Cartas escogidas de J.R.R. Tolkien

   

Del trabajo de Humphrey Carpenter,

 

Selección, edición electrónica  y comentarios de

Luis Unsain Alcarohtar Cuthalion

 

INDICE

  1. Introducción Pág. 2
  2. Las Dos Mas Importantes Pág. 2
  3. Los Hobbits Pág. 33
  4. El Señor de los Anillos Pág. 48
  5. El Pensamiento Religioso Pág. 119
  6. Autobiografía Pág. 136
  7. Sus Concepciones Sobre la Guerra, en especial la Segunda Guerra Mundial Pág. 162
  8. Las Traducciones Pág. 176
  9. Las Lenguas Pág. 187

  10. La Odisea Del Silmarillion Pág. 214

 

 

  

 

 


INTRODUCCIÓN

 

He aquí un pequeño compendio de cartas del profesor Tolkien  en las que dan datos sobre personajes, lenguas y lugares de su obra. Se trata de Cartas escritas a amigos alumnos, etc. Y fueron extraídas de la obra “Cartas de Tolkien” de Humphrey Carpenter.

Trataremos de ordenarlas temáticamente, para tratar de reflejar el pensamiento de Tolkien sobre algunos temas que interesan a los lectores de su obra en todo el mundo; sacrificando, en algunos casos, el orden temporal y en otros, partes de las carta que no hacen al tema en particular; pudiendo aparecer la misma carta en dos temas distintos. Respecto a las notas al pie de página, se han conservado las más importantes, que en su mayoría son del propio Tolkien, y se han agregado algunas de mi cosecha, solamente con la intención de aclarar algunos puntos.

Los comentarios iniciales de cada tema, son sólo introductorios. Se han conservado los comentarios iniciales de cada carta, escritos por Carpenter

 

LAS DOS MÁS IMPORTANTES

 

En primer lugar  pongo a consideración dos de las cartas que creo son centrales para comprender la obra del profesor. La primera porque se trata de un resumen del mundo de la Tierra Media. La segunda porque refleja, íntegramente, el pensamiento del Tolkien sobre el contenido de su obra.

 

1) Tolkien consideraba al Silmarillion como parte de una misma historia a la del Señor de los Anillos, porque era la mitología que contenía y daba sentido histórico a lo sucedido a finales de la Tercera Edad. Los editores consideraron, en un primer momento, que la publicación de las dos obras era técnica y financieramente imposible de publicar; escudados en la excusa de ser demasiado “Céltica”; y el Profesor empezó gestiones para publicarla con otra editorial. [1]

 

Carta 131  A Milton Waldman

Después que Allen & Unwin, presionados a decidirse, declinaron de mala gana publicar El Señor de los Anillos junto con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman, de Collins, publicaría ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su empresa. En la primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar la composición tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por los frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. A fines de 1951 no se había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins empezaba a inquietarse por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente, fue por sugerencia de Waldman que Tolkien escribió la carta siguiente -cuyo texto cabal abarca unas diez mil palabras- con la intención de demostrar que El Señor de los Anillos y El Silmarillion eran interdependientes e indivisibles. La carta, que le interesó tanto a Waldman que hizo hacer una copia a máquina de ella (véase el final de N° 137), no está fechada, pero probablemente se escribió a finales de 1951.

 

Mi estimado Milton:

Me pide un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo imaginario. Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez desean expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere decir (según él lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He de infligirle algo de lo mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido, que es (quizá) todo lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad.

En orden de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo; aunque no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos niños inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué a ello desde que empecé a escribir.

Pero nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado en teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de lenguas (en general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas que en inglés llamo equívocamente Elves [2] [Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más completas, cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos diferentes de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un origen común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia, una consistencia de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la nomenclatura, o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones comparables. No todos considerarán esto tan importante como yo, pues padezco la maldición de una sensibilidad aguda para tales asuntos.

Pero una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo (que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando el pensamiento y la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes -polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados. No soy «erudito» [3] en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin embargo, porque en tales casos (en la medida en que me son conocidas) he estado siempre buscando material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento. Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato. Por supuesto, se disponía y se dispone de todo el mundo arthuriano; pero, aunque poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña, pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar, lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente y repetitivo. Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión cristiana y explícitamente la contiene.

Por razones que no he de elaborar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la forma conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto, de nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos. Y no repetiré lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído.)

¡No se ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces) tenía intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene esplendor de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente a Inglaterra, a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba, algo fresco y claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del Noroeste, Bretaña y las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo, todavía menos el Este); y aunque poseyera (si fuera capaz de lograrla) la sutil belleza evasiva que algunos llaman céltica (aunque rara vez se la encuentra en los verdaderos objetos célticos antiguos), debería ser «elevado», purgado de bastedad y adecuado a la mente más adulta de una tierra ahora hace ya mucho inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud algunos de los grandes cuentos, y muchos los dejaría esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularían en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para que otras mentes y manos hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo.

Por supuesto, un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez. Los cuentos fueron lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida que iban presentándose, los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de continuo interrumpido (especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida, la mente se trasladaba al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante, tuve siempre la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte, no de «inventar».

Por cierto, concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente para mis hijos). Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado, pues no guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero, por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que tiene en sí mismo mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo independiente; no sabía, cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental. Pero resultó ser el medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad, sU modo de descenso a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como las elevadas Leyendas del comienzo, según se supone, consideran las cosas a través de las mentes élficas, el cuento medio del Hobbit adopta virtualmente el punto de vista humano, y el último cuento los mezcla.

Me disgusta la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo intento de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento, más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto mejor hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia.) De cualquier modo, todo este material [4] trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la Máquina. De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De la Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o, como yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar parte de las satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en nuestro mundo, está por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la vez, se relaciona con un apasionado amor por el mundo primordial real y, por tanto, pleno del sentido de la mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene varias oportunidades de «Caída». Puede volverse posesivo, adherirse a las cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador desea ser el Señor y Dios de su creación privada. Se rebelará contra las leyes del Creador, especialmente en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o separadas) conducirán al deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más prontamente eficaz, y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo toda utilización de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades. La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.

