Cartas escogidas de J.R.R. Tolkien
Del
trabajo de Humphrey Carpenter,
Selección, edición electrónica
y comentarios de
Luis
Unsain Alcarohtar Cuthalion
10. La Odisea Del Silmarillion Pág. 214
He aquí un pequeño
compendio de cartas del profesor Tolkien en
las que dan datos sobre personajes, lenguas y lugares de su obra. Se trata
de Cartas escritas a amigos alumnos, etc. Y fueron extraídas de la obra “Cartas
de Tolkien” de Humphrey Carpenter.
Trataremos de
ordenarlas temáticamente, para tratar de reflejar el pensamiento de Tolkien
sobre algunos temas que interesan a los lectores de su obra en todo el mundo;
sacrificando, en algunos casos, el orden temporal y en otros, partes de las
carta que no hacen al tema en particular; pudiendo aparecer la misma carta
en dos temas distintos. Respecto a las notas al pie de página, se han conservado
las más importantes, que en su mayoría son del propio Tolkien, y se han agregado
algunas de mi cosecha, solamente con la intención de aclarar algunos puntos.
Los comentarios
iniciales de cada tema, son sólo introductorios. Se han conservado los comentarios
iniciales de cada carta, escritos por Carpenter
En primer lugar pongo a consideración dos de las cartas que creo son centrales para comprender la obra del profesor. La primera porque se trata de un resumen del mundo de la Tierra Media. La segunda porque refleja, íntegramente, el pensamiento del Tolkien sobre el contenido de su obra.
1) Tolkien consideraba
al Silmarillion como parte de una misma historia a la del Señor de los Anillos,
porque era la mitología que contenía y daba sentido histórico a lo sucedido
a finales de la Tercera Edad. Los editores consideraron, en un primer momento,
que la publicación de las dos obras era técnica y financieramente imposible
de publicar; escudados en la excusa de ser demasiado “Céltica”; y el Profesor
empezó gestiones para publicarla con otra editorial.
[1]
Después
que Allen & Unwin, presionados a decidirse, declinaron de mala gana publicar
El Señor de los Anillos junto
con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman, de Collins, publicaría
ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su empresa. En la
primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar la composición
tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por los
frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. A fines de 1951
no se había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins
empezaba a inquietarse por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente,
fue por sugerencia de Waldman que Tolkien escribió la carta siguiente -cuyo
texto cabal abarca unas diez mil palabras- con la intención de demostrar que
El Señor de los Anillos y El Silmarillion eran interdependientes e indivisibles. La
carta, que le interesó tanto a Waldman que hizo hacer una copia a máquina
de ella (véase el final de N° 137), no está fechada, pero probablemente se
escribió a finales de 1951.
Mi estimado
Milton:
Me pide
un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo imaginario.
Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas
palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez
desean expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere
decir (según él lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He
de infligirle algo de lo mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido,
que es (quizá) todo lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad.
En orden
de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo; aunque
no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no
recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos
niños inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué
a ello desde que empecé a escribir.
Pero
nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado
especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado
en teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de
lenguas (en general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas
que en inglés llamo equívocamente Elves
[2]
[Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más completas,
cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos diferentes
de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un origen
común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres
que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia,
una consistencia de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la
nomenclatura, o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones
comparables. No todos considerarán esto tan importante como yo, pues padezco
la maldición de una sensibilidad aguda para tales asuntos.
Pero
una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por
el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo
entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo
(que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando
el pensamiento y la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes
-polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados.
No soy «erudito»
[3]
en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin
embargo, porque en tales casos (en la medida en que me son conocidas) he estado
siempre buscando material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento.
Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió
la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas
con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como
ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en
lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron
profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato. Por
supuesto, se disponía y se dispone de todo el mundo arthuriano; pero, aunque
poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña,
pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar,
lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente y repetitivo.
Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión cristiana
y explícitamente la contiene.
Por razones
que no he de elaborar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de hadas,
como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos de
moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la
forma conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto,
de nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos.
Y no repetiré lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído.)
¡No se
ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces) tenía
intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las
amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio
fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene
esplendor de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente
a Inglaterra, a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba,
algo fresco y claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del
Noroeste, Bretaña y las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo,
todavía menos el Este); y aunque poseyera (si fuera capaz de lograrla) la
sutil belleza evasiva que algunos llaman céltica (aunque rara vez se la encuentra
en los verdaderos objetos célticos antiguos), debería ser «elevado», purgado
de bastedad y adecuado a la mente más adulta de una tierra ahora hace ya mucho
inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud algunos de los grandes cuentos,
y muchos los dejaría esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularían
en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para que otras mentes y manos
hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo.
Por supuesto,
un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez. Los cuentos fueron
lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida que iban presentándose,
los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de continuo interrumpido
(especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida, la mente se trasladaba
al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante, tuve siempre
la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte, no
de «inventar».
Por cierto,
concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente para mis hijos).
Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado, pues no
guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero,
por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que
tiene en sí mismo mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo
independiente; no sabía, cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental.
Pero resultó ser el medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad,
sU modo de descenso a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como
las elevadas Leyendas del comienzo, según se supone, consideran las cosas
a través de las mentes élficas, el cuento medio del Hobbit adopta virtualmente
el punto de vista humano, y el último cuento los mezcla.
Me disgusta
la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo intento
de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir
al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento,
más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto
mejor hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia.)
De cualquier modo, todo este material
[4]
trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la Máquina.
De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De la
Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o,
como yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar
parte de las satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en
nuestro mundo, está por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la
vez, se relaciona con un apasionado amor por el mundo primordial real y, por
tanto, pleno del sentido de la mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene
varias oportunidades de «Caída». Puede volverse posesivo, adherirse a las
cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador desea ser el Señor y Dios
de su creación privada. Se rebelará contra las leyes del Creador, especialmente
en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o separadas) conducirán al
deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más prontamente eficaz,
y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo toda utilización
de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades
o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con
el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades.
La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente
relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.
No he
empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos,
Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso
que hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones
del Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe
palabra para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han
sufrido de la misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos)
la diferencia. Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones
humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en
una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la
subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación. Los «Elfos»
son «inmortales», al menos en lo que a este mundo respecta; y de ahí que se
centran preferentemente en los dolores y las cargas de la inmortalidad en
el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo, en formas sucesivas, se
centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es también el Señor de
la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este espantoso mal
puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el deseo
de beneficiar al mundo y a los demás
[5]
-velozmente y de acuerdo con los propios planes del benefactor-,
que es un motivo recurrente.
