Sméagol, aunque probablemente habían iniciado la expedición muy temprano por la mañana. Como era de alma mezquina, guardaba rencor por ello. Sméagol, que era más mezquino y codicioso todavía, trató de utilizar el «cumpleaños» como excusa para adoptar una actitud tiránica. «Porque lo quiero», fue la franca declaración de su principal reclamo. Pero también quería decir que el regalo de D. era una muestra pobre e insuficiente: de ahí la respuesta de D. de que, por el contrario, era más de lo que podía permitirse.

La dádiva de regalos del «naciente» -dejando fuera de la cuestión los regalos a los padres, [37] ya mencionados-, puesto que era personal y una forma de agradecimiento, variaba mucho más de forma en los diversos tiempos y lugares, y de acuerdo con la edad y la situación del «naciente». El amo y la señora de una casa o agujero en la Comarca daban regalos a todos los que se encontraban bajo su techo o estaban a su servicio, y habitualmente también a sus vecinos. Y podían extender la lista a su gusto, recordando cualesquiera favores recibidos en el pasado año. Se entendía que la dádiva de regalos no estaba fijada por un reglamento, aunque la retención de un regalo habitual (por ejemplo, a un niño, a un sirviente o a un vecino) era señal de una reprimenda y un indicio de ofensa grave. Los Jóvenes y los Inquilinos (los que no tenían casa propia) no estaban sujetos a semejantes obligaciones, pues dependían de los dueños de casa; pero, por lo general, hacían regalos según fueran sus medios y afectos. «No muy caros, en general», se aplicaba a todos los regalos. Bilbo era en esto, como en otras cosas, una persona excepcional, y su Fiesta fue un desbordamiento de generosidad aun para un Hobbit rico. Pero una de las ceremonias de cumpleaños más comunes era la celebración de una «fiesta» al atardecer del Día. El anfitrión daba regalos a todos los invitados, que los esperaban como parte de la recepción (si bien esto era secundario en relación con la comida prevista). Pero no llevaban regalos consigo. La gente de la Comarca lo habría considerado incorrecto. Si los invitados no habían hecho ya su regalo (siendo uno de los requeridos para hacerlo por parentesco), era demasiado tarde. Para los otros invitados era algo «que no se hacía»; equivalía a pagar por la fiesta o compensar la dádiva de regalos, y resultaba sumamente embarazoso. A veces, en el caso de un amigo muy querido imposibilitado de asistir a una fiesta (por causa de la distancia u otros motivos), se enviaba una invitación simbólica acompañada de un regalo. En ese caso el regalo era siempre algo de comer o de beber, pues su objeto era ser una muestra de la comida de la fiesta.

Creo que se verá que todos los detalles registrados como «hechos» encajan, por cierto, en un cuadro definido de sentimientos y costumbres, aunque este cuadro no llega ni siquiera a quedar esbozado dentro del insuficiente marco de esta nota. Por supuesto, podría haber aparecido en el Prólogo: por ejemplo, en medio de la pág. 12. Pero aunque corté mucho de él, ese Prólogo es todavía demasiado largo y sobrecargado de acuerdo aun con los críticos que le conceden cierta utilidad, y no aconsejan (como lo han hecho algunos) a los lectores olvidarlo o pasarlo por alto.

Aun siendo incompleta, esta nota debe de parecerle demasiado larga, y aunque la pidió, más de lo que usted quería. Pero no veo cómo podría haber contestado a su curiosidad más brevemente y de modo más adecuado al halago que me hace al interesarse por los Hobbits lo bastante como para haber observado la laguna en la información procurada.

Sin embargo, dar información siempre abre panoramas todavía más amplios; y, sin duda, verá que la breve exposición sobre los «regalos» plantea aún más cuestiones antropológicas implícitas en términos como parentesco, familia, clan, etcétera. Me aventuro a añadir una nueva nota sobre este punto por temor de que al considerar el texto a la luz de mi respuesta, sienta el deseo de averiguar algo más cerca de la «abuela» de Sméagol, a la que Gandalf presenta como a una matrona (de una familia de alta reputación y más rica que la mayoría, pág. 80) y hasta la llama «matriarca» (pág. 84).

Que yo sepa, los Hobbits eran universalmente monógamos (a decir verdad, rara vez se casaban por segunda vez, aun cuando la mujer o el marido murieran muy jóvenes); y diría que sus disposiciones familiares eran «patrilineales» más bien que «pratiarcales». Es decir, el apellido se heredaba por la línea masculina (y las mujeres adoptaban el apellido de su marido); además, el cabeza titular de una familia era habitualmente el varón de más edad. En el caso de grandes familias poderosas (como la de los Tuk), que continuaban cohesionadas aun cuando se habían vuelto muy numerosas y constituían más lo que llamaríamos clanes, la cabeza era el varón de más edad de lo que se consideraba la línea de descendencia más directa. Pero el gobierno de una «familia», como unidad real: la «casa», no era una monarquía (excepto por accidente). Era una «diarquía», en la que el amo y la señora gozaban de igual situación, si bien sus funciones eran diferentes. Cualquiera de ellos era considerado el representante del otro en caso de ausencia (con inclusión de la muerte). No había «viudas». Si el amo moría primero, su lugar lo ocupaba su esposa, y esto incluía (si él había tenido esa posición) ser cabeza o titular de una familia numerosa o clan. Este título, pues, no pasaba al hijo o a algún otro heredero mientras ella viviera, a no ser que renunciara voluntariamente. [38] Por tanto, podía ocurrir en varias circunstancias que una mujer longeva de carácter fuerte siguiera siendo «cabeza de familia» hasta tener nietos perfectamente adultos.

Laura Bolsón (cuyo apellido de soltera era Cavada) siguió siendo «cabeza» de la familia de los «Bolsón de Hobbiton» hasta los 102 años. Como era 7 años más joven que su marido (que murió a la edad de 93 en 1300 [39] ), ocupó esta posición durante 16 años, hasta 1316; y su hijo Bungo no se convirtió en «cabeza» hasta los 70 años, diez antes de morir a la edad de 80. Bilbo no llegó a ocupar el puesto hasta la muerte de su madre Tuk, Belladonna, en 1334, a los 44 años.

El puesto de cabeza de familia de los Bolsón, pues, por causa de extraños acontecimientos, fue objeto de duda. Otho Sacovilla-Bolsón era el heredero de este título, del todo aparte de las cuestiones de propiedad que se habrían planteado si su primo Bilbo hubiera muerto intestado; pero después del fiasco legal de 1342 (cuando Bilbo retornó vivo después de haber estado «presuntamente muerto») nadie se atrevió a dar por sentada su muerte otra vez. Otho murió en 1412, su hijo Lotho fue asesinado en 1419 y su esposa Lobelia murió en 1420. Cuando Maese Samsagaz informó de la «partida por mar» de Bilbo (y Frodo) en 1421, se tenía todavía por imposible suponer la muerte; y cuando Maese Samsagaz se convirtió en Alcalde en 1427, se promulgó una regla según la cual «si algún habitante de la Comarca se hace a la mar en presencia de un testigo digno de crédito con la expresa intención de no regresar o en circunstancias que implican a las claras semejante intención, se considerará que renuncia a todos los títulos, derechos o propiedades antes tenidos u ocupados, y sus herederos entrarán en posesión de tales títulos, derechos o propiedades, como lo indica la costumbre establecida o por la voluntad y disposición de quien se ha marchado, según pueda requerirlo el caso». Presumiblemente, el título de «cabeza» pasó luego a los descendientes de Ponto Bolsón, probablemente Ponto (II). [40]

Un caso bien conocido fue también el de Lalia, la Grande [41] (o, menos cortésmente, la Gorda). Fortinbras II, otrora cabeza de los Tuk y Thain, se casó con Lalia de los Clayhanger en 1314, cuando él tenía 36 años y ella 31. Murió en 1380 a la edad de 102 años, pero ella le sobrevivió largo tiempo, y llegó a un final desafortunado en 1402 a la edad de 119 años. De modo que gobernó a los Tuk y a los Grandes Smials durante 22 años, una grande y memorable «matriarca», si bien no universalmente amada. No asistió a la famosa Fiesta (CA-1401), pero lo que le impidió concurrir fue más bien su gran tamaño e inmovilidad que su edad. Su hijo, Ferumbras, no tenía esposa, pues fue incapaz (se sostenía) de encontrar a nadie que quisiera ocupar apartamentos en los Grandes Smials, bajo la regencia de Lalia. Ésta, en sus últimos y más gordos años, tenía la costumbre de ser transportada en silla de ruedas hasta las Grandes Puertas para tomar el aire de la mañana cuando hacía buen tiempo. En la primavera de 1402, su torpe asistenta dejó que la pesada silla resbalara en el umbral, y Lalia cayó por las escaleras hasta el jardín. Así terminó un reino y una vida que bien podría haber rivalizado con las del Gran Tuk.

Se rumoreó con insistencia que la asistenta era Perla (hermana de Pippin), aunque los Tuk trataron de mantener el asunto dentro de la familia. En ocasión de la celebración del acceso de Ferumbras al poder, el disgusto y el dolor de la familia se vieron formalmente expresados mediante la exclusión de Perla de la ceremonia y la fiesta; pero no pasó inadvertido el hecho de que más tarde (al cabo de un decente intervalo) apareció con un collar espléndido compuesto por joyas de su propio nombre, que había estado mucho tiempo en el tesoro de los Thains.

La costumbre difería en los casos en los que la «cabeza» moría sin dejar hijos. En la familia Tuk, puesto que la función estaba también relacionada con el título y el cargo (originalmente militar) de Thain, [42] la descendencia se daba estrictamente por la línea masculina. En otras grandes familias el cargo podía pasar a través de una hija, del difunto hasta su nieto mayor (sin que se tuviera en cuenta la edad de la hija). Esta última costumbre era habitual en familias de origen más reciente, sin documentación antigua ni mansiones ancestrales. En esos casos el heredero (si aceptaba el título de cortesía) adoptaba el apellido de la familia de su madre, aunque con frecuencia conservaba también el de la familia de su padre (situado en segundo lugar). Éste era el caso de Otho Sacovilla-Bolsón. Porque el título nominal de cabeza de los Sacovilla. le había llegado a través de su madre Camellia. Fue su ambición más bien absurda de lograr la rara distinción de ser «cabeza» de dos familias (probablemente se habría llamado Bolsón-Sacovilla-Bolsón): una situación que explicará su exasperación ante las aventuras y las desapariciones de Bilbo, aparte de la pérdida de propiedad que significaba la adopción de Frodo.

Creo que fue un punto de debate en el saber popular de los Hobbits (que el gobierno del Alcalde Samsagaz impidió que se discutiera en este caso particular) si la «adopción» por parte de «cabeza» sin hijos podía afectar la herencia del cargo. Se convino en que la adopción de un miembro de una familia diferente no podía afectarla, pues se trataba de una cuestión de consanguinidad y parentesco; pero hubo la opinión de que la adopción de un pariente cercano del mismo apellido [43] antes de que fuera mayor de edad, le daba a éste el derecho de gozar de todos los privilegios de un hijo. Esta opinión (sostenida por Bilbo) fue, naturalmente, contestada por Otho.

No hay razón para suponer que los Fuertes de las Tierras Ásperas hubieran desarrollado un sistema estrictamente «matriarcal» propiamente dicho. No hay huella de tal cosa entre el elemento Fuerte de la Cuaderna del Este y Los Gamos, aunque había entre ellos ciertas diferencias en cuanto a las costumbres y las leyes. El empleo que hace Gandalf (o, más bien, el que hace su difusor y traductor) de la palabra «matriarca» no era «antropológico» sino que significaba simplemente una mujer que de hecho gobernaba el clan. Sin duda porque había sobrevivido a su marido y era una mujer de carácter dominante.

Es muy probable que en el regresivo y decadente país de los Fuertes de las Tierras Ásperas, las mujeres (como a menudo se lo observa en tales condiciones) tendieran a preservar mejor el carácter físico y mental del pasado y, por tanto, adquirieran una importancia especial. Pero no debe suponerse (creo) que había tenido lugar un cambio fundamental en sus costumbres matrimoniales o que se desarrollara una especie de sociedad matriarcal o poliándrica (aunque esto podría explicar la ausencia de toda referencia en absoluto al padre de Sméagol-Gollum). En este tiempo en el oeste se practicaba universalmente la «monogamia», y los otros sistemas se miraban con repugnancia, como a las cosas que sólo se hacen «bajo la Sombra».

En realidad, empecé esta carta hace casi cuatro meses; pero nunca quedó acabada. Poco después de recibir sus preguntas, mi esposa, que había estado enferma la mayor parte de 1958, celebró su retorno a la salud cayéndose en el jardín, y lastimándose tanto el brazo izquierdo, que todavía está inválida y escayolada. De modo que 1958 fue un año casi completamente frustrado; junto con otras dificultades y la inminencia de mi retiro, que me obliga a muchas reestructuraciones, no he tenido tiempo en absoluto que dedicar al Silmarillion. Por mucho que lo desee (y, felizmente, Allen y Unwin parecen desearlo también).

El borrador termina aquí.

 

5) Algunos comentarios sobre la “personalidad” Hobbit

 

Carta 281  De una carta a Rayner Unwin

15 de diciembre de 1965

Respecto de la publicación de una edición británica en rústica de El Hobbit.

 

La cubierta de U[nwin] Books [de El Hobbit]. No recuerdo cuándo se hizo el esbozo de la Muerte de Smaug, pero creo que debió de haber sido antes de publicarse por primera vez; no puede haber sido muy lejos de 1936. Estoy en sus manos, pero aún no estoy satisfecho de utilizar como cubierta este garabato. Se parece demasiado a esa moda de actualidad por la que los que saben dibujar tratan de disimularlo. Pero quizás haya una diferencia entre sus productos y el de un hombre que evidentemente no es capaz de dibujar lo que ve.

Las notas de cubierta. Escribí una de prisa para U[nwin] Books. No quiero herir los sentimientos de un escritor que evidentemente tenía buenas intenciones para conmigo y para con el libro, pero espero que estarás de acuerdo, si tienes tiempo de considerarlo, en que no servirá. Aparte de su desafortunado estilo, no da una idea certera de la historia y del modo en que se la presenta. A no ser que se quiera derrotar a la «magia», NUNCA se habla así dentro de las cubiertas de un libro maravilloso. La saga hobbit se presenta como vera historia con grandes esfuerzos (que han resultado muy eficaces). Dentro de ese marco, la pregunta «¿Es usted un hobbit?» sólo puede responderse «No» o «Sí» según haya uno nacido. Nadie es un «hobbit» porque le guste una vida tranquila y la comida abundante; aún menos porque tenga un deseo latente de aventuras. Los hobbits constituían una raza cuya principal característica física era su estatura, y el principal rasgo distintivo de su temperamento era la casi total erradicación de toda «chispa» adormilada; sólo el uno por mil aproximadamente tenía alguna traza de ella. Bilbo fue elegido especialmente por la autoridad y sabiduría de Gandalf por ser anormal; tenía una buena parte de las virtudes propias de un hobbit: un penetrante buen sentido, generosidad, paciencia y fortaleza, y también una «poderosa chispa» todavía no encendida. La historia y su continuación no tratan de «tipos» ni de la cura de la satisfacción burguesa por la amplitud de experiencias, sino de los logros de individualidades especialmente agraciadas y dotadas. Diría, si expresar tales cosas no estropearan lo que intentan hacer explícito: «por individuos predestinados, inspirados y guiados por un Emisario hacia fines más allá de su educación y alcance individuales». Esto resulta claro en El Señor de los Anillos; pero está presente, aunque de forma velada, en El Hobbit desde un principio, y las últimas palabras de Gandalf aluden a ello...” [44]


EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

 

La obra maestra de Tolkien mereció, desde un primer momento, toda clase de comentarios, preguntas y cuestionamientos por parte de Editores, periodistas, lectores, colegas y admiradores; sobre las que el Profesor, contestó puntualmente. [45]

Encontraremos aquí todas las respuestas, aún las no tan conocidas, sobre la trama de El Señor de los Anillos, sus personajes, la Tierra Media, sus razas, etc. incluso mucha información sobre toda la Mitología.  

 

1) Tolkien y El Señor de los Anillos, su origen,  sus antecedentes, sus inspiraciones, sus influencias, su gusto por las lenguas. Una Carta autobiográfica sobre su obra cumbre.

 

163  A W. H. Auden

A Auden, que había comentado El Señor de los Anillos en la New York Times Book Review y en Encounter, se le habían enviado las pruebas del tercer volumen, El retorno del rey. Le escribió a Tolkien en abril de 1955 para formularle varias preguntas suscitadas por el libro. La réplica de Tolkien no se conservó (Auden habitualmente tiraba las cartas después de leerlas). Éste volvió a escribir a Tolkien el 3 de junio diciendo que le habían pedido que diera en octubre una charla sobre El Señor de los Anillos por el Tercer Programa de la BBC. Le preguntaba si quería escuchar algo especial en la emisión y si podía suministrarle algunos «toques humanos» dándole información acerca de cómo llegó a escribirse el libro. La respuesta de Tolkien se conservó porque en esta ocasión -y cuando subsiguientemente le escribió a Auden- guardó una copia en papel carbón, de la que ha sido obtenido este texto.

 

7 de junio de 1955          76 Sandfield Road, Headington, Oxford

Querido Auden:

 

Me alegró mucho saber de usted, y también comprobar que no se ha aburrido todavía. Me temo que deba prepararse para una larga carta otra vez, pero puede hacer con ella lo que quiera. De cualquier modo, la he dactilografiado para que pueda leerse velozmente. No pienso realmente que yo sea tan importante. Escribí la Trilogía [46] por satisfacción personal, llevado a ella por la escasez de literatura de ese tipo que deseaba leer (y la que había estaba a menudo sumamente adulterada). Una tarea ingente, y como dice el autor de Ancrene Wisse al final de su obra: «Preferiría, Dios sea testigo de ello, echarme a andar a Roma antes que empezar esta obra otra vez». Pero a diferencia de él, yo no habría dicho: «Leed parte de este libro a vuestro gusto cada día; y espero que si lo leéis a menudo, os será muy provechoso; de lo contrario, habré malgastado muchas largas horas». No pensé demasiado en el provecho o en el placer de los demás, aunque nadie puede realmente escribir o hacer nada de manera exclusivamente privada.

Sin embargo, cuando la BBC emplea a alguien de su importancia para hablar públicamente de la Trilogía, no sin referencia al autor, el más modesto (o por lo menos reservado) de los hombres, cuyo instinto le lleva a enmascarar bajo una investidura mítica y legendaria los conocimientos que tiene de sí mismo y las críticas a la vida tal como ésta se le da, no puede evitar pensar en ella en términos personales, y encontrarla interesante, y difícil también para expresarse con brevedad y exactitud a la vez.

El Señor de los Anillos, como historia, fue terminada hace ya tanto tiempo que puedo ahora adoptar un punto de vista impersonal sobre ella y encontrar las «interpretaciones» muy divertidas; aun aquellas que yo mismo pudiera hacer, que son en su mayoría post scriptum: tenía en mente muy pocas intenciones de carácter particular, conscientes o intelectuales, mientras iba escribiéndola. [47] Excepto unas pocas críticas deliberadamente despreciativas -como la del Vol. II en el New Statesman, [48] en la que usted y yo fuimos denostados con términos tales como «pubescente» e «infantilismo»-, lo que los lectores apreciativos han sacado de la obra o han visto en ella ha sido bastante favorable, aun cuando no esté de acuerdo con ello. Exceptuando siempre, por supuesto, toda interpretación que suponga una simple alegoría: es decir, lo particular y lo tópico. En un sentido más amplio, supongo, es imposible escribir una «historia» que no sea alegórica en la proporción en que «cobre vida», pues cada uno de nosotros es una alegoría, encarnada en un cuento particular e investida con las ropas del tiempo y el lugar, verdad universal y vida perdurable. De cualquier modo, la mayor parte de la gente que ha disfrutado de El Señor de los Anillos ha sido afectada primordialmente por ella como historia estimulante, y así fue como se la escribió. Aunque, por supuesto, no puede eludirse la pregunta formulada desde la puerta trasera: «¿De qué se trata?». Eso sería como responder a una pregunta estética hablando de un aspecto técnico. Supongo que si en un momento dado se hace una buena elección en lo que a una «buena narración» (o «buen teatro») respecta, se comprobará que el acontecimiento descrito es el más «significativo».

Para volver, si puedo, a los «Toques humanos» y a la cuestión del momento en que comencé: esto es más bien como preguntarle al Hombre cuándo comenzó el lenguaje. Fue la evolución inevitable aunque condicionada de un dar a luz. Esto ha sido siempre algo mío: la sensibilidad a la estructura lingüística, que me afecta emocionalmente tanto como el color y la música; el apasionado amor por las cosas que crecen, y una profunda respuesta a las leyendas (por falta de una palabra mejor) que tienen lo que llamaría el temperamento y la temperatura noroccidentales. De cualquier modo, si se quiere escribir un cuento de esta clase, uno debe consultar con las propias raíces, y un hombre del Noroeste del Viejo Mundo pondrá su corazón y la acción de su cuento en el mundo imaginario de ese aire y esa situación: el Mar Incesante de sus innumerables antepasados en el Oeste, y las tierras infinitas (de las que proviene la mayor parte de sus enemigos) en el Este. Aunque además puede que su corazón recuerde, por más que haya sido despojado de toda tradición oral, el rumor a lo largo de todas las costas acerca de los Hombres Venidos del Mar.

Digo esto sobre el «corazón» porque tengo lo que algunos podrían llamar un complejo de Atlántida. Posiblemente heredado, aunque mis padres murieron demasiado jóvenes como para que sepa tales cosas sobre ellos, y demasiado jóvenes como para que me las transmitieran oralmente. Heredado de mí (supongo) por sólo uno de mis hijos, [49] aunque no lo supe hasta recientemente, y él no sabía que yo lo tuviera. Me refiero al terrible sueño recurrente (que empieza con la memoria) de la Gran Ola, levantada como una torre, que avanza ineluctable por sobre los árboles y los campos verdes. (Se lo he legado a Faramir.) No creo que lo haya tenido desde que escribí la «Caída de Númenor», última de las leyendas de la Primera y la Segunda Edades.

Soy, por sangre, de las Tierras Medias del Oeste (y escogí como lengua el inglés medio de las Tierras Medias del Oeste desde que le puse los ojos encima), pero quizás un hecho de mi historia personal pueda explicar en parte por qué el «aire noroccidental» me atrae tanto a la vez como «patria» y como descubrimiento. Nací en realidad en Bloemfontein, y, por tanto, esas impresiones profundamente implantadas que subyacen a los recuerdos todavía visualmente disponibles de la primera infancia, son las de un cálido campo reseco. Mi primer recuerdo de Navidad esta constituido por un sol enceguecedor, cortinas corridas y un eucalipto desmayado de calor.

Me temo que esto se esté convirtiendo en una lata espantosa y me extienda demasiado, más de lo que se merece «esta despreciable persona delante de usted». Pero es difícil detenerse una vez empezado un tema tan absorbente para uno mismo como es uno mismo. En cuanto al condicionamiento: soy plenamente consciente del condicionamiento lingüístico. Asistí a la King Edward's School y me pasé allí la mayor parte del tiempo aprendiendo latín y griego; pero también aprendí inglés. ¡No literatura inglesa! Excepto Shakespeare (que me disgustó cordialmente), los principales contactos con la poesía se produjeron cuando fue preciso traducirla al latín. No una mala introducción, aunque un tanto caprichosa. Quiero decir algo de la lengua inglesa y su historia. Aprendí anglosajón en la escuela (también gótico, pero ése fue un accidente del todo desconectado del curriculum, aunque decisivo; descubrí en él no sólo la filología histórica moderna, atrayente desde el punto de vista histórico y científico, sino, por primera vez, el estudio de una lengua por mero amor: quiero decir, por el intenso placer estético derivado de una lengua por sí misma, no sólo despojada de su utilidad sino del hecho de ser el «vehículo de una literatura»).