No he empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos, Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso que hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones del Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe palabra para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han sufrido de la misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos) la diferencia. Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación. Los «Elfos» son «inmortales», al menos en lo que a este mundo respecta; y de ahí que se centran preferentemente en los dolores y las cargas de la inmortalidad en el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo, en formas sucesivas, se centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es también el Señor de la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este espantoso mal puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el deseo de beneficiar al mundo y a los demás [5] -velozmente y de acuerdo con los propios planes del benefactor-, que es un motivo recurrente.

Los ciclos empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si dijéramos, poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad en sus esferas (de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura). Son «divinos», es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de» la creación del mundo. Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen del drama cosmogónico, que percibieron al principio como drama (es decir, como percibimos una historia hecha por algún otro) y luego como «realidad». Desde el punto de vista de la mera narración, por supuesto, esto tiene por fin procurar seres del mismo orden de belleza, poder y majestad que los «dioses» de la más alta mitología, que puede todavía ser aceptada... bueno, diremos sin mucho acierto por una mente que cree en la Santísima Trinidad.

La narración avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o el Silmarillion propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto, transfigurado de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales encarnadas de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento del Drama de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno de los «dioses» individuales e incompleto aunque el conocimiento del panteón entero se amalgamara. Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección al mal provocado por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo con fineza de detalle) no lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza de los Hijos de Dios eran los dos principales secretos. Todo lo que los dioses sabían era que vendrían en el momento designado. Los Hijos de Dios, pues, están primordialmente relacionados y emparentados, y primordialmente son diferentes. Dado que también son algo del todo «otros» que los dioses, en cuya hechura éstos no tuvieron parte alguna, son objeto del deseo y el amor especiales de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos, y los Seguidores, los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección, durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata», sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad, la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.

Como digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares que conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés no son los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera inevitable: después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia, se constituirá de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos como tales, y no meramente transfigurados o parcialmente representados como Elfos, Enanos, Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos tardíamente, y aunque van cobrando mayor importancia, no son los principales.

En la cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir. Aunque, por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano. Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas, pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que sólo pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas verdades y modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber ningún «cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca de la caída-, cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos y las tenemos.

Así pues, prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia» pueda volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas, no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo, cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.) El cuerpo principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho, trata de la caída de los más dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor (una especie de Paraíso, el hogar de los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento, desde largo tiempo bajo la égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder del Mal todavía visiblemente encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos se entretejen todos de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli («radiación de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de los Elfos se simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli eran algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro. [6] Éstos recibieron la muerte por acción maliciosa del Enemigo, y Valinor quedó a oscuras, aunque de ellos, antes de morir por completo, derivan las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí una pronunciada diferencia entre estas leyendas y la mayor parte de las demás, pues el Sol no constituye un símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la «luz del Sol» -el mundo bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y fuente de una dislocada visión imperfecta.)

Pero el principal artífice de entre los Elfos (Feanor) había encerrado la Luz de Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran mancillados o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas. La caída de los Elfos se produce por la actitud posesiva de Feanor y sus hijos en relación con estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en su Corona de Hierro y las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de Feanor hacen un voto terrible y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera, aun contra los dioses, que clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli. Pervierten a la mayor parte de sus parientes, que se rebelan contra los dioses, abandonan el paraíso y parten a una guerra sin esperanzas contra el Enemigo. El primer fruto de su caída es la guerra en el Paraíso, la matanza de Elfos por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos sus posteriores heroísmos, generando traiciones y malogrando todas las victorias. El Silmarillion es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo, que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen varios cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el final del Mundo Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas son recobradas (por la final intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente perdidas por los Elfos: una en el mar, otra en las profundidades de la tierra y la última para convertirse en una estrella del cielo. Este legendarium acaba con una visión del fin del mundo, su rotura y reconstrucción y la recuperación de los Silmarilli y la «luz antes del Sol», después de una batalla final que, supongo, más debe a la visión escandinava de Ragnarök, que a ninguna otra cosa, aunque no se parece mucho a ella.

A medida que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a los cuentos y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son «Hombres buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente y entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres que aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres, cuyos capitanes se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto de los Hombres con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores, y un tema recurrente es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora) hay una partícula de «sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el arte y la poesía de los Hombres dependen en gran parte de ella o es ella la que las modifica. [7] Hay así dos matrimonios de mortales con elfos, que se unen posteriormente en la parentela de Earendil, representada por Elrond, el Medio Elfo que aparece en todas las historias, aun en El Hobbit. La principal de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente tratadas es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo. Aquí encontramos, entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante entre los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo», a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda otra sabiduría, salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los Hijos de Dios en el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen éxito (con ayuda de Lúthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la nobleza élfica) allí donde los ejércitos y los guerreros habían fracasado: penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lúthien y se lleva a cabo el primer matrimonio entre mortales e inmortales.

Como tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su plena significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación del Silmaril, una suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos de Féanor se vuelve operativo, y el deseo de la obtención del Silmaril lleva a la ruina a todos los reinos de los Elfos.

Hay otras historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes, y, sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin, el cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin es el héroe: figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo de relaciones, aunque no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de Sigurd el Volsung, Edipo y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin: la principal fortaleza élfica. Y el cuento, o cuentos, de Earendil el Errabundo. [8] Resulta importante como la persona que lleva el Silmarillion a su culminación y que, con su descendencia, proporciona los principales eslabones con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes. Su función, como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es hallar un camino en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador, persuadirlos de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad por ellos y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de Earendil es destruida por los hijos de Feanor. Pero esto procura la solución: Elwing, arrojándose al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Earendil, y con el poder de la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido. El precio que deben pagar por ello es que nunca más se les permite volver o vivir otra vez entre los Elfos o los Hombres. Los dioses entonces se ponen en movimiento otra vez, y un gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del Enemigo es destruida; y él mismo [es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío, para que jamás vuelva a aparecer allí en forma encarnada. Los dos Silmarils restantes son recuperadas de la Corona de Hierro, sólo para volver a perderlas otra vez. Los dos últimos hijos de Feanor, obligados por su voto, las roban y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar y a los fosos de la tierra. El barco de Earendil, adornado con la última Silmaril, se lanza a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad.