Los ciclos
empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan
Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si
dijéramos, poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad
en sus esferas (de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura).
Son «divinos», es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de»
la creación del mundo. Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen
del drama cosmogónico, que percibieron al principio como drama (es decir,
como percibimos una historia hecha por algún otro) y luego como «realidad».
Desde el punto de vista de la mera narración, por supuesto, esto tiene por
fin procurar seres del mismo orden de belleza, poder y majestad que los «dioses»
de la más alta mitología, que puede todavía ser aceptada... bueno, diremos
sin mucho acierto por una mente que cree en la Santísima Trinidad.
La narración
avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o el Silmarillion
propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto,
transfigurado de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales
encarnadas de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento
del Drama de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno
de los «dioses» individuales e incompleto aunque el conocimiento del panteón
entero se amalgamara. Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección
al mal provocado por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo
con fineza de detalle) no lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza
de los Hijos de Dios eran los dos principales secretos. Todo lo que los dioses
sabían era que vendrían en el momento designado. Los Hijos de Dios, pues,
están primordialmente relacionados y emparentados, y primordialmente son diferentes.
Dado que también son algo del todo «otros» que los dioses, en cuya hechura
éstos no tuvieron parte alguna, son objeto del deseo y el amor especiales
de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos, y los Seguidores,
los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del
mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección,
durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata»,
sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles
camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida
de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad,
la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero
es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado
por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los
Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.
Como
digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares
que conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés
no son los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera
inevitable: después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia,
se constituirá de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos
como tales, y no meramente transfigurados o parcialmente representados como
Elfos, Enanos, Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos
tardíamente, y aunque van cobrando mayor importancia, no son los principales.
En la
cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir. Aunque,
por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano.
Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas,
pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos
ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos
encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que
sólo pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas
verdades y modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber
ningún «cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca
de la caída-, cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos
y las tenemos.
Así pues,
prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia» pueda
volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas,
no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho
después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo,
cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.)
El cuerpo principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho,
trata de la caída de los más dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor
(una especie de Paraíso, el hogar de los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada
en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento, desde largo tiempo bajo la
égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder del Mal todavía visiblemente
encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos se entretejen todos
de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli («radiación
de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de los Elfos se
simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli eran
algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz
de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro.
[6]
Éstos recibieron la muerte por acción maliciosa del Enemigo,
y Valinor quedó a oscuras, aunque de ellos, antes de morir por completo, derivan
las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí una pronunciada diferencia entre
estas leyendas y la mayor parte de las demás, pues el Sol no constituye un
símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la «luz del Sol» -el mundo
bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y fuente de una dislocada
visión imperfecta.)
Pero
el principal artífice de entre los Elfos (Feanor) había encerrado la Luz de
Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran
mancillados o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas.
La caída de los Elfos se produce por la actitud posesiva de Feanor y sus hijos
en relación con estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en
su Corona de Hierro y las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de
Feanor hacen un voto terrible y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera,
aun contra los dioses, que clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli.
Pervierten a la mayor parte de sus parientes, que se rebelan contra los dioses,
abandonan el paraíso y parten a una guerra sin esperanzas contra el Enemigo.
El primer fruto de su caída es la guerra en el Paraíso, la matanza de Elfos
por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos sus posteriores heroísmos,
generando traiciones y malogrando todas las victorias. El Silmarillion
es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo,
que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen
varios cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el
final del Mundo Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas
son recobradas (por la final intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente
perdidas por los Elfos: una en el mar, otra en las profundidades de la tierra
y la última para convertirse en una estrella del cielo. Este legendarium acaba
con una visión del fin del mundo, su rotura y reconstrucción y la recuperación
de los Silmarilli y la «luz antes del Sol», después de una batalla final que,
supongo, más debe a la visión escandinava de Ragnarök, que a ninguna otra
cosa, aunque no se parece mucho a ella.
A medida
que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a los cuentos
y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son «Hombres
buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo
rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente
y entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres
que aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres,
cuyos capitanes se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto
de los Hombres con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores,
y un tema recurrente es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora)
hay una partícula de «sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el
arte y la poesía de los Hombres dependen en gran parte de ella o es ella la
que las modifica.
[7]
Hay así dos matrimonios de mortales con elfos, que se unen
posteriormente en la parentela de Earendil, representada por Elrond, el Medio
Elfo que aparece en todas las historias, aun en El Hobbit. La principal
de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente tratadas
es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo. Aquí encontramos,
entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante entre
los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo»,
a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por
los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia
de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda
otra sabiduría, salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los
Hijos de Dios en el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen
éxito (con ayuda de Lúthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la
nobleza élfica) allí donde los ejércitos y los guerreros habían fracasado:
penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la
Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lúthien y se lleva a cabo
el primer matrimonio entre mortales e inmortales.
Como
tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según
creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del
entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su
plena significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación
del Silmaril, una suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos
de Féanor se vuelve operativo, y el deseo de la obtención del Silmaril lleva
a la ruina a todos los reinos de los Elfos.
Hay otras
historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes, y,
sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin,
el cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin
es el héroe: figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo
de relaciones, aunque no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de
Sigurd el Volsung, Edipo y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin:
la principal fortaleza élfica. Y el cuento, o cuentos, de Earendil
el Errabundo.
[8]
Resulta importante como la persona que lleva el Silmarillion
a su culminación y que, con su descendencia, proporciona los principales eslabones
con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes. Su función,
como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es hallar un camino
en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador, persuadirlos
de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad por ellos
y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee
todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de
Earendil es destruida por los hijos de Feanor. Pero esto procura la solución:
Elwing, arrojándose al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Earendil,
y con el poder de la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido.
El precio que deben pagar por ello es que nunca más se les permite volver
o vivir otra vez entre los Elfos o los Hombres. Los dioses entonces se ponen
en movimiento otra vez, y un gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del
Enemigo es destruida; y él mismo [es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío,
para que jamás vuelva a aparecer allí en forma encarnada. Los dos Silmarils
restantes son recuperadas de la Corona de Hierro, sólo para volver a perderlas
otra vez. Los dos últimos hijos de Feanor, obligados por su voto, las roban
y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar y a los fosos de
la tierra. El barco de Earendil, adornado con la última Silmaril, se lanza
a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan
El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad.
El próximo
ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la Tierra
una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia.