Hay dos o tres hebras. La fascinación que tenían para mí los nombres galeses, aun cuando los viera sólo en camiones cargados de carbón, incluso desde pequeño es una de ellas; sin embargo, cuando pedía información, la gente sólo me daba libros incomprensibles para un niño. No aprendí nada de galés hasta que fui un estudiante ya mayor, y encontré en él un constante deleite, tanto lingüístico como estético. El español es otra: mi tutor era en parte español, y yo, a comienzos de mi adolescencia, cogía sus libros e intentaba aprender esa única lengua romance que me procura el placer particular del que hablo: no es exactamente lo mismo que la mera percepción de la belleza; siento la belleza, por ejemplo, del italiano o, por lo demás, del inglés moderno (que está muy lejos de mi gusto personal); se parece más bien al apetito que se siente por un alimento necesario. Después del gótico, lo más importante fue el descubrimiento en la biblioteca del Exeter College de una gramática finlandesa. Fue como el descubrimiento de una entera bodega llena del vino más asombroso, de una especie y un sabor nunca degustados antes. Me intoxicó por completo; y abandoné el intento de inventar una lengua germánica «no registrada», y mi «propia lengua» -o series de lenguas inventadas- se volvió densamente finlandesa, tanto en su estructura como en su fonética.

Eso, por supuesto, hace mucho que ha pasado. El gusto lingüístico cambia como todo lo demás con el avance del tiempo, u oscila entre polos. El centro lo ocupan ahora el latín y el tipo británico de celta, con el hermosamente coordinado y estructurado (si bien de modo sencillo) anglosajón en las cercanías, y algo más alejado el antiguo noruego junto con el vecino, aunque no emparentado, finlandés. ¿No podría decirse romano-británico? Con una fuerte y más reciente infusión de Escandinavia y el Báltico. Bien, me atrevería a decir que semejantes gustos lingüísticos, con la debida concesión a la pátina escolar, constituyen una prueba tan buena o aún mejor de los propios ancestros que los grupos sanguíneos.

Todo esto como marco de las historias, aunque las lenguas y los nombres no pueden para mí separarse de ningún modo de ellas. Son y fueron, por así decir, un intento de procurar un marco o un mundo en el que mis expresiones de gusto lingüístico pudieran tener una función. Comparativamente, las historias llegaron de forma más tardía.

Intenté escribir un cuento por primera vez poco más o menos a los siete años. Era sobre un dragón. No recuerdo nada de él, salvo un hecho filológico. Mi madre no dijo nada del dragón, pero señaló que no era posible decir «un verde dragón grande», sino «un gran dragón verde». Me pregunté por qué, y me lo pregunto todavía. El hecho de que recuerde esto es posiblemente significativo, pues no creo haber intentado escribir otro cuento durante muchos años, y emprendí el estudio del lenguaje.

Mencioné el finlandés porque ésa fue la lengua que disparó el cohete en la historia. Algo en el aire del Kalevala me atrajo inmensamente, aun en la pobre traducción de Kirby. Nunca aprendí el finlandés lo suficientemente bien como para hacer otra cosa que avanzar penosamente por el original, como un escolar hace con Ovidio; me atrajo sobre todo el efecto que tuvo en «mi lengua». Pero el comienzo del legendarium, del que la Trilogía forma parte (la conclusión), fue un intento de reorganizar un fragmento del Kalevala, especialmente el cuento de Kullervo el desdichado, según una forma propia. Eso comenzó, como dije, en el período lectivo, casi desastroso, pues mi afán casi me sacó de quicio. Digamos de 1912 a 1913. Tal como prosiguió la cosa, me puse a escribir en verso. Aunque la primera verdadera historia de este mundo imaginario casi plenamente formado, tal como existe ahora, fue escrita en prosa durante un permiso por enfermedad a fines de 1916: La Caída de Gondolin, que tuve el descaro de leer en el Exeter College Essay Club en 1918. [50] Escribí mucho más en los hospitales antes del final de la Primera Gran Guerra.

Proseguí después del regreso, pero cuando intenté que este material se publicara, no tuve buen éxito. El Hobbit, en un principio, no tenía conexión alguna, aunque inevitablemente quedó incluido en la circunferencia de una construcción más amplia, y hasta llegó a modificarla. Por desgracia, en la medida en que yo fui consciente de ello, estuvo concebido como «historia para niños», y como no había adquirido todavía el tino suficiente y mis hijos no eran lo bastante grandes para corregirme, tiene en parte la tontería del estilo que me contagié impensadamente de la clase de material del que me serví, como Chaucer puede contagiarse del cliché de la trova. Lo lamento de veras. También lo lamentan los niños inteligentes.

Todo lo que recuerdo del comienzo de El Hobbit es estar sentado corrigiendo ensayos de promoción en el imperecedero cansancio de la tarea anual que se nos impone sin paga en las academias. En una hoja en blanco garrapateé: «En un agujero en la tierra vivía un hobbit». No sabía y no sé por qué. Por largo tiempo no hice nada al respecto, y durante algunos años no fui más allá del trazado del Mapa de Thror. Pero se convirtió en El Hobbit a principios de la década de 1930, y finalmente se publicó no por causa del entusiasmo de mis propios hijos (aunque les gustó mucho), [51] sino porque se lo presté a la entonces reverenda madre de Cherwell Edge mientras padecía de gripe, y lo vio una ex estudiante que estaba por aquel tiempo en la oficina de Allen & Unwin. Según creo, se lo dieron a leer a Rayner Unwin; si, una vez crecido, no hubiera sido por él, creo que la Trilogía no habría sido nunca publicada.

Como El Hobbit tuvo gran éxito, se solicitó una continuación; y las remotas Leyendas Élficas fueron rechazadas. El lector de un editor dijo que estaban demasiado atestadas con esa especie de belleza céltica que en grandes dosis enfurecía hasta la locura a los anglosajones. Es muy probable que tuviera razón. De cualquier modo, yo mismo percibía el valor de los Hobbits, pues ponían un terreno concreto bajo los pies de la «fantasía», procuraban sujetos para el «ennoblecimiento» y héroes más dignos de alabanza que los profesionales: nolo heroizari es, por supuesto, un tan buen comienzo para un héroe como lo es nolo episcopari para un obispo. No es que sea un «demócrata» en ninguna de sus acepciones corrientes; excepto, supongo, para hablar en términos literarios, en que todos somos iguales ante el Gran Autor, qui deposuit potentes de sede et exaltavit humiles. [52]

De todos modos, yo no estaba preparado para escribir una «continuación», en el sentido de otra historia para niños. Había estado pensando en los «Cuentos de Hadas» y su relación con los niños; incluí algunas de las conclusiones en una conferencia que pronuncié en St. Andrews, que finalmente amplié y publiqué en un Ensayo (entre los enumerados en la O.U.P. como Essays Presentad to Charles Williams y vilmente ahora fuera de imprenta). Como expresaba la idea de que la conexión trazada en la mente moderna entre niños y «cuentos de hadas» es falsa y accidental, y malogra los cuentos en sí mismos y también para los niños, quise intentar escribir una historia que no estuviera en absoluto dirigida a los niños (en cuanto a tales); quería también un amplio cañamazo.

Naturalmente, me encontré con que tenía que hacer un trabajo enorme, pues debía encontrar una vinculación con El Hobbit; pero aún más me costó el marco mitológico. También eso debía ser reescrito. El Señor de los Anillos es sólo la parte final de una obra casi el doble de voluminosa [53] en la que trabajé entre 1936 y 1953. (Quise publicarlo todo en orden cronológico, pero resultó imposible.) ¡Y era preciso prestar atención a las lenguas! Si hubiera considerado mi propio placer más que el estómago de una posible audiencia, habría habido muchos más elementos élficos en el libro. Pero aun los fragmentos existentes requerían, si habían de tener algún significado, dos gramáticas y fonologías organizadas y una enorme cantidad de palabras.

Sin consideración de nada más, habría sido una tarea ingente; pero he sido un administrador y maestro moderadamente consciente, y cambié mi cargo de profesor en 1945 (desechando todas mis viejas conferencias). Y, por supuesto, durante la guerra no hubo a menudo tiempo para nada racional. Me quedé atascado en el final del Libro Tercero durante siglos. El Libro Cuarto fue escrito como una serie que fui enviando a mi hijo, que prestaba sus servicios en África en 1944. Los dos últimos libros fueron escritos entre 1944 y 1948. Eso no significa, por supuesto, que la idea principal de la historia fuera un producto de guerra. Se llegó a ella en uno de los primeros capítulos que todavía sobreviven (Libro I, 2). Se la da en realidad y está presente en germen desde el comienzo, aunque no tenía noción consciente de lo que el Nigromante significaba (excepto como mal siempre recurrente) en El Hobbit, ni tampoco qué conexión pudiera tener con el Anillo. Pero si se quisiera proceder a partir del final de El Hobbit, creo que el anillo sería la elección inevitable como vínculo. Luego, si se quisiera una historia larga, el Anillo adquiriría de inmediato una letra mayúscula, e inmediatamente aparecería el Señor Oscuro. Como lo hizo, sin que nadie lo invitara, junto al hogar en Bolsón Cerrado tan pronto como llegué a ese punto. De modo que la Búsqueda esencial empezó en seguida. En el camino encontré muchas cosas que me asombraron. Ya conocía a Tom Bombadil; pero nunca había estado en Bree. Me impresionó ver a Trancos sentado en un rincón de la posada y no sabía más que Frodo acerca de él. Las Minas de Moria habían sido nada más que un nombre; y mis oídos mortales jamás habían escuchado hablar de Lothórien antes de llegar allí. Sabía que los Señores de los Caballos estaban muy lejos, en los confines de un antiguo Reino de los Hombres, pero el Bosque de Fangorn fue una aventura imprevista. Nunca había oído hablar de la Casa de Eorl ni de los Senescales de Gondor. Lo más inquietante de todo: es que nunca se me había revelado la existencia de Saruman, y me sentí tan desconcertado como Frodo cuando Gandalf no apareció el 22 de septiembre. No sabía nada de las Palantíri, aunque en el mismo instante en que la piedra de Orthanc fue arrojada desde la ventana, la reconocí y supe la significación del verso folklórico que me había estado rondando la cabeza: siete estrellas y siete piedras y un solo árbol blanco. Estos versos y nombres afloran, pero no siempre se explican. Todavía tengo todo por descubrir acerca de los gatos de la Reina Berúthiel. [54] Pero supe más o menos todo acerca de Gollum y su papel, y acerca de Sam, y sabía también que el camino estaba custodiado por una Araña. Y si esto tiene algo que ver con el hecho de haber sido picado por una tarántula cuando era un niño pequeño, [55] será bienvenida la gente que tenga alguna idea al respecto (suponiendo lo improbable, que alguien se interese por ello). Sólo puedo decir que no recuerdo nada de ello y nada sabría si no se me hubiera contado; y no me disgustan las arañas en particular, no siento la urgencia de matarlas. ¡Por lo común las rescato cuando las encuentro en la bañera!

Bueno, ahora me estoy volviendo verdaderamente gárrulo. Espero que no se haya aburrido de muerte. También espero volver a verlo en alguna ocasión. En ese caso, quizá podríamos hablar sobre usted y su obra y no sobre la mía. De cualquier modo, el interés que muestra en mi obra me sirve de gran aliento.

Con los mejores deseos, suyo,

2) Como vimos en la carta anterior, El Señor de los Anillos fue pensado, originalmente, como continuación de El Hobbit. Claramente, y durante su escritura, ese objetivo fue cambiando hasta transformarse en la obra central de Tolkien; con no pocas dificultades, de las que algo nos dice el Profesor en la siguiente carta.

 

Carta 109  A Sir Stanley Unwin

Tolkien comió con Unwin en Londres el 9 de julio, y convino en que Rayner Unwin [56] debería ver el Libro I de El Señor de los Anillos, del que había una copia mecanografiada «pasable». El 28 de julio, Tolkien recibió los comentarios de Rayner; éste escribía: «Las corrientes tortuosas y encontradas de los acontecimientos de este mundo dentro de un mundo casi lo abruman a uno .... La lucha entre la oscuridad y la luz (a veces uno sospecha que la historia se vuelve pura alegoría) es macabra y mucho más intensa que la del "Hobbit" .... Convertir el Anillo original en este nuevo y poderoso instrumento requiere algunas explicaciones, y a Gandalf le es difícil encontrar motivos para muchas de las acciones originales del Hobbit, pero la vinculación entre ambos libros está bien hecha en conjunto .... Honestamente, no sé quién se espera que vaya a leerlo... Si los adultos no consideraran degradante leerlo, muchos, sin duda, disfrutarían con él .... El corrector de pruebas tendrá que corregir varias omisiones del cambio de "Hamilcar" por "Belisarius"». A pesar de estas críticas y vacilaciones, Rayner consideró que el libro era «una historia brillante y cautivadora». El 31 de julio, Tolkien escribió la siguiente contestación, pero no la envió hasta el 21 de septiembre por razones dadas en la carta de esa fecha.

 

31 de julio de 1947                   Merton College, Oxford

Estimado Unwin:

Vuelvo a las observaciones de Rayner con agradecimiento para ambos. Lamento que se sintiera abrumado, y particularmente echo en falta toda referencia a la comedia, de la que el primer «libro», según lo imaginaba, estaba bien provisto. Puede que el tiro me haya salido errado. Por mi parte, no puedo soportar los libros o las piezas de teatro graciosos, me refiero a los que desde el principio pretenden ser cómicos; pero me parece que en la vida real, como aquí, es precisamente contra la oscuridad del mundo que surge la comedia, y resulta mejor cuando no se la esconde. Evidentemente, he logrado hacer el horror verdaderamente horrible, y eso es un gran consuelo; porque toda novela que considera con seriedad las cosas, debe tener un sesgo de miedo y horror si aun remota o representativamente ha de parecerse a la realidad y no resultar mero escapismo. Pero he fracasado si no parece posible que hobbits meramente mundanos puedan medirse con cosas semejantes. Creo que no hay horror concebible que esas criaturas no puedan superar mediante la gracia (que aparece aquí en formas mitológicas) combinada con el rechazo en última instancia del compromiso o el sometimiento por parte de su naturaleza y su razón.

Pero a pesar de esto, que Rayner no sospeche la intervención de la «Alegoría». Supongo que hay una «moral» en todo cuento digno de ser contado. Pero eso no es la misma cosa. Aun la lucha entre la oscuridad y la luz (como él la llama, no yo) es para mí sólo una fase particular de la historia, un ejemplo de su trama quizá, pero no La Trama; y los actores son individuos; cada uno de ellos, por supuesto, contiene universales, de lo contrario, no tendrían vida, pero no los representan en cuanto a tales.

Desde luego, la Alegoría y la Historia convergen, encontrándose en algún punto de la Verdad. De modo que la única alegoría perfectamente coherente es la vida real, y la única historia plenamente inteligible es una alegoría. Y uno comprueba, aun en la imperfecta «literatura» humana, que cuanto mejor y más coherente es una alegoría, tanto más fácilmente puede leerse «sólo como una historia»; y cuanto mejor y más estrechamente entretejida es una historia, más fácilmente pueden encontrar en ella una alegoría los que tengan propensión a hacerlo. Pero ambas cosas parten de extremos opuestos. Podéis convertir el Anillo en una alegoría de nuestro tiempo, si queréis: una alegoría del hado inevitable que aguarda a todos los intentos de derrotar el poder maligno mediante el poder. Pero eso es sólo consecuencia de que el poder, sea mágico o mecánico, tiene siempre ese mismo funcionamiento. No se puede escribir una historia acerca de un anillo mágico aparentemente simple sin que eso irrumpa, si de veras se toma el anillo con seriedad, y hacer que ocurran las cosas que ocurrirían si semejante cosa existiera.

Rayner, por supuesto, ha señalado una debilidad (inevitable): el encadenamiento. Me alegro de que piense que en general el encadenamiento está bien logrado. Es lo mejor que podría esperarse. Lo he hecho lo mejor posible, pues tenía que incluir hobbits (a los que amo), y aun debo tener un atisbo de Bilbo para celebrar viejos tiempos. Pero no me preocupa el descubrimiento de que el anillo era más serio de lo que aparecía en un principio; ése es sólo un modo de salida entre todos los posibles. Tampoco necesitan explicación las acciones de Bilbo, me parece. La debilidad es Gollum, y el hecho de que ofrezca el anillo como regalo. Sin embargo, Gollum se vuelve más tarde un personaje importante, y no dependo de Gandalf para que su psicología se vuelva inteligible. Espero que resulte evidente y que finalmente Gandalf se revele como alguien más perceptivo que apremiado. Con todo, debo tenerlo en cuenta cuando revise el capítulo II para entregarlo a la imprenta; de cualquier modo, tengo intención de acortarlo. La manera adecuada de salvar la dificultad sería remodelar un tanto el capítulo V de la primera historia. Ésta no es una solución práctica; aunque, por cierto, espero dejarlo todo revisado y en su forma definitiva tras de mí, de modo que la humanidad pueda luego arrojarlo al cesto de los papeles. Todos los libros van a parar allí al final, en este mundo al menos.

En cuanto a ¿quién ha de leerlo? El mundo parece dividirse más y más en facciones impenetrables, Morlocks y Eloi, y otros más. Pero aquellos a quienes les agrada esta especie de material, gustan mucho de él, y nunca tienen lo bastante de él como para que su hambre se apacigüe. Puede que el gusto sea (¡ay!) numéricamente limitado, aun cuando, como lo sospecho, esté creciendo, y necesite materia prima para un crecimiento aún mayor. Pero allí donde existe, el gusto no está limitado por la edad o la profesión (aunque se excluyan los enteramente consagrados a las máquinas). La audiencia que ha seguido hasta ahora El Anillo capítulo a capítulo y lo ha releído y clama por su continuación, contiene alguna gente dispar de gustos literarios similares: tales como C.S. Lewis, el finado Charles Williams y mi hijo Christopher; probablemente constituyen una minoría muy reducida y apenas correspondida. Pero ha incluido a otros: un abogado, un médico (profesionalmente interesado en el cáncer), un oficial del ejército ya mayor, una maestra de escuela elemental, un artista y un granjero. [57] Lo cual constituye una muestra bastante amplia, aun cuando se excluya a la gente de profesión literaria cuyos propios intereses parecerían estar muy apartados de dicho material, como David Cecil, por ejemplo.

De cualquier modo, el corrector de pruebas, si alguna vez llega el libro a esa etapa, tendrá, espero, muy poco que hacer. Estaba abrumado bajo el peso de otras tareas y no tuve tiempo de revisar los capítulos que envié. En unos pocos casos debe de haberse garrapateado «Belisario» como sugerencia sobre el nombre Hamilcar. [58] Lo que se decida importa poco, aunque el cambio tenía un propósito; pero, de cualquier modo, espero que el muy detestable descuido de no mantener constante ni siquiera el nombre de un personaje secundario no desfigurará la forma final. Otra cosa: es inevitable que se presuponga el conocimiento del libro anterior; pero hay en existencia un Prefacio o capítulo introductor, «De los Hobbits». Se da en él la esencia del Capítulo V, «Acertijos en las tinieblas», y procura la información contenida en las dos primeras páginas aproximadamente del otro libro, además de explicar muchos puntos sobre los que quieran enterarse los «fans», tales como el tabaco y las referencias a la policía y al rey, [59] y la aparición de casas en la ilustración de Hobbiton. El Hobbit, después de todo, no resultó tan simple como parecía, y fue arrancado más bien al azar de un mundo en el cual ya existía y que no fue inventado luego para hacer una continuación. La única libertad, si así puede llamarse, es haber hecho del Anillo de Bilbo el Único Anillo: todos los anillos tenían la misma fuente, aun antes de que pusiera su mano sobre él en la oscuridad. Los horrores estaban ya allí acechando, [60] y Elrond vio que no podían evitarse por la acción de Concilio Blanco alguno.

 

3) Luego de muchas discrepancias con el Editor, Tolkien aceptó publicar ESDLA como una obra separada del Silmarillion y en tres volúmenes. [61] Las tres cartas que siguen se refieren entre otras cosas a los títulos de cada uno de los volúmenes.

 

 

Carta 136  A Rayner Unwin

Allen & Unwin decidieron publicar El Señor de los Anillos en tres volúmenes al precio de veintiún chelines cada uno. El contrato de Tolkien estipulaba que el manuscrito del libro debía entregarse, listo para la imprenta, el 25 de marzo de 1953. Los editores le habían pedido que escribiera una descripción del libro con fines publicitarios, de no más de un centenar de palabras.

 

24 de marzo de 1953                99 Holywell, Oxford

Querido Rayner:

He tenido intención por algún tiempo de escribirte, a medida que el 25 de marzo, «día del contrato», iba acercándose inexorable, y me encontraba todavía enredado en las múltiples dificultades que tuve desde el momento mismo de firmar. Y heme aquí ya en la víspera.

Brevemente, lo que me ha ocurrido es el empeoramiento de la salud de mi esposa, que me ha sumido en diversas aflicciones desde noviembre. Ante el ultimátum del médico, me vi obligado a dedicar la mayor parte del tiempo que me dejaban libre mis deberes al encuentro de una casa y la negociación de su adquisición en un terreno elevado, seco y tranquilo. En realidad, estoy ahora en «articulo mortis» o casi lo parece: de hecho debo mudarme de casa. Nada podría ser más desastroso. Además, la mala voluntad de Mordor decretó que yo mismo perdiera por enfermedad la mayor parte de las vitales Vacaciones de Navidad. No hubo ninguna grieta en la armadura del último período escolar; y estoy ahora todavía ocupado como presidente en el control de la distribución de honores entre los ensayos de Inglés para junio, y estoy por añadidura una semana atrasado.

Me temo que debo pedir tu indulgencia en relación con la fecha. Pero veo alguna esperanza en tu carta, pues parece que los 2 primeros libros bastarían para mantener rodando el balón. Prácticamente terminé una revisión detallada de ellos antes de que el desastre me alcanzara y puedo entregártelos a fin de mes.

¿Sería útil que te mandara ahora inmediatamente el primer libro (el más largo de todos), que está del todo listo, acompañado de una copia adicional corregida? Si me diriges un telegrama o me hablas por teléfono, mañana podría enviarte el Libro I.

Lamento resultar una molestia; pero puedes suponer qué doloroso es para mí que un trabajo placentero se haya transformado en una pesadilla por habérseme acumulado en 1953 tantos deberes y dificultades.

Entre el 23 de abril y el 17 de junio espero disponer de tiempo suficiente para poner el grueso de los últimos libros (que exigen escasa revisión) en orden, para no detener las cosas una vez puestas en marcha. Pero desde el 17 de junio al 27 de julio entraré en un túnel de exámenes que me exigirán 12 horas de trabajo por día. Después de eso, levantaré la maltrecha cabeza, espero. De cualquier modo, renunciaré a los Exámenes; pero este año, no puedo escapar de ellos.

Si me das alguna sugerencia acerca de lo que requiere tu departamento de publicidad, sería una gran ayuda para mi maltrecho ingenio. ¿Cómo puedo describir el libro claramente y poner de relieve su interés especial en un centenar de palabras ? Quizá podría contar con la ayuda de alguien que lo haya leído, como C.S.L. ....

Siempre tuyo,

J.R.R. Tolkien.

P.D.: He pensado un tanto en la cuestión de los subtítulos de los volúmenes, que tú considerabas deseables. Pero no me resulta fácil, pues los «libros», aunque deben agruparse en pares, no están apareados realmente; y el par del medio (III/IV) no está siquiera relacionado.

¿No valdría que se utilizaran los «títulos de los libros», por ejemplo: El Señor de los Anillos: Vol. I El Anillo se pone en camino y El Anillo va al Sur, Vol. II La traición de Isengard y El Anillo va al Este; Vol. III La Guerra del Anillo y El final de la Tercera Edad? [62]

Si no, por el momento no se me ocurre nada mejor que: I Crece la Sombra II El Anillo en la Sombra III La Guerra del Anillo o El retorno del Rey.