El próximo ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la Tierra una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia. En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó severamente que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar permanentemente en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa, a la vista del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó por su valor y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles habitar «al extremo oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis» de Númenóre [9] Los dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado o el don de la mortalidad concedido por Dios, pero los númenóreanos disfrutan de una larga vida. Se hicieron a la vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron un gran reino de marineros en lo más lejano que alcanza la vista desde Eressëa (pero no de Valinor). La mayor parte de los Altos Elfos volvieron también al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados con los númenóreanos permanecen en la tierra no lejos de las costas del Mar. Algunos de los Exiliados no han de regresar o demoran su regreso (porque el camino hacia el oeste está siempre abierto para los inmortales y en los Puertos Grises los barcos están permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco los Orcos (trasgos) y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido del todo destruidos. Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente del Enemigo, de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se arrepiente atemorizado cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo, pero al final no hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los dioses. Se demora en la Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando por buenos motivos: la reorganización y rehabilitación de las ruinas de la Tierra Media, «olvidada por los dioses», en la reencarnación del Mal y en una criatura que anhela el Completo Poder, y, por tanto, se consume por siempre jamás en un odio feroz (especialmente por los dioses y los Elfos). A lo largo del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra crece en el Este de la Tierra Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se multiplican a medida que los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales son, pues, los Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron en un nuevo Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenór-Atlantis. Se los trata analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y la Caída de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit y su continuación.

En el primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error» de los Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de los consejos recibidos, todavía entristecidos en [10] las tierras mortales de sus antiguas hazañas heroicas. Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo. Querían la paz, la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer, sin embargo, en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima del de los Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban en el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua», el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el sol). Se volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra de un anticuario, y sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento; aunque también conservaron el antiguo motivo de su especie, el adorno de la tierra y la curación de sus heridas. Oímos de un reino demorado más o menos en el extremo Noroeste de lo que quedaba de las antiguas tierras de El Silmarillion, bajo Gilgalad; y de otros asentamientos, como Imladris (Rivendell), cerca de Elrond; y uno muy grande en Eregion, al pie occidental de las Montañas Nubladas, junto a las Minas de Moria, el mayor reino de los Enanos durante la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió una amistad entre los pueblos por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos), y la herrería alcanzó su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon a Sauron. En aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía buenas, y sus motivos y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de las tierras desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose los unos a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación a intentar hacer un paraíso separado e independiente. Gilgalad rechazó todas estas proposiciones y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron grandes obras, y nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la «magia» y las maquinarias. Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron los Anillos de Poder («poder» es una palabra ominosa y siniestra en todos estos cuentos, salvo cuando se aplica a los dioses).

El principal poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la velocidad del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la preservación de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más o menos el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del poseedor, acercándose así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse y volverse malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes más directamente derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando arroja una sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit), tales como volver invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas del mundo invisible.

Los Elfos de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo casi exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la belleza: no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo, en su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente, que contenía los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien lo llevara podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores, controlar todo lo que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo. No contaba, sin embargo, con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos. En el momento en que él dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y de sus propósitos secretos, y tuvieron miedo. Escondieron los Tres Anillos, de modo que ni siquiera Sauron descubriera nunca dónde estaban, y permanecieron sin mácula. A los otros trataron de destruirlos.

En la guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción y sometimiento, se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia). De ahí el «antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los Anillos:

 

Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.

Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

 

Sauron se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gilgalad se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene una especie de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendell), en el extremo oriental de las tierras occidentales. [11] Pero Sauron domina todas las hordas crecientes de los Hombres que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente, con los verdaderos Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente desde la gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de Fuego, esgrimiendo el Único Anillo.

Pero para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito y en el cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder en la tierra de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder existía y estaba en «relación» con él: no quedaba «disminuido» . A no ser que otro lo cogiera y fuera su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor (si era lo bastante fuerte y de naturaleza heroica) podía retar a Sauron, volverse amo de todo lo que había aprendido o hecho desde la fabricación del Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar su lugar. Ésta era la debilidad esencial que había introducido en su situación en el esfuerzo (en gran parte inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer el control de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces se disolvería, el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un punto de fuga y quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad maliciosa. Pero nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no era destructible por herrería alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía disolverlo, salvo el inmortal fuego subterráneo en el que había sido forjado... y era imposible aproximarse a él, pues estaba en Mordor. Además, tan grande era el poder de deseo del Anillo, que cualquiera que lo llevara puesto quedaba dominado por él; estaba más allá de la fuerza de cualquier voluntad (aun la suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no tenerlo en cuenta. Así lo creía. De cualquier modo, estaba en su dedo.

Así pues, mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una maligna teocracia (pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la Tierra Media. En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque ignorantes. La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho, por los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en un simple estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.

Entretanto, Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil, hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre (o el Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico no sólo de la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la leyenda (concebido plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera Edad, una Edad Crepuscular, un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado y cambiado; el último del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente encarnados, y también el último en el que el Mal asume una única forma dominante encarnada.

La Caída es en parte el resultado de una debilidad interior de los Hombres, consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin registro en estos cuentos), sobre la que hubo arrepentimiento, pero no curación definitiva. ¡En la tierra es más peligrosa la recompensa que el castigo! La Caída es consecuencia de la astucia de Sauron, capaz de explotar esta debilidad. El tema central es (inevitablemente, creo, en una historia acerca de Hombres) una Proscripción, una Prohibición.

Los númenóreanos moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo oriente, Eressëa; y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica (aprendida en los días de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos amigos y aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en las costas de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales, aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años. Esta recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados. Su larga vida contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero alimenta la actitud posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se les despierta el deseo de disponer de más tiempo para disfrutar de ellas. Previendo esto en parte, los dioses impusieron a los númenóreanos desde un principio la Proscripción de no navegar nunca hacia Eressëa, ni hacia el oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían ir a su gusto en cualquier otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales» y de ese modo enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba en contra de la ley que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que su naturaleza, de hecho, no podía soportar. [12]

Hay tres fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante largo tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente. Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.

En la primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes por mar. Como descendientes de Earendil, se convierten en supremos marineros, y por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el norte, el sur y el este. Sobre todo llegan a las costas occidentales de la Tierra Media, donde ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron e incurren en su odio imperecedero. En aquellos días llegaban al encuentro de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepúsculo.