En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas
y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos
enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó
severamente que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar
permanentemente en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa,
a la vista del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó
por su valor y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles
habitar «al extremo oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis»
de Númenóre
[9]
Los dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado
o el don de la mortalidad concedido por Dios, pero los númenóreanos disfrutan
de una larga vida. Se hicieron a la vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron
un gran reino de marineros en lo más lejano que alcanza la vista desde Eressëa
(pero no de Valinor). La mayor parte de los Altos Elfos volvieron también
al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados con los númenóreanos
permanecen en la tierra no lejos de las costas del Mar. Algunos de los Exiliados
no han de regresar o demoran su regreso (porque el camino hacia el oeste está
siempre abierto para los inmortales y en los Puertos Grises los barcos están
permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco los Orcos (trasgos)
y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido del todo destruidos.
Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera
Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente
del Enemigo, de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se
arrepiente atemorizado cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo,
pero al final no hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los
dioses. Se demora en la Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando
por buenos motivos: la reorganización y rehabilitación de las ruinas de la
Tierra Media, «olvidada por los dioses», en la reencarnación del Mal y en
una criatura que anhela el Completo Poder, y, por tanto, se consume por siempre
jamás en un odio feroz (especialmente por los dioses y los Elfos). A lo largo
del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra crece en el Este de la Tierra
Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se multiplican a medida que
los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales son, pues, los
Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron en un nuevo
Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenór-Atlantis. Se los trata
analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y
la Caída de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit
y su continuación.
En el
primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error» de los
Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de
los consejos recibidos, todavía entristecidos en
[10]
las tierras mortales de sus antiguas hazañas heroicas.
Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo. Querían la paz,
la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer, sin embargo,
en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima del de los
Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban en
el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua»,
el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el
sol). Se volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra
de un anticuario, y sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento;
aunque también conservaron el antiguo motivo de su especie, el adorno de la
tierra y la curación de sus heridas. Oímos de un reino demorado más o menos
en el extremo Noroeste de lo que quedaba de las antiguas tierras de El
Silmarillion, bajo Gilgalad; y de otros asentamientos, como Imladris (Rivendell),
cerca de Elrond; y uno muy grande en Eregion, al pie occidental de las Montañas
Nubladas, junto a las Minas de Moria, el mayor reino de los Enanos durante
la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió una amistad entre los pueblos
por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos), y la herrería alcanzó
su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon a Sauron. En
aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía buenas, y sus motivos
y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de las tierras
desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose los unos
a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como
Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación
a intentar hacer un paraíso separado e independiente. Gilgalad rechazó todas
estas proposiciones y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron
grandes obras, y nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la
«magia» y las maquinarias. Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron
los Anillos de Poder («poder» es una palabra ominosa y siniestra en
todos estos cuentos, salvo cuando se aplica a los dioses).
El principal
poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la velocidad
del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la
preservación de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más
o menos el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del
poseedor, acercándose así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse
y volverse malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes
más directamente derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando
arroja una sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit),
tales como volver invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas
del mundo invisible.
Los Elfos
de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo casi
exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la
belleza: no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo,
en su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente,
que contenía los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien
lo llevara podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores,
controlar todo lo que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo.
No contaba, sin embargo, con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos.
En el momento en que él dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y
de sus propósitos secretos, y tuvieron miedo. Escondieron los Tres Anillos,
de modo que ni siquiera Sauron descubriera nunca dónde estaban, y permanecieron
sin mácula. A los otros trataron de destruirlos.
En la
guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente
en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y
Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción
y sometimiento, se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia).
De ahí el «antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los
Anillos:
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Sauron
se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron
en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gilgalad
se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están
los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene
una especie de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendell),
en el extremo oriental de las tierras occidentales.
[11]
Pero Sauron domina todas las hordas crecientes de los Hombres
que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente, con los verdaderos
Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente desde la
gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de Fuego, esgrimiendo
el Único Anillo.
Pero
para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su
propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito
y en el cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder
en la tierra de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder
existía y estaba en «relación» con él: no quedaba «disminuido» . A no ser
que otro lo cogiera y fuera su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor
(si era lo bastante fuerte y de naturaleza heroica) podía retar a Sauron,
volverse amo de todo lo que había aprendido o hecho desde la fabricación del
Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar su lugar. Ésta era la debilidad
esencial que había introducido en su situación en el esfuerzo (en gran parte
inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer el control
de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si
el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces
se disolvería, el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un
punto de fuga y quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad
maliciosa. Pero nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no
era destructible por herrería alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía
disolverlo, salvo el inmortal fuego subterráneo en el que había sido forjado...
y era imposible aproximarse a él, pues estaba en Mordor. Además, tan grande
era el poder de deseo del Anillo, que cualquiera que lo llevara puesto quedaba
dominado por él; estaba más allá de la fuerza de cualquier voluntad (aun la
suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no tenerlo en cuenta. Así lo creía.
De cualquier modo, estaba en su dedo.
Así pues,
mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una maligna teocracia
(pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la Tierra Media.
En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada
en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que
los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque
ignorantes. La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho,
por los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en
un simple estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.
Entretanto,
Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de
grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil,
hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre
(o el Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico
no sólo de la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la
leyenda (concebido plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera
Edad, una Edad Crepuscular, un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado
y cambiado; el último del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente
encarnados, y también el último en el que el Mal asume una única forma dominante
encarnada.
La Caída
es en parte el resultado de una debilidad
interior de los Hombres, consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin
registro en estos cuentos), sobre la que hubo arrepentimiento, pero no curación
definitiva. ¡En la tierra es más peligrosa la recompensa que el castigo! La
Caída es consecuencia de la astucia de Sauron, capaz de explotar esta debilidad.
El tema central es (inevitablemente, creo, en una historia acerca de Hombres)
una Proscripción, una Prohibición.
Los númenóreanos
moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo oriente, Eressëa;
y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica (aprendida en los días
de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos amigos y
aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en las costas
de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades
de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales,
aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años.
Esta recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados.
Su larga vida contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero
alimenta la actitud posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se
les despierta el deseo de disponer de más tiempo para disfrutar de
ellas. Previendo esto en parte, los dioses impusieron a los númenóreanos desde
un principio la Proscripción de no navegar nunca hacia Eressëa, ni hacia el
oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían ir a su gusto en cualquier
otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales» y de ese modo
enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba en contra de la ley
que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que su naturaleza,
de hecho, no podía soportar.
[12]
Hay tres
fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia
que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante largo
tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente.
Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes
hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.