JRRT.

 

Carta 139 a Rayner Unwin

8 de agosto de 1953

Rayner Unwin dijo a Tolkien que sería deseable que cada uno de los volúmenes de El Señor de los Anillos tuviera un título por separado, y refirió a Tolkien a su propia carta del 24 de marzo, en la que hacía sugerencias de subtítulos para las diversas partes.

 

Escribí de prisa en primavera y no hice una copia de mi carta del 24 de marzo. Si pudiera recuperarla o tener una copia de ella, me sería útil. No soy partidario, sin embargo, de contar con títulos independientes para cada uno de los volúmenes, sin tener un título general. El Señor de los Anillos es un buen título general, creo, pero no es aplicable especial­mente al Volumen I; a decir verdad, es probable que sea el volumen al que menos se adecua. Excepto posiblemente por motivos de costo, no veo objeción para:

El Señor de  los  Anillos.  I        El retorno de la Sombra.

 "       "        "                 II      La Sombra se alarga.

 "       "        "                 III    El retorno del Rey.

Por cierto, sólo por la utilización de un único título general puede evi­tarse la confusión de la que hablas.

No estoy desposado con ninguno de los subtítulos sugeridos, y me gustaría que se pudieran evitar. Porque es verdaderamente imposible inventarlos de modo que correspondan al contenido; pues la división en dos «libros» por volumen es puramente una cuestión de conveniencia respecto de la longitud y no guarda relación alguna con el ritmo o la or­denación de la narración ....

 

Carta 140  De una carta a Rayner Unwin

 

17 de agosto de 1953

Esta carta, dactilografiada en rojo, le fue enviada a Rayner inmediatamente después de que éste hubiera visitado a Tolkien.

 

Has sido muy amable en venir a verme y aclarar las cosas. Sólo después de acompañarte hasta el autobús me di cuenta de que finalmente no bebiste ni una cerveza, ni siquiera nada fresco. Lo siento. Mi comportamiento, me temo, ha estado muy por debajo del nivel del de los hobbits. Sugiero ahora como títulos de los volúmenes, bajo el título general de El Señor de los Anillos: Vol. I La Comunidad del Anillo. Vol. II Las Dos Torres. Vol. III La Guerra del Anillo (o, si lo prefieres todavía: El retorno del Rey).

La Comunidad del Anillo servirá, me parece; y se adecua bien al hecho de que el último capítulo del Volumen es La disolución de la Comunidad. Las dos torres se acerca tanto como es posible a encontrar un título que cubra Libros tan divergentes como el 3 y el 4; y puede quedar en la ambigüedad, pues podría referirse a Isengard y Barad-dür o a Minas Tirith y B; o Isengard y Cirith Ungol. [63] Pensándolo bien, prefiero para el Vol. III La Guerra del Anillo, pues otra vez se lo incluye; y también es menos comprometido y no sugiere tan directamente el giro de la historia: los títulos de los capítulos han sido también escogidos para decir lo menos posible de antemano. Pero no insisto en mi elección.

Reconsiderando nuestra conversación: Dudo de que las letras rojas sean ahora lo bastante importantes para las letras de fuego del Anillo en el Libro I, cap. 2 (Galerada 15), como para que valga la pena el gasto de la alteración. Creo que no estaría mal que la última página rúnica del Libro de Mazarbul (Libro II, cap. 5) se reprodujera como frontispicio (?). La última página porque, aunque no tan bien forjada, se relaciona estrechamente con la narración concreta.

El 1 de septiembre llevaré personalmente la Copia para el Vol. II. Ya parece estar bastante bien ordenada. Vuelvo ahora a la consideración de los Mapas... y del Prefacio.

 

 

En las Cartas que siguen, Tolkien nos brinda mucha información sobre El Señor de los Anillos; puesto que luego de la publicación, muchos lectores atiborraron la correspondencia del profesor con preguntas sobre la Obra. Para una mejor lectura y comprensión, he puesto un subtítulo por cada tema en particular. Es importante, también, prestar atención a las notas al pie de página, puesto que allí se amplía mas la información.

 

4) Los Elfos, Tom Bombadil, Ella-laraña y las Ents mujeres

 

Carta 144  A Naomi Mitchison

25 de abril de 1954                  76 Sandfield Road, Headington, Oxford

 

Sobre los Elfos, sus linajes y sus orígenes

 

“«Elfos» es una traducción quizá no muy adecuada, pero originalmente lo bastante satisfactoria, de Quendi. Se los representa como una raza de apariencia similar (y más todavía remontándose en el tiempo) a la de los Hombres, y en días tempranos de la misma estatura. ¡No entraré aquí a señalar sus diferencias de los Hombres! Pero supongo que los Quendi de estas historias se emparentan en realidad muy poco con los Elfos y las Hadas de Europa; y si se me apremia a racionalizar, diría que representan en realidad a los Hombres con facultades estéticas y creativas muy realzadas, mayor belleza y nobleza, y una vida más larga: los Hijos Mayores destinados a desvanecerse ante los Seguidores (Hombres) y a vivir en última instancia por la delgada línea de su sangre que se mezcló con la de los Hombres, entre los cuales constituía la única pretensión legítima a la «nobleza».

Se los representa como si se hubieran dividido tempranamente en dos o tres variedades, i. Los Eldar, que escucharon la convocatoria de los Valar o los Poderes para que desde la Tierra Media fueran por Mar al Oeste; y 2, los Elfos Menores, que no la escucharon. La mayoría de los Eldar, al cabo de una gran marcha, llegaron a las Costas Occidentales y cruzaron el Mar; éstos fueron los Altos Elfos, cuyo poder y conocimiento se incrementaron inmensamente. Pero en esa ocasión parte de ellos permaneció en las tierras costeras del Noroeste: éstos fueron los Sindar o Elfos Grises. Los Elfos Menores apenas aparecen, excepto como parte del pueblo del Reino de los Elfos, del Bosque Negro norteño y de Lorien, regidos por los Eldar; sus lenguas no aparecen.

Los Altos Elfos con los que nos topamos en este libro son los Exiliados, que regresaron por Mar a la Tierra media después de ciertos acontecimientos que son el motivo principal del Silmarillion; proceden de una de las principales tribus de los Eldar: los Noldor (Maestros de la Ciencia). O, más bien, sus últimos restos. Porque el Silmarillion propiamente dicho y la Primera Edad terminaron con la destrucción del Poder Oscuro primordial (del que Sauron era un mero teniente) y la rehabilitación de los Exiliados, que volvieron otra vez por Mar. Los que se demoraron fueron los que se enamoraron de la Tierra Media, aun cuando desearan la belleza inalterable de la Tierra de los Valar. De ahí la fabricación de los Anillos, porque los Tres Anillos estaban precisamente dotados con el poder de la preservación, no con el de dar nacimiento Aunque inmaculados, pues no estaban hechos por Sauron ni habían sido tocados por él, eran, no obstante, parcialmente producto de la instrucción que él impartió, y, en última instancia, estaban bajo el control del Único. Así, como ya lo verá, cuando el Único desaparece, los últimos defensores de la ciencia y la belleza de los Altos Elfos quedan privados del poder de retener el tiempo, y parten...”

 

La función de Tom Bombadil en ESDLA:

 

Tom Bombadil no es una persona importante, al menos en relación con la narración. Supongo que tiene cierta importancia como «comentario». Quiero decir, no es así como yo escribo realmente: es sólo una invención (que apareció por primera vez en la Oxford Magazine en 1933 aproximadamente) y representa algo que yo siento importante, aunque no estaría preparado para analizar ese sentimiento con precisión. Sin embargo, no lo habría incluido si no tuviera alguna especie de función. Podría enunciarlo de este modo: La historia se constituye en términos de un aspecto bueno y otro malo, la belleza contra una implacable fealdad, la tiranía en contra del reinado, la libertad moderada con consentimiento contra la compulsión que hace ya mucho ha perdido todo otro motivo que el mero poder, y así sucesivamente; pero ambos aspectos, conservador o destructivo, requieren, en cierto grado, algo de control. Sin embargo, si usted ha renunciado al control, como quien hace «un voto de pobreza», y se deleita en las cosas por sí mismas sin ninguna referencia a su propia persona, contemplando, observando, y hasta cierto punto conociendo, entonces la cuestión de lo bueno y lo malo del poder y del control carecería para usted de toda significación, y los mecanismos del poder le serían completamente inservibles. Éste es un punto de vista pacifista natural que siempre surge cuando se produce una guerra. Pero el punto de vista de Rivendel parece ser que es excelente haber representado, pero que de hecho hay cosas con las que no puede medirse, y de las que depende no obstante su existencia. En última instancia, sólo la victoria del Oeste permitirá que Bombadil continúe y aun que sobreviva. Nada había para él en el mundo de Sauron.

 

El destino de las Ents mujeres

 

No tiene ninguna conexión en mi mente con las Ents-mujeres. Lo que les haya ocurrido a ellas no se resuelve en este libro. Él es en cierto modo la respuesta que obtienen en el sentido de que es casi lo opuesto; es, por así decir, la Botánica y la Zoología (como ciencias) y la Poesía en cuanto opuestas a la Ganadería, la Agricultura y el pragmatismo.

Creo que, de hecho, las Ents-mujeres desaparecieron para siempre, destruidas junto con sus jardines en la Guerra de la Última Alianza (Segunda Edad, 3429-3441), cuando Sauron adoptó una política de tierra arrasada y quemó sus campos para impedir el avance de los Aliados corriente abajo por el Anduin (vol. II, pág. 99, se refiere al hecho). [64] Sobrevivieron sólo en la «agricultura» transmitida a los Hombres (y a los Hobbits). Puede que algunas, por supuesto, hayan huido hacia el este o aun que se hayan convertido en esclavas: en tales cuentos, incluso los tiranos deben tener un marco económico y agrícola para sus soldados y obreros del metal. Si algunas sobrevivieron así, por cierto habrían quedado separadas de los Ents, y cualquier contacto entre ellos habría resultado difícil, a no ser que la experiencia de la agricultura industrializada y militarizada las hubiera vuelto más anárquicas. Así lo espero. No lo sé...

 

El Balrog de Moria y Ella-Laraña:

 

El Balrog es un sobreviviente del Silmarillion y las leyendas de la Primera Edad. También lo es Ella-Laraña. Los Balrogs, cuyas armas principales eran los látigos, eran espíritus primordiales del fuego destructor, importantes servidores del Poder Oscuro primordial de la Primera Edad. Supuestamente, habían sido todos destruidos con el derrumbe de Thangorodrim, su fortaleza en el Norte. Pero se comprueba aquí (hay siempre una especie de resaca, especialmente dejada por el mal, desde una edad a la otra) que uno de ellos había escapado y se había refugiado bajo las montañas de Hithaeglin (las Montañas Nubladas). Puede observarse que sólo los Elfos saben lo que es la criatura... e indudablemente Gandalf.

Shelob (forma inglesa que representa el L.C., «she-lob», araña de sexo femenino) es una traducción del élfico Ungol, «araña». Se la representa en el vol. II como descendiente de las arañas gigantes de las hoyas de Nandungorthin, que intervienen en las leyendas de la Primera Edad, especialmente en las principales, como el cuento de Beren y Lúthien. Hay constante referencia a esto, pues, como lo señala Sam (vol. II, pág. 444-446), [65] esta historia es en cierto sentido una continuación. Elrond y su hija Arwen Undómiel, que se parece mucho a Lúthien tanto en aspecto como en destino, son descendientes de Beren y Lúthien; y también lo es Aragorn, con varios intervalos de parentesco. Las mismas arañas gigantes eran sólo vástagos de Ungoliante, la primitiva devoradora de la luz, que en forma de araña fue asistente del Poder Oscuro, aunque se peleó luego con él. No hay, pues, alianza entre Shelob y Sauron, el representante del Poder Oscuro; sólo un odio común.

Galadriel tiene la misma edad, o más todavía, que Shelob. Es la última de los Grandes entre los Altos Elfos, y «despertó» en Eldamar, más allá del Mar, mucho antes que Ungoliant llegara a la Tierra Media y diera allí origen a sus vástagos ....”

 

 

5) Dos cartas, la última, un borrador no enviado; que plantean cuestiones centrales en ESDLA. En la primera, la historia de la Tierra Media vista como el proceso de la Caída del mundo mítico. En la segunda la Concepción de Tolkien sobre la “Magia”

 

Carta 154  A Naomi Mitchison

 

25 de septiembre de 1954         76 Sandfield Road, Headington, Oxford

Estimada señora Mitchison:

Obligaciones, problemas, enfermedades y viajes me han hecho la vida imposible, de lo contrario le habría escrito mucho antes, especialmente después de su amable carta del mes pasado, temporalmente ex­traviada entre un cúmulo de exámenes, galeradas y no sé qué más, des­pués de leer hasta el final El Señor & c.

 

La Economía en la Tercera Edad

 

Ha sido muy amable y alentadora, y su generosa y perspicaz crítica me pone en deuda con usted. El suyo es el único comentario que yo haya visto que, además de tratar el libro como «literatura», cuando me­nos en intención, y aun tomándolo seriamente (y, de acuerdo con ello, elogiándolo o ridiculizándolo), también ve en él la forma elaborada del juego de inventar un país, un país infinito, porque aun un comité de es­pecialistas en diversas ramas no podría completar el cuadro general. Soy más consciente de mi insuficiencia en arqueología y realien [66] que en eco­nomía: ropas, instrumentos agrícolas, metalistería, cerámica, arquitec­tura, etcétera. Para no mencionar la música y sus instrumentos. No soy incapaz ni inconsciente del pensamiento económico; y creo que en lo que a los «mortales» respecta, Hombres, Hobbits y Enanos, las situa­ciones están concebidas de modo tal que la probabilidad económica está presente y podría ser elaborada: Gondor tiene suficientes «tierras urba­nizadas» y feudos con agua potable y redes camineras para abastecer a su población; y evidentemente tiene muchas industrias, aunque la re­ferencia a éstas no resulte adecuada. La Comarca está situada en un emplazamiento regado y montañoso y a una distancia del mar y a una latitud que le darían una fertilidad natural, del todo aparte del hecho enunciado de que era una región bien cuidada cuando la ocuparon (sin duda, con abundantes artes y artesanías más antiguas). Los Hobbits de la Comarca no tienen una gran necesidad de metales, pero sí los Enanos, y en el este de las Montañas de Lune se encuentran algunas de sus minas (como se muestra en las leyendas anteriores): sin duda, la razón, o una de ellas, de que crucen con frecuencia la Comarca. Parte de los elemen­tos modernos que utilizan (pienso especialmente en los paraguas) son probablemente, sin la menor duda, me parece, un error, del mismo or­den que sus tontos nombres y sólo tolerable como «anglificación» deli­berada para señalar el contraste entre ellos y otros pueblos en los térmi­nos más familiares. No creo que gente de esa especie y en esa etapa de vida y desarrollo pueda ser a la vez pacífica y muy brava y esforzada de ser necesario. [67] La experiencia de dos guerras ha confirmado esta opinión. Pero los hobbits no constituyen una visión utópica ni son re­comendados como ideal en su propia era ni en ninguna otra. Ellos, como todos los pueblos y sus situaciones, son un accidente histórico -como los Elfos se lo señalan a Frodo- pasajero a la larga. ¡No soy un reformista ni un «embalsamador»! No soy un «reformista» (por ejerci­cio del poder) pues parece condenado al sarumanismo. Pero el «embal­samamiento» tiene sus propios castigos.

 

¿El Bien y el Mal?

 

Algunos críticos han considerado simplista todo el asunto, sencilla­mente una lucha entre el Bien y el Mal, siendo todo el bien bueno y el mal malo. Perdonable, quizás (aunque por lo menos Boromir ha sido olvidado), en gente apresurada que sólo ha leído un fragmento y, por supuesto, sin tener a su disposición las historias élficas, escritas antes, aunque no publicadas. Pero los Elfos no son enteramente buenos ni tie­nen siempre razón. No tanto porque hayan flirteado con Sauron, como porque, con su ayuda o sin ella, fueron «embalsamadores». Querían es­tar repicando y en la procesión a la vez: vivir en la mortal Tierra Media histórica porque habían llegado a amarla (y quizá porque allí gozaban de las ventajas de una casta superior) y por tanto trataron de detener sus alteraciones y su historia, detener su desarrollo, mantenerla como un lugar placentero, incluso en gran parte un desierto, donde pudieran ser «artistas»: y los abrumaron la tristeza y la nostalgia. A su modo, los Hombres de Gondor fueron semejantes: un pueblo menguante cuyos únicos «objetos de veneración» eran sus tumbas. Pero, de cualquier modo, éste es un cuento acerca de una guerra, y si se permite la guerra (cuando menos como tema y escenario), no sirve de mucho quejarse de que todos los que están de un lado estén en contra del otro. No es ni siquiera que yo haya vuelto tan simple esta cuestión: están Saruman, y Denethor, y Boromir; y hay traiciones y lucha aun entre los Orcos.

 

La Historia de la Caída

 

En realidad, al imaginar esta historia, estamos viviendo ahora en una Tierra físicamente redonda. Pero el entero «legendarium» contiene la transición desde un mundo plano (o cuando menos una οΤκουμένη con límites a su alrededor) a un globo: una transición inevitable, supongo, a un moderno «hacedor de mitos» con una mente sometida a las mismas «apariencias» que la de los hombres antiguos, y en parte alimentado de sus mitos, pero que ha aprendido que la Tierra era redonda desde los años más remotos. Tan profunda fue la impresión que hizo en mí la «as­tronomía», que no creo que pudiera referirme a un mundo plano o con­cebirlo de ese modo imaginativamente, aunque una Tierra estática con un Sol que gira a su alrededor es más fácil (a la fantasía, si no a la razón).

El «mito» particular que está por detrás de este cuento y el ánimo tanto de los Hombres como de los Elfos en esta época es la Caída de : una variedad especial de la tradición de la Atlántida. Eso me parece a mí tan fundamental para la «historia mítica» -si tiene una especie de base en la historia real o no, con el debido respeto a Saurat y a otros, carece de pertinencia- que alguna versión de ella debe inter­venir.

He escrito una crónica de la Caída que quizá le interese. Pero la cuestión inmediata es que antes de la Caída había más allá del mar y las cos­tas occidentales de la Tierra Media un paraíso élfico terrenal, Eressëa, y Valinor, la tierra de los Valar (los Poderes, los Señores del Oeste), [68] si­tios a los que se podía llegar físicamente mediante la navegación ordina­ria, aunque los Mares eran peligrosos. Pero después de la rebelión de los Númenóreanos, los Reyes de los Hombres, que vivían en una tierra más occidental que ninguna otra de los mortales, y que finalmente, en la cúspide de su orgullo, intentaron ocupar Eressëa y Valinor por la fuer­za,  fue destruida y Eressëa y Valinor retiradas de la Tierra fí­sicamente accesible: el camino hacia el oeste estaba abierto, pero no conducía a sitio alguno salvo al punto de partida... para los mortales.

Elendil y sus hijos fueron los jefes de la pequeña partida de los «fie­les» que no tomaron parte en el intento de obtener el poder mundano y la inmortalidad por la fuerza, y se libraron de la anegación de Númenor y fueron transportados hacia el este en una gran tormenta y arrojados a las costas occidentales de la Tierra Media, donde establecieron sus rei­nos. Pero no había modo de regresar para ellos ni para ningún hombre mortal; de ahí su nostalgia.

Sin embargo, la promesa hecha a los Eldar (los Altos Elfos, no a otras variedades que habían asumido la decisión irrevocable de preferir la Tierra Media al paraíso) por el sufrimiento padecido en la lucha contra el Señor Oscuro primordial, tenía todavía que ser satisfecha: siempre podrían abandonar la Tierra Media si así lo deseaban e ir por el Mar al Verdadero Oeste, por el Camino Recto, y llegar así a Eressëa; pero de­bían abandonar el tiempo y la historia para nunca más volver. Los Medio-Elfos, como Elrond y Arwen, podían elegir cuál sería su destino: elegir una vez y para siempre. De ahí el dolor de la partida de Elrond y Arwen.

Pero en esta historia se supone que pueden haber ciertas excepciones raras (¿legítimamente supuestas?, siempre parece haber excepciones); y de este modo ciertos «mortales» que han desempeñado un gran papel en los asuntos de los Elfos, pueden ir con ellos al Hogar de los Elfos. Así, Frodo (por don expreso de Arwen) y Bilbo, y finalmente Sam (como fue presagiado por Frodo); y como única excepción, Gimli el Enano, por ser amigo de Lególas y «servidor» de Galadriel.

No he dicho nada de ello en este libro, pero la idea mítica que está por detrás es que para los mortales, puesto que su «especie» no puede nunca alterarse para siempre, ésta es estrictamente sólo una recompensa temporal: una curación y compensación de los males sufridos. No pue­den quedarse allí para siempre, y aunque no están en condiciones de volver a la tierra mortal, pueden y han de «morir» por libre voluntad y abandonar el mundo. (En este escenario, la vuelta de Arthur sería del todo imposible, un vano hecho imaginario.)

Lamento que a la Bahía de Hielo de Forochel no se le haya dado (hasta ahora) un papel significativo. Es sólo el término «élfico» con que se designa al Hielo Norteño, y es un mero resto de los fríos del Norte, el reino del Señor Oscuro primordial de las primeras Edades. Se dice, en verdad, que Arvedui, el último rey de Arnor, huyó hacia allí, desde donde trató de escapar en barco, pero que fue destruido por el hielo; y con él perecieron las últimas Palantiri del Reino del Norte.

Me temo que ésta es una carta ridículamente larga, y quizá presun­tuosa en su extensión, aunque su bondad e interés le sirven en cierto modo de excusa.

Poco después de su visita, tan agradable e inesperada, hice hacer una copia de la cronología de la Segunda Edad y de la Tercera para que pue­da usted leerla: del todo analítica e inmotivada. Si todavía le interesa, se la enviaré.

Lamenté comprobar, cuando me fue devuelta, que la andanada sobre «lenguas», etcétera, había sido enviada sin corregir y con montones de palabras y frases sin borrar, de modo que algunas partes apenas resulta­ban legibles.

Puede que le interese saber que ya parece ser necesaria una reimpresión de La Comunidad. Aunque supongo que la primera impresión no fue muy amplia.

Sinceramente suyo,

J.R.R. Tolkien.

 

 Carta 155  A Naomi Mitchison (borrador)

Un pasaje del borrador de la carta precedente que no se incluyó en la versión enviada.

 

La “magia”

 

Me temo haber sido demasiado fortuito acerca de la «magia» y, en espe­cial, acerca del empleo de la palabra; aunque Galadriel y otros muestran, mediante la crítica que hacen del empleo «mortal» de la palabra, que el pensamiento centrado en ella no es del todo fortuito. Pero ésta es una cuestión muy amplia y difícil; y una historia que, como usted tan acertadamente apunta, trata en amplia medida acerca de los motivos (elección, tentaciones, etcétera) y las intenciones de utilizar cualquier cosa que se encuentre en el mundo, difícilmente podría engrosarse con una disquisición pseudofilosófica. No tengo intención de empeñarme en el debate de si la «magia» es en sentido alguno real o realmente posible en el mundo. Pero supongo que, en lo que al cuento respecta, algunos di­rían que existe una distinción latente, como la que se llamó una vez la distinción entre magia, y goeteia. [69] Galadriel habla de los «engaños del Enemigo». Perfectamente, pero la magia podía ser considerada, era considerada, buena (per se), y la goeteia, mala. Ninguna es en este cuen­to buena o mala (per se), sino sólo por el motivo, el propósito o la utili­zación. Ambas partes emplean las dos, pero con diferentes motivos. El motivo malo por sobre todos (para este cuento, pues trata especialmen­te de ello) es el sometimiento de la «libre» voluntad de los demás. Las operaciones del Enemigo no son de ningún modo todas ilusiones goéticas, sino «magia» que produce efectos reales en el mundo físico. Pero utiliza su magia para aplastar tanto las cosas como a la gente, y la goeteia para aterrar y someter. Los Elfos y Gandalf utilizan su magia modera­damente: una magia que produce resultados reales (fuego en una gavilla húmeda) con propósitos benéficos específicos. Sus efectos goéticos son por entero artísticos y no tienen por fin engañar: nunca engañan a los Elfos (aunque pueden engañar o desconcertar a los Hombres despreve­nidos), porque la diferencia es para ellos tan clara como lo es para no­sotros la diferencia entre la ficción, la pintura o la escultura y la «vida».