En la segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la Proscripción, empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar de la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores en busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de impuestos que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número de bienes. Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias.

Esta fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer [13] 4 rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado, el más poderoso y orgulloso de todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron había adoptado el título de Rey de Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar al «pretencioso». Se dirige magnífico y majestuoso a la Tierra Media, y tan vastos son sus armamentos y tan terribles son los númenóreanos en los días de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan. El mismo Sauron se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a Númenor como rehén y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y conocimientos, desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y con sus mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del pueblo. Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal de los dioses es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá en el vacío infinitos reinos para sus servidores. La proscripción es sólo un recurso mendaz del miedo para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran vida imperecedera y rivalicen con los Valar.

Bajo Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su propio templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas se entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste; porque allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo amigos de los Elfos. El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está cerca de la desembocadura del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía beneficiosa de Númenor remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta el reino de Gilgalad al norte, a medida que se difunde una Lengua Común.

Pero al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion siente que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia el Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses, dispuesto a arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo». Enfrentados con esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también con un verdadero peligro (pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían haber llevado la ruina a la misma Valinor), los Valar deponen el poder que se les había delegado, apelan a Dios y reciben la capacidad y el permiso para tratar esta situación; el viejo mundo se rompe y cambia. Se abre un cisma en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden en él. La misma Númenor, al borde de la hendidura, se derrumba y desaparece para siempre en el abismo con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible divina o inmortal en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen, y sólo quedan en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia el Oeste si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o al Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo y finito, y un círculo inevitable... salvo por mediación de la muerte. Sólo los «inmortales», los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren, fatigados del círculo del mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto» que lleva al antiguo o Verdadero Oeste, y permanecer allí en paz.

De modo que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero no ha terminado del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos), y sus hijos Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha mantenido apartado de la rebelión y cuyos barcos tripulados y provistos se hallan en la costa este de Númenor, huye ante la abrumadora corriente desatada por la ira del Oeste, y es transportado en lo alto de olas como torres que llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y los suyos son arrojados como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos númenóreanos de Arnor, en el norte, cerca del reino de Gilgalad, y de Gondor, alrededor de las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es inmortal, a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al cabo de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados de Númenor.

La Segunda Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y el gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción de la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un desastroso error. Gilgalad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar a Sauron. Isildur, hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron, que pierde sus poderes y su espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza a actuar. Isildur reclama el Anillo como de su propiedad, como «indemnización por la muerte de su padre», y se niega a arrojarlo al Fuego que arde a su lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran Río, y el Anillo se pierde sin que nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace, y la Torre Oscura que se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía, pero no destruida. Así termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos y la desaparición del último reinado de los Altos Elfos.

La Tercera Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está en su trono, pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos servidores, esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras. Mordor está vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las fronteras de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en los Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros sitios. Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los fuertes del reino númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion. A lo lejos (en relación con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran los países y los reinos sin cartografiar de los hombres salvajes o, malvados, sólo iguales en el odio que sienten por el Oeste, heredado de Sauron, su amo; pero Gondor y su poder les obstruye el camino. El Anillo se ha perdido, para siempre según se espera; y los Tres Anillos de los Elfos, en posesión de guardianes secretos, resultan operativos por cuanto preservan el recuerdo de la belleza de antaño, mantienen enclaves encantados de paz donde el Tiempo parece haberse detenido y el deterioro no avanza: una imagen de la beatitud del Verdadero Oeste.

Pero, en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo errante escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur, Gondor se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor; luego va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una especie de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente. La vigilancia de Morder se debilita. La presión de los orientales y los sureños aumenta. El linaje de Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas Tirith («Torre de Vigilancia»), es gobernada por Mayordomos hereditarios. Los Jinetes del Norte, los Rohirrim o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos, se instalan en las verdes llanuras ahora despobladas que fueron otrora la parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran bosque primitivo, el Gran Bosque Verde, al este del curso superior del Gran Río, se proyecta una sombra que crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios descubren que procede de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee un castillo secreto en el sur del Gran Bosque. [14]

En medio de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun para sí mismos), [15] pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos civilizados que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo vagas tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras del Bosque Negro, huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse en contacto con los últimos restos del Reino de Arnor.

Su principal asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene una vida rural ordenada y civilizada aunque sencilla, es la Comarca, originalmente los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo; pero el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el año 1341 de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último siglo) cuando Bilbo -El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».

En esa historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se dice de ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce. La totalidad de la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto en mente, y también se hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado cabalmente en otro sitio. Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad, altos poderes y linaje se silencian de forma moderada y no se revelan en pleno. También hay alusiones a la historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera. Las sombras y el mal del Bosque Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento de hadas», procuran una de las partes más importantes de la aventura. Sólo en un punto actúa esta «política mundial» como parte del mecanismo de la historia. Gandalf el Mago [16] parte, pues ha sido llamado para atender importantes asuntos -el intento de poner solución a la amenaza que constituye el Nigromante-, de modo que deja al Hobbit sin ayuda o consejo en medio de su «aventura», obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas y volverse un héroe según su propio estilo. (Muchos lectores han observado este punto y han supuesto que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una continuación o en algunos otros cuentos de este tiempo.)

El tono y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de que lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo susceptible de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los detalles de tono y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados. Pero no querría cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del todo corriente que no es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva las dormidas semillas de esas cualidades) en un marco grandioso; y de hecho (como lo observó un crítico) el tono y el estilo cambian con el desarrollo del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la nobleza y elevación, para recaer otra vez luego del regreso.

La Búsqueda del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de El Hobbit, es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental, conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta fundamental en estos cuentos, aunque a menudo es importante. [17] Pero durante el curso de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión, aparentemente por «accidente», de un «anillo mágico» cuyo principal y único poder inmediato evidente es volver invisible a quien lo lleva. Aunque para este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar alguno en el plan de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada. Al regresar el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque inalterado en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.