En la
primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes por
mar. Como descendientes de Earendil, se convierten en supremos marineros,
y por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el
norte, el sur y el este. Sobre todo llegan a las costas occidentales de la
Tierra Media, donde ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron
e incurren en su odio imperecedero. En aquellos días llegaban al encuentro
de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras
de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de
sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepúsculo.
En la
segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la Proscripción,
empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar de
la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte
sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas
occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores
en busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de
impuestos que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número
de bienes. Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias.
Esta
fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer
[13]
4 rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado,
el más poderoso y orgulloso de todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron
había adoptado el título de Rey de Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar
al «pretencioso». Se dirige magnífico y majestuoso a la Tierra Media, y tan
vastos son sus armamentos y tan terribles son los númenóreanos en los días
de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan. El mismo Sauron
se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a Númenor como rehén
y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y conocimientos,
desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y con sus
mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del pueblo.
Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de
los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal
de los dioses es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá
en el vacío infinitos reinos para sus servidores. La proscripción es sólo
un recurso mendaz del miedo para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran
vida imperecedera y rivalicen con los Valar.
Bajo
Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su propio
templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan
su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores
de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas
se entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste;
porque allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo
amigos de los Elfos. El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está
cerca de la desembocadura del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía
beneficiosa de Númenor remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta
el reino de Gilgalad al norte, a medida que se difunde una Lengua Común.
Pero
al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion siente
que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de
Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia
el Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses,
dispuesto a arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo».
Enfrentados con esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también
con un verdadero peligro (pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían
haber llevado la ruina a la misma Valinor), los Valar deponen el poder que
se les había delegado, apelan a Dios y reciben la capacidad y el permiso para
tratar esta situación; el viejo mundo se rompe y cambia. Se abre un cisma
en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden en él. La misma Númenor, al
borde de la hendidura, se derrumba y desaparece para siempre en el abismo
con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible divina o inmortal
en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen, y sólo quedan
en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia el Oeste
si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o
al Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo
y finito, y un círculo inevitable... salvo por mediación de la muerte. Sólo
los «inmortales», los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren,
fatigados del círculo del mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto»
que lleva al antiguo o Verdadero Oeste, y permanecer allí en paz.
De modo
que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero no ha terminado
del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el
Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos),
y sus hijos Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha
mantenido apartado de la rebelión y cuyos barcos tripulados y provistos se
hallan en la costa este de Númenor, huye ante la abrumadora corriente desatada
por la ira del Oeste, y es transportado en lo alto de olas como torres que
llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y los suyos son arrojados
como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos númenóreanos de
Arnor, en el norte, cerca del reino de Gilgalad, y de Gondor, alrededor de
las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es inmortal,
a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al cabo
de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados
de Númenor.
La Segunda
Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y el
gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción
de la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un
desastroso error. Gilgalad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar
a Sauron. Isildur, hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron,
que pierde sus poderes y su espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza
a actuar. Isildur reclama el Anillo como de su propiedad, como «indemnización
por la muerte de su padre», y se niega a arrojarlo al Fuego que arde a su
lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran Río, y el Anillo se pierde sin que
nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace, y la Torre Oscura que
se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía, pero no destruida. Así
termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos y la desaparición
del último reinado de los Altos Elfos.
La Tercera
Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está en su trono,
pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos servidores,
esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras. Mordor está
vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las fronteras
de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en los
Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros
sitios. Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los
fuertes del reino númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion.
A lo lejos (en relación con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran
los países y los reinos sin cartografiar de los hombres salvajes o, malvados,
sólo iguales en el odio que sienten por el Oeste, heredado de Sauron, su amo;
pero Gondor y su poder les obstruye el camino. El Anillo se ha perdido, para
siempre según se espera; y los Tres Anillos de los Elfos, en posesión de guardianes
secretos, resultan operativos por cuanto preservan el recuerdo de la belleza
de antaño, mantienen enclaves encantados de paz donde el Tiempo parece
haberse detenido y el deterioro no avanza: una imagen de la beatitud del Verdadero
Oeste.
Pero,
en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente
se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo errante
escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur
nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur,
Gondor se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor;
luego va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una
especie de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente.
La vigilancia de Morder se debilita. La presión de los orientales y los sureños
aumenta. El linaje de Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas
Tirith («Torre de Vigilancia»), es gobernada por Mayordomos hereditarios.
Los Jinetes del Norte, los Rohirrim o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos,
se instalan en las verdes llanuras ahora despobladas que fueron otrora la
parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran bosque primitivo, el Gran Bosque
Verde, al este del curso superior del Gran Río, se proyecta una sombra que
crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios descubren que procede
de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee un castillo
secreto en el sur del Gran Bosque.
[14]
En medio
de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun para sí mismos),
[15]
pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos
civilizados que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo
vagas tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras
del Bosque Negro, huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse
en contacto con los últimos restos del Reino de Arnor.
Su principal
asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene una vida
rural ordenada y civilizada aunque sencilla, es la Comarca, originalmente
los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo; pero
el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la
memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el
año 1341 de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último
siglo) cuando Bilbo -El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».
En esa
historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la
situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se
dice de ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce.
La totalidad de la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto
en mente, y también se hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado
cabalmente en otro sitio. Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad,
altos poderes y linaje se silencian de forma moderada y no se revelan en pleno.
También hay alusiones a la historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera.
Las sombras y el mal del Bosque Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento
de hadas», procuran una de las partes más importantes de la aventura. Sólo
en un punto actúa esta «política mundial» como parte del mecanismo de la historia.
Gandalf el Mago
[16]
parte, pues ha sido llamado para atender importantes asuntos
-el intento de poner solución a la amenaza que constituye el Nigromante-,
de modo que deja al Hobbit sin ayuda o consejo en medio de su «aventura»,
obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas y volverse un héroe según
su propio estilo. (Muchos lectores han observado este punto y han supuesto
que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una continuación o en
algunos otros cuentos de este tiempo.)
El tono
y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de
que lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo
susceptible de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los
detalles de tono y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados.
Pero no querría cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del
todo corriente que no es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva
las dormidas semillas de esas cualidades) en un marco grandioso; y de hecho
(como lo observó un crítico) el tono y el estilo cambian con el desarrollo
del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la nobleza y elevación, para recaer
otra vez luego del regreso.
La Búsqueda
del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de El Hobbit,
es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental,
conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta
fundamental en estos cuentos, aunque a menudo es importante.
[17]
Pero durante el curso de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión,
aparentemente por «accidente», de un «anillo mágico» cuyo principal y único
poder inmediato evidente es volver invisible a quien lo lleva. Aunque para
este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar alguno en el plan
de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada. Al regresar
el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque inalterado
en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.
