La enseña del Árbol Blanco
Pablo Ginés
Rojas lenguas de fuego se alzan en las almenas. Jirones carmesíes
agujerean la noche. Las antorchas tiñen de sangre los muros de la fortaleza.
Las puertas están cerradas. El pueblo entero espera el momento, como esperan
las aves innobles, aguardando que el moribundo perezca, que el último capitán
se hunda en el silencio eterno, llevándose con él un pasado al que renuncian.
Sopla una fría brisa desde las llanuras infinitas, un viento gélido que agita
los estandartes. Son todos negros, pues la muerte es inminente; pero uno,
en la torre más alta, ostenta además un árbol de plata, reluciente bajo la
luna. Es un trapo viejo, tanto, que nadie recuerda la torre sin la enseña
como no se pueden recordar las praderas sin hierba ni las montañas frías sin
sus picos blancos. Y sin embargo, esa bandera venerable, ajada por el tiempo,
envejecida en un servicio de nobleza sin par, sabe que sus horas están contadas.
Mañana, cuando salga el sol, será arriada. Ondea, pues, enseña del Árbol Blanco,
ondea y vela el sueño de los muertos. Cuando el espíritu de mi padre se eleve
en la fría noche, tú serás su última visión del mundo. Tú, símbolo de un país
que nunca conoció; tú, su esposa, su reina, su amante, su hermana... Despide
al último señor de la Torre.
***
- ¡Saludos,
Capitán Medohtar! Buena fortuna deseamos para vuestro hogar, y un hermoso
futuro para vuestra hija.
¡Míralos! ¡Qué contentos estaban! Ya sabían que le quedaba
poco. Entraron en el salón como un tropel de conquistadores, no como unos
invitados. El olor de la carne en el fuego, el aroma del vino con especias
se les antojaba ya de su propiedad. Lucían elegantes pieles, cuadros de colores,
broches y pendientes, gruesos mostachos. El obeso Borghain, alcalde de la
villa; el torvo Chormaic de fruncido ceño; Erchion, el vendedor de caballos;
y el joven y ambicioso Nichaill, de mirada altiva y penetrante. Le veo entrar
el último, su manto echado sobre un hombro. Mira ostentosamente la sala, mira
las ricas copas que hemos guardado de generación en generación, se fija en
Gilris, la espada de la familia, colgada sobre la chimenea, junto al alto
yelmo plateado, que tanto he frotado para conseguir que brillara. Y finalmente
me mira a mí, lentamente, como si sus ojos fueran capaces de absorberme y
hacerme suya, como si fuera el más preciado tesoro de la sala, algo que guardar
y poseer, algo de lo que jactarse, algo digno de ser encerrado por su hechura
hermosa en una sala oscura, donde nadie más pueda verlo. Me mira y me sonríe,
y veo la sonrisa del lobo; se inclina y me saluda; es un zorro al acecho de
la presa. Quiere formar una camada y ambiciona la hembra del viejo y débil
jefe; quiere ser el señor del cubil, y sólo necesita un poco de paciencia.
- Sed bien hallados en mi morada, y que las estrellas brillen
a la hora de nuestro encuentro -dice mi padre con voz serena. -Mi hija y yo
os deseamos una feliz velada. -
Me mira, quiere que diga algo. Es lo correcto y debo hacerlo.
Musito el saludo en la vieja lengua, como me enseñó de niña. Sé que los invitados
no comprenden las palabras, pero a mi padre no le importa eso. Sólo le importa
que se haga lo correcto, que cumplamos con nuestro deber como siempre hemos
hecho. Hay algunos apretones de mano, y entran los criados con las viandas
que nos acompañarán. Borghain aplaude y se sienta a la mesa entre bromas,
secundado por Erchion. Entonces se produce un forzado silencio. Mi padre y
yo permanecemos en pie, altos, erguidos, mirando hacia el Oeste como siempre
hemos hecho antes de las comidas. A través de la ventana vemos los últimos
matices rojos sobre el horizonte. Los hombres del pueblo se agitan en sus
asientos, incómodos. Sé lo que les sucede, conozco el torbellino de emociones
que alberga su corazón. Nos miran con disimulado desdén. Pero también con
vergüenza; con rencor escondido, pero también con admiración; no comprenden
ni recuerdan, ni quieren hacerlo, y por eso odian. Tampoco yo, pienso, comprendo
ni recuerdo, pero no reniego de la herencia que se me ha transmitido. Soy
la hija del Capitán.