La continuación, El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que proporcionalmente la mejor del ciclo completo, concluye toda la narración; se intenta incluir en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido: elfos, enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y demonios, los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto horror del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final de los Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace cargo del Dominio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse de los Elfos a través de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como también la línea de realeza de Númenor. Pero así como los primeros Cuentos son vistos a través de ojos élficos, por así decir, este último gran cuento, bajado a tierra desde el mito y la leyenda, es visto sobre todo a través de los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve de hecho antropocéntrico. Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres, porque el último Cuento ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente: el lugar que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños, insignificantes, olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como malvados). Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo como mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y el mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente de que sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos; y sin lo simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo de significado.

No es posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos en un párrafo o dos .... Fue empezado en 1936 y cada una de sus partes fue reescrita muchas veces. No hay palabra casi, en sus 600.000 o más, que no haya sido considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución a la totalidad de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente meditados. No digo que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable, lo advierto, que me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no gran valor para los demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la han encontrado buena en su conjunto. [18] Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra de manera sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el trabajo ha sido colosal; y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal cual está.

 

La carta continúa con un resumen (sin comentarios) de la historia de El Señor de los Anillos, al cabo del cual, Tolkien escribe:

 

Éste es un largo aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones enteras como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales, los Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la «vida corriente» que mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos y la política mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos diversos, del todo ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más alta de las historias de amor, la de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo se alude a ella como a algo conocido. Se la cuenta en otro sitio en un cuento corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el simple amor «rústico» de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente esencial para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para el tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar), las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera belleza. Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido en Eowyn y su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho por enmendar las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo «publicable» si no lo es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo) de un punto crucial de El Hobbit por la que se clarifica el carácter de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará reducir el capítulo II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo; y también simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el material restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como La Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas explicaciones sobre el medio en que se desarrolla la historia, especialmente el del Concilio de Elrond (Libro II). Pero en total apenas alcanzaría a la eliminación de un único capítulo largo (de unas 72.).

Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.

 

 

2) El disparador de las palabras de Tolkien en el borrador de la carta que sigue, son una serie de preguntas formuladas por Peter Hastings director de una librería católica de Oxford. Las ideas centrales de la obra son expresadas en su respuesta.

 

 

Carta 153  A Peter Hastings (borrador)

 

Peter Hastings, administrador de la Newman Bookshop (una librería católica de Oxford), le escribió a Tolkien expresando su entusiasmo por El Señor de los Anillos, pero le preguntaba si no «se había extralimitado en cuestiones metafísicas». Daba varios ejemplos: primero, «la afirmación de Bárbol de que el Señor Oscuro había creado a los Trolls y a los Orcos». Hastings sugería que el mal era incapaz de crear nada, y argüía que, aun en el caso de que pudiera crear, sus criaturas «no podrían tener tendencia alguna al bien, ni siquiera una muy pequeña»; mientras que, argumentaba también, uno de los Trolls de El Hobbit, Guille, tiene un sentimiento de piedad hacia Bilbo. También citaba la descripción que hace Baya de Oro de Bombadil: «Él es». Hastings dijo que esto parecía implicar que Bombadil era Dios. Sobre todo a Hastings le preocupaba la reencarnación de los Elfos, que Tolkien le había mencionado en una conversación. Escribía de esto: «Dios no ha utilizado ese recurso en ninguna de las creaciones de las que tenemos conocimiento, y me parece que el hecho de que un sub-creador opere con él como instrumento utilizable es ir más allá de la posición que le cabe, pues al tratar las relaciones entre creador y creado, debe emplear los medios que sabe que el Creador ha empleado ya ----- "El Anillo" es tan bueno que es una lástima privarlo de su realidad sobrepasando los límites de la función de un escritor». También preguntaba si la reencarnación de los Elfos no planteaba problemas de índole práctica: «¿Qué ocurre con los descendientes de un ser humano y un elfo que se casan?». Y, en otro plano, preguntaba cómo Sauron, dada su extremada maldad, pudo «haber mantenido la cooperación entre los elfos» hasta el momento en que los Anillos del Poder se forjaron.

 

Septiembre de 1954

Estimado señor Hastings:

Muchas gracias por su larga carta. Lamento no tener el tiempo de contestarla tan ampliamente como se merece. De cualquier modo, me ha rendido el tributo de tomarme seriamente; aunque no puedo evitar Preguntarme si no lo ha hecho «demasiado seriamente» o en un sentido equivocado. El cuento es, después de todo, nada más que un cuento, una obra literaria que tiene el objetivo de producir un efecto igualmente literario, y no una verdadera historia. Que el recurso adoptado, el de dotar a su escenario de un aire o sentimiento histórico y (¿una ilusión de?) tridimensionalidad, parece haber tenido buen éxito queda demostrado por el hecho de que muchos corresponsales lo han tratado del mismo modo, de acuerdo con sus diversos intereses o conocimientos: esto es, como si se tratara de una información acerca de tiempos y lugares «verdaderos» que mi ignorancia o descuido hubiera falseado a veces o descrito erradamente otras. Su economía, ciencia, artefactos, religión y filosofía son defectuosos o, cuando menos, sólo esbozados.

Por supuesto, he considerado ya todos los puntos que me plantea. Pero comunicarle mis reflexiones (en otra forma) exigiría un libro, [19] y toda clase de verdadera respuesta a sus más profundos planteamientos debe esperar cuando menos hasta que tenga más material a su disposición: el Vol. III, por ejemplo, para no mencionar las historias más míticas de la Cosmogonía, la Primera Edad y la Segunda. Dado que todo el material, desde el principio al fin, trata principalmente de la relación de la Creación con la composición y la subcreación (y, subsidiariamente, con la cuestión afín de la «mortalidad»), debe quedar en claro que las referencias a estas cosas no son casuales, sino fundamentales: aunque puede que estén fundamentalmente «equivocadas» desde el punto de vista de la Realidad (la realidad externa). Pero no pueden estar equivocadas dentro de este mundo imaginario, pues así es como ha sido hecho.

Diferimos enteramente acerca de la naturaleza de la relación entre la subcreación y la Creación. Yo hubiera dicho que la liberación «de los medios que el Creador ha utilizado ya» es la función fundamental de la «subcreación», un tributo a la infinitud de Su variedad potencial, uno de los modos en que en verdad se exhibe, y, por cierto, así lo dije en el Ensayo. No soy un metafísico; pero ¡me habría parecido una metafísica curiosa -no hay una sino muchas, innumerables en potencia- la que declarase que los medios conocidos empleados (en un rincón tan finito como aquel del que tenemos algún vislumbre) son los únicos posibles o eficaces o quizás aceptables para Él y por Él!