Ambas partes viven principalmente por medios «ordinarios». El Enemigo o los que se han vuelto como él prefieren la «maquinaria» -con efectos destructivos y malignos- porque los «magos», que han lle­gado a interesarse sobre todo por la utilización de la magia para la ob­tención del propio poder, así lo hacen. El motivo básico de la magia -aparte de cualquier consideración filosófica acerca de su funciona­miento- es la inmediatez: la velocidad, la reducción del trabajo y tam­bién la reducción al mínimo (o punto de fuga) del hueco entre la idea o el deseo y el resultado o efecto. Pero puede que no sea tan fácil tener ac­ceso a la magia y, de cualquier modo, si se tiene dominio de la suficiente mano de obra esclavizada y maquinarias (a menudo la misma cosa disi­mulada), es posible con igual velocidad derribar montañas, arrasar bos­ques o levantar pirámides por tales medios. Por supuesto, interviene entonces otro factor, un factor moral o patológico: los tiranos pierden de vista los objetivos, se vuelven crueles y, por tanto, aplastan, lastiman y envilecen. Sin duda, sería posible defender el hecho de que el pobre Lotho introdujera maquinarias más eficaces, pero no el uso que hacen de ellas Zarquino y Arenas.

De cualquier modo, una diferencia en la utilización de la «magia» en esta historia es que no se tiene acceso a ella por conocimiento folklórico o hechizos, sino que es un poder inherente no poseído o accesible a los Hombres en cuanto tales. La «curación» por obra de Aragorn podría considerarse «mágica», o al menos una mezcla de magia con farmacolo­gía y procesos «hipnóticos». Pero (en teoría) es comunicada por hobbits que tienen muy escasas nociones de filosofía y ciencia; mientras que A. no es un «Hombre» puro, pues está lejanamente emparentado con los «hijos de Lúthien». [70]

 

6) En la carta a Robert Murray, amigo personal de Tolkien, se plantean otros dos temas de suma importancia, para comprender la profundidad del pensamiento del Profesor sobre las ideas subyacentes en la gran obra.  

 

 

Carta 156  A Robert Murray, S. J. (borrador)

Respuesta a nuevos comentarios sobre El Señor de los Anillos.

 

 

El “renacimiento” de Gandalf

 

4 de noviembre de 1954            76 Sandfield Road, Headington, Oxford

Mi querido Rob:

“(...) No, «Smeagol», por supuesto, no fue plenamente considerado en un principio, pero creo que el personaje estaba implícito, y sólo necesitaba atención. En cuanto a Gandalf: por cierto, no se trata de unirme a P.H. para dar voz a crítica alguna. Yo mismo podría ser mucho más destruc­tivo. Supongo que siempre hay defectos en toda obra de arte de largo alcance, y especialmente en las literarias que se fundan en un material anterior al que se le da nuevo aliento: ¡como Homero, el Beowulf, Vir­gilio o la tragedia griega o shakespeariana! En esa categoría, como cate­goría no competidora, se sitúa El Señor de los Anillos, aunque sólo se funda sobre el propio primer material del autor. Creo que el modo en que se presenta el retorno de Gandalf es un defecto, y otro crítico, tan fascinado como tú, utilizó, extrañamente, la misma expresión: «enga­ño». Eso es en parte consecuencia de las compulsiones siempre presentes de la técnica narrativa. Tiene que retornar en ese punto, y las expli­caciones de su supervivencia que se establecen de manera explícita de­ben darse allí; pero la narración urge y no puede demorarse para dar lugar a elaboradas exposiciones que impliquen el entero decorado «mi­tológico». Aun así, queda algo obstruida, aunque he cortado considera­blemente lo que G cuenta de sí. Quizá podría haber aclarado más las observaciones posteriores del Vol. II (y del Vol. III) que se refieren a Gandalf o son hechas por él, pero reduje deliberadamente todas las alu­siones a los asuntos de gran importancia a meras sugerencias, sólo per­ceptibles para los más atentos, o las mantuve como formas simbólicas sin explicación. Así, Dios y los dioses «angélicos», los Señores o los Po­deres del Oeste, sólo atisban en pasajes como la conversación que man­tiene Gandalf con Frodo: «algo más había en juego por detrás, por enci­ma de los designios del hacedor del Anillo»; o en la gracia númenóreana de Faramir en la cena.

Gandalf «murió» realmente y se transformó: pues eso me parece a mí el único engaño verdadero: representar algo que pueda llamarse «muer­te» como si nada se alterara. «Yo soy G. el Blanco, que ha vuelto de la muerte.» Probablemente, debió haberle dicho a Lengua de Serpiente: «No he pasado a través de la muerte (no "el fuego y la inundación") para intercambiar palabras torcidas con un sirviente». Y así sucesiva­mente. Podría decir mucho más, pero sólo sería para dilucidar (tediosa­mente quizás) ideas mitológicas que tengo en mente; no se desbarataría el hecho, me temo, de que el retorno de Gandalf, tal como se lo presenta en este libro, constituye un «defecto», un defecto del que tenía concien­cia; quizá no trabajé lo suficiente para corregirlo. Pero G., por supuesto, no es un ser humano (Hombre o Hobbit). No hay, claro está, nombres modernos precisos para decir lo que era. Yo aventuraría decir que era un «ángel» encarnado, estrictamente un Κγγελος: [71] es decir, junto con los otros Istari, magos, «los que saben», un emisario de los Señores del Oeste, enviado a la Tierra Media, cuando la gran crisis ocasionada por Sauron asomó por sobre el horizonte. Por «encarnados» quiero decir que estaban dotados de cuerpos físicos capaces de dolor y fatiga, que sus espíritus sufrían el temor físico y la «muerte», aunque, con el apoyo de un espíritu angélico, eran capaces de resistir largo tiempo y sólo lentamente padecían el cansancio de la preocupación y el trabajo.

Por qué adoptaron esa forma se vincula con la «mitología» de los Poderes «angélicos» del mundo de esta fábula. A esta altura de la fabulosa historia, el propósito era precisamente limitar y entorpecer su exhibición de «poder» en el plano físico y, por tanto, hacer aquello para lo cual fundamentalmente habían sido enviados: preparar, aconsejar, ins­truir, animar el corazón y la mente de los amenazados por Sauron, para oponerle resistencia con sus propias fuerzas, y no sencillamente hacerlo en su lugar. Así pues, se manifestaron como sabios «ancianos». Pero en esta «mitología» todos los poderes «angélicos» relacionados con este mundo eran capaces de múltiples grados de error y fracaso entre la ab­soluta rebelión satánica y el mal de Morgoth y su satélite Sauron, y la indolencia de algunos otros poderes superiores o «dioses». Los «ma­gos» no estaban exentos de ello; en verdad, como seres encarnados, eran más proclives a extraviarse o errar. Sólo Gandalf pasa plenamente las pruebas, en el plano moral al menos (comete errores de juicio). Porque en su condición era para él un sacrificio perecer en el Puente en defensa de sus compañeros, menos quizá que para un Hombre o un Hobbit mortal, pues él tenía un poder interior mucho más grande que el de ellos; pero también más, pues se humillaba abnegadamente de confor­midad con «las Reglas»: pues por lo que sabía en aquel momento, era la única persona que podía dirigir la resistencia contra Sauron con buen éxito, y toda su misión resultaba vana. Devolvía el mando a la Autori­dad que establecía las Reglas y abandonaba las esperanzas personales de triunfo.

Eso, diría yo, es lo que la Autoridad deseaba para neutralizar a Sau­ron. Los «magos», en cuanto tales, habían fracasado; o, si gustas: la cri­sis se había vuelto demasiado grave y estaba necesitada de un incremen­to de poder. De modo que Gandalf se sacrificó, fue aceptado, fue fortalecido y retornó. «Sí, ése era el nombre. Yo era Gandalf.» Por su­puesto, su personalidad e idiosincrasia siguen siendo las mismas, pero tanto su sabiduría como su poder son mucho mayores. Cuando habla, exige atención; el viejo Gandalf no podría haber tratado del mismo modo con Théoden ni con Saruman. Tiene todavía la obligación de ocultar su poder y de enseñar antes que forzar o dominar las volunta­des, pero donde los poderes físicos del Enemigo son demasiado para que la buena voluntad de los oponentes resulte eficaz, puede, en una emergencia, actuar como un «ángel», no más violentamente que la libe­ración de san Pedro de la prisión. Rara vez lo hace, operando más bien a través de los demás, pero en uno o dos casos en la Guerra (Vol. III) re­vela un súbito poder: en dos ocasiones rescata a Faramir. Sólo él queda para prohibir la entrada del Señor de Nazgûl a Minas Tirith, cuando la Ciudad ha sido arrasada y las Puertas destruidas; sin embargo, tan po­deroso es el reguero de resistencia humana que él mismo ha alentado y organizado, que, de hecho, no se produce guerra alguna: pasa a otras manos mortales. Al final, en el momento de partir para siempre, se re­sume así a sí mismo: «Fui el enemigo de Sauron». Podría haber añadido: «Con ese fin fui enviado a la Tierra Media». Pero de ese modo al final habría revelado más que al principio. Fue enviado por un mero plan prudente de los Valar o gobernadores angélicos, pero la Autoridad se ha hecho cargo de ese plan y lo ha ampliado en el momento de su fracaso. «Desnudo fui enviado de nuevo por un breve tiempo hasta que mi tarea estuviera cumplida.» ¿Enviado por quién y desde dónde? No por los «dioses», cuyo cometido responde sólo al mundo encarnado y a su tiempo pues él salió «fuera del pensamiento y el tiempo». Desnudo, ¡ay!, no queda claro. Significaba literalmente «sin ropas como un niño» (no desencarnado) y, por tanto, listo para recibir el blanco atuendo de los más altos. El poder de Galadriel no es divino, y su curación en Ló­rien no significa más que la curación y la renovación físicas.

Pero si es «engaño» tratar a la «muerte» como si ésta no constituyera diferencia alguna, la encarnación no debe ignorarse. Quizás el poder de Gandalf pueda acrecentarse (es decir, en las formas de esta fábula, en santidad), pero si aún encarnado debe sufrir el cuidado y la ansiedad, y las necesidades de la carne. No tiene más (si no menos) certidumbres o libertades que un teólogo, por ejemplo. De cualquier manera, ninguno de mis personajes «angélicos» se representan como si conocieran el fu­turo cabalmente, o, a decir verdad, no lo conocen en absoluto cuando están implicadas otras voluntades. De ahí su constante tentación de ha­cer o intentar hacer lo que para ellos está mal (y es desastroso): forzar las voluntades menores mediante el poder, por venerable temor si no por verdadero miedo o sometimiento físico. Pero la naturaleza del co­nocimiento que tienen los hombres de la historia del Mundo y su parti­cipación en su hechura (antes de que se encarnara o se hiciera «real») -de ahí obtenían el poco conocimiento del futuro que tenían- forma parte de la mitología general. Con ello se representa al menos que la in­tervención de los Elfos y de los Hombres en esa historia no les corres­pondía en absoluto y quedaba reservada: de ahí que se los llamara los Hijos de Dios; y por eso los dioses los amaban (u odiaban) especial­mente, pues tenían una relación con el Creador igual a la suya propia, aunque de diferente estatura. Ésta es la situación mitológica-teológica en este momento de la Historia, que se ha explicado, pero que no se ha publicado todavía...”

 

El Mito de Atlantis-Númenor y la “Caída” de los Hombres

 

Los Hombres han «caído» -cualesquiera leyendas enunciadas en forma de supuesta historia antigua de este nuestro mundo concreto debe aceptar eso-, pero los pueblos del Oeste, el lado bueno, están Re­formados. Es decir, son los descendientes de los Hombres que intenta­ron arrepentirse y se marcharon hacia el Oeste para huir del dominio del Señor Oscuro Primordial y de su falsa idolatría, y, a diferencia de los que se quedaron, renovaron (y ampliaron) su conocimiento de la verdad y la natu­raleza del Mundo. De ese modo, escaparon de la «religión» en sentido Pagano hacia un puro mundo monoteísta, en el que todas las cosas y los seres y los poderes que podrían parecer venerables no fueron venera­dos, ni siquiera los dioses (los Valar), pues eran sólo criaturas del Único. Y Él era inmensamente remoto.

Los Altos Elfos eran los exiliados del Reino Bendecido de los Dioses (después de su particular caída élfica propia) y no tenían «religión» (o prácticas religiosas, más bien), pues habían estado en manos de los dio­ses, que alababan y adoraban a Eru «el Único», Ilúvatar el Padre de Todos en el Monte de Aman.

La más alta clase de Hombres, los de las Tres Casas, que ayudaron a los Elfos en la Guerra Primordial contra el Señor Oscuro, fueron re­compensados con el don de la Tierra de la Estrella o Oesternesse (= Númenor), que estaba más al oeste que cualquier otra tierra mortal y casi a la vista del Hogar de los Elfos (Eldamar) en las costas del Reino Bendecido. Allí se convirtieron en los Númenóreanos, los Reyes de los Hombres. Se les dio el triple de extensión de vida, pero no la «inmor­talidad» élfica (que no es eterna, sino que se mide de acuerdo con la du­ración del tiempo en la Tierra); porque según el punto de vista de esta mitología, la «mortalidad», o una breve extensión de vida, y la «inmor­talidad», o una extensión de vida indefinida, eran parte de lo que po­dríamos llamar la naturaleza biológica y espiritual de los Hijos de Dios, los Hombres y los Elfos (los primogénitos), respectivamente, que no podía ser alterada por nadie (ni siquiera por un Poder o dios); y el Único no la alteraba tampoco, salvo quizá por una de esas extrañas excepcio­nes a todas las reglas y ordenanzas que parecen darse en la historia del Universo y manifiestan el Dedo de Dios, como la única Voluntad y Agente enteramente libre. [72]

De este modo, los Númenóreanos iniciaron como monoteístas un gran nuevo bien; pero como los judíos (sólo que de manera más pro­nunciada) con un único centro físico de «veneración»: la cumbre de la montaña de Meneltarma, el «Pilar del Cielo» -literalmente, pues no concebían el cielo como una divina residencia-, en el centro de Núme­nor; pero no contaba como edificio ni templo, pues todas esas cosas te­nían asociaciones negativas. Pero «cayeron» otra vez por causa de una prohibición, de manera inevitable. Se les prohibió navegar hacia el oeste más allá de su propia tierra porque no se les permitía ser o tratar de ser «inmortales»; y en este mito el Reino Bendecido se representa con una existencia física concreta como región del mundo real, a la que podrían haber llegado por barco, pues eran grandes marineros. Mientras fueron obedientes, los visitaba con frecuencia gente del Reino Bendecido, de modo que su conocimiento y su arte alcanzaron dimensiones casi élficas.

Pero la proximidad del Reino Bendecido, la larga extensión misma de su vida concebida como recompensa y el incrementado deleite de su existencia fueron causa de que empezaran a anhelar la «inmortalidad». No quebrantaron la prohibición, pero la aceptaron de mala gana. Y, forzados hacia el este, convirtieron la beneficencia con que se acompa­ñaban sus apariciones en las costas de la Tierra Media en orgullo, deseo de poder y de riqueza. Así, entraron en conflicto con Sauron, el teniente del Señor Oscuro Primordial, que había recaído en el mal y reclamaba tanto el reinado como la divinidad entre los Hombres de la Tierra Me­dia. Fue por la cuestión del reinado que Ar-pharazôn, el decimoterce­ro y más poderoso Rey de Númenor, lo desafió fundamentalmente. Su armada, que hizo puerto en Umbar, era tan gigantesca y tan terribles y resplandecientes los Númenóreanos en ella, que los servidores de Sau­ron lo abandonaron.

De modo que Sauron recurrió a la astucia. Se sometió y fue llevado a Númenor como prisionero, convertido en rehén. Pero era, por supues­to, una persona «divina» (en los términos de esta mitología: un miem­bro menor de la raza de los Valar) y, con mucho, demasiado poderoso para poder ser controlado de esta manera. Poco a poco tuvo a Ar-Pha­razôn bajo su propio control y corrompió en la ocasión a muchos Nú­menóreanos, destruyó la concepción que tenían de Eru, representado ahora como mera invención de los Valar o Señores del Oeste (una san­ción ficticia a la que apelaban si alguno cuestionaba sus dictámenes), y reemplazaron su culto por una religión satanista con un vasto templo donde se veneraba al desposeído y mayor de los Valar (el rebelde Señor Oscuro de la Primera Edad). [73] Finalmente induce a Ar-Pharazón, ame­drentado por la aproximación de la vejez, a organizar la más grande de las armadas y llevar la guerra al mismo Reino Bendecido y coger con sus propias manos la «inmortalidad». [74]

Los Valar, en realidad, no tenían una verdadera respuesta para esta monstruosa rebelión, pues los Hijos de Dios, en última instancia, no es­taban bajo su jurisdicción: no les estaba permitido destruirlos o repri­mirlos mediante alguna exhibición «divina» de los poderes que tenían sobre el mundo físico. Apelaron a Dios, y tuvo lugar un catastrófico «cambio de plan». En el momento en que Ar-Pharazôn puso el pie en la costa prohibida, se abrió una grieta: Númenor se desplomó y quedó completamente destruida; la armada fue tragada y el Reino Bendecido quedó apartado para siempre de los círculos del mundo físico. En ade­lante se pudo navegar alrededor del mundo sin encontrarlo nunca.

Así terminó Númenor-Atlantis y toda su gloria. Pero en una especie de situación semejante a la de Noé, el pequeño grupo de los Fieles en Númenor, que se habían negado a formar parte de la rebelión (aunque muchos de ellos habían sido sacrificados en el Templo por los sauronianos) escapó en Nueve Barcas (Vol. 1,502; II, 275) bajo la conducción de Elendil (= Ælfwine, Amigo de los Elfos) y sus hijos Isildur y Anárion, y estableció una especie de recuerdo reducido de Númenor en el Exilio en las costas de la Tierra Media, heredando el odio de Sauron, la amistad de los Elfos, el conocimiento del Verdadero Dios y (menos felizmente) el anhelo de la longevidad, la costumbre del embalsamamiento y la edifi­cación de magníficas tumbas, sus únicos objetos «consagrados» o casi. Pero el sitio «consagrado» de Dios y la Montaña habían desaparecido, y no hubo un verdadero sustituto. Además, cuando los «Reyes» llegaron a su fin, no hubo equivalente a un «sacerdocio», pues ambas cosas eran idénticas, según las ideas númenóreanas. De modo que aunque Dios (Eru) era el fundamento de la buena [75] filosofía númenóreana y un hecho básico para su concepción de la historia, en la época de la Guerra del Anillo no tenía sitio consagrado donde se lo venerara. Y esa especie de verdad negativa era característica del Oeste y toda la zona bajo influen­cia númenóreana: la negación de la veneración de toda «criatura», y, sobre todo, de un «Señor oscuro» o demonio satánico, Sauron o cualquier otro; eso fue casi tan lejos como llegaron. No tenían (imagino) oracio­nes de petición a Dios, pero preservaron un vestigio de la acción de gracias. (Los que estaban bajo una influencia élfica específica invocaban a los poderes angélicos para obtener ayuda ante un peligro inmediato o por miedo a un enemigo maligno.) [76] Más tarde parece que hubo un lugar «consagrado» en Mindolluin al que sólo el Rey tenía acceso, en el que antiguamente había ofrecido acciones de gracias y alabanzas en nombre de su pueblo, pero había sido olvidado. Aragorn volvió a entrar en él y encontró un vástago del Árbol Blanco y lo replantó en el Patio de la Fuente. Es de suponer que con el resurgimiento del linaje de los reyes-sacerdotes (de los que Lúthien, la Doncella-Elfo bendita, era antepasa­da) la veneración de Dios se renovaría y Su Nombre (o título) se oiría con mayor frecuencia. No obstante, no habría templo consagrado al Verdadero Dios mientras durara la influencia númenóreana.

Pero estaban viviendo todavía en las fronteras del mito; o, más bien, este cuento muestra cómo el «mito» se convierte en Historia o el Do­minio de los Hombres; porque, por supuesto, la Sombra se erguirá otra vez en cierto sentido (como claramente lo predice Gandalf), pero nunca se encarnará otra vez un demonio maligno como enemigo físico (a no ser que advenga antes del gran Final); dirigirá a los Hombres y todas las complicaciones de los semidemonios y los buenos a medias, los cre­púsculos de la duda entre un bando y otro, las situaciones que más le complacen (ya se las puede ver surgir en la Guerra del Anillo, cuyos bandos no están tan claramente divididos como algunos críticos lo han sostenido): éstos serán y son nuestro más difícil destino. Pero si imagi­nas a la gente en semejante estado mítico, en el que el Mal está en amplia medida encarnado y en el que la resistencia física a él constituye un acto fundamental de lealtad a Dios, creo que la «buena gente» se encontraría en ese estado: concentrada en lo negativo, en la resistencia a lo falso, mientras que la «verdad» permanecería más en lo histórico y lo filosófi­co que en lo religioso.

Pero los «magos» no son en ningún sentido o grado «sombríos». No los míos. Me encuentro en la dificultad de encontrar nombres ingleses para criaturas mitológicas con otros nombres, pues la gente no «se tra­garía» una ristra de nombres élficos, y yo preferiría más bien que acep­taran mis criaturas legendarias aun con las falsas asociaciones propias de 'a «traducción» antes que no las acepten en absoluto.

Aun los dwarfs [enanos] no son realmente «dwarfs» germánicos (Zwerge, dweorgas, dvergar), y los llamo «dwarves» para señalarlo. No son naturalmente malvados, no necesariamente hostiles y no una espe­cie de pueblo larval alimentado de piedras, sino una variedad de criatura racional encarnada. Los istari se traducen como «wizards» [magos] por la conexión con wise [sabio]. Son en realidad emisarios del Verdadero Oeste y, por tanto, mediatamente, de Dios, enviados con el fin de forta­lecer la resistencia de los «buenos» cuando los Valar advierten que la sombra de Sauron está cobrando forma otra vez.

El borrador termina con una exposición sobre la naturaleza de los istari y la muerte y la reencarnación de Gandalf que se asemeja al pasaje sobre este tema de esta misma carta.

 

 

7) Las siguientes tres cartas nos hablan de Frodo y su “fracaso” y la que sigue agrega un tema por demás interesante que tiene que ver con la Subcreación.

En la tercera carta (a la señora Ellen Elgar) se analiza, además el papel de Gollum, Sam, Gandalf, Elrond y Galadriel, en el plan de la destrucción del Anillo Único y su relación con el “fracaso” de Frodo. 

 

 

Carta 181  A Michael Straight [borradores]

Antes de publicar una crónica acerca de El Señor de los Anillos, Michael Straight, jefe de redacción de New Republic, escribió a Tolkien formulándole una serie de preguntas: primero, si había «significado» en el papel que Gollum desempeñaba en la historia y en el fracaso moral de Frodo en su culminación; segundo, si el capítulo sobre el «Saneamiento de la Comarca» se dirigía especialmente a la Inglaterra contemporánea, y, tercero, por qué los otros viajeros partían de los Puertos Grises junto con Frodo al final del libro. «¿Es por la misma razón que hay quienes ganan con la victoria pero no pueden disfrutar de ello?»

 

[Sin fecha; probablemente enero o febrero de 1956.]

Estimado señor Straight:

Gracias por su carta. Espero que haya disfrutado con El Señor de los Anillos. Disfrutado es la palabra clave. Porque fue escrito para entretener (en el más alto sentido): para ser legible. No hay en la obra ninguna «alegoría» moral, política o contemporánea, en absoluto.