La continuación,
El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que proporcionalmente
la mejor del ciclo completo, concluye toda la narración; se intenta incluir
en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido: elfos,
enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y demonios,
los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto horror
del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de
los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento
de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final
de los Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace
cargo del Dominio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse
de los Elfos a través de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como
también la línea de realeza de Númenor. Pero así como los primeros Cuentos
son vistos a través de ojos élficos, por así decir, este último gran cuento,
bajado a tierra desde el mito y la leyenda, es visto sobre todo a través de
los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve de hecho antropocéntrico.
Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres, porque el último Cuento
ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente: el lugar
que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles
de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños, insignificantes,
olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como malvados).
Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo como
mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y
el mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente
de que sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos;
y sin lo simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo
de significado.
No es
posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos
en un párrafo o dos .... Fue empezado en 1936 y cada una de sus partes
fue reescrita muchas veces. No hay palabra casi, en sus 600.000 o más, que
no haya sido considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución
a la totalidad de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente
meditados. No digo que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable,
lo advierto, que me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no
gran valor para los demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la
han encontrado buena en su conjunto.
[18]
Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra
de manera sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el
trabajo ha sido colosal; y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal
cual está.
La
carta continúa con un resumen (sin comentarios) de la historia de El Señor
de los Anillos, al cabo
del cual, Tolkien escribe:
Éste
es un largo aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia
para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones enteras
como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales,
los Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la
«vida corriente» que mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos
y la política mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos
diversos, del todo ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más
alta de las historias de amor, la de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo
se alude a ella como a algo conocido. Se la cuenta en otro sitio en un cuento
corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el simple amor «rústico»
de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente esencial
para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para el
tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar),
las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera
belleza. Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido
en Eowyn y su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho
por enmendar las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo
«publicable» si no lo es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo)
de un punto crucial de El Hobbit por la que se clarifica el carácter
de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará reducir el capítulo
II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo; y también
simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el material
restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como
La Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas
explicaciones sobre el medio en que se desarrolla la historia, especialmente
el del Concilio de Elrond (Libro II). Pero en total apenas alcanzaría
a la eliminación de un único capítulo largo (de unas 72.).
Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.
2) El disparador de las palabras de Tolkien en el borrador de la carta que sigue, son una serie de preguntas formuladas por Peter Hastings director de una librería católica de Oxford. Las ideas centrales de la obra son expresadas en su respuesta.
Peter
Hastings, administrador de la Newman Bookshop (una librería católica de Oxford),
le escribió a Tolkien expresando su entusiasmo por El Señor
de los Anillos, pero le
preguntaba si no «se había extralimitado en cuestiones metafísicas». Daba
varios ejemplos: primero, «la afirmación de Bárbol de que el Señor Oscuro
había creado a los Trolls y a los Orcos». Hastings sugería que el mal era
incapaz de crear nada, y argüía que, aun en el caso de que pudiera crear,
sus criaturas «no podrían tener tendencia alguna al bien, ni siquiera una
muy pequeña»; mientras que, argumentaba también, uno de los Trolls de El Hobbit,
Guille, tiene un sentimiento
de piedad hacia Bilbo. También citaba la descripción que hace Baya de Oro
de Bombadil: «Él es». Hastings dijo que esto parecía implicar que Bombadil
era Dios. Sobre todo a Hastings le preocupaba la reencarnación de los Elfos,
que Tolkien le había mencionado en una conversación. Escribía de esto: «Dios
no ha utilizado ese recurso en ninguna de las creaciones de las que tenemos
conocimiento, y me parece que el hecho de que un sub-creador opere con él
como instrumento utilizable es ir más allá de la posición que le cabe, pues
al tratar las relaciones entre creador y creado, debe emplear los medios que
sabe que el Creador ha empleado ya ----- "El Anillo" es tan bueno
que es una lástima privarlo de su realidad sobrepasando los límites de la
función de un escritor». También preguntaba si la reencarnación de los Elfos
no planteaba problemas de índole práctica: «¿Qué ocurre con los descendientes
de un ser humano y un elfo que se casan?». Y, en otro plano, preguntaba cómo
Sauron, dada su extremada maldad, pudo «haber mantenido la cooperación entre
los elfos» hasta el momento en que los Anillos del Poder se forjaron.
Septiembre
de 1954
Estimado
señor Hastings:
Muchas
gracias por su larga carta. Lamento no tener el tiempo de contestarla tan
ampliamente como se merece. De cualquier modo, me ha rendido el tributo de
tomarme seriamente; aunque no puedo evitar Preguntarme si no lo ha hecho «demasiado
seriamente» o en un sentido equivocado. El cuento es, después de todo, nada
más que un cuento, una obra literaria que tiene el objetivo de producir un
efecto igualmente literario, y no una verdadera historia. Que el recurso adoptado,
el de dotar a su escenario de un aire o sentimiento histórico y (¿una ilusión
de?) tridimensionalidad, parece haber tenido buen éxito queda demostrado por
el hecho de que muchos corresponsales lo han tratado del mismo modo, de acuerdo
con sus diversos intereses o conocimientos: esto es, como si se tratara de
una información acerca de tiempos y lugares «verdaderos» que mi ignorancia
o descuido hubiera falseado a veces o descrito erradamente otras. Su economía,
ciencia, artefactos, religión y filosofía son defectuosos o, cuando menos,
sólo esbozados.
Por supuesto,
he considerado ya todos los puntos que me plantea. Pero comunicarle mis reflexiones
(en otra forma) exigiría un libro,
[19]
y toda clase de verdadera respuesta a sus más profundos
planteamientos debe esperar cuando menos hasta que tenga más material a su
disposición: el Vol. III, por ejemplo, para no mencionar las historias más
míticas de la Cosmogonía, la Primera Edad y la Segunda. Dado que todo el material,
desde el principio al fin, trata principalmente de la relación de la Creación
con la composición y la subcreación (y, subsidiariamente, con la cuestión
afín de la «mortalidad»), debe quedar en claro que las referencias a estas
cosas no son casuales, sino fundamentales: aunque puede que estén fundamentalmente
«equivocadas» desde el punto de vista de la Realidad (la realidad externa).
Pero no pueden estar equivocadas dentro de este mundo imaginario, pues así
es como ha sido hecho.