Puede que la «reencarnación» sea mala teología (eso ciertamente, mas bien que metafísica) aplicada a la Humanidad; y mi legendarium, especialmente la «Caída de Númenor», que corresponde inmediatamente antes que El Señor de los Anillos, se basa en mi concepción de que los Hombres son esencialmente mortales y no deben tratar de volverse «inmortales» carnalmente. [20] Pero no veo cómo aun en el Mundo Primordial un teólogo o filósofo cualquiera, a no ser que esté mucho mejor informado acerca de la relación del espíritu con el cuerpo que lo que nadie, según creo, sea capaz de estarlo, pueda negar la posibilidad de la reencarnación como modo de existencia prescrito para ciertas especies de criaturas racionales encarnadas.

Supongo que las principales dificultades con las que me topo son, en realidad, de índole científica y biológica, que me preocupan tanto como lo teológico y lo metafísico (aunque a usted no parece que le conciernan tanto). Los Elfos y los Hombres, evidentemente, constituyen una única raza desde el punto de vista biológico; de lo contrario, no podrían aparearse y producir vástagos fértiles, aun cuando resulte ése un acontecimiento extraño: sólo se dan dos casos en mis leyendas de semejantes uniones, y se mezclan en los descendientes de Eárendil. [21] Pero como sostienen algunos que el índice de longevidad es una característica biológica dentro de ciertos límites de variación, no era posible que hubiera por una parte Elfos en cierto sentido «inmortales» -no eternos, pero que no mueren de «envejecimiento»- y por la otra Hombres mortales, más o menos como parecen serlo ahora en el Mundo Primordial, y fueran al mismo tiempo lo bastante afines. Podría responder que esta «biología» es sólo una teoría, que la moderna «gerontología» o como se llame descubre que el «envejecimiento» es más misterioso y menos claramente inevitable en los cuerpos de estructura humana. Pero debería responder: realmente, no me importa. Éste es un dictamen biológico dentro de mi mundo imaginario. Es sólo (hasta ahora) un mundo incompletamente imaginado, un «elemento secundario» rudimentario; pero si quisiera el Creador concederle Realidad (en una forma corregida) en un plano cualquiera, habría que penetrar en él y empezar a estudiar su diversa biología, eso es todo.

Pero tal como son las cosas -aunque dan la impresión de habérseme escapado de las manos, de modo que las partes parecen (a mí) más bien reveladas a través de mí que por mí-, su propósito sigue siendo, en amplia medida, literario (y, si el término no lo intimida, didáctico). En esta «historia» los Elfos y los Hombres se presentan biológicamente afines, Porque los Elfos constituyen ciertos aspectos de los Hombres y sus talentos y deseos, encarnados en mi pequeño mundo. Tienen ciertas libertades y poderes que a nosotros nos gustaría tener, y en ellos se exhiben la belleza, el peligro y el dolor de la posesión de esas cosas ....

Sauron, por supuesto, en su origen no era «malvado». Era un «espíritu corrompido por el Señor Oscuro Primordial (el Rebelde subcreativo Primordial) Morgoth. Se le dio la oportunidad de arrepentirse cuando Morgoth fue vencido, pero no pudo enfrentar la humillación de la retractación y pedir perdón; de modo que su temporario vuelco al bien y la «benevolencia» terminó en una recaída todavía mayor y se convirtió en el principal representante del Mal en edades posteriores. Pero a principios de la Segunda Edad era aún de bello aspecto y podía todavía asumir una forma visible hermosa, y no era en verdad del todo malvado no, a no ser que todos los «reformadores» que se apresuran a lograr una «reconstrucción» y una «reorganización» lo sean antes de que el orgullo y el deseo de ejercer el poder los devore. La rama particular de los Altos Elfos implicados, los Noldor o los Amos de la Ciencia, estaban siempre del lado de la «ciencia y la tecnología», como nosotros las llamaríamos: querían adquirir el conocimiento que Sauron poseía genuinamente, y los de Eregion rechazaron las advertencias de Gilgalad y Elrond. El «deseo» particular de los Elfos de Eregion -una «alegoría», si quiere, del amor por las maquinarias y los recursos técnicos- está también simbolizado por la amistad especial que mantienen con los Enanos de Moria.

No los consideraría más malvados o necios (pero en grado considerable en el mismo peligro) que los católicos empeñados en ciertas clases de investigación física (por ejemplo, los que producen, aunque sólo sea como productos secundarios, gases venenosos y explosivos): no de por sí mala, pero siendo las cosas lo que son y considerando la naturaleza y los motivos de los amos económicos que procuran todos los medios para su tarea, es casi del todo seguro que servirán a un mal fin. Del cual no han de ser necesariamente culpados, aun cuando tengan conciencia de él.

En cuanto a otras cuestiones, creo que estoy de acuerdo sobre la de «la creación por el mal». Pero es usted más liberal con el empleo de la palabra «creación» que yo. [22] Bárbol no dice que el Señor Oscuro «creara» a los Trolls y los Orcos. Dice que los «hizo» imitando a ciertas criaturas ya existentes. Hay para mí un abismo entre ambas afirmaciones, tan ancho que la de Bárbol (en mi mundo) podría posiblemente ser verdad. No es realmente verdadero de los Orcos, que constituyen sobre todo una raza de «criaturas racionales encaradas», aunque horriblemente corrompidas, si bien no más que muchos Hombres con los que uno se topa hoy. Bárbol es un personaje de mi historia, no yo; y, aunque tiene una gran memoria y cierta sabiduría terrenal, no es uno de los Sabios, y hay muchas cosas que no sabe o no comprende. No sabe lo que son los «magos» o de dónde vinieron (mientras que yo sí; aunque, ejerciendo mi derecho de subcreador, me pareció mejor que la cuestión quedara en el «misterio» en esta historia, no sin dar alguna pista para su solución). El sufrimiento y la experiencia (y posiblemente el Anillo mismo) le dieron a Frodo mayor comprensión; y leerá usted en el Cap. I del libro VI las palabras que dirige a Sam: «La Sombra que los engendró sólo puede remedar, no crear: no seres verdaderos, con vida propia. No creo que haya dado vida a los Orcos, pero los malogró y los pervirtió». En las leyendas de los Días Antiguos se sugiere que Diabolus subyugó y corrompió a algunos de los primeros Elfos, antes de que hubieran oído nunca de los «dioses», para no hablar ya de Dios.