Es un «cuento de hadas», pero un cuento de hadas escrito para adultos, de acuerdo con la creencia, que expresé una vez extensamente en el ensayo «Sobre los cuentos de hadas», de que constituyen el público adecuado. Porque creo que el cuento de hadas tiene su propio modo de reflejar la «verdad», diferente de la alegoría, la sátira o el «realismo», y es, en algún sentido, más poderoso. Pero ante todo, debe lograrse como cuento, entusiasmar, complacer y aun a veces conmover, y dentro de su propio mundo imaginario, debe acordársele credibilidad (literaria). Lograrlo fue mi objetivo primordial.

Aunque, por supuesto, si uno se propone dirigirse a «adultos» (gente mentalmente adulta), éstos no se sentirán complacidos, entusiasmados o conmovidos, a no ser que la totalidad o los episodios parezcan tratar de algo digno de consideración, no de la mera peripecia: debe haber alguna relación con la «situación humana» (de todos los tiempos). De modo que algo de las propias reflexiones y «valores» del narrador aparecerá inevitablemente. No es esto lo mismo que la alegoría. Todos nosotros, en grupos o como individuos, ejemplificamos principios generales, pero no los representamos. No son más una alegoría los hobbits que, digamos, los pigmeos de las selvas africanas. Gollum es para mí sólo un «personaje» -una persona imaginaria- que, en una situación dada, actuó de este y aquel otro modo bajo tensiones opuestas, tal como parece probable que hubiera actuado (hay siempre un elemento incalculable en cualquier individuo, sea real o imaginario; de otro modo, no sería un individuo, sino un «tipo»).

Intentaré responder sus preguntas específicas. La escena final de la Misión fue modelada de ese modo simplemente porque, al considerar la situación y los «personajes» de Frodo, Sam y Gollum, esos acontecimientos me parecieron mecánica, moral y psicológicamente creíbles Pero, por supuesto, si desea usted que se profundice la reflexión, diría que según el modo de la historia, la «catástrofe» ejemplifica (un aspecto de) las familiares palabras: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal».

«No nos dejes caer en la tentación», etcétera, es la petición más difícil y con menos frecuencia considerada. En términos de mi cuento, la cuestión es que aunque cada acontecimiento o situación tiene (cuando menos) dos aspectos: la historia y el desarrollo del individuo (es algo de lo que puede obtener un bien, un bien definitivo, para sí, o fracasar) y la historia del mundo (que depende de la medida que adopte por sí misma), aun así uno puede hallarse en situaciones anormales. Yo las llamaría situaciones «de sacrificio»: posiciones en las que el «bien» del mundo depende de la conducta de un individuo en circunstancias que le exigen sacrificio y una resistencia muy por encima de lo normal, o que incluso quizás exijan (o parezcan exigir, humanamente hablando) una fortaleza de cuerpo y espíritu que el individuo no posea: en cierto sentido, está condenado al fracaso, condenado a caer en la tentación o a quebrantarse bajo la presión contra su «voluntad»; es decir, contra cualquier elección que podría hacer o haría de estar libre y sin coacción.

Frodo se encontró en semejante posición: una trampa en apariencia completa; una persona nacida con mayor poder probablemente nunca podría haber resistido tanto tiempo a la seducción del poder ofrecido por el Anillo; una persona con menor poder no habría podido tener esperanzas de resistirse a ella en una decisión final. (Ya Frodo no había estado dispuesto a dañar el Anillo antes de ponerse en marcha, y fue incapaz de dárselo a Sam.)

La Misión .'. estaba condenada a fracasar como plan mundanal, y también estaba condenada a terminar en desastre como la historia del proceso por el que el humilde Frodo se dirigía al «ennoblecimiento», a su santificación. Fracasaría y fracasó en lo que a Frodo concierne, al menos considerado solo. «Apostató», y he recibido una furiosa carta en la que se clamaba que debió haber sido ejecutado por traidor, no honrado. Créame, sólo cuando leí esto tuve idea de cuan «tópica» debía parecer esa situación. Surgió naturalmente del «plan» general concebido en lo fundamental en 1936. No preví que antes de que el cuento se publicara entraríamos en una era oscura en la que la técnica de la tortura y & quebrantamiento de la personalidad rivalizaría con la de Mordor y el Anillo y nos plantearía el problema concreto de hombres honestos de buena voluntad destruidos al punto de convertirse en apóstatas y traidores.

Pero en este punto se logra la «salvación» del mundo y la propia «salvación» de Frodo por su anterior piedad y el perdón de la ofensa. En cualquier momento, toda persona prudente le habría advertido a Frodo que Gollum ciertamente [77] lo traicionaría y podría robarle al final. Tener «piedad» de él y abstenerse de matarlo fue una locura, o la mística creencia en el definitivo valor que de por sí tiene la piedad o la generosidad, aun cuando resulte desastrosa en el mundo temporal. Le robó y lo dañó al final; pero, por mediación de cierta «gracia», la última traición se produjo precisamente en el momento en que el acto malo final fue lo más benéfico que podía hacerse por Frodo. Por mediación de una situación creada por su «perdón», él mismo fue salvado y liberado de su carga. Con mucha justicia se le acordaron los más altos honores, pues resulta claro que él y Sam nunca ocultaron el curso preciso de los acontecimientos. No me gustaría indagar cuál fue el juicio definitivo a que fue sometido Gollum. Esto sería investigar «Goddes privitee», como decía la gente del Medioevo. Gollum era digno de piedad, pero terminó pertinazmente en el mal, y el hecho de que éste fuera para bien, no es mérito suyo. Su maravilloso coraje y su extraordinaria resistencia, tan grandes como los de Frodo y Sam o más todavía, si bien estaban consagrados al mal, eran portentosos, pero no honorables. Me temo que, cualesquiera sean nuestras creencias, debemos enfrentar el hecho de que hay personas que ceden a la tentación, rechazan la oportunidad de nobleza o salvación, y parecen resultar «condenables». Su «condenabilidad» no es mensurable en los términos del macrocosmos (donde puede tener un buen efecto). Pero los que estamos en «un mismo barco» no debemos ocupar el sitio del Juez. El dominio del Anillo era algo demasiado fuerte para el alma mezquina de Sméagol. Pero nunca habría tenido que soportarlo si no se hubiera convertido en una especie de mezquino ladrón antes de que se le cruzara en el camino. ¿Era necesario que se le cruzara alguna vez en el camino? ¿Es necesario que algo peligroso se nos cruce nunca en el camino ? Se podría encontrar una especie de respuesta tratando de imaginar a Gollum en el trance de superar una tentación. ¡La historia habría sido del todo diferente! Contemporizando, no fijando todavía la voluntad para el bien no del todo corrupta de Sméagol en el debate en el pozo de escoria, se debilitó como para aprovechar esa oportunidad cuando el amor naciente de Frodo quedó fácilmente marchito por los celos de Sam ante la guarida de Ella-Laraña. Después estaba perdido...”

 

Los hombres, los elfos, los Valar; la subcreación y la Muerte

 

“(...)Sí: creo que los «victoriosos» no pueden nunca disfrutar de la «victoria», al menos, no en los términos que esperaban; y en la medida en que lucharon por algo para ser disfrutado por ellos (sea una adquisición o la mera preservación), menos satisfactoria parecerá la «victoria». Pero la partida de los Portadores de los Anillos tiene otro aspecto del todo diferente en lo que a los Tres concierne. Tras la historia, por supuesto, hay una estructura mitológica. En realidad, fue escrita primero, y quizás ahora se publique en parte. Se trata, diría yo, de una mitología «monoteísta», aunque «subcreativa». No hay corporización del Único, de Dios, que, por cierto, permanece remoto, fuera del Mundo, y sólo es directamente accesible a los Valar o los Gobernantes, Éstos ocupan el lugar de los «dioses», pero son espíritus creados o aquellos de la primera creación que por propia voluntad han entrado en el mundo. [78] Pero el Único conserva su autoridad definitiva y (o así parece verse en el tiempo serial) se reserva el derecho a meter el dedo de Dios en la historia: esto es, producir realidades que no podrían deducirse aun teniendo un conocimiento completo del pasado previo, pero que, por ser reales, se convierten en parte del pasado efectivo para todo tiempo subsiguiente (la posible definición de un «milagro»). De acuerdo con la fábula, los Elfos y los Hombres fueron las primeras de estas intromisiones, hechas en verdad mientras la «historia» era todavía sólo una historia y no estaba «realizada»; por tanto, de ningún modo fueron concebidos o creados por los dioses, los Valar, y se los llamó los Eruhíni o «Hijos de Dios», y para los Valar fueron un elemento incalculable: esto es, eran criaturas racionales de libre voluntad en relación con Dios, de la misma categoría histórica que los Valar, aunque de capacidad espiritual e intelectual y rango muy inferiores.

Por supuesto, aunque esto sea de hecho exterior a mi historia, los Elfos y los Hombres son sólo aspectos diferentes de lo Humano y representan el problema de la Muerte vista por una persona finita, aunque con voluntad y consciente de sí. En este mundo mitológico los Elfos y los Hombres son parientes en sus formas encarnadas, pero en la relación de sus «espíritus» con el mundo temporal representan diferentes «experimentos», cada uno de los cuales tiene su propia tendencia natural y su debilidad. Los Elfos representan, por así decir, los aspectos artísticos, estéticos y puramente científicos de la Naturaleza Humana elevados a un nivel más alto del que se ve de hecho en los Hombres. Esto es: le tienen un amor entrañable al mundo físico, y un deseo de observarlo y comprenderlo por sí mismo y como «otro» -como realidad derivada de Dios en el mismo grado que ellos mismos-, no como material susceptible de ser utilizado o como plataforma de poder. También poseen una facultad «subcreativa» o artística de suma excelencia. Por tanto, son «inmortales». No «eternamente», pero lo necesario para resistir junto con el mundo creado y dentro de él mientras su historia dure. Cuando son «muertos» por la herida o la destrucción de su forma encarnada, no escapan del tiempo sino que permanecen en el mundo, ya sea desencarnados o renaciendo. Esto se vuelve una gran carga a medida que transcurren las edades, especialmente en un mundo donde existen la malicia y la destrucción (en esta fábula, he dejado fuera la forma mitológica que adopta la Malicia o la Caída de los Ángeles). El mero cambio como tal no se representa como «mal»: es el desarrollo de la historia, y negarlo, por supuesto, está contra los designios de Dios. Pero la debilidad de los Elfos en estos términos es naturalmente lamentar el pasado y no estar dispuestos a enfrentar el cambio: como si un hombre detestara un libro largo que todavía continúa y quisiera demorarse en su capítulo favorito. De ahí que en cierta medida se dejaran ganar por los engaños de Sauron: desearon tener cierto «poder» sobre las cosas tal como son (lo que es muy diferente del arte) para hacer efectiva su particular voluntad de permanencia: detener el cambio y mantener las cosas siempre frescas y hermosas. Los «Tres Anillos» era «inmaculados», porque este objeto era bueno en su modo limitado: incluía la curación de los verdaderos daños de la malicia, como también la mera detención del cambio; y los Elfos no deseaban dominar otras voluntades, ni usurpar todo el mundo para su particular placer. Pero con la caída del «Poder», sus pequeños esfuerzos por preservar el pasado se desmoronaron. Ya no había nada para ellos en la Tierra Media, salvo cansancio. De modo que Elrond y Galadriel partieron. Gandalf es un caso especial. Él no fue el hacedor ni el propietario original del Anillo, sino que le fue dado por Círdan para ayudarlo en su área. Gandalf volvía, terminados su trabajo y cometido, a su casa, la tierra de los Valar.

La travesía del Mar no es la Muerte. La «mitología» se centra en los Elfos. De acuerdo con ella, hubo al principio un Paraíso Terrenal, hogar y reino de los Valar, parte física de la tierra.

En esta historia o mitología no se da en parte alguna una «encarnación» del Creador. Gandalf es una persona «creada», aunque posiblemente era un espíritu que existía desde antes del mundo físico. Su función como «mago» era la de ser angelos o mensajero de los Valar o Gobernantes: ayudar a las criaturas racionales de la Tierra Media a oponer resistencia a Sauron, un poder excesivo para ellos si se hallaban desasistidos. Pero como, según la perspectiva de este cuento y mitología, el Poder -cuando domina o trata de dominar a otras voluntades y a otras mentes (excepto con el asentimiento de su razón)- es malo, estos «magos» se encarnaron en las formas de vida de la Tierra Media, de modo que padecían dolores tanto mentales como físicos. Por la misma razón, estaban también sometidos al peligro de lo encarnado: la posibilidad de la «caída», del pecado, si quiere. La forma principal que esto adopta en ellos sería la impaciencia que conduce al deseo de forzar a los demás a cumplir con sus propios buenos designios y, por tanto, de manera inevitable, finalmente al mero deseo de volver efectivas sus propias voluntades por cualquier medio. A este mal sucumbió Saruman. Gandalf no. Pero la situación empeoró tanto por la caída de Saruman, que los «buenos» se vieron obligados a un mayor esfuerzo y sacrificio. Así Gandalf enfrentó y padeció la muerte; y volvió o fue enviado de vuelta, como él lo dice, con poderes acrecentados. Pero aunque esto le recuerde a uno los Evangelios, no se trata verdaderamente de lo mismo en absoluto. La Encarnación de Dios es algo infinitamente más grande que nada que yo me atreviera a escribir. Aquí sólo me ocupo de la Muerte como parte de la naturaleza, física y espiritual, del Hombre, de la Esperanza sin garantías. Ésa es la razón por la que considero el cuento de Arwen y Aragorn como el más importante de los Apéndices; forma parte de la historia esencial, y sólo se lo sitúa de esa forma porque no pudo incluirse en la narración principal sin destruir su estructura: que está planeada para ser «hobbito-céntrica», es decir, primordialmente un estudio del ennoblecimiento (o santificación) de los humildes.

Ninguno de los borradores con que se compuso este texto está acabado.

 

 

Carta 192  De una carta a Amy Ronald

27 de julio de 1956

Por casualidad, acabo de recibir otra carta sobre el fracaso de Frodo. Muy pocos parecen haberlo observado. Pero siguiendo la lógica de la trama, como acontecimiento era claramente inevitable. Y, sin duda, es un acontecimiento más significativo y real que un mero «cuento de ha­das» que acabara con un héroe indomable. Es posible para los buenos, aun para los santos, ser sometidos a un poder maligno demasiado gran­de como para que puedan superarlo por sí mismos. En este caso la causa (no el «héroe») fue la triunfante, puesto que por el ejercicio de la piedad, la misericordia y el perdón de la ofensa, se produjo una situación en la que todo quedó enderezado y se evitó el desastre. Gandalf, por cierto, lo previo. Véase Vol. I, págs. 88-89. [79] Por supuesto, no quiso decir que uno debía ser misericordioso porque podría resultar útil más tarde: no sería entonces misericordia o piedad, que sólo están verdaderamente presentes cuando son contrarias a la prudencia. ¡No nos cabe planear­las! Pero tenemos la seguridad de que debemos nosotros mismos ser extravagantemente generosos si hemos de esperar la extravagante gene­rosidad que representa el más ligero alivio o huida de las consecuencias de nuestros propios errores y locuras. Y esa misericordia, por cierto, a veces se da en esta vida.

Frodo merecía todo honor porque derramó hasta la última gota de la capacidad de su voluntad y de su cuerpo, y eso fue suficiente para lle­varlo al punto destinado y no más allá. Muy pocos, quizá ninguno más de su tiempo, podrían haber llegado tan lejos. El Otro Poder se hizo cargo entonces del control: el Escritor de la Historia (por el que no me refiero a mí mismo), «esa persona siempre presente que nunca está au­sente y nunca se la nombra» [80] (como ha dicho un crítico). Véase Vol. I, págs. 83-84. [81] Un tercer comentarista (el único además de los menciona­dos) de este punto vilipendió hace unos meses a Frodo por ser un bri­bón (que debió haber sido ahorcado, no honrado), y también a mí. Pa­rece triste y extraño que en esta maligna época en la que diariamente gente de buena voluntad es sometida a tortura, «lavados de cerebro» y toda clase de quebrantamientos, alguien pueda ser tan ferozmente sim­plista y creerse tan justo...”

 

Carta 246  De una carta a la señora Eileen Elgar

(borradores)

Septiembre de 1963

Contestación a los comentarios de una lectora sobre la incapacidad de Frodo de entregar el Anillo en las Grietas del Destino.

 

Muy pocos (a decir verdad, en cartas sólo usted y alguien más) han observado o comentado la «incapacidad» de Frodo. Es un detalle muy importante.

Desde el punto de vista del narrador, los acontecimientos en el Monte del Destino proceden simplemente de la lógica del cuento hasta ese momento. No fueron deliberadamente elaborados ni previstos hasta que ocurrieron. [82] Pero, por empezar, se hizo muy claro por fin que Frodo, después de todo lo ocurrido, sería incapaz de destruir voluntariamente el Anillo. Reflexionando sobre la solución después de llegada a ella (como mero acontecimiento), siento que resulta fundamental en relación con la entera «teoría» de la verdadera nobleza y heroísmo que se presenta.

Frodo, por cierto, fue «incapaz» como héroe tal como lo conciben las mentes simples: no soportó hasta el final; cedió, desertó. No digo «mentes simples» con desprecio: con frecuencia ven con claridad la verdad simple y el ideal absoluto al que dirigir el esfuerzo, aun cuando resulte inalcanzable. Su debilidad, sin embargo, es doble. No perciben la complejidad de una situación dada en el Tiempo, en el que un ideal absoluto está atrapado. Tienden a olvidar ese extraño elemento del Mundo que llamamos Piedad o Misericordia, que es también un requerimiento, absoluto en el juicio moral (puesto que está presente en la naturaleza divina). En su más alto ejercicio pertenece a Dios. Para los jueces finitos de conocimiento imperfecto debe llevar al empleo de dos diferentes escalas de «moralidad». Ante nosotros mismos debemos presentarnos el ideal absoluto sin compromiso, pues no conocemos los límites de nuestra propia fuerza natural (+ la gracia), y si no apuntamos a lo más alto, estaremos sin duda por debajo de lo que podríamos alcanzar. A los demás, a los que conocemos lo bastante como para emitir un juicio, debemos aplicar una escala atemperada por la «misericordia»: es decir, como con buena voluntad podemos hacer esto sin la tendencia inevitable en juicios acerca de nosotros mismos, debemos estimar los límites de la fortaleza de otro y sopesarla en relación con la fuerza de las particulares circunstancias. [83]

No creo que Frodo fuera un fracaso moral. En el último momento la presión del Anillo alcanzaría su máximo; imposible, diría yo, que cualquiera pudiera resistirlo, seguramente después de conservarlo tanto tiempo, meses de incrementado tormento, hambre y agotamiento. Frodo había hecho lo que podía y estaba exhausto (como instrumento de la Providencia) y había logrado una situación en la que el objeto de su búsqueda era alcanzable. Su humildad (con la que había empezado) y sus sufrimientos fueron justamente recompensados por el más alto honor; y su ejercicio de la paciencia y la misericordia que usó con Gollum le ganaron la Misericordia: su incapacidad quedó enmendada.

Somos criaturas finitas con limitaciones absolutas con respecto al poder de acción o de resistencia de nuestra estructura anímico-corporal. El fracaso moral de un hombre sólo puede afirmarse, me parece, cuando su esfuerzo o su capacidad de resistencia quedan por debajo de sus límites, y la culpa decrece cuanto más cerca se está de dichos límites. [84]

No obstante, creo que puede observarse en la historia y en la experiencia que algunos individuos parecen situarse en posiciones «de sacrificio»: situaciones o tareas que para el perfeccionamiento de su solución exigen capacidades más allá de sus límites extremos, aun más allá de todo límite posible para una criatura encarnada en el mundo físico, en las que el cuerpo puede ser destruido o mutilado de tal manera que afecta la mente y la voluntad. El juicio en tal caso debe depender, pues, de los motivos y la disposición con los que se puso en marcha, y debe sopesar sus acciones en relación con la máxima posibilidad de sus capacidades a lo largo del camino que constituye su punto límite.

Frodo emprendió su búsqueda por amor: para salvar del desastre, a sus propias expensas, si podía, al mundo que él conocía; y también con completa humildad, reconociendo que era del todo inadecuado para la tarea. Su verdadero compromiso consistía tan sólo en hacer lo que pudiera, tratar de hallar un camino y avanzar tanto por él como la fuerza de su mente y de su cuerpo lo permitía. Es lo que hizo. No veo que el quebrantamiento de su mente y su voluntad bajo demoníaca presión después del tormento sea más un fracaso moral que lo habría sido el quebrantamiento de su cuerpo si hubiera sido estrangulado por Gollum o aplastado por la caída de una roca, por ejemplo.

Ése parece haber sido el juicio de Gandalf y de Aragorn y todos los que estaban enterados de la entera historia de su viaje. ¡Por cierto, Frodo no habría ocultado nada! Pero lo que el mismo Frodo sintió acerca de los acontecimientos es otra cuestión enteramente distinta.

Al principio no parece haber tenido el menor sentimiento de culpa (III, 298); [85] recuperó la sensatez y la paz. Pero luego pensó que había dado su vida en sacrificio: esperaba morir muy pronto. Pero no fue así, y es posible observar en él una creciente inquietud. Arwen fue la primera en observar los síntomas, y le dio su joya como consuelo y pensó en un medio por el cual curarlo. [86] Lentamente va desvaneciéndose «del cuadro», hablando y haciendo cada vez menos. Creo que está claro para el lector atento que cuando los tiempos oscuros le llegan y es consciente de haber recibido «la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga» (III, 355), no eran sólo recuerdos de las pesadillas de los pasados horrores lo que lo afligía, sino también una autoinculpación irracional: se veía a sí mismo y a todo lo que había hecho como un fracaso. «Aunque vuelva a la Comarca, no parecerá la misma, porque yo no seré el mismo.» Eso fue en realidad una tentación venida de la Oscuridad, una última chispa de orgullo: el deseo de haber vuelto como un «héroe», no contento con ser el mero instrumento del bien. Y estaba mezclada con otra tentación, más negra y, sin embargo (en cierto sentido), más merecida, porque, comoquiera que pueda explicarse, de hecho no había arrojado el Anillo por un acto voluntario: estaba tentado de lamentar su destrucción y hasta de desearla. «Ha desaparecido para siempre y todo está ahora oscuro y vacío», dijo cuando despertó después de su enfermedad en 1420.

«-¡Ay! .... Ciertas heridas nunca curan del todo», dijo Gandalf (III, 355): no en la Tierra Media. Frodo fue enviado o se le permitió cruzar el Mar para curarlo, si eso era posible, antes de morir. Tendría que «irse» finalmente: ningún mortal podía, o puede, morar por siempre en la tierra o dentro del Tiempo. De modo que fue a la vez al encuentro de un purgatorio y de una recompensa por algún tiempo: un período de reflexión, de paz y de mayor entendimiento de su posición en la pequeñez y la grandeza, pasado a pesar de todo en el Tiempo en medio de la belleza natural de «Arda Impoluta», la Tierra no maculada todavía por el mal.

Bilbo fue también. Sin duda, para completar el plan trazado por el mismo Gandalf. Éste sentía gran afecto por Bilbo, desde la juventud del hobbit en adelante. Su compañía era realmente necesaria en bien de Frodo; es realmente difícil imaginar a un hobbit, aun uno que hubiera pasado por las experiencias de Frodo, verdaderamente feliz, aun en un paraíso terrenal, sin un compañero de su propia especie, y Bilbo era la persona a la que Frodo más quería. (Cf. III, 334, líneas 15 a 27, y 349, líneas 13-15.) [87] Pero también necesitaba y merecía el favor por sí mismo. Llevaba todavía la marca del Anillo y era necesario que finalmente le fuera borrada: una huella de orgullo y de posesividad personal. Por supuesto, era viejo y tenía la mente confusa, pero era todavía una revelación de la «marca negra» cuando dijo en Rivendel (III, 353): «... ¿qué fue de mi anillo, Frodo, el que tú te llevaste?»; y cuando se le recordó lo que había ocurrido, su contestación inmediata fue: «¡Qué lástima! Me hubiera gustado verlo de nuevo». En cuanto a su recompensa, es difícil considerar completa su vida sin una experiencia de carácter «puramente élfico» y la oportunidad de escuchar las leyendas e historias en su totalidad, ya que sus fragmentos tanto le habían gustado.

