La Creación

 

 

(...)entonces hubo inquietud entre los Ainur; pero Ilúvatar los llamó y dijo: - Sé lo que vuestras mentes desean; que lo que habéis visto sea en verdad, no sólo en vuestro pensamiento, sino como vosotros sois, y aun otros. Por tanto digo, ¡Eä! ¡Que sean estas cosas! Y enviaré al Vacío la Llama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo y el Mundo Será; y aquellos de entre vosotros que lo deseen, podrán descender a él. Y de pronto vieron los Ainur una luz a lo lejos como si fuera una nube con un viviente corazón de llamas; y supieron que no era sólo una visión, sino que Ilúvatar habia hecho algo nuevo: Eä, el Mundo que Es. (...)

Ainulindalë (El Silmarillion)

 

Según el Ainulindalë, el primer libro de El Silmarillion, cuando no había mas que oscuridad y un gran Vacío, existía un Ser omnisciente que vivía solo en la nada. Se llamaba Eru el Único o, como lo llamarían después los Elfos, Ilúvatar. Éste era el Ser que para Tolkien sería el origen de toda creación. A lo largo del Ainulindalë Tolkien nos cuenta cómo los pensamientos elementales de Ilúvatar se convirtieron en una raza de dioses, llamados los Ainur (los santos) y cómo mediante el poder de Su espíritu (la Llama Imperecedera) Ilúvatar otorgó a los Ainur la vida eterna.

Para esta raza de dioses, Ilúvatar creó una morada en el Vacío, que recibió el nombre de Palacios Intemporales. Aquí, Ilúvatar enseño a los Ainur a cantar, y éstos se convirtieron en un enorme coro celestial. De la música de estos espíritus divinos surgió una sagrada Visión que era un mundo esférico que giraba en el Vacío. Arda, el mundo de Tolkien, literalmente surgió del canto, y cada miembro de la hueste celestial tuvo una parte en su concepción.

Sin embargo, la Música de los Ainur no había creado más que una Visión; hizo falta la palabra y la orden de Ilúvatar (y el poder de la Llama Imperecedera) para crear Eä, (el Mundo que Es). De esta forma se le dio a la Visión sustancia y realidad. Y a este mundo descendieron aquellos de los Ainur que más habían tomado parte en su concepción y que deseaban participar aún más en su formación. Su concepción es a la vez extrañamente etérea y bastamente operística. Además, es un especie de doble creación, porque, cuando los Ainur llegaron a Arda, encontraron que ellos tenían que darle forma. La Música y la Visión no eran más que temas generales y profecías de lo que había de venir. Darle forma y crear su historia resultaron tareas mucho más difíciles. Aquí, estos espíritus divinos y sin cuerpo adoptaron manifestaciones de índole más física. Se convirtieron en los elementos y poderes de la naturaleza, pero, al igual que los dioses nórdicos o griegos, poseían una forma física, una personalidad, un género y estaban emparentados los unos con los otros. Los Ainur que entraron en Arda se dividen en dos órdenes: los Valar y los Maiar.

Los Valar eran dieciséis: Manwë, Rey de los Vientos; Varda, Reina de las Estrellas; Ulmo, Señor del Océano; Nienna, la Plañidera; Aulë, el Herrero; Yavanna, Dadora de Frutos; Oromë, Señor de los Bosques; Vána, la Joven; Mandos, Guardián de los Muertos; Vairë, la Tejedora; Lórien, Señor de los Sueños; Estë, la Curadora; Tulkas, el Fuerte; Nessa, la Bailarina.  y Melkor, que se reveló contra Eru, y a quien más tarde se le daría el nombre de Morgoth, el Enemigo Oscuro.

Los Maiar eran multitud, pero sólo unos cuantos de estos inmortales aparecen nombrados en las crónicas de Tolkien: Eönwë, Heraldo de Manwë; Ilmarë, Doncella de Varda; Ossë de las Olas; Uinen de los Mares Tranquilos; Melian, Reina de los Sindar; Arien, Conductora del Sol; Tilion, Conductor de la Luna; Sauron, Señor de los Anillos; Gothmog, Señor de los Balrogs; Thuringwethil, el Licántropo; Baya de Oro, la Hija del Río; Iarwain Ben-adar (Tom Bombadial) y los cinco magos: Olórin (Gandalf), Curunir (Saruman), Aiwendil (Radagast), Alatar y Pallando.

Tan sólo después de la creación del mundo y de que los Ainur entraran en él comenzó la cuenta del tiempo en Arda. Dado que durante la mayor parte de la historia de Arda no hay ni sol ni luna para medir el tiempo, Tolkien nos da la medida cronológica del año valeriano y de las edades valerianas. Cada año valeriano equivale a diez años tal y como los conocemos nosotros. Y dado que cada edad valeriana contiene cien años valerianos, equivale a mil años humanos. Aunque hay numerosos sistemas y variaciones superpuestos y variaciones en acontecimientos y fechas en los distintos escritos de Tolkien, existe la suficiente coherencia para estimar con cierta precisión que el tiempo trascurrido desde la Creación de Arda hasta el final de la Tercera Edad del Sol (poco después de la Guerra del Anillo) fue de treinta y siete edades valerianas, o, para ser más exactos, de 37.063 años humanos. Los Ainur pasaron las primeras edades valerianas dando forma a Arda. Sin embargo, así como hubo discordia en la Música de los Ainur, también, cuando comenzó la verdadera formación de Arda, una hueste de espíritus Maiar, guiados por el poderoso Vala satánico llamado Melkor, originaron un gran conflicto. Fue ésta la Primera Guerra que llevó a que la simetría natural y la armonía de Arda se trocaran en confusión. Aunque Melkor acabó siendo rechazado, las tierras y los mares de Arda conservaron cicatrices y desgarros y la posibilidad de Arda como mundo ideal, tal y como lo había mostrado la Visíon, se perdió para siempre.
Cuando llegue el fin del mundo, los Valar y los Maiar se reunirán con sus parientes en los Palacios Intemporales y entre los que regresen se encontrarán también los Eruhíni, los Hijos de Eru que nacieron en Arda.

 

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