Diferimos
enteramente acerca de la naturaleza de la relación entre la subcreación y
la Creación. Yo hubiera dicho que la liberación «de los medios que el Creador
ha utilizado ya» es la función fundamental de la «subcreación», un tributo
a la infinitud de Su variedad potencial, uno de los modos en que en verdad
se exhibe, y, por cierto, así lo dije en el Ensayo. No soy un metafísico;
pero ¡me habría parecido una metafísica curiosa -no hay una sino muchas, innumerables
en potencia- la que declarase que los medios conocidos empleados (en un rincón
tan finito como aquel del que tenemos algún vislumbre) son los únicos posibles
o eficaces o quizás aceptables para Él y por Él!
Puede
que la «reencarnación» sea mala teología (eso ciertamente, mas bien
que metafísica) aplicada a la Humanidad; y mi legendarium, especialmente
la «Caída de Númenor», que corresponde inmediatamente antes que El Señor
de los Anillos, se basa en mi concepción de que los Hombres son esencialmente
mortales y no deben tratar de volverse «inmortales» carnalmente.
[20]
Pero no veo cómo aun en el Mundo Primordial un teólogo
o filósofo cualquiera, a no ser que esté mucho mejor informado acerca de la
relación del espíritu con el cuerpo que lo que nadie, según creo, sea capaz
de estarlo, pueda negar la posibilidad de la reencarnación como modo
de existencia prescrito para ciertas especies de criaturas racionales encarnadas.
Supongo
que las principales dificultades con las que me topo son, en realidad, de
índole científica y biológica, que me preocupan tanto como lo teológico y
lo metafísico (aunque a usted no parece que le conciernan tanto). Los Elfos
y los Hombres, evidentemente, constituyen una única raza desde el punto de
vista biológico; de lo contrario, no podrían aparearse y producir vástagos
fértiles, aun cuando resulte ése un acontecimiento extraño: sólo se dan dos
casos en mis leyendas de semejantes uniones, y se mezclan en los descendientes
de Eárendil.
[21]
Pero como sostienen algunos que el índice de longevidad
es una característica biológica dentro de ciertos límites de variación, no
era posible que hubiera por una parte Elfos en cierto sentido «inmortales»
-no eternos, pero que no mueren de «envejecimiento»- y por la otra Hombres
mortales, más o menos como parecen serlo ahora en el Mundo Primordial, y fueran
al mismo tiempo lo bastante afines. Podría responder que esta «biología» es
sólo una teoría, que la moderna «gerontología» o como se llame descubre que
el «envejecimiento» es más misterioso y menos claramente inevitable en los
cuerpos de estructura humana. Pero debería responder: realmente, no me importa.
Éste es un dictamen biológico dentro de mi mundo imaginario. Es sólo (hasta
ahora) un mundo incompletamente imaginado, un «elemento secundario» rudimentario;
pero si quisiera el Creador concederle Realidad (en una forma corregida) en
un plano cualquiera, habría que penetrar en él y empezar a estudiar su diversa
biología, eso es todo.
Pero
tal como son las cosas -aunque dan la impresión de habérseme escapado de las
manos, de modo que las partes parecen (a mí) más bien reveladas a través de
mí que por mí-, su propósito sigue siendo, en amplia medida, literario (y,
si el término no lo intimida, didáctico). En esta «historia» los Elfos y los
Hombres se presentan biológicamente afines, Porque los Elfos constituyen ciertos
aspectos de los Hombres y sus talentos y deseos, encarnados en mi pequeño
mundo. Tienen ciertas libertades y poderes que a nosotros nos gustaría tener,
y en ellos se exhiben la belleza, el peligro y el dolor de la posesión de
esas cosas ....
Sauron, por supuesto, en su origen no era «malvado». Era un «espíritu
corrompido por el Señor Oscuro Primordial (el Rebelde subcreativo Primordial)
Morgoth. Se le dio la oportunidad de arrepentirse cuando Morgoth fue vencido,
pero no pudo enfrentar la humillación de la retractación y pedir perdón; de
modo que su temporario vuelco al bien y la «benevolencia» terminó en una recaída
todavía mayor y se convirtió en el principal representante del Mal en edades
posteriores. Pero a principios de la Segunda Edad era aún de bello aspecto
y podía todavía asumir una forma visible hermosa, y no era en verdad del todo
malvado no, a no ser que todos los «reformadores» que se apresuran a lograr
una «reconstrucción» y una «reorganización» lo sean antes de que el orgullo
y el deseo de ejercer el poder los devore. La rama particular de los Altos
Elfos implicados, los Noldor o los Amos de la Ciencia, estaban siempre del
lado de la «ciencia y la tecnología», como nosotros las llamaríamos: querían
adquirir el conocimiento que Sauron poseía genuinamente, y los de Eregion
rechazaron las advertencias de Gilgalad y Elrond. El «deseo» particular de
los Elfos de Eregion -una «alegoría», si quiere, del amor por las maquinarias
y los recursos técnicos- está también simbolizado por la amistad especial
que mantienen con los Enanos de Moria.
No los
consideraría más malvados o necios (pero en grado considerable en el mismo
peligro) que los católicos empeñados en ciertas clases de investigación física
(por ejemplo, los que producen, aunque sólo sea como productos secundarios,
gases venenosos y explosivos): no de por sí mala, pero siendo las cosas lo
que son y considerando la naturaleza y los motivos de los amos económicos
que procuran todos los medios para su tarea, es casi del todo seguro que servirán
a un mal fin. Del cual no han de ser necesariamente culpados, aun cuando tengan
conciencia de él.
En cuanto
a otras cuestiones, creo que estoy de acuerdo sobre la de «la creación por
el mal». Pero es usted más liberal con el empleo de la palabra «creación»
que yo.
[22]
Bárbol no dice que el Señor Oscuro «creara» a los Trolls
y los Orcos. Dice que los «hizo» imitando a ciertas criaturas ya existentes.
Hay para mí un abismo entre ambas afirmaciones, tan ancho que la de Bárbol
(en mi mundo) podría posiblemente ser verdad. No es realmente verdadero
de los Orcos, que constituyen sobre todo una raza de «criaturas racionales
encaradas», aunque horriblemente corrompidas, si bien no más que muchos Hombres
con los que uno se topa hoy. Bárbol es un personaje de mi historia,
no yo; y, aunque tiene una gran memoria y cierta sabiduría terrenal, no es
uno de los Sabios, y hay muchas cosas que no sabe o no comprende. No sabe
lo que son los «magos» o de dónde vinieron (mientras que yo sí; aunque, ejerciendo
mi derecho de subcreador, me pareció mejor que la cuestión quedara en el «misterio»
en esta historia, no sin dar alguna pista para su solución). El sufrimiento
y la experiencia (y posiblemente el Anillo mismo) le dieron a Frodo mayor
comprensión; y leerá usted en el Cap. I del libro VI las palabras que dirige
a Sam: «La Sombra que los engendró sólo puede remedar, no crear: no seres
verdaderos, con vida propia. No creo que haya dado vida a los Orcos, pero
los malogró y los pervirtió». En las leyendas de los Días Antiguos se sugiere
que Diabolus subyugó y corrompió a algunos de los primeros Elfos, antes de
que hubieran oído nunca de los «dioses», para no hablar ya de Dios.