Por supuesto, resulta claro que el plan había sido trazado y concertado (por Arwen, Gandalf y otros) antes de que Arwen hablara. Pero Frodo no lo captó de inmediato; sólo después de reflexionar fue comprendiendo las consecuencias lentamente. Semejante viaje no parecería en un principio necesariamente temible, ni siquiera como algo que se proyectaba para más adelante... en tanto no tuviera fecha y fuera pos-ponible. Su verdadero deseo era, tan propio de un hobbit (y de un ser humano), sólo volver a «ser sí mismo» y volver a la vida familiar que había sido interrumpida. Ya en el viaje de vuelta desde Rivendel, vio repentinamente que eso ya no era posible para él. De ahí su grito: «¿Dónde encontraré descanso?». Sabía la respuesta, y Gandalf no le contestó. En cuanto a Bilbo, es probable que Frodo no entendiera en un principio lo que quiso decir Arwen con «no volverá a hacer un largo viaje, salvo uno». De cualquier modo, no lo asoció con su propio caso. Cuando Arwen habló (en 3019 de la Tercera Edad), era todavía joven, no había cumplido todavía los 51, y Bilbo era 78 años mayor. Pero en Rivendel llegó a entender las cosas con mayor claridad. Las conversaciones que mantuvo allí no han sido registradas, pero bastante queda revelado en la despedida de Elrond en III, 354. [88] Desde el comienzo de su primera enfermedad (5 de oct. de 3019), Frodo debió de haber estado pensando en «navegar», aunque se resistía aún a tomar una decisión final: ir con Bilbo, o ir en absoluto. Sin duda, después de su grave enfermedad de marzo de 3020 se decidió.

Sam fue creado para que lo amen y se rían de él. Irrita a algunos lectores y hasta los enfurece. Puedo entenderlo. Todos los hobbits a veces me afectan del mismo modo, aunque sigan gustándome mucho. Pero Sam puede ser muy «cargante». Es un hobbit más representativo que cualesquiera otros que hayamos visto con frecuencia; y, en consecuencia, tiene con mayor intensidad un ingrediente de esa cualidad que aun a veces les es difícil soportar a los hobbits: una vulgaridad -con ello no me refiero a una mera practicidad-, una miopía mental orgullosa de sí, una satisfacción vanidosa (en grado diverso), una seguridad de sí y una disponibilidad a medirlo y generalizarlo todo a partir de una experiencia limitada, en amplia medida entronizada en una sentenciosa «sabiduría» tradicional. Sólo excepcionalmente encontramos hobbits en íntimo compañerismo, los que tienen una gracia o un don: una visión de la belleza, una reverencia por cosas más nobles que ellos mismos, en guerra con su rústica autocomplacencia. ¡Imagine a Sam sin la educación que le impartió Bilbo y la fascinación que le produce todo lo élfico! No es difícil. La familia Coto y el Gaffer [Tío] cuando los «Viajeros» retornan, constituyen un atisbo suficiente.

Sam era seguro de sí, y en lo íntimo un poquillo fatuo; pero su fatuidad había sido transformada por la devoción que sentía por Frodo. No se consideraba heroico, ni siquiera valiente o admirable en ningún sentido, salvo en la lealtad con que estaba dispuesto a servir a su amo. Eso tenía un componente (probablemente inevitable) de orgullo y posesividad: es difícil excluirlo de la devoción de los que desempeñan semejante servicio. De cualquier modo, le impedía la comprensión plena del amo al que amaba y seguirlo en su gradual educación hacia la nobleza del servicio de lo ingrato y de la percepción en lo corrupto del bien dañado. Sencillamente, no comprendía del todo los motivos de Frodo ni su aflicción en el episodio del Estanque Prohibido. Si hubiera comprendido mejor lo que ocurría entre Frodo y Gollum, las cosas habrían resultado diferentes al final. Para mí quizás el momento más trágico de la historia es el de II, 449 y siguientes, cuando Sam no advierte el cambio completo habido en el tono y el aspecto de Gollum. «-Nada, no, nada -le respondió Gollum afablemente-. ¡Buen amo!» Su arrepentimiento se malogra y la piedad de Frodo (en cierto sentido [89] ) queda desperdiciada. El antro de Ella-Laraña se vuelve inevitable.

Esto es consecuencia, por supuesto, de la «lógica de la historia». Difícilmente Sam podría haber actuado de manera diferente. (Alcanzó el punto de la piedad finalmente (III, 2.94), [90] pero, para el bien de Gollum, demasiado tarde.) Si lo hubiera hecho, ¿qué habría ocurrido? El proceso de la entrada a Mordor y la lucha por llegar al Monte del Destino habrían sido diferentes y también lo habría sido el final. El interés se habría mudado a Gollum, creo, y a la batalla que se habría librado entre su arrepentimiento y su nuevo amor por un lado, y el Anillo. Aunque el amor se hubiera ido fortaleciendo diariamente, no podría haberse arrancado del dominio del Anillo. Creo que de algún modo extraño, retorcido y lamentable, Gollum habría intentado (quizá sin un designio consciente) satisfacer a ambos. Sin duda, a cierta altura no mucho antes del final, habría robado el Anillo o lo habría tomado por la fuerza (como ocurre concretamente en el Cuento). Pero satisfecha la «posesión», creo que se habría sacrificado por Frodo y se habría arrojado voluntariamente al abismo en llamas.

Creo que el efecto de su regeneración parcial por amor habría constituido una visión más clara cuando reclamara el Anillo. Habría percibido la maldad de Sauron, y de pronto se habría dado cuenta de que no podía utilizar el Anillo y de que no tenía la fuerza ni la estatura para conservarlo, a despecho de Sauron: el único modo de conservarlo y de herir a Sauron era destruirlo y destruirse él mismo a la vez; y en un fugaz vislumbre habría visto que esto era el más grande servicio que podría rendirle a Frodo. Éste, en el cuento concreto, coge el Anillo y lo reclama; por cierto, también él habría tenido un claro vislumbre, pero no se le dio tiempo: fue atacado inmediatamente por Gollum. Cuando Sauron cobró conciencia de la captura del Anillo, su única esperanza radicó en su poderío: que el pretendiente a su posesión fuera incapaz de cederlo en tanto Sauron no tuviera tiempo de vérselas con él. Entonces también Frodo probablemente, si no era atacado, tendría que haber adoptado la misma medida: arrojarse con el Anillo al abismo. De lo contrario, habría fracasado por completo. Es un problema interesante: cómo habría actuado Sauron o habría resistido el pretendiente. Sauron envió de inmediato a los Espectros del Anillo. Naturalmente, se les dio plena instrucción y de ningún modo se los engañó respecto del verdadero señorío del Anillo. Quien lo llevara no sería invisible para ellos, sino a la inversa; y más vulnerable ante sus armas. Pero la situación era ahora diferente a la que se había dado en la Cima de los Vientos, en la que Frodo había actuado meramente por temor y sólo había querido utilizar (en vano) el poder subsidiario del Anillo de conferir invisibilidad. Había crecido desde entonces. ¿Habrían sido inmunes a su poder si él lo tenía como instrumento de comando y de dominio?

No del todo. No creo que hubieran podido atacarlo con violencia, apoderarse de él o tomarlo cautivo; habrían obedecido o fingido obedecer cualesquiera órdenes menores suyas que no hubieran entorpecido su cometido, impuesto sobre ellos por Sauron, que todavía mediante los nueve anillos (que tenía en su poder) poseía fundamental control de sus voluntades. Ese cometido era sacar a Frodo del Abismo. Una vez perdida la capacidad o la oportunidad de destruir el Anillo, no cabría poner en duda el final, salvo que hubiera ayuda desde el exterior, que aun era apenas remotamente posible.

Frodo se había convertido en una persona considerable, pero de una clase especial: en amplitud espiritual más que en aumento de capacidad física o mental; su voluntad era mucho más fuerte de lo que había sido, pero en la medida en que había sido ejercitada para oponer resistencia sin usar el Anillo y con el objeto de destruirlo. Necesitaba tiempo, mucho tiempo, antes de que pudiera controlar el Anillo o (que en tal caso es lo mismo) antes de que éste pudiera controlarlo a él; antes de que su voluntad y arrogancia pudieran aumentar en estatura lo bastante como para lograr dominar otras considerables voluntades hostiles. Aun por un largo tiempo, sus actos y órdenes tendrían todavía que parecería «buenas» para el beneficio de otros además de para sí mismo.

La situación de Frodo con el Anillo frente a los Ocho [91] podría compararse con la de un bravo hombrecillo provisto de un arma devastadora frente a ocho salvajes guerreros de gran fuerza y agilidad armados de espadas envenenadas. La debilidad del hombre consistía en que no sabía aún cómo utilizar su arma, y era, por temperamento y educación, adverso a la violencia. La debilidad de ellos, en que el arma del hombre era algo que los llenaba de espanto, pues en su culto religioso constituía un objeto de terror ante el que estaban condicionados a tratar con servilismo al que lo portara. Creo que habrían manifestado «servilismo». Habrían saludado a Frodo como a un «Señor». Con dulces palabras lo habrían inducido a abandonar el Sammath Naur, por ejemplo, «para cuidar de su nuevo reino y contemplar a lo lejos, con su nueva vista, la morada de poder que debe ahora reclamar como propia y torcer para sus propios fines». Una vez fuera de la estancia, mientras él estuviera mirando, algunos de ellos habrían destruido la entrada. Frodo, por entonces, habría estado lo bastante inmerso en grandes planes de modificaciones políticas -parecidos a los de la visión que tentó a Sam (III, 231), [92] pero mucho más grandes y vastos- como para prestar atención a esto. Pero si todavía conservaba alguna cordura y en parte comprendía su significación, de modo que se negara a ir con ellos ahora a Barad-dûr, sencillamente habrían esperado. Hasta que el mismo Sauron llegara. De cualquier modo, pronto tendría lugar una confrontación entre Frodo y Sauron, si el Anillo permanecía intacto. Su resultado era inevitable. Frodo habría sido derrotado por completo: aplastado hasta convertirse en polvo o conservado en medio de tormentos como esclavo escarnecido. ¡Sauron no habría tenido miedo del Anillo! Era suyo y estaba sometido a su voluntad. Aun desde lejos tenía efecto sobre él, pudiéndolo hacer actuar para que volviera a sí mismo. Ante su presencia concreta, muy pocos de su misma estatura podrían haber tenido esperanzas de retenerlo. De los «mortales», ninguno, ni el mismo Aragorn siquiera. En la contienda con las Palantír, Aragorn era el legítimo propietario. Además, la contienda tenía lugar a la distancia, y en un cuento que permite la encarnación de grandes espíritus en una forma física y destructible, su poder debe ser mucho mayor cuando están físicamente presentes. Sauron debía ser considerado terrible. La forma que asumía era la de un hombre de estatura más que humana, pero no gigantesca. En su más temprana encarnación era capaz de velar por su poder (como lo hacia Gandalf) y podía aparecer como una figura imperiosa de gran fuerza corporal y una actitud y un aspecto de gran realeza.

De los demás, sólo Gandalf era capaz de dominarlo, pues se trataba de un emisario de las Potencias y una criatura del mismo orden, un espíritu inmortal que había adoptado una forma física visible. En el «Espejo de Galadriel», 1, 504, ésta se concibe a sí misma capaz de esgrimir el Anillo y de suplantar al Señor Oscuro. Si era así, también lo eran los otros guardianes del Árbol, en especial Elrond. Pero ésta es otra cuestión. Formaba parte del Anillo el engaño por el que las mentes se llenaban de la ilusión de supremo poderío. Pero esto los Grandes lo habían pensado muy bien y lo habían rechazado, como se lo ve en las palabras que Elrond pronuncia en el Concilio. El rechazo de Galadriel de la tentación se fundaba en una reflexión y una resolución previas. En cualquier caso, Elrond o Galadriel habrían procedido según la política ahora adoptada por Sauron: habrían erigido un imperio con grandes generales y ejércitos absolutamente subordinados y maquinarias de guerra, hasta que pudieran desafiar a Sauron y destruirlo por la fuerza. No se contemplaba el enfrentamiento con Sauron cara a cara, sin ayuda. Uno puede imaginar la escena en la que Gandalf, por ejemplo, estuviera colocado en semejante situación. Estaría en delicado equilibrio. Por un lado, la verdadera fidelidad del Anillo a Sauron; por el otro, una fuerza superior porque Sauron no tenía realmente posesión de él, y quizá también porque estaba debilitado por una larga corrupción y el gasto de la voluntad insumido en el dominio de seres inferiores. Si Gandalf resultaba victorioso, el resultado para Sauron habría sido el mismo que la destrucción del Anillo; para él habría sido destruido, le habría sido quitado para siempre. Pero el Anillo y todas sus obras habrían quedado conservados. Habría sido el amo hasta el final.

Gandalf como Señor del Anillo habría sido mucho peor que Sauron. Habría seguido siendo «justo», pero de una justicia centrada en sí mismo. Habría seguido gobernando y mandando cosas para «bien» y beneficio de sus subditos de acuerdo con su sabiduría (que era y habría seguido siendo grande).

El borrador termina aquí. En el margen Tolkien escribió: «Así, mientras Sauron multiplicaba [palabra ilegible] el mal, permitió que el "bien" fuera claramente distinguible de él. Gandalf habría vuelto el bien detestable y en apariencia malo.»

 

8) La idea de Historicidad planteada por Tolkien en ESDLA, es motivo de una reflexión del Profesor en cuanto a que su obra no discurre solamente en términos de lo imaginario o de la fantasía, sino que hay que pensarla como una realidad imaginaria en donde la política, la justicia, el bien y el mal juegan con límites imprecisos que van más allá del “clásico” conflicto literario entre “Buenos” y “Malos”

 

Carta 183  Notas sobre la crítica de El Retorno del Rey de W. H. Auden

Un comentario, aparentemente escrito para la propia satisfacción de Tolkien, que no le fue enviado o mostrado a nadie, sobre «At the End of the Quest, Victory», una crítica de El Retorno del Rey, por W. H. Auden, aparecida en el New York Times Book Review el n de enero de 1956. El texto ofrecido aquí es la reescritura hecha en alguna fecha algo posterior de una primera versión ahora perdida que, con toda probabilidad, se escribió en 1956. En la crítica, Auden escribía: «La vida, tal como la experimento en mi propia persona, es primordialmente una continua sucesión de opciones entre alternativas .... La imagen natural con que se puede representar esta experiencia es la de un viaje con un objetivo, amenazado de peligros y obstáculos .... Pero cuando observo a mis prójimos, esta imagen parece falsa. Puedo ver, por ejemplo, que sólo los ricos y los que están en vacaciones pueden emprender viajes; la mayor parte de los hombres, la mayor parte del tiempo, deben trabajar en un lugar preciso. No puedo verlos eligiendo, sino sólo adoptando medidas, y, si conozco bien a algunos, puedo de ordinario predecir cómo actuará en una situación dada .... Luego, si trato de describir lo que veo como si fuera una cámara impersonal, no produciré una Misión, sino un documento "naturalista" -----

Ambos extremos, desde luego, falsifican la vida. Hay Misiones medievales que justifican la crítica hecha por Erich Auerbach en su libro Mimesis: "El mundo de las andanzas caballerescas es un mundo de aventura .... Las hazañas [del caballero] .... son acciones llevadas a cabo al azar que no encajan en ninguna estructura con finalidades políticas" .... El Señor Tolkien ha logrado mejor que ningún otro escritor anterior la utilización de las propiedades tradicionales de la Misión».

 

Agradezco mucho esta crítica. Muy alentadora, puesto que viene de un hombre que es a la vez poeta y crítico de suma distinción. Sin embargo (pienso), no es alguien que tenga mucha práctica en la narración de cuentos. De cualquier modo, me sorprende un tanto, porque a pesar de su alabanza antes me parece la manera de expresarse de un crítico que la de un autor. Según yo lo siento, no es el modo exacto de considerar las Misiones en general, ni mi historia en particular. Creo que es precisamente porque no intenté ni nunca pensé intentar la «objetivación» de mi experiencia personal de la vida, que la narración de la Misión del Anillo ha logrado procurar placer a Auden (y a otros). Probablemente, ésa es también la razón, en muchos casos, por la que no logró complacer a algunos lectores y críticos. La historia no trata de JRRT en absoluto y en ningún momento trata de ser una alegoría de su experiencia de la vida, porque eso es lo que debe significar la objetivación de su experiencia subjetiva en un cuento, si algo significa.

Mi mentalidad es proclive a la historia. La Tierra Media no es un mundo imaginario. El nombre es la forma moderna (que aparece en el siglo XIII y está todavía en uso) de midden-erd > middel-erd, nombre antiguo de oikoumenë, sitio de la morada de los Hombres, el mundo objetivamente real, utilizado específicamente en oposición a los mundos imaginarios (como el País de las Hadas) o los mundos invisibles (como el Cielo o el Infierno). El teatro de mi cuento es esta tierra, la tierra en la que ahora vivimos, pero el período histórico es imaginario. Lo esencial de la morada está todo presente (al menos para los habitantes del Noroeste de Europa), de modo que, por supuesto, tiene un aire de familiaridad, si bien algo glorificado por la distanciación en el tiempo.

Los hombres emprenden y han emprendido viajes y búsquedas en la historia, sin intención de representar alegorías de la vida. No es verdad del pasado ni lo es del presente decir que «sólo los ricos y los que están de vacaciones pueden emprender viajes». La mayoría de los hombres emprenden algunos viajes. Que sean largos o cortos, que tengan algún cometido o sólo se hagan para «ir y volver», no es de primordial importancia. Como traté de expresarlo en la Canción de la Marcha de Bilbo, hasta una caminata de toda una tarde puede tener efectos importantes. Aun cuando Sam sólo había llegado al Bosque Cerrado, tuvo una «revelación». Porque si hay algo en una jornada, cualquiera que sea su duración, para mí es esto: la liberación del estado vegetativo de quien sufre pasivamente, un ejercicio de la voluntad por pequeño que sea, y movilidad, y también de la curiosidad, sin la cual una mente racional se estupidiza. (Aunque, por supuesto, todo esto se pensó con posterioridad y no tiene en cuenta el punto principal. Para el cuentista, un viaje es una invención maravillosa. Procura un fuerte hilo del que pueden pender una multitud de cosas que tiene en mente, para dar origen a algo del todo nuevo, variado, imprevisible y, sin embargo, coherente. El principal motivo de que utilizara esta forma era simplemente técnico.)

De cualquier modo, no considero a aquellos de mis prójimos que he observado de la manera descrita. Soy ahora bastante viejo, de modo que he podido observar a algunos de ellos lo suficiente como para tener noción de lo que, supongo, Auden llamaría su carácter básico o innato, aunque se noten cambios (a menudo considerables) en su modo de conducta. No creo que un viaje en el espacio sea una comparación útil para la comprensión de estos procesos. Me parece que la comparación con una semilla es más esclarecedora: una semilla, con su vitalidad y su heredad innatas, su capacidad de crecer y desarrollarse. Una gran parte de los «cambios» en el hombre son, sin duda, el desenvolvimiento de las pautas escondidas en la semilla; aunque éstas están, por supuesto, modificadas por la situación (geográfica o climatológica) en la que ha sido arrojada, y pueden ser dañadas por accidentes terrestres. Pero esta comparación excluye inevitablemente un punto importante. Un hombre no es sólo una semilla que se desarrolla según una pauta definida, bien o mal, de acuerdo con su situación o sus defectos como ejemplar de su especie; un hombre es a la vez una semilla y, en cierto grado, también un jardinero, para bien o para mal. Me impresiona el grado en el que el desarrollo del «carácter» puede ser el producto de la intención consciente, la voluntad de modificar las tendencias innatas en las direcciones deseadas; en algunos casos, el cambio puede ser grande y permanente. He conocido a uno o dos hombres y mujeres que podrían ser descritos como «hechos por sí mismos» en este respecto, y esto contiene tanta verdad parcial al menos como la que hallaríamos si aplicáramos la expresión «hechos por sí mismos» a aquellos cuya riqueza o posición es fruto en amplia medida de sus propios esfuerzos y fuerza de voluntad, con poca o ninguna ayuda de una fortuna o posición social heredadas.

De cualquier modo, personalmente compruebo que las acciones de la mayoría de la gente son imprevisibles en cualquier situación particular o emergencia. Quizá porque no soy un buen juez del carácter. Pero aun Auden sólo dice que «habitualmente» puede predecir cómo han de actuar esas personas; y por la inserción de «habitualmente» se admite un elemento de incompatibilidad que, por pequeño que sea, está invalidando su punto de vista.

Algunas personas son, o parecen ser, más previsibles que otras. Pero eso es consecuencia más bien de su fortuna que de su naturaleza (como individuos). La gente cuyas reacciones son previsibles reside en circunstancias relativamente fijas, y es difícil cogerlas y observarlas en situaciones que (les) sean extrañas. Ésa es otra buena razón para enviar a los «hobbits» -gente simple y previsible en circunstancias simples y desde hace mucho asentadas- a un viaje que los aleje de sus viejos hogares, al encuentro de tierras extrañas y peligrosas. En especial si se les procura un fuerte motivo de resistencia y adaptación. Aunque sin ningún motivo elevado la gente cambia (o más bien revela lo latente) en los viajes: ése es un hecho de la observación ordinaria que no necesita ninguna explicación simbólica. En un viaje de longitud lo suficientemente prolongada como para procurar adversidades, desde diversos grados de incomodidad hasta miedo, el cambio de compañeros bien conocidos en la «vida ordinaria» (y de uno mismo) es a menudo asombroso.

No me gusta el empleo de la palabra «político» en semejante contexto; me parece falso. Me resulta claro que el deber de Frodo era «humano», no político. Naturalmente, pensó primero en la Comarca, puesto que sus raíces estaban allí, pero la empresa tenía por objeto no la preservación de esta o aquella política, como el aspecto republicano o aristocrático de la Comarca, sino la liberación de una maligna tiranía de todo lo «humano», [93] con inclusión de los «orientales» y los Haradrim, que eran todavía servidores de la tiranía.

Denethor estaba teñido de mera política: de ahí su fracaso y la desconfianza que sentía por Faramir. Para él había llegado a ser un motivo primordial la preservación de la política de Gondor tal como era, en contra de otro potentado que se había hecho más fuerte y que debía ser temido y en contra del cual era preciso luchar por esa razón y no porque fuera implacable o malvado. Denethor despreciaba a los hombres menores, y se puede tener la seguridad de que no distinguía ente los orcos y los aliados de Mordor. Si hubiera sobrevivido como vencedor, aun sin utilización del Anillo, habría dado un gran paso para convertirse él mismo en tirano, y los términos y el tratamiento que habría acordado a los pueblos engañados del este y del sur hubiera sido cruel y vengativo. Se había convertido en un líder «político»: Gondor contra el resto.

Pero ésa no era la política o el deber propuestos por el Concilio de Elrond. Sólo después de escuchar el debate y comprender la naturaleza de la empresa, aceptó Frodo el peso de su misión. En verdad, los Elfos destruyeron su propia política intentando cumplir un deber «humano». Esto no ocurrió meramente como una desdichada consecuencia de la Guerra; sabían que se trataba de un resultado inevitable de la victoria, que de ningún modo podía ser ventajosa para los Elfos. No puede decirse que Elrond tuviera un deber o un propósito políticos.