De los Trolls no estoy seguro. Creo que son meras «imitaciones» y, por tanto (aunque aquí, por supuesto, sólo estoy utilizando elementos de una mitología bárbara sin metafísica «consciente»), se vuelven meras imágenes de piedra cuando no están en la oscuridad. Pero hay otras clases de Trolls además de estos ridículos, si bien brutales, Trolls de Piedra, para los que se sugieren otros orígenes. Por supuesto (dado que inevitablemente mi mundo es muy imperfecto aun en su propio plano, y no del todo coherente, nuestro Mundo Real tampoco parece del todo coherente; y yo mismo no estoy en verdad convencido de que, aunque en cada mundo en cada uno de sus planos todo debe estar en última instancia sometido a la Voluntad de Dios, aun en el nuestro no haya algunas imitaciones subcreadas «toleradas»), cuando se hace que los Trolls hablen, se les está otorgando una capacidad que en nuestro mundo (probablemente) significa la posesión de un «alma». Pero no estoy de acuerdo en que (si admite el elemento del cuento de hadas) mis trolls manifiesten ningún signo de «bondad» considerados estrictamente y sin sentimentalismos. No digo que Guille sintiera piedad -palabra que para mí tiene valor moral y de imagen: es la Piedad de Bilbo y más tarde de Frodo la que finalmente permite que se lleve a cabo la Misión- y no creo, que la mostrara. No podría (si El Hobbit hubiera sido más cuidadosamente escrito y mi mundo tan pensado hace veinte años) haber utilizado la expresión «pobre desgraciado», como no habría llamado al troll Guille [William]. Pero no advertí piedad alguna aun entonces, y lo mostré claramente. La piedad debe impedir que uno haga algo inmediatamente deseable y en apariencia ventajoso. No hay más «piedad» aquí que la que habría en un animal depredador que bosteza u ociosamente acaricia con la pata a un animalillo que podría servirle de presa pero que no devora porque no tiene hambre. O, a decir verdad, en muchas de las acciones de los hombres cuyas verdaderas raíces son la saciedad, la holganza o simplemente una natural blandura que nada tiene de moral, aunque las dignifiquen con el nombre de «piedad».

En cuanto a Tom Bombadil, me parece que se muestra en exceso serio además de no haber entendido bien la cuestión. (Una vez más las Palabras utilizadas son de Baya de Oro y de Tom, no mías como comentador). Me recuerda usted más bien a un pariente protestante que me objetaba la costumbre católica (moderna) de llamar padre a los sacerdotes, pues esa denominación sólo pertenecía a la Primera Persona, citando la última Epístola del Domingo, inoportunamente pues ella dice ex quo. Muchos otros personajes se llaman Señor; y si «en el tiempo» Tom fue el primero, fue el Mayor en el Tiempo. Pero Baya de Oro y Tom se refieren al misterio de los nombres. Examine y medite las palabras de Tom en el Vol. I, pág. 185. [23] Quizás usted pueda concebir la relación única que mantiene con el Creador sin un nombre, ¿no es así? Pues en semejante relación los pronombres se convierten en nombres. Pero tan pronto como se encuentre en un mundo de otros seres finitos con una relación similar, aunque también única y diferente, con un Ser Primordial, ¿quién es usted? Frodo ha preguntado no «qué es Tom Bombadil», sino «Quién es». Nosotros y él, sin duda con negligencia, confundimos las preguntas. Baya de Oro da lo que creo la respuesta correcta. No es preciso que entremos en las sublimidades del «Soy el que soy», que es algo muy diferente del él es. [24] Añade como concesión una enunciación de parte de lo «que» es. Es señor de un modo peculiar: no tiene miedo y ningún deseo de posesión o dominio en absoluto. Meramente conoce y comprende las cosas que le conciernen en su propio pequeño reino natural. Apenas juzga y, aun en la medida en que podemos ser testigos, ni siquiera hace un esfuerzo por modificar o eliminar el Sauce.

No creo que sea necesario filosofar sobre Tom, y hacerlo no lo mejoraría en nada. Pero muchos lo han considerado un elemento extraño e incluso discordante. El hecho histórico es que lo incluí porque ya lo había «inventado» independientemente (apareció por primera vez en la Oxford Magazine) [25] y quería una «aventura» en el camino. Pero lo mantuve, y tal como era, porque representa ciertas cosas que de otro modo hubieran quedado excluidas. No pretendo que sea una alegoría -de lo contrario no le habría dado un nombre tan particular, individual y ridículo-, pero la «alegoría» es el único modo de exhibir ciertas funciones: es, pues, una «alegoría» o un ejemplar, una encarnación particular de la ciencia natural pura (real); el espíritu que desea tener conocimiento de otras cosas, su historia y naturaleza, porque éstas son «otra, cosa» y enteramente independientes de la mente indagadora, un espíritu coevo de la mente racional sin el menor interés por «hacer» nada con el conocimiento: Zoología y Botánica, no Ganadería o Agricultura. Aun los Elfos apenas muestran esta capacidad: son primordialmente artistas. Además, T.B. exhibe otra cualidad en su actitud en relación con el Anillo, que no puede afectarlo. Uno debe concentrarse en alguna parte, con seguridad relativamente pequeña, del Mundo (el Universo), sea para contar una historia, aunque larga, o aprender algo, aunque fundamental; y, por tanto, desde ese «punto de vista», mucho quedará excluido, distorsionado en la circunferencia, y parecerá una rareza discordante. El poder del Anillo para todos los involucrados, aun los Magos o Emisarios, no es una ilusión; pero no constituye el cuadro entero, ni siquiera del estado y contenido de esa parte del Universo.

He tratado ya la dificultad biológica del matrimonio entre Elfos y Hombres. Se produce, por supuesto, en el «cuento de hadas» y en el folklore, aunque no todos los casos son sostenidos por las mismas concepciones. Pero yo la he vuelto mucho más excepcional. No veo que la «reencarnación» afecte en absoluto los problemas que de ella resultan. Aunque la «inmortalidad» (en mi mundo sólo dentro de la longevidad limitada de la Tierra) sí, por supuesto. Como lo perciben muchos cuentos de hadas.