***
La niña se lo preguntó una vez:
- Padre...
- ¿Sí, Elithil?
- ¿Dónde está mi madre?
- Murió, pequeña. Poco después de que tú nacieras.
- Era guapa, ¿verdad?
-
Como una flor radiante en los valles profundos del norte, niña. Tenía los
ojos verdes como tú, pero el cabello era rojo y largo. Ella siempre reía y
cantaba muy bien.
-
¿Sabía montar a caballo, como yo?
-
No, Elithil. Su gente no enseña a montar a las mujeres, y cuando se casó conmigo
nunca quiso acercarse a un caballo. Le daban un poco de miedo.
-
Pues me han dicho que las mujeres de los Norteños saben todas montar a caballo.
- Ah, muchacha, eso es porque son un pueblo de jinetes.
-
Y si pelearas con un Jinete, ¿quién ganaría, tú o él?
-
Esa pregunta es un poco tonta, ¿no? Los Jinetes son nuestros amigos.
-
¿Y si pelearas con un trasgo?
-
Bueno, entonces le diría: trasgo, este valle pertenece al Rey. ¡Vete de aquí
o morirás! Y el trasgo diría: no, no me voy, ¡échame si puedes! Y yo: ¡pues
claro que te echo! Y le atacaría con mi espada, que antes fue de mi abuelo,
y antes del suyo, y el trasgo pararía un golpe con su escudo, pero dos no,
porque le daría tan fuerte que se lo rompería y, al final, el pobre, feo y
achaparrado bichejo saldría corriendo para salvar la vida.
-
¡Y tú le arrojarías tu cuchillo por la espalda!
-
Nunca, eso no se puede hacer. Ni con un trasgo.
-
¿Ah, no?
-
No. No somos bárbaros, Elithil, somos Hombres de Gondor.
***
- Noble Medohtar -dijo el sudoroso Borghain-, sois sin duda
un anfitrión inigualable y vuestra cortesía es sólo pareja a la sabiduría
que todos en el valle sabemos que poseéis. Es por esto que, sin duda, ya habréis
pensado en el futuro.
- ¿El futuro,
maese Borghain? -dijo mi padre sorbiendo apenas de su copa.
- Sí, Capitán... el tiempo pasa y... bueno, sois un hombre
mayor, aunque aun vigoroso, qué duda cabe, pero... en fin, nadie vive eternamente
y vos no tenéis descendencia.
- Está mi hija Elithil, aquí presente -señaló mi padre con
tono tranquilo.
- Sí, sí, Capitán pero la bella Elithil, que nos deleita
con su hermosura, es, como todos podemos ver y, sin duda, agradecer, una mujer,
y la torre requiere un hombre que la gobierne -dijo Borghain, entre gestos
de asentimiento de los otros comensales.
- El mando de la fortaleza ha recaído sobre mi familia generación
tras generación durante casi setecientos años y considero que así debe seguir
siendo.
- Pero eso es absurdo... - dijo Erchion. -¿Quién ha oído
hablar de... de una mujer Capitana?
- Sin duda, amigo Erchion -irrumpió Nichaill con voz suave-,
a lo que se refiere el anciano Medohtar es que alguien emparentado con su
linaje debe gobernar el anillo, y la única forma es, creo yo, que ese alguien
despose a la bella Elithil.
- Quizá eso sea cierto -dije yo, y todos atendieron a mis
palabras, quizá asombrados de que osara participar en la conversación- pero,
si así fuera, mío sería el derecho de escoger pretendiente, sin que nadie
me presione en ningún sentido, excepto mi amado padre, cuyo consejo siempre
escucho. Y sin embargo, no lo veo necesario, pues siendo yo hija de esta casa,
cumplo todos los requisitos que durante veinticinco generaciones se han exigido,
y me veo perfectamente capaz de gobernar el puesto.
- Pero... pero habrá una ley, un reglamento... -titubeó Borghain.
-¿Qué tiene que decir a esto el Rey de los Jinetes?
- No tiene nada que decir -afirmó mi padre tajantemente.
-La fortaleza, el valle y el anillo son responsabilidad mía, y propiedad de
los Reyes de Gondor, cuyos Senescales gobiernan en su nombre desde la ciudad
de Minas Tirith.
- Medohtar -habló el oscuro Chormaic, por vez primera desde
que terminara la cena -sabéis perfectamente que no se ha recibido un mensaje
de Minas Tirith desde los tiempos de vuestro abuelo.