El empleo que hace Auerbach de la palabra «político» puede parecer a primera vista más justificado; pero no es, creo, realmente admisible... ni siquiera si reconocemos la fatiga a la que estaba reducida la mera «caballería andante» como lectura para pasar el tiempo de una clase principalmente interesada en las hazañas de las armas y el amor. [94] Tan divertida para nosotros (o para mí) como lo son las historias sobre el criquet o las narraciones de un equipo en gira para aquellos que (como yo) encuentran el criquet (tal como es ahora) de un aburrimiento espantoso. Pero las hazañas de la Saga Arthuriana (por ejemplo) o las novelas relacionadas con ese gran centro imaginativo, no tienen necesidad de encajar en una pauta de finalidad política. [95] Así era en las primeras tradiciones arthurianas. O al menos este hilo de imaginación primitiva aunque poderosa era un elemento importante en ellas. Como también en el Beowttlf. Auerbach habría aprobado el Beowulf, pues en él un autor intentó situar una hazaña de la caballería andante en un complejo campo político: las tradiciones inglesas de las relaciones internacionales mantenidas con Dinamarca, Gotland y Suecia en días antiguos. Pero ésa no es la fuerza de la historia, sino y sobre todo su debilidad. Los objetivos personales de Beowulf en su viaje a Dinamarca son precisamente los de los posteriores Caballeros: su propio renombre y, por encima de él, la gloria de su señor y rey; pero durante todo el tiempo atisbamos algo más profundo. Grendel es un enemigo que ha atacado el corazón del reino y ha llevado a los recintos reales la oscuridad exterior, de modo que sólo a la luz del día puede el rey sentarse en el trono. Esto es algo muy diferente y mucho más horrible que la invasión «política» por iguales: hombres de otro reino similar, como el posterior ataque de Ingeld a Heorot.

La derrota de Grendel constituye un buen cuento de maravillas porque él es demasiado fuerte y peligroso como para que un hombre corriente lo venza, pero es una victoria en la que todos los hombres pueden regocijarse porque es un monstruo, hostil a todos los hombres y a toda camaradería y alegría humanas. Comparados con él, aun los daneses y los geatis, desde mucho tiempo atrás políticamente hostiles, eran Amigos y pertenecían a la misma facción. Es la monstruosidad y la calidad feérica de Grendel lo que hace el cuento realmente importante, sobreviviendo aun cuando la política se ha opacado y las relaciones entre daneses y geatis han llegado a una «entente cordiale» entre dos casas regentes y se han convertido en un asunto menor de imprecisa historia. En ese mundo político Grendel parece tonto, aunque por cierto no lo es, por ingenuas que puedan parecer la imaginación del poeta y la descripción que hace de él.

Por supuesto, en la «vida real» las causas no quedan claramente recortadas, aunque sea sólo porque los tiranos humanos rara vez están tan enteramente corrompidos como para convertirse en puras manifestaciones de una voluntad maligna. En la medida en que yo pueda juzgarlo, algunos parecen haber sido corrompidos hasta ese punto, pero aun así deben gobernar a súbditos que sólo en parte están igualmente corrompidos, mientras que muchos necesitan todavía que se les ofrezcan «buenos motivos», reales o fingidos. Como lo vemos hoy. Aun así hay casos claros: por ejemplo, actos de mera cruel agresión en la que, por tanto, desde un principio el bien está todo él con una de las partes, no importa cuál sea el mal que los que padecen con resentimiento la agresión generen entre los miembros de la parte justa. Hay también conflictos sobre ideas y acontecimientos importantes. En tales casos, estoy más impresionado por la importancia de estar en el lado justo que perturbado por la revelación de la jungla de motivos confusos, objetivos privados y acciones individuales (nobles o bajas) en las que lo justo y lo injusto en los conflictos humanos concretos están comúnmente implicados. Si el conflicto es realmente sobre las cosas apropiadamente llamadas justas e injustas, o buenas y malas, la justicia o bondad de una de las partes no queda probada o establecida por lo que una de ellas proclame; debe depender de valores y creencias que estén por encima del conflicto particular y sean independientes de él. Un juez debe acordar la justicia y la injusticia de acuerdo con principios que considere válidos en todos los casos. Si ello es así, lo justo seguirá siendo una posesión inalienable del lado justo y en todo momento justificará su causa (Hablo de causas, no de individuos). Por supuesto, a un juez cuyas ideas morales tienen una base religiosa o moral, o en verdad a cualquiera que no esté enceguecido por el fanatismo partidario, la justicia de la causa no justificará las acciones de sus sostenedores, como individuos, que son moralmente malvados. Pero aunque la «propaganda» haga de ellos una prueba de que su causa no era de hecho «justa», eso no resulta válido. Los agresores son ante todo culpables de las malas acciones que proceden de su original violación de la justicia y de las pasiones que su propia maldad debe naturalmente (según sus normas) haber despertado. Ellos, de cualquier modo, no tienen derecho a exigir que sus víctimas, al ser atacadas, no demanden ojo por ojo o diente por diente.

De manera semejante, las buenas acciones de los que están del lado de lo injusto no justificarán su causa. Puede haber acciones, por parte de los que estén a favor de lo injusto, de coraje heroico o de algún nivel moral más elevado: acciones de piedad o dominio de sí mismo. Un juez puede acordarles honor o regocijarse al ver cómo algunos hombres son capaces de elevarse por sobre el odio y la cólera despertados por un conflicto; como puede también deplorar las malas acciones habidas en el lado justo y afligirse al ver cómo el odio, una vez provocado, puede rebajarlos. Pero esto no alterará su juicio en cuanto a cuál sea el lado que esté con la justicia ni su atribución de la culpa fundamental por todo el mal que se le ha ocasionado al otro lado.

En mi historia no trato del Mal Absoluto. No creo que exista tal cosa, pues eso es el Cero. No creo, de cualquier manera, que ningún «ser racional» sea enteramente malo. Satán cayó. En mi mito, Morgoth cayó antes de la Creación del mundo físico. En mi historia, Sauron representa una aproximación tan cabal como es posible a una voluntad por entero mala. Había seguido el camino de todos los tiranos: empezó bien, al menos en el sentido de que, aunque deseaba ordenarlo todo de acuerdo con su propia sabiduría, consideró en primer lugar el bienestar (económico) de otros habitantes de la Tierra. Pero fue más allá de los tiranos humanos en cuanto a orgullo y sed de dominio, pues era en su origen un espíritu inmortal (angélico). [96] En El Señor de los Anillos el conflicto no se centra básicamente en la «libertad», aunque, por supuesto, ella queda comprendida. Se centra en Dios y Su derecho exclusivo al divino honor. Los Eldar y los Númenóreanos creían en El Único, el verdadero Dios, y consideraban una abominación la veneración de cualquier otra persona. Sauron deseaba ser un Rey-Dios, y sus servidores lo tenían por tal; [97] si hubiera resultado victorioso habría exigido honores divinos de todas las criaturas racionales y poder temporal absoluto por sobre el mundo entero. De modo que si aun sumido en la desesperación «el Oeste» hubiera criado o contratado hordas de orcos y hubiera asolado cruelmente las tierras de otros Hombres como aliados de Sauron, o meramente para impedirles que lo ayudaran, su Causa habría seguido siendo irrevocablemente justa. Como lo es la Causa de los que se oponen ahora al Dios-Estado y al mariscal Esto o Aquello como su Sumo Sacerdote, a pesar de que es cierto (como desdichadamente lo es) que muchas de sus acciones son injustas, y aunque fuera cierto (que no lo es) que los habitantes del «Oeste», salvo una minoría de patrones ricos, viven en temor y escualidez, mientras que los veneradores del Dios-Estado viven en paz y abundancia, en la mutua estima y la confianza.

De modo que siento que las boberías de la crítica, la correspondencia sobre ellas y las discusiones sobre si mis «buenas gentes» eran bondadosas y misericordiosas o concedían cuartel o no, están fuera de cuestión. Algunos críticos parecen estar decididos a mostrarme como un adolescente de mentalidad simple, inspirado por un espíritu, digamos, del tipo Con-la-bandera-a-Pretoria, y distorsionan intencionalmente lo que se dice en mi cuento. No tengo ese espíritu, y no aparece en la historia. La sola figura de Denethor basta para demostrarlo; pero no he hecho a los que están del lado «justo», a los Hobbits, los Rohirrim, los Hombres del Valle o de Gondor, mejores de lo que los hombres han sido o son o pueden ser. El mío no es mundo «imaginario», sino un momento histórico imaginario de la «Tierra Media», que es el lugar donde vivimos.

 

9) Sobre Sauron y su corporeidad.

 

Carta 200  De una carta al mayor R. Bowen

 

25 de junio de 1957

Tengo en cuenta sus observaciones sobre Sauron. Siempre quedaba descorporizado cuando era vencido. Según la teoría, si es posible dignificar los recursos de la historia con término semejante, era un espíritu, un espíritu menor, pero aun así un espíritu «angélico». De acuerdo con la mitología que rige estas cosas, eso significa que, aunque era una criatura, por supuesto, pertenecía a la raza de seres inteligentes que fueron hechos antes de que existiera el mundo físico, y se les permitió asistir a su creación según fueran sus posibilidades. Los que más se interesaron en esta obra de Arte, tal como fue en primera instancia, se entusiasmaron tanto con ella que cuando el Creador la hizo real (esto es, le dio realidad secundaria subordinada a la suya, que llamamos realidad primaria) quisieron entrar en ella desde el comienzo de su «realización».

Se les permitió hacerlo, y los grandes de entre ellos se convirtieron en el equivalente de los «dioses» de las mitologías tradicionales; pero la condición era que debían permanecer «en ella» en tanto la Historia no terminara. Estaban pues en el mundo, pero no del modo cuya naturaleza esencial es estar físicamente encarnado. Se autoencarnaban si lo deseaban, pero sus formas encarnadas eran más análogas a nuestras ropas que a nuestros cuerpos, salvo que, más que las ropas, eran la expresión de sus deseos, ánimos, voluntades y funciones. El conocimiento de la Historia como fue al ser concebida, antes de su realización, les procuraba cierta medida de pre-visión; el monto variaba mucho, desde el conocimiento bastante completo de la mente del Creador poseído por Manwë, el «Rey Mayor», hasta el de los espíritus menores que podrían haberse interesado tan sólo en algún asunto subsidiario (como los árboles o los pájaros, por ejemplo). Algunos se habían apegado a tales artistas superiores, y conocían las cosas sobre todo indirectamente a través del conocimiento que tenían de estos maestros. Sauron había estado unido al mayor de todos, Melkor, que se convirtió en el Rebelde inevitable y el autovenerador de las mitologías que empiezan con un único Creador trascendente. Olórin (Vol. II, pág. 382) había estado unido a Manwë. [98]

El Creador no se mantuvo apartado en lo alto. Introdujo nuevos temas en el diseño original, que, por consiguiente, podrían resultar imprevistos para muchos espíritus en realización; hubo también acontecimientos imprevisibles (es decir, sucesos que aun un completo conocimiento del pasado no podía prever).

De la primera clase, y el principal de todos, era el tema de la inteligencia encarnada, los Elfos y los Hombres, que no fue pensado ni tratado por ninguno de los Espíritus. Por tanto, fueron llamados Hijos de Dios. Siendo diferentes de los Espíritus, de menor «estatura» y, sin embargo, del mismo orden, eran objeto de la esperanza y el deseo de los espíritus mayores, que conocían algo de su forma y su naturaleza y el modo y la época en que se daría su realización. Pero se daban cuenta también de que los Hijos de Dios no debían ser «dominados», aunque serían especialmente susceptibles de serlo.

Fue por esta pre-ocupación que les producían los Hijos de Dios que los espíritus asumían con tanta frecuencia la forma y la semejanza de ellos, especialmente después de su aparición. Así fue que Sauron apareció en esta forma. Se supone, según este mito, que cuando esta forma era «real», es decir, una realidad física en el mundo físico y no una visión transferida de mente a mente, era preciso cierto tiempo para alcanzar plenitud. Luego era destructible como los demás organismos físicos. Claro que eso no destruía el espíritu ni lo eliminaba del mundo donde debía permanecer hasta su fin. Después de la batalla con Gilgalad y Elendil, Sauron tardó largo tiempo en rehacerse, más del que había tardado tras la Caída de Númenor (supongo que porque cada reconstitución consumía parte de la energía inherente del espíritu, que podría llamarse la «voluntad» o el vínculo efectivo entre la mente y el ser indestructible y la realización de su imaginación). La imposibilidad de rehacerse después de la destrucción del Anillo es «mitológicamente» lo bastante clara en el presente libro.

Lamento que todo esto resulte aburrido y «pomposo». Pero así resultan todos los intentos de «explicar» las imágenes y los acontecimientos de una mitología. Naturalmente, las historias son lo primero. Pero la posibilidad de tener una especie de explicación racional o racionalizada, es la prueba de la coherencia de una mitología como tal.

 

10) Respuestas varias de Tolkien sobre temas diversos, como las cabalgaduras de los Nazgûl, las vestimentas de la Tercera Edad. Los Magos Azules, etc. En un borrador de la misma carta El Profesor nos habla de los Valar y la Subcreación...

 

Carta 211  A Rhona Beare

“(...)La señorita Beare formulaba después una serie de preguntas numeradas. «Pregunta 1»: ¿Por qué (en la primera edición, 1, 291) se dice que el caballo de Glorfindel tiene «freno y bridas» cuando los Elfos cabalgan sin embocadura, riendas o montura? «Pregunta 2»: ¿Cómo pudo Ar-Pharazón derrotar a Sauron cuando éste tenía el Único Anillo? «Pregunta 3»: ¿Cuáles eran los colores de los dos magos mencionados, aunque no por su nombre, en el libro? «Pregunta 4»: ¿Qué ropas llevaban los pueblos de la Tierra Media? ¿Era la corona alada de Gondor como la de una valkiria, o como la que se ilustra en la cajetilla de los cigarrillos Gauloise?..” “(...)¿Cabalgaba el Rey-Brujo un pterodáctilo en el sitio de Gondor? «Pregunta 5»: ¿Quién es el Rey Mayor mencionado por Bilbo en su canción de Eärendil? ¿Es el Único?...”

 

14 de octubre de 1958              Merton College, Oxford

Estimada señorita Beare:

Me temo que esta contestación le llegue demasiado tarde para que le resulte útil en la ocasión; pero no me fue posible escribirle antes. Acabo de llegar al cabo de un año de permiso, uno de cuyos objetivos fue completar algunas de las obras «eruditas» que fueron descuidadas mientras me ocupé de bagatelas no profesionales (tales como El Señor de los Anillos): registro el tono de muchos de mis colegas. En realidad, ocupé gran parte del tiempo en graves contratiempos, entre ellos la enfermedad de mi esposa; pero me pasé todo agosto trabajando largas horas, siete días a la semana, contra reloj, para poner fin a una obra antes de ir a Irlanda en misión oficial. Regresé hace unos pocos días, justo a tiempo para nuestra festividad de Michaelmas.

En un momento de sosiego trataré de contestar sus preguntas brevemente. No conozco «todas las respuestas». Gran parte de mi propio libro me desconcierta; y, de cualquier modo, la mayor parte de él fue escrita hace tanto (hace algo más de 20 años), que lo leo ahora como si fuera obra de un extraño.

 

Asfaloth y su Montura

 

Pregunta 1. Podría responder, supongo: «¡un ciclista acróbata es capaz de montar en una bicicleta con guías!». Pero en realidad se utilizó bridle [riendas] por descuido en lugar de lo que debió llamarse, supongo beadstall [cabestro]. [99] O, más bien, como bit [embocadura] se añadió (1221), hace mucho (el capítulo 12 del Libro Primero se escribió muy tempranamente), no había considerado la conducta natural de los elfos en relación con los animales. El caballo de Glorfindel habría llevado un cabestro ornamental con una pluma y correas con joyas incrustadas y campanillas; pero Glor., por cierto, no habría utilizado una embocadura. Cambiaré riendas y embocaduras por cabestro.

 

Sauron, Ar-Pharazôn y el Poder del Único

 

Pregunta 2. Esta pregunta y sus implicaciones quedan contestadas en la «Caída de Númenor», no publicada todavía, pero cuya explicación no puedo emprender ahora. No se puede presionar demasiado al Anillo Único, pues, por supuesto, es un elemento mítico, aunque el mundo de los cuentos está concebido en términos más o menos históricos. El Anillo de Sauron es sólo uno de los varios tratamientos míticos de la colocación de la propia vida o del propio poder en algún objeto externo, que se expone así a la captura o la destrucción con resultados desastrosos para uno mismo. Si fuera a «filosofar» este mito o, al menos, el Anillo de Sauron, diría que era un modo mítico de representar la verdad de que la potencia (o quizá más bien la potencialidad), si ha de ejercerse y producir resultados, tiene que ser exteriorizada y de ese modo, por así decir, sale, en mayor o menor grado, fuera del control directo de uno. Un hombre que desee ejercer «poder» debe tener súbditos que no sean él mismo. Pero entonces depende de ellos.

Ar-Pharazôn, como se dice en la «Caída», o Akallabêth, conquistó a los súbditos aterrorizados de Sauron, no a éste. La «rendición» personal de Sauron fue voluntaria y fruto de la astucia: ¡logró transporte sin cargo hasta Númenor! Naturalmente, tenía el Anillo Único, de modo que pronto pudo dominar las mentes y las voluntades de la mayoría de los Númenóreanos. (No creo que Ar-Pharazôn supiera nada del Anillo Único. Los Elfos mantenían muy en secreto el asunto de los Anillos en tanto les era posible. De cualquier manera, Ar-Pharazôn no estaba en comunicación con ellos. En el Cuento de los Años, Apéndices, págs. 90-92, encontrará vestigios del infortunio: «la Sombra cae sobre Númenor». Después de Tar-Atanamir -un nombre élfico-, el próximo nombre es Ar-Adunakhôr, un nombre númenóreano. Véase pág. Nº -- [100]   El cambio de nombres se acompañó de un completo rechazo de la amistad de los Elfos y de la enseñanza «teológica» que los Númenóreanos habían recibido de ellos.)

Sauron fue derrotado primero por un «milagro»: una acción directa de Dios el Creador, que cambió la estructura del mundo cuando fue invocado por Manwë; véase Apéndices, págs. 14-15. Aunque reducido a «un espíritu de odio transportado por un viento oscuro», no creo que sea necesario sentirse intimidado por este espíritu que carga el Anillo Único, del que depende ahora en amplia medida su poder de dominar las mentes. Que Sauron no fuera él mismo destruido en la cólera del Único no es mi culpa: el problema del mal y su aparente tolerancia es permanente para todos los que se preocupan por nuestro mundo. La indestructibilidad de los espíritus con libre voluntad, aun por su Creador, es también un rasgo inevitable, si uno cree en su existencia o lo finge en una historia.

Sauron, por supuesto, quedó «confundido» por el desastre, y disminuido (pues había perdido una enorme cantidad de energía en la corrupción de Númenor). Necesitaba tiempo para su propia rehabilitación corporal, y para ganar el control de sus ex súbditos. Fue atacado por Gil-galad y Elendil antes de que su nuevo dominio fuera plenamente establecido.

 

Los Magos Azules

 

Pregunta 3. No he nombrado los colores porque no los conozco. [101] Dudo de que tuvieran colores distintivos. Los distintivos sólo eran necesarios en el caso de los tres que permanecieron en la zona relativamente pequeña del Noroeste. (Sobre los nombres, véase P[regunta] 5.) Realmente, no tengo ningún conocimiento claro de los otros dos, pues no conciernen a la historia del NO. Creo que fueron como emisarios a regiones distantes fuera del territorio de los Númenóreanos: misioneros en tierras «ocupadas por el enemigo», por así decir. Nada sé del éxito que pudo haber tenido su misión; pero me temo que fracasaron, como fracasó Saruman, aunque sin duda de modo diferente; y sospecho que fueron fundadores de cultos secretos y tradiciones «mágicas» que perduraron después de la caída de Sauron.

 

La Vestimenta

 

Pregunta 4. No conozco el detalle de sus vestidos. Visualizo con gran claridad y precisión el paisaje y los objetos «naturales», pero no los artefactos. Pauline Baynes obtuvo su inspiración para Egidio en gran parte a partir de las ilustraciones de los manuscritos medievales; excepto en el caso de los caballeros (que tienen un aire algo «arthuriano»), [102] el estilo parece adecuarse bastante bien. Salvo que los varones, especialmente en las partes septentrionales como la Comarca, habrían llevado pantalones, ya escondidos por una capa, ya bajo un manto, o meramente acompañados por una camisa.

No tengo duda de que en el ámbito considerado en mi historia (muy amplio), el «vestido» de los diversos pueblos, Hombres y otros, estaba muy diversificado en la Tercera Edad, según el clima y la costumbre heredada. Como lo estaba en nuestro mundo, aun si consideramos sólo Europa, el Mediterráneo y el muy cercano «Oriente» (o Sur), antes de la victoria en nuestro tiempo del menos agradable estilo de vestido (especialmente en el caso de los varones y los «neutros») que revela la historia escrita: una victoria que todavía se continúa, aun entre los que más odian las tierras en las que tuvo su origen. Los Rohirrim no eran «medievales» según el estilo que damos a la palabra. Los estilos del Tapiz de Bayeux (hecho en Inglaterra) se adecuan a ellos bastante bien, si se recuerda que las redes de tenis que [los] soldados parecen llevar son sólo un torpe signo convencional de las cotas de malla de aros pequeños...”

Los Númenóreanos de Gondor eran orgullosos, peculiares y arcaicos, y creo que la mejor manera de tener una imagen de ellos es (digamos) en términos egipcios. En muchos aspectos parecían «egipcios»: el amor por lo gigantesco y lo macizo, y la capacidad de construirlo. Y por su gran interés en los antepasados y las tumbas. (Pero no, por supuesto, en cuanto a la «teología», en la que eran hebraicos y todavía más puritanos; pero sería demasiado largo poner esto en claro: explicar, en verdad, por qué prácticamente no existía «religión» manifiesta alguna, [103] o mas bien actos religiosos, templos o ceremonias entre los pueblos «buenos» o antisaurianos en El Señor de los Anillos.) Creo que la corona de Cóndor (el reino S.) era muy alta, como la egipcia, pero alada, no perfectamente vertical, sino siguiendo un

cierto ángulo.

El Reino N. tenía sólo una diadema (Apéndices, pág. 24). Cf. la diferencia entre los reinos S. y N. del Egipto...”

 

La Cabalgadura de los Nazgûl

 

“(...)Pterodáctilo. Sí y no. No tenía intención de que la cabalgadura del Rey-Brujo fuera lo que se llama ahora un «pterodáctilo» y se dibuja a menudo (con más bien menor número de pruebas imprecisas de las que fundamentan la nueva y fascinante mitología semicientífica de la «Prehistoria»). Pero evidentemente es pterodactílica y debe mucho a la nueva mitología, y su descripción podría dar pie a la creencia de que se trata del último sobreviviente de eras geológicas más antiguas. [104]

 

Sobre Manwë

 

Pregunta 5. Manwë, esposo de Varda; o en la lengua de los Elfos Grises, Manwë y Elbereth. Dado que los Valar no tenían lengua propia (no la necesitaban), no tenían nombres «verdaderos», sólo identidades, y los nombres les eran atribuidos por los Elfos, de modo que eran más bien «motes» referidos a una peculiaridad, función o hecho sorprendente. (Lo mismo se aplica a los «Istari» o Magos que fueron emisarios de los Valar, y a los de su especie.) En consecuencia, cada identidad tenía varios «motes»; y los nombres de los Valar no estaban necesariamente relacionados en las diferentes lenguas élficas (o las lenguas de los Hombres que habían recibido su conocimiento de los Elfos). (Elbereth J Varda, «Señora de las Estrellas» y «Encumbrada», no son palabras emparentadas, pero se refieren a la misma persona.) Manwë (Ser Bendito) era el Señor de los Valar y, por tanto, el Rey Mayor de Arda. Arda, «reino», era el nombre que se le daba a nuestro mundo o la tierra, pues era el lugar dentro de la inmensidad de Eä, elegido para ser el sitio y el dominio especial del Rey, por saber éste que allí aparecerían los Hijos de Dios. En el mito cosmogónico se dice que Manwë era el «hermano» de Melkor, es decir que eran coevos y de la misma potencia en la mente del Creador. Melkor se convirtió en el Rebelde y el Diábolos de estos cuentos, que se disputó el reino de Arda con Manwë. (Habitualmente era llamado Morgoth en la lengua de los Elfos Grises.)