De los
Trolls no estoy seguro. Creo que son meras «imitaciones» y, por tanto (aunque
aquí, por supuesto, sólo estoy utilizando elementos de una mitología bárbara
sin metafísica «consciente»), se vuelven meras imágenes de piedra cuando no
están en la oscuridad. Pero hay otras clases de Trolls además de estos ridículos,
si bien brutales, Trolls de Piedra, para los que se sugieren otros orígenes.
Por supuesto (dado que inevitablemente mi mundo es muy imperfecto aun en su
propio plano, y no del todo coherente, nuestro Mundo Real tampoco parece
del todo coherente; y yo mismo no estoy en verdad convencido de que, aunque
en cada mundo en cada uno de sus planos todo debe estar en última instancia
sometido a la Voluntad de Dios, aun en el nuestro no haya algunas imitaciones
subcreadas «toleradas»), cuando se hace que los Trolls hablen, se les
está otorgando una capacidad que en nuestro mundo (probablemente) significa
la posesión de un «alma». Pero no estoy de acuerdo en que (si admite el elemento
del cuento de hadas) mis trolls manifiesten ningún signo de «bondad» considerados
estrictamente y sin sentimentalismos. No digo que Guille sintiera piedad
-palabra que para mí tiene valor moral y de imagen: es la Piedad de Bilbo
y más tarde de Frodo la que finalmente permite que se lleve a cabo la Misión-
y no creo, que la mostrara. No podría (si El Hobbit hubiera sido más
cuidadosamente escrito y mi mundo tan pensado hace veinte años) haber utilizado
la expresión «pobre desgraciado», como no habría llamado al troll Guille
[William]. Pero no advertí piedad alguna aun entonces, y
lo mostré claramente. La piedad debe impedir que uno haga algo inmediatamente
deseable y en apariencia ventajoso. No hay más «piedad» aquí que la que habría
en un animal depredador que bosteza u ociosamente acaricia con la pata a un
animalillo que podría servirle de presa pero que no devora porque no tiene
hambre. O, a decir verdad, en muchas de las acciones de los hombres cuyas
verdaderas raíces son la saciedad, la holganza o simplemente una natural blandura
que nada tiene de moral, aunque las dignifiquen con el nombre de «piedad».
En cuanto
a Tom Bombadil, me parece que se muestra en exceso serio además de no haber
entendido bien la cuestión. (Una vez más las Palabras utilizadas son de Baya
de Oro y de Tom, no mías como comentador). Me recuerda usted más bien a un
pariente protestante que me objetaba la costumbre católica (moderna) de llamar
padre a los sacerdotes, pues esa denominación sólo pertenecía a la Primera
Persona, citando la última Epístola del Domingo, inoportunamente pues ella
dice ex quo. Muchos otros personajes se llaman Señor; y si «en el tiempo»
Tom fue el primero, fue el Mayor en el Tiempo. Pero Baya de Oro y Tom se refieren
al misterio de los nombres. Examine y medite las palabras de Tom en
el Vol. I, pág. 185.
[23]
Quizás usted pueda concebir la relación única que mantiene
con el Creador sin un nombre, ¿no es así? Pues en semejante relación los pronombres
se convierten en nombres. Pero tan pronto como se encuentre en un mundo de
otros seres finitos con una relación similar, aunque también única y diferente,
con un Ser Primordial, ¿quién es usted? Frodo ha preguntado no «qué es Tom
Bombadil», sino «Quién es». Nosotros y él, sin duda con negligencia, confundimos
las preguntas. Baya de Oro da lo que creo la respuesta correcta. No es preciso
que entremos en las sublimidades del «Soy el que soy», que es algo muy diferente
del él es.
[24]
Añade como concesión una enunciación de parte de lo
«que» es. Es señor de un modo peculiar: no tiene miedo y ningún deseo
de posesión o dominio en absoluto. Meramente conoce y comprende las cosas
que le conciernen en su propio pequeño reino natural. Apenas juzga y, aun
en la medida en que podemos ser testigos, ni siquiera hace un esfuerzo por
modificar o eliminar el Sauce.
No creo
que sea necesario filosofar sobre Tom, y hacerlo no lo mejoraría en nada.
Pero muchos lo han considerado un elemento extraño e incluso discordante.
El hecho histórico es que lo incluí porque ya lo había «inventado» independientemente
(apareció por primera vez en la Oxford Magazine)
[25]
y quería una «aventura» en el camino. Pero lo mantuve,
y tal como era, porque representa ciertas cosas que de otro modo hubieran
quedado excluidas. No pretendo que sea una alegoría -de lo contrario no le
habría dado un nombre tan particular, individual y ridículo-, pero la «alegoría»
es el único modo de exhibir ciertas funciones: es, pues, una «alegoría» o
un ejemplar, una encarnación particular de la ciencia natural pura (real);
el espíritu que desea tener conocimiento de otras cosas, su historia y naturaleza,
porque éstas son «otra, cosa» y enteramente independientes de la mente
indagadora, un espíritu coevo de la mente racional sin el menor interés por
«hacer» nada con el conocimiento: Zoología y Botánica, no Ganadería o Agricultura.
Aun los Elfos apenas muestran esta capacidad: son primordialmente artistas.
Además, T.B. exhibe otra cualidad en su actitud en relación con el Anillo,
que no puede afectarlo. Uno debe concentrarse en alguna parte, con seguridad
relativamente pequeña, del Mundo (el Universo), sea para contar una historia,
aunque larga, o aprender algo, aunque fundamental; y, por tanto, desde ese
«punto de vista», mucho quedará excluido, distorsionado en la circunferencia,
y parecerá una rareza discordante. El poder del Anillo para todos los involucrados,
aun los Magos o Emisarios, no es una ilusión; pero no constituye el cuadro
entero, ni siquiera del estado y contenido de esa parte del Universo.
He tratado
ya la dificultad biológica del matrimonio entre Elfos y Hombres. Se produce,
por supuesto, en el «cuento de hadas» y en el folklore, aunque no todos los
casos son sostenidos por las mismas concepciones. Pero yo la he vuelto mucho
más excepcional. No veo que la «reencarnación» afecte en absoluto los problemas
que de ella resultan. Aunque la «inmortalidad» (en mi mundo sólo dentro de
la longevidad limitada de la Tierra) sí, por supuesto. Como lo perciben muchos
cuentos de hadas.