En la historia primordial de Lúthien y Beren, a Lúthien se le permite como absoluta excepción despojarse de la «inmortalidad» y convertirse en «mortal»; pero cuando el Lobo-Guardián mata a Beren a las Puertas del Infierno, Lúthien obtiene un breve respiro durante el cual los dos vuelven a la Tierra Media «vivos», aunque no se mezclen con otras personas: una especie de leyenda de Orfeo al revés, pero una historia de Piedad, no de Inexorabilidad. Túor se casa con Idril, la hija de Turgon, Rey de Gondolin; y «se supone» (no se enuncia) que, como excepción única, recibe la «inmortalidad» élfica limitada: una excepción en uno y otro sentido. Eärendil es el hijo de Túor y el padre de Elros (Primer Rey de Númenor) y Elrond, siendo su madre Elwing, hija de Dior, hijo de Beren y de Lúthien: de modo que el problema del Medio-Elfo se unifica en un linaje. La idea es que los Medio-Elfos tienen la capacidad de elección (irrevocable), que puede demorarse, pero no permanentemente, de compartir el destino de uno u otro progenitor. Elros eligió ser un Rey «longevo», pero mortal, de modo que todos sus descendientes son mortales y de una raza especialmente noble, pero con una longevidad «menguante»: así Aragorn (quien, aunque tiene una mayor duración de vida que sus contemporáneos y dobla la de los Hombres, no la triplica como los Númenóreanos contemporáneos originales). Elrond eligió estar entre los Elfos. Sus hijos -con una corriente élfica renovada, pues su madre era Celebrían, hija de Galadriel- deben hacer su elección. Arwen no es la «reencarnación» de Lúthien (eso sería imposible dentro del margen de esta historia mítica, pues Lúthien murió como una mortal y abandonó el mundo del tiempo), sino una descendiente muy parecida a ella en aspecto, carácter y destino. Cuando se casa con Aragorn (cuya historia de amor, contada en otro sitio, no tiene importancia central aquí y sólo ocasionalmente se la menciona) «hace la elección de Lúthien», de modo que el dolor al separarse de Elrond es especialmente agudo. Elrond va al otro lado del Mar. El fin de sus hijos, Elladan y Elrohir, no se cuenta: demoran su elección y permanecen por algún tiempo.

¿De quién es «la autoridad que decide todo esto»? Las «autoridades» inmediatas son los Valar (los Poderes o Autoridades): los «dioses». Pero ellos son sólo espíritus creados -de un orden angélico elevado, diríamos, con ángeles asistentes menores- dignos de reverencia, pero no de veneración; [26] y aunque potencialmente «subcreadores» y residentes de la Tierra, a la que están unidos por el amor y a cuya hechura y ordenamiento han asistido, no pueden por propia voluntad alterar ninguna provisión fundamental. Invocaron al Único en ocasión de la crisis de la rebelión de Númenor -cuando los Númenóreanos intentaron tomar la Tierra Imperecedera por la fuerza de una gran armada en su deseo de obtener la inmortalidad corpórea-, que requirió un cambio catastrófico en la forma de la Tierra. Siendo la Inmortalidad y la Mortalidad dones especiales de Dios a los Eruhíni (en cuya concepción y creación los Valar no tuvieron parte alguna), debe suponerse que ninguna alteración de especie fundamental podía ser efectuada por los Valar aun en un caso único: los de Lúthien (y Túor) y la situación de sus descendientes fue un acto directo de Dios. La entrada en los Hombres de la corriente élfica representa, en verdad parte del Plan Divino para el ennoblecimiento de la Raza Humana, desde el principio destinada a desplazar a los Elfos.

¿Hay algún «límite para la tarea de un escritor» excepto el que le impone su propia finitud? Ningún límite fuera de las leyes de la contradicción, diría yo. Pero, por supuesto, son necesarias la humildad y la conciencia del peligro. Un escritor puede ser básicamente «benevolente» de acuerdo con sus luces (como espero serlo yo) y no ser, sin embargo, «eficiente» por causa del error y la estupidez. Pretendería, si no lo considerara presuntuoso en alguien de tan escasa instrucción, tener como único objetivo la dilucidación de la verdad y el aliento de la moral adecuada en este mundo real mediante el viejo recurso de ejemplificarlas en encarnaciones desacostumbradas que tendieran a volverlas comprensibles. Pero, por supuesto, quizás esté equivocado (en algunos o en todos los puntos): puede que mis verdades no sean verdaderas o estén distorsionadas; y quizás el espejo que he construido esté oscuro y quebrado. Pero antes tendría que estar convencido de que algo que yo haya ideado sea en realidad dañino, per se y no sólo porque haya sido entendido erróneamente, antes de que me retracte o reescriba nada.

Puede hacerse un gran daño, por supuesto, mediante este potente modo de «mitología», especialmente en forma voluntaria. El derecho a la «libertad» del subcreador no es garantía entre los hombres caídos de que no ha de utilizarse con tanta maldad como lo es el Libre Albedrío. Me consuela el hecho de que algunos más píos y más sabios que yo no han encontrado nada de dañino en este Cuento o en sus invenciones «míticas» ....

Para concluir: habiendo mencionado el Libre Albedrío, podría decir que en mi mito he utilizado la «subcreación» de un modo muy especial (no igual a la «subcreación» como término de la crítica de arte, aunque intenté demostrar alegóricamente Cómo podría incorporarse a la Creación en algún plano en mi cuento «purgativo» Hoja de Niggle (Dublin Review 1945)) para volver visibles y físicos los efectos del Pecado o los abusos del Libre Albedrío por los hombres. El Libre Albedrío es derivativo y sólo .'. operativo dentro de circunstancias dadas; pero para que pueda existir es necesario que el Autor lo garantice, suceda lo que suceda: especialmente cuando está «en contra de Su Voluntad», como lo decimos nosotros, tal como se da dentro de una perspectiva finita, de todos modos. No detiene ni vuelve «irreales» los actos pecaminosos y sus consecuencias. De modo que en este mito se «concibe» (legítimamente, sea ello un rasgo del mundo real o no) que concedió poderes «subcreativos» especiales a algunos de Sus seres creados de más alto orden: eso es garantía de que a lo que inventaron o hicieron debe conce