El Único no habita físicamente en ninguna parte de Eä.

 

“Un tiempo imaginario”, un Mundo Mítico

 

No es preciso que diga que todo esto es mítico y de ningún modo una nueva especie de religión o visión. En la medida de mi conocimiento, es meramente una invención imaginativa para expresar en el único modo que me es posible algunas de mis (oscuras) percepciones del mundo. Todo lo que puedo decir es que, si fuera «historia», no sería fácil situar las tierras y los acontecimientos (o «culturas»), según las pruebas de que disponemos, arqueológicas o geológicas, en los sitios más cercanos o remotos de lo que ahora llamamos Europa; aunque de la Comarca, por ejemplo, se dice explícitamente haber estado en esta región (1, 13). [105] Podría haber situado las cosas con mayor verosimilitud antes de que la cuestión se me planteara, si la historia no hubiera estado ya demasiado desarrollada. Dudo de que fuera mucha la ventaja; y espero que, evidentemente largo aunque indefinido, el hueco [106] en el tiempo entre la caída de Barad-dûr y nuestros Días es bastante como para obtener «credibilidad literaria», aun para los lectores familiarizados con lo que se sabe o se conjetura de la «pre-historia».

He construido, supongo, un tiempo imaginario, pero en cuanto al espacio he mantenido los pies en mi propia madre patria. Lo prefiero a la moda contemporánea de buscar globos remotos en el «espacio». Por curiosos que sean, resultan ajenos y no son amables con el amor que inspiran los parientes sanguíneos. La Tierra Media (entre paréntesis y si semejante nota es necesaria) no es de mi propia invención. Es una modernización o alteración (N[ew] E[nglish] D[ictionary]: una «perversión») de una vieja palabra para el mundo habitado de los Hombres, la oikoumenë: media porque se la concebía vagamente situada en medio de los Mares circundantes y (según la imaginación nórdica) entre el hielo del Norte y el fuego del Sur. Inglés a. middan-geard, i. medieval midden-erd, middle-erd. ¡Muchos críticos parecen suponer que la Tierra Media está situada en otro planeta!

Desde el punto de vista teológico (si el término no resulta demasiado grandilocuente), imagino que el cuadro no se aleja demasiado de lo que algunos (incluido yo) consideran la verdad. Pero como he escrito deliberadamente un cuento, que está construido sobre, o a partir de, ciertas ideas «religiosas», aunque no es una alegoría de ellas (ni de ninguna otra cosa), no las menciona abiertamente y aun menos las predica, no me alejaré ahora de esa actitud para aventurarme en disquisiciones teológicas para las que no estoy preparado. Pero podría decir que si el cuento es «sobre» algo (aparte de sí mismo), no es, como según parece se supone en general, sobre el «poder». La búsqueda del poder es sólo el motivo que pone los acontecimientos en marcha y creo que relativamente carece de importancia. Trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad; y de las «huidas»: la longevidad y el atesoramiento de la memoria.

Sinceramente suyo,

J.R.R. Tolkien.

 

Continuación en borrrador de la misma carta

 

Los Valar, La Creación

 

(no enviada)

Puesto que he escrito tanto (espero que no demasiado), bien podría agregar unas pocas líneas sobre el Mito en el que todo se funda, pues se podrían clarificar algo más las relaciones entre los Valar, los Elfos, los Hombres, Sauron, los Magos, etcétera.

Los Valar o «potencias, gobernantes» fueron la primera «creación»: espíritus o mentes racionales sin encarnación, creados antes que el mundo físico. (En rigor, estos espíritus se llamaban Ainur, pues los Valar fueron sólo los que entre ellos entraron en el mundo después de haber sido hecho, y el nombre sólo se aplica a los grandes de entre ellos, que ocupan el lugar imaginativo, aunque no teológico, de los «dioses».) Los Ainur tomaron parte en la creación del mundo como «subcreadores»: en grado diverso, según la manera siguiente: Interpretaron según su capacidad, y completaron en detalle, el Diseño que les propuso el Único. Se les propuso primero en forma musical o abstracta, y luego en una «visión histórica». En la primera interpretación, la vasta Música de los Ainur, Melkor introdujo alteraciones, no interpretaciones de la mente del Único, y surgió una gran discordancia. El Único presento esta «Música», con inclusión de la aparente discordancia, como una «historia» visible.

En esta etapa tenía todavía una validez con la que puede compararse la que tiene un «cuento» entre nosotros: «existe» en la mente del narrador y, de manera derivada, en la de los auditores, pero no en el mismo plano que el del narrador o los auditores. Cuando el Único (el Narrador) dijo Sea [107] el Cuento se convirtió en Historia, sobre el mismo plano que el de los auditores, y éstos podían, si lo deseaban, entrar en ella. Muchos de los Ainur lo hicieron, y deben habitar en ella hasta el Final, pues quedan involucrados en el Tiempo, la serie de acontecimientos que la completan. Estos fueron los Valar y sus asistentes menores. Éstos eran los que se habían «enamorado» de la visión y, sin duda, los que habían desempeñado la parte más «subcreativa» (o, como nosotros diríamos, más «artística») de la Música.

Fue por el amor que tenían por Eä, y por la parte que desempeñaron en su creación, que desearon y pudieron encarnarse en formas físicas visibles, aunque éstas eran comparables a nuestros vestidos (en la medida en que éstos constituyen una expresión personal), no a nuestros cuerpos. Sus formas eran así la expresión de sus personas, capacidades y amores. No era preciso que fueran antropomórficos (Yavanna, esposa [108] de Aulé, por ejemplo, se manifestaba con la forma de un gran Árbol.) Pero las formas «habituales» de los Valar, cuando eran visibles o estaban vestidos, eran antropomórficas, por el intenso interés que les despertaban los Elfos y los Hombres.

 

Los Hombres, Los Elfos, Los Enanos, la Inmortalidad y la Subcreación

 

Los Elfos y los Hombres eran llamados los «hijos de Dios» porque constituían, por así decir, un añadido privado al Diseño hecho por el Creador, en el cual los Valar no tuvieron parte. (Sus «temas» fueron introducidos en la Música por el Único cuando surgieron las discordancias de Melkor.) Los Valar sabían que aparecerían -y los grandes, cuándo y cómo (aunque no con precisión)-, pero poco era lo que conocían de su naturaleza, y su preciencia, derivada del conocimiento previo que tenían del Diseño, era imperfecta o defectuosa en relación con los hechos de los Hijos. Los Valar incorruptos, pues, anhelaban a los Hijos antes de que llegaran, y los amaron después, como a criaturas diferentes de sí mismos, independientes de ellos y de su capacidad artística, «niños» en cuanto eran más débiles e ignorantes que los Valar, pero de igual linaje (pues provenían directamente del Único), aunque estaban bajo su autoridad como gobernantes de Arda. Los corruptos, como lo eran Melkor/Morgoth y sus seguidores (de los que Sauron era uno de los principales), veían en ellos el material ideal para convertirlos en súbditos y esclavos, volviéndose ellos amos y «dioses», envidiándolos y odiándolos en secreto en la medida en que se rebelaban contra el Único (y contra Manwë, su Teniente en Eä).

En esta «prehistoria» mítica, la inmortalidad, estrictamente una longevidad coextensiva con la vida de Arda, era parte de la naturaleza dada a los Elfos; más allá del Fin, nada había sido revelado. Se habla de la mortalidad, es decir, un período de vida de corta duración sin la menor relación con la vida de Arda, como propia de la naturaleza dada a los Hombres: los Elfos la llamaron el Don de Ilúvatar (Dios). Pero debe recordarse que míticamente estos cuentos se centran en los Elfos [109] no son antropocéntricos, y los Hombres sólo aparecen en ellos mucho después de la Llegada de aquéllos. Ésta es, por tanto, una perspectiva «élfica» y no necesariamente tiene algo en pro o en contra de creencias, como la cristiana, de que la «muerte» no forma parte de la naturaleza humana, sino que es un castigo por el pecado (la rebelión) y una consecuencia de la «Caída». Debería considerársela como la percepción que tienen los Elfos de lo que la muerte -por no estar vinculada con los «ciclos del mundo»- significaría para los Hombres, sea cual fuere su origen. Un divino «castigo» es también un divino «don» si se lo acepta, pues su objetivo es la bendición final, y la suprema inventiva del Creador hará que los «castigos» (es decir, el cambio de designio) produzcan un bien no alcanzable de otro modo: un Hombre «mortal» tiene probablemente (diría un Elfo) un destino más alto, si bien no revelado, que un ser longevo. Intentar por algún recurso o «magia» recuperar la longevidad es, pues, la suprema locura y maldad de los «mortales». La longevidad o la falsa «inmortalidad» (la verdadera inmortalidad está más allá de Eä) es el principal anzuelo de Sauron: convierte a los pequeños en un Gollum, y a los grandes en un Espectro de los Anillos.

En las leyendas élficas hay registro del extraño caso de una mujer Elfo (Míriel, madre de Fëanor) que intentó morir, lo que tuvo desastrosos resultados que llevaron a la «Caída» de los Altos Elfos. Los Elfos no eran víctimas de enfermedades, pero se los podía «asesinar»: es decir, sus cuerpos podían ser destruidos o mutilados hasta que dejaran de ser ya adecuados para dar sostén a la vida. Pero esto no conducía naturalmente a la «muerte»: eran rehabilitados, renacían y finalmente recuperaban la memoria de su pasado; permanecían «idénticos». Pero Míriel deseaba abandonar el ser y se negó al renacimiento. [110]

Supongo que si hay una diferencia entre este Mito y lo que podría llamarse quizá mitología cristiana, esa diferencia es ésta. En la última, la Caída del Hombre es posterior a (aunque no necesariamente una consecuencia de) la «Caída de los Ángeles»: una rebelión de la voluntad creada libre en un nivel más alto que el del Hombre; pero no se sostiene claramente (y en muchas versiones no se lo sostiene en absoluto) que esto haya afectado a la naturaleza del «Mundo»: el mal fue traído de fuera por Satán. En este mito la rebelión de la voluntad creada libre precede a la creación del Mundo (Eä); y Eä contenía en sí, subcreadamente introducidos, el mal, la rebelión, elementos discordantes pertenecientes a su propia naturaleza ya cuando se dijo Sea. La Caída o la corrupción de todo y de todos sus habitantes, por tanto, era una posibilidad, aunque no inevitable. Los árboles pueden «torcerse», como en el Viejo Bosque; los Elfos pueden convertirse en Orcos, y si esto requería la malicia persuasiva de Morgoth, aun los Elfos de por sí eran capaces de cometer malas acciones. Aun los Valar «buenos», por habitar el Mundo, podían cuando menos errar, como lo hicieron ocasionalmente en su trato con los Elfos; o también eran capaces, como lo probaron los menores de su especie (los Istari o magos), de buscar el propio beneficio. Aulë, por ejemplo, uno de los Grandes, en cierto sentido «cayó», porque deseaba de tal modo ver a los Hijos, que se impacientó e intentó anticiparse a la voluntad del Creador. Siendo el más grande de los artesanos, trató de hacer criaturas, de acuerdo con el conocimiento imperfecto propio de su especie. Cuando hubo hecho trece, [111] Dios le habló con enfado, pero no sin piedad: porque Aulë no había hecho esto por el maligno deseo de tener esclavos y súbditos propios, sino por amor impaciente, deseoso de criaturas con las que conversar y a las cuales enseñar, compartiendo con ellas las alabanzas a Ilúvatar y el amor por los materiales de que está hecho el mundo.

El Único reprendió a Aulë diciéndole que había intentado usurpar el poder del Creador, pero no pudo dar vida independiente a lo que había hecho. Sólo tenía una vida, la suya, derivada del Único, y sólo podía, cuando más, distribuirla. «Considera», dijo el Único: «estas criaturas tuyas sólo tienen tu voluntad y tu movimiento. Aunque has inventado una lengua para ellas, sólo pueden comunicarte tu propio pensamiento. Esto es un pobre remedo de mí.»

Entonces Aulë, apenado y arrepentido, se humilló y pidió perdón. Y dijo: «Destruiré estas imágenes de mi presunción y esperaré tu voluntad». Y cogió un gran martillo y lo levantó para golpear la mayor de sus imágenes, pero ésta se sobresaltó y se apartó de él. Y al detener el golpe, asombrado, oyó la risa de Ilúvatar.

«¿Te desconcierta esto?», preguntó. «¡Considera!, tus criaturas ahora viven, libres de tu voluntad. Porque he visto tu humildad y tenido piedad de tu impaciencia. He recogido en mi designio lo que has hecho.»

Ésta es la leyenda élfica de la creación de los Enanos; pero los Elfos cuentan también que Ilúvatar dijo así: «No obstante, no toleraré que mi designio se anticipe: tus hijos no despertarán antes que los míos». Y ordenó a Aulé que acostara a los padres de los Enanos en sitios profundos, cada cual con su pareja, menos Dúrin, el mayor, que no la tenía. Allí dormirían prolongadamente hasta que Ilúvatar les indicara que despertaran. No obstante, casi siempre hubo escaso amor entre los Enanos y los hijos de Ilúvatar. Y del destino que éste dio a los hijos de Aulë más allá de los Círculos del mundo, los Elfos y los Hombres nada saben, y si lo saben los Enanos, no hablan de ello.

 

11) En esta carta, Tolkien aclara la cuestión del amor entre Faramir y Eowyn.

 

Carta 244  Del borrador de una carta

a un lector de El Señor de los Anillos

Un fragmento en cuya parte superior Tolkien ha escrito «Comentarios acerca de una crítica (¿ahora perdida?) referida a Faramir & Eowyn (c. 1963).»

 

“(...) Eowyn: Es posible amar a más de una persona (del otro sexo) al mismo tiempo, pero de un modo y con una intensidad diferentes. No creo que los sentimientos de Eowyn por Aragorn realmente cambiaran mucho; y cuando él se reveló como figura encumbrada, en linaje y oficio, ella pudo seguir amándolo y admirándolo. Él era viejo, y eso no es sólo una cualidad física: cuando no se acompaña de ningún síntoma de decaden­cia física, la edad puede resultar alarmante e inspirar temerosa venera­ción. Además, ella no era ambiciosa en el verdadero sentido político. Aunque no un «ama seca» por temperamento, tampoco era realmente un soldado o «amazona», pero como muchas mujeres valientes era capaz de gran bravura militar en un momento de crisis.

Creo que no comprende bien a Faramir. Su padre lo amilanaba: no sólo de la manera ordinaria en una familia con un severo padre orgullo­so de gran fuerza de carácter, sino como Númenóreano delante del jefe de un estado númenóreano sobreviviente. No tenía madre ni hermana (Eowyn tampoco tenía madre) y tenía un hermano «mandón». Se había acostumbrado a ceder y a no dar aliento a sus opiniones, aunque retenía el poder de mando entre los hombres, como suele hacerlo un individuo como él, con toda evidencia personalmente valiente y decidido, pero también modesto, de buen temple, justicia escrupulosa y muy miseri­cordioso. Creo que entendía muy bien a Eowyn. Además, ser Príncipe de Ithilien, el más grande de los nobles después de Dol Amroth en el re­sucitado estado númenóreano de Gondor, que tendría pronto poder y prestigio imperiales, no era «tarea de cultivar legumbres para el merca­do», como usted lo llama. Hasta que no hubieran sido hechas muchas cosas por el Rey repuesto, el P. de Ithilien sería guardián residente de las fronteras de Gondor en su puesto de avanzada situado en el extremo este; y también tendría a su cargo el deber de rehabilitar el territorio perdido y despejarlo de bandidos y restos de orcos, para no hablar del terrible valle de Minas Ithil (Morgul). Naturalmente, no entré en deta­lles acerca del modo en que Aragorn, como Rey de Gondor, gobernaría el reino. Pero se sugiere claramente que hubo muchas luchas y que en los primeros años del reinado de A. se hicieron expediciones en contra de los enemigos del Este. Los principales comandantes, sometidos al Rey, serían Faramir e Imrahil; y uno de éstos normalmente seguiría siendo comandante militar en el país en ausencia del Rey. Un Rey nú­menóreano era monarca, con poder de decisión incuestionable en el de­bate; pero gobernaba el reino dentro del marco de la antigua ley, de la que él era el administrador (e intérprete), pero no el hacedor. En todas las cuestiones debatibles de importancia doméstica o exterior, sin em­bargo, aun Denethor tenía un Consejo, y cuando menos escuchaba lo que los Señores de los Feudos y los Capitanes de las Fuerzas tenían por decir. Aragorn restableció el Gran Concilio de Gondor, y en él Faramir, que seguía siendo [112] por herencia el Senescal (o representante del Rey durante su ausencia en el extranjero, en caso de enfermedad o entre su muerte y el ascenso al trono de su heredero), sería el principal conse­jero.

Crítica a la rapidez de la relación o «amor» entre Faramir y Eowyn. De acuerdo con mi experiencia, los sentimientos y las decisiones madu­ran muy rápido (tal como puede medírselas según el mero «tiempo del reloj», que en realidad no puede aplicarse) en los períodos de tensión y, en especial, en la expectativa de una muerte inminente. Y no creo que las personas de alto rango y crianza necesiten pequeños escarceos y avances en cuestiones de «amor». Este cuento no trata de un período de «Amor Cortesano» y todos sus fingimientos; sino de una cultura más primitiva (es decir, menos corrupta) y más noble.

 

12) Sobre los Ents

 

Carta 247  Al coronel Worskett

Carta a un lector de El Señor de los Anillos.

 

“(...) No hay o no había Ents en las más viejas historias, porque éstos se me presentaron de hecho ante mi vista, sin premeditación o algún conocimiento consciente previo, cuando llegué al Capítulo IV del Libro Tres. Pero como Bárbol muestra tener conocimiento de la tierra anegada de Beleriand (al oeste de las Montañas de Lune), en la que se desarrolló la contienda principal de la guerra contra Morgoth, [113] tendrán que ser incluidos. No obstante, como la Guerra de Beleriand ocurrió en tiempos de la reunión de los hobbits unos 7.000 años atrás, sin duda no eran del todo lo mismo: menos sabios, menos fuertes, más tímidos y más incomunicables (su propia lengua, más simple; pero el conocimiento de otras lenguas, muy escaso). Pero puedo prever una medida que adoptaron no sin relación con El S. de los A. Tuvo lugar en Ossiriand, un lugar boscoso, secreto y misterioso ante el pie occidental del Ered Luin, que Beren y Lúthien habitaron por un tiempo después del regreso de Beren de entre los Muertos (I, págs. 270-271). Beren no volvió a mostrarse entre los mortales, salvo una vez. Interceptó un ejército de enanos que había descendido de las montañas, saqueado el reino de Doriath y matado al Rey Thingol, el padre de Lúthien, llevándose un gran botín, incluido el collar de Thingol del que colgaba el Silmaril. Hubo una batalla alrededor de un vado de uno de los Siete Ríos de Ossir, y el Silmaril fue recobrado y llegó así a Dior, hijo de Beren, y a Elwing, hija de Dior, y a Earendel, su marido (padre de Elros y Elrond). Parece claro que Beren, que no tenía ejército, recibió la ayuda de los Ents, lo cual nada contribuyó al amor entre los Ents y los Enanos.

¡Perdóneme la precipitación! Perdóneme también la utilización de una máquina de escribir. Vengo sufriendo y sufro todavía de un reumatismo en el brazo derecho, que parece objetar mucho menos la dactilografía que la escritura a mano. Otra vez gracias por su carta.

 

El borrador termina aquí. En la parte superior, no de un modo muy legible, Tolkien había escrito a lápiz:

 

Nadie sabía de dónde vinieron (los Ents) ni cuándo aparecieron por primera vez. Los Altos Elfos decían que los Valar nunca los mencionaron en la «Música». Pero algunos (Galadriel) eran [de la] opinión de que cuando Yavanna descubrió la misericordia de Eru para con Aulë en relación con la cuestión de los Enanos, le rogó a Eru (por la mediación de Manwë) que diera vida a cosas hechas de criaturas vivientes que no fueran de piedra, y que los Ents eran almas enviadas para habitar los árboles o que lentamente fueron cobrando parecido con los árboles por causa del amor innato que sentían por ellos. No todos eran buenos [palabras ilegibles]. Los Ents, pues, tuvieron dominio sobre la piedra. Los machos eran devotos a Oromë, pero las mujeres lo eran a Yavanna.

 

 

12) Sombragris, el gran Meara y su relación con Gandalf, hasta el final...

 

Carta 268 De una carta a la señorita A. P. Northey

 

19 de enero de 1965

Creo que ciertamente Sombragrís fue con Gandalf [allende el Mar], aunque esto no se dice. Me parece que es mejor no decirlo todo (y, en verdad, resulta más realista, pues en las crónicas y las relaciones de la historia «real», muchos hechos que a algún investigador le gustaría conocer, se omiten, y la verdad tiene que descubrirse o conjeturarse a partir de los datos con que se cuenta). Argumentaría de la manera siguiente: Sombragrís provenía de una raza especial (II, 167, 171, Apéndices, 61-62), [114] siendo, por así decir, un equivalente élfico de los caballos ordinarios: su «sangre» provenía del «Oeste allende el Mar». No habría sido inadecuado para él «ir al Oeste». Gandalf no estaba muriendo ni yendo por una gracia especial a la Tierra Occidental antes de ir «más allá de los círculos del mundo»; volvía a casa, pues evidentemente era uno de los «inmortales», un emisario angélico de los angélicos gobernantes (Valar) de la Tierra. Tomaría o podría tomar lo que quisiera. Gandalf fue visto por última vez mientras cabalgaba Sombragrís (III, 366). Debe de haber cabalgado hasta los Cielos y es inconcebible que [hubiera] montado otra bestia que Sombragrís; de modo que éste debió de haber estado allí. Un cronista que compusiera una larga historia y por el momento se conmoviera principalmente por el dolor de los dejados atrás (¡él mismo entre ellos!), habría omitido mencionar el caballo; pero si el gran caballo hubiera compartido la pena de la separación, difícilmente habría sido olvidado.

 

13) Una de las últimas cartas en donde aclara dudas respecto a El Señor de los Anillos. En este caso es la archiconocida pregunta sobre el destino de las Ents-Mujeres.

 

338  De una carta a fray Douglas Carter

 

6 [?] de junio de 1972

 

En respuesta a la pregunta: ¿Encontraron los Ents alguna vez a sus Ents-mujeres?

En cuanto a las Ents-Mujeres: no lo sé. No he escrito nada que vaya más allá de los primeros años de la Cuarta Edad. (Excepto el comienzo de un cuento que supuestamente se refiere al fin del reino de Eldaron unos 100 años después de la muerte de Aragorn. Luego descubrí, por supuesto, que la Paz del Rey no contendría cuentos dignos de recontarse, y que sus guerras tendrían poco interés después del derrocamiento de Sauron, sino que casi con seguridad se produciría por entonces una cierta inquietud, consecuencia -según parece- del inevitable hastío que el bien produciría entre los Hombres: habría sociedades secretas que practica­rían cultos oscuros y otros dedicados a los Orcos entre los adolescen­tes.) Pero creo que en el Vol. II, págs. 100-102, [115] se hace evidente que no habría re-unión para los Ents en la «historia», sino que los Ents y sus esposas, por ser criaturas racionales, encontrarían algún «paraíso terre­nal» hasta el fin de este mundo, más allá del cual no alcanzaba la sabidu­ría de los Elfos ni de los Ents. Aunque quizá compartieran la esperanza de Aragorn de que «no estaban destinados para siempre a los círculos del mundo y que más allá de ellos hay más que memoria» ....