- Eso es cierto -respondió el señor de la torre-, pero vos
no lo sabéis por el vuestro, puesto que por aquel entonces vivía, como todos
vuestros ancestros, en las laderas oscuras de las Tierras Brunas.
Un ramalazo de odio brilló en los ojos del interpelado.
- Sin embargo, mi casa es fértil y próspera, mientras la
vuestra se agosta y declina, como el recuerdo de vuestros reyes y senescales,
a quien ya nadie reconoce como señores.
Mi padre se puso en pie y alzó la voz como si hablara a un
escuadrón de soldados:
-Yo los reconozco, y también mi hija, y así deberéis hacerlo
vosotros, que vivís en este valle y sois sus súbditos o de lo contrario os
declararé traidores a vuestro rey y enemigos de Gondor.
Chormaic empezó a incorporarse pero fue agarrado con fuerza
por Nichaill, quien le hizo sentarse de nuevo.
- Anciano Medohtar -dijo-, nadie aquí pretende quebrantar
ley alguna ni, desde luego, buscamos reavivar viejos odios. Vos no sois un
recién llegado, como esos Jinetes de cabellos pajizos, sino un hombre respetado,
descendiente de una antigua familia. Y vuestra hermosa hija tiene en sus venas
sangre dunlendina, como todos sabemos, ligada a un poderoso clan del otro
lado de las montañas. Los dunlendinos, nuestros parientes (y parientes vuestros
también, Medohtar), no son enemigos de Gondor ni de esta casa y de hecho son
buenos amigos de la gente del valle.
- Fijaos en mí -dijo Erchion. - Comercio con ellos continuamente,
les vendo caballos y los trato con asiduidad. No son unos bárbaros incultos
sino un pueblo aguerrido y noble que se ha visto agraviado en numerosas ocasiones
por los Jinetes.
- ¡Vamos, Erchion! La guerra en los Vados del Isen es continua,
y no dudo que os traten bien los dunlendinos puesto que siempre necesitan
monturas para enfrentarse con los Jinetes. Yo no tengo como enemigo a nadie,
sino a aquellos que no siendo vasallos de Gondor traten de hacer uso de la
fortaleza para entrar o salir de Calenardhon. Y los dunlendinos no son vasallos
de Gondor.
-Pero... ¿cómo podéis hablar así? -Borghain también se había
alterado.- ¿Creéis tener un ejército a vuestro mando? ¿Cómo frenaríais un
ataque si se produjera? Es absurdo.
- Si los dunlendinos, los Orcos, o cualquier ralea del Este
amenazaran el valle, vós, Borghain, me ayudaríais con las levas entre la población
de la villa, yo armaría a mis criados y todos nos encerraríamos en la fortaleza
hasta que llegaran los Jinetes. Y os aseguro que llegado el caso yo sería
mucho más peligroso que cualquier engendro de Mordor que seáis capaz de imaginar.
-Nobles señores -dijo Nichaill.-Estamos desvariando sin tratar
el tema que de verdad nos interesa. Anciano Medohtar: ¿quién va a ser vuestro
heredero?
- Será Elithil, carne de mi carne y sangre de mi sangre,
hasta el momento en que se case.
Nichaill sonrió, y a mí me pareció oír el aullido de un lobo
en las montañas del norte.
***
La muchachita observó las amplias llanuras. Se había separado
de los criados sin darse cuenta y el pequeño Rochion, su poney, había trotado
libremente por las lomas, llevándola hacia el horizonte que nunca se alcanza.
Ahora no estaba segura de cómo volver a casa. Las nubes dibujaban sombras
móviles sobre el pasto verde. Aquí y allí, entre pequeñas lomas de suave pendiente,
trocitos de cielo azul quedaban capturados por los cristalinos charcos del
Folde Oeste. El aire era dulce, y parecía traer aromas dorados del Bosque
Que Canta del que hablan los cuentos. Todo parecía conformar una suave música:
la brisa en la hierba, el zumbido de los insectos, el trotecillo suave del
poney fiel. La muchacha luchó contra la dulce tentación de dormir, de sumergirse
en la música del llano herboso, y detuvo a su montura en lo alto de un ligero
altozano. Se soltó el largo cabello oscuro, que llevaba recogido con una aguja
que había pertenecido a su madre, y lo dejó libre al viento, acariciado por
las alas invisibles de las águilas del Señor del Monte Blanco.
Vio acercarse un grupo de jinetes. No eran sus servidores,
sino hombres armados, una docena al parecer. Sus gruesas lanzas destellaban
bajo el sol y las melenas doradas volaban sueltas bajo los yelmos de hierro.