En la
historia primordial de Lúthien y Beren, a Lúthien se le permite
como absoluta excepción despojarse de la «inmortalidad» y convertirse en «mortal»;
pero cuando el Lobo-Guardián mata a Beren a las Puertas del Infierno, Lúthien
obtiene un breve respiro durante el cual los dos vuelven a la Tierra Media
«vivos», aunque no se mezclen con otras personas: una especie de leyenda de
Orfeo al revés, pero una historia de Piedad, no de Inexorabilidad. Túor se
casa con Idril, la hija de Turgon, Rey de Gondolin; y «se supone» (no se enuncia)
que, como excepción única, recibe la «inmortalidad» élfica limitada: una excepción
en uno y otro sentido. Eärendil es el hijo de Túor y el padre de Elros (Primer
Rey de Númenor) y Elrond, siendo su madre Elwing, hija de Dior, hijo de Beren
y de Lúthien: de modo que el problema del Medio-Elfo se unifica en un linaje.
La idea es que los Medio-Elfos tienen la capacidad de elección (irrevocable),
que puede demorarse, pero no permanentemente, de compartir el destino de uno
u otro progenitor. Elros eligió ser un Rey «longevo», pero mortal, de modo
que todos sus descendientes son mortales y de una raza especialmente noble,
pero con una longevidad «menguante»: así Aragorn (quien, aunque tiene una
mayor duración de vida que sus contemporáneos y dobla la de los Hombres, no
la triplica como los Númenóreanos contemporáneos originales). Elrond eligió
estar entre los Elfos. Sus hijos -con una corriente élfica renovada, pues
su madre era Celebrían, hija de Galadriel- deben hacer su elección. Arwen
no es la «reencarnación» de Lúthien (eso sería imposible dentro del margen
de esta historia mítica, pues Lúthien murió como una mortal y abandonó el
mundo del tiempo), sino una descendiente muy parecida a ella en aspecto, carácter
y destino. Cuando se casa con Aragorn (cuya historia de amor, contada en otro
sitio, no tiene importancia central aquí y sólo ocasionalmente se la menciona)
«hace la elección de Lúthien», de modo que el dolor al separarse de Elrond
es especialmente agudo. Elrond va al otro lado del Mar. El fin de sus hijos,
Elladan y Elrohir, no se cuenta: demoran su elección y permanecen por algún
tiempo.
¿De quién
es «la autoridad que decide todo esto»? Las «autoridades» inmediatas son los
Valar (los Poderes o Autoridades): los «dioses». Pero ellos son sólo espíritus
creados -de un orden angélico elevado, diríamos, con ángeles asistentes menores-
dignos de reverencia, pero no de veneración;
[26]
y aunque potencialmente «subcreadores» y residentes
de la Tierra, a la que están unidos por el amor y a cuya hechura y
ordenamiento han asistido, no pueden por propia voluntad alterar ninguna provisión
fundamental. Invocaron al Único en ocasión de la crisis de la rebelión de
Númenor -cuando los Númenóreanos intentaron tomar la Tierra Imperecedera por
la fuerza de una gran armada en su deseo de obtener la inmortalidad corpórea-,
que requirió un cambio catastrófico en la forma de la Tierra. Siendo la Inmortalidad
y la Mortalidad dones especiales de Dios a los Eruhíni (en cuya concepción
y creación los Valar no tuvieron parte alguna), debe suponerse que ninguna
alteración de especie fundamental podía ser efectuada por los Valar aun en
un caso único: los de Lúthien (y Túor) y la situación de sus descendientes
fue un acto directo de Dios. La entrada en los Hombres de la corriente élfica
representa, en verdad parte del Plan Divino para el ennoblecimiento
de la Raza Humana, desde el principio destinada a desplazar a los Elfos.
¿Hay
algún «límite para la tarea de un escritor» excepto el que le impone su propia
finitud? Ningún límite fuera de las leyes de la contradicción, diría yo. Pero,
por supuesto, son necesarias la humildad y la conciencia del peligro. Un escritor
puede ser básicamente «benevolente» de acuerdo con sus luces (como espero
serlo yo) y no ser, sin embargo, «eficiente» por causa del error y la estupidez.
Pretendería, si no lo considerara presuntuoso en alguien de tan escasa instrucción,
tener como único objetivo la dilucidación de la verdad y el aliento de la
moral adecuada en este mundo real mediante el viejo recurso de ejemplificarlas
en encarnaciones desacostumbradas que tendieran a volverlas comprensibles.
Pero, por supuesto, quizás esté equivocado (en algunos o en todos los puntos):
puede que mis verdades no sean verdaderas o estén distorsionadas; y quizás
el espejo que he construido esté oscuro y quebrado. Pero antes tendría que
estar convencido de que algo que yo haya ideado sea en realidad dañino,
per se y no sólo porque haya sido entendido erróneamente, antes de que
me retracte o reescriba nada.
Puede
hacerse un gran daño, por supuesto, mediante este potente modo de «mitología»,
especialmente en forma voluntaria. El derecho a la «libertad» del subcreador
no es garantía entre los hombres caídos de que no ha de utilizarse con tanta
maldad como lo es el Libre Albedrío. Me consuela el hecho de que algunos más
píos y más sabios que yo no han encontrado nada de dañino en este Cuento o
en sus invenciones «míticas» ....
Para concluir: habiendo mencionado el Libre Albedrío, podría decir que en mi mito he utilizado la «subcreación» de un modo muy especial (no igual a la «subcreación» como término de la crítica de arte, aunque intenté demostrar alegóricamente Cómo podría incorporarse a la Creación en algún plano en mi cuento «purgativo» Hoja de Niggle (Dublin Review 1945)) para volver visibles y físicos los efectos del Pecado o los abusos del Libre Albedrío por los hombres. El Libre Albedrío es derivativo y sólo .'. operativo dentro de circunstancias dadas; pero para que pueda existir es necesario que el Autor lo garantice, suceda lo que suceda: especialmente cuando está «en contra de Su Voluntad», como lo decimos nosotros, tal como se da dentro de una perspectiva finita, de todos modos. No detiene ni vuelve «irreales» los actos pecaminosos y sus consecuencias. De modo que en este mito se «concibe» (legítimamente, sea ello un rasgo del mundo real o no) que concedió poderes «subcreativos» especiales a algunos de Sus seres creados de más alto orden: eso es garantía de que a lo que inventaron o hicieron debe conce