Los esperó sin miedo, sabiendo que eran Jinetes de la Marca, los señores de
esta tierra que sólo su padre llamaba aún Calenardhon. Y cuando estuvieron
bien cerca, se irguió sobre el poney y les saludó con una mano en alto, tal
como le habían enseñado:
-Elen síla lúmenn omentielvo! Os saludo, Jinetes de Rochand.
Ellos se detuvieron y la observaron.
- ¿Quién eres, niña, tú que nos hablas en una lengua extraña
y nos miras con hermosos ojos verdes? -preguntó su cabecilla. -¿Eres acaso
una mujer del pueblo de los Elfos, de quienes se dice que nunca envejecen?
¿O una pequeña salvaje ladrona de caballos que intentas volver a tu hogar
con el botín?
-Ni una cosa ni la otra -respondió ella, riendo. -Soy Elithil,
hija de Medohtar, y vivo en la gran fortaleza al pie de las montañas.
- No nos engañes, muchacha. De allí venimos, de Glamscrafu,
la Resplandeciente, y jamás te vimos en nuestra guarnición ni entre nuestras
mujeres.
- Pero es que yo no vengo de Aglarond, a la que llamáis Glamscrafu
en vuestro idioma, sino de Angrenost, a la que llamáis quizá Isengard -dijo
la niña. Y los Jinetes se agitaron sobre sus monturas, cruzando miradas de
inquietud.
-No es maravilla entonces que hayamos pensado que eras una
criatura élfica, pues de todos es sabido que Isengard es un lugar mágico poblado
por un pueblo extraño, y nuestra gente no quiere saber nada de brujerías ni
hechicerías. Vete, pues, por donde has venido, y abandona nuestras praderas
luminosas -dijo el líder de los Jinetes. Elithil notó el temor tras los rostros
de los hombres, y sintió también que de alguna forma querían privarla del
sol, de la hierba, de los charcos azules, como si todo aquello le estuviera
vedado por la sola virtud de su linaje u origen...
- Me marcharé, señores. -dijo con gesto adusto-, si me indicáis
cual es el camino a seguir, pues temo haberme perdido.
- Señora -dijo reverentemente el Jinete-, aquél es el norte
y hacia allí está vuestra morada.
La niña partió de inmediato. Antes del anochecer la encontraron
sus sirvientes, en pie, junto al poney, mirando al sol ocultarse tras el Oeste.
***
- Elithil, hija...
- Padre mío...
Él se muere. Yace en el lecho, fatigado por la edad y los
pesares.
- Dime, hija, si el Árbol Blanco ondea aún en la torre.
- Aún está allí, padre.
- No se han atrevido a quitarlo todavía.
- No se atreverán, padre.
- Cuida el estandarte.
- Lo haré, padre.
- Y vigila con el suelo del torreón. La madera está podrida
allí arriba.
- Cambiaré las tablas, padre.
- Tendrías que haberte casado. Aquél Doughan no era tan malo.
- No me amaba ni amaba la fortaleza. Sólo quería complacer
a sus parientes, a Borghain, y a Nichaill.
- Ah, sí, Nichaill. Sé como te mira. Te desea casi tanto
como desea la fortaleza. Mi pobre muchacha, ¿qué harás ahora?
- Padre, ya lo sabes. Lo que siempre ha hecho nuestra familia.
Hasta el final.
- No huiste cuando pudiste.
- Oh, padre, déjalo. Él cierra los ojos y permanece un rato
dormido. Su espíritu explora las lindes de Mandos, las estancias donde esperan
los guerreros muertos con honor.
- Hija... - Estoy aquí. No me he movido.
- Haremos las cosas como deben hacerse. Trae lo necesario.
Me incorporo y voy al salón. La mansión está a oscuras. Todas
las antorchas están en las almenas, anunciando que el Capitán se muere. No
encuentro ningún sirviente en los desolados pasillos. Los de sangre dunlendina
están en la villa, donde Borghain ha reunido a sus partidarios. Sólo la familia
del viejo Aelos permanecerá fiel. Sus cuatro hijos vigilan las murallas. Las
mujeres han terminado el sudario y tejen el nombre de mi padre con letras
de los elfos. Las veo, agachadas sobre la tela, al pasar junto a la sala de
costura, camino del salón. Allí, sobre la chimenea, está la espada y el yelmo.
Y en la sala de armas la vieja cota con el emblema del Árbol. Lo cojo todo,
con cuidado, y vuelvo a la sala de mi padre.
El anciano se ha levantado y se ha vestido con la pesada
capa ceremonial que apenas se usa. Lo veo sentándose fatigosamente en la vieja
silla de roble de Fangorn, quizá tan vieja como la mansión.
- Déjalo aquí, Elithil. Bien. Ah..., Gilrist, espada de la
familia. Hiciste un buen servicio a mis antepasados y aún me lo harás antes
de que muera. Qué pesada resultas ahora a mi brazo cansado...
Mi padre coloca el arma sobre sus rodillas. Me mira y de
repente lo veo como fue en su juventud: alto y fuerte y noble; un gran señor
al servicio de los Reyes.
- Elithil Medohtar, toma la espada por la empuñadura y repite
mis palabras. Mis dedos se cierran en torno a la guarda y oigo mi voz resonando
como un eco en la sala:
-Juro ser fiel y prestar mis servicios a Gondor, y al Señor
y Senescal del Reino, con la palabra y con el silencio, en el hacer y en el
dejar hacer, yendo y viniendo, en tiempos de abundancia o de necesidad, tanto
en la paz como en la guerra, en la vida y en la muerte, a partir de este momento
y hasta que mi señor me libere, o la muerte me lleve, o perezca el mundo.
¡Así he hablado yo, Elithil, hija de Medohtar, Capitán de Angrenost!
- Y yo te he oído -responde mi padre con voz cansada pero
solemne-, yo, Medohtar, Capitán de Angrenost, en nombre del Senescal del Rey,
y no olvidaré tus palabras, ni dejaré de recompensar lo que me será dado:
fidelidad con amor, valor con honor, perjurio con venganza.
Tomo a Gilrist y la guardo en su vaina. Mi padre me mira,
sonriendo:
-Hija mía, por los derechos de sangre que te pertenecen,
y siendo, como es necesario, caballero de Gondor, te nombro Capitana de la
fortaleza de Angrenost, de todos sus hombres y bienes y del valle que le pertenece.
Protege la Torre Cerrada y los pasos de las montañas y recuerda el buen nombre
de tu familia.
- Lo haré, mi señor.
Mi primer combate como caballero de Gondor lo libro contra las lágrimas.
Venzo al enemigo, pero deseo con todas mis fuerzas haber sido derrotada.
Mi padre muere mientras duerme, poco antes del amanecer.
***
-Padre, ¿quién vive en la torre?
- ¿Qué torre, pequeña?
- La gran Torre, la del centro del Valle.
- Ah, Elithil, eso es algo importante que haces muy bien
en preguntar. Mira: la Torre está formada por cuatro grandes pilares que se
unen, ¿lo ves?, y sube, sube, hacia el cielo. Y allí arriba, en la cima, parece
abrirse como una flor, pero en vez de petalos o almenas tiene esas puntas
colosales, como colmillos. ¿Sabes cómo se dice "colmillo" en la
lengua de los Elfos?
- Sí. Se dice thanc -respondió la niña satisfecha y orgullosa.
- Muy bien, pequeña. Por eso la torre se llama Orthanc, el
Monte del Colmillo.
- ¿Pero quién vive allí? -insistió la niña.
- Nadie. La torre está vacía y cerrada. El Senescal de Gondor,
nuestro señor, tiene las llaves en Minas Tirith.
- Entonces, ¿nunca has entrado allí?
- Nunca, ni yo ni nadie en muchos siglos. Nuestra es la mansión
de la familia, y la muralla del anillo, y los campos y el lago dentro del
círculo, pero la Torre nos está vedada.
La niña quedó en silencio un instante, como si meditara una
idea.
- Si yo fuera un mago me gustaría vivir en la torre.
El padre rió de buena gana.
- ¿Ah, sí, y eso por qué?
- Porque como es tan alta, subiría al pináculo central y
me pondría de puntillas y así podría coger las estrellas y guardarlas en frascos,
como hago con las luciérnagas. Ya no necesitaríamos antorchas y tendríamos
luz todas las noches.
- Nosotros sí,
pero ¿y el resto de la gente? No podrían ver las estrellas. Piensa que Elbereth
las hizo para todos, Elfos y Hombres, buenos y malos... Es un regalo que no
podemos atesorar.
La niña lo pensó un instante antes de admitir en voz baja
que tenía razón.
- Entonces habrá que vigilar que ningún mago malvado suba
a la Torre, porque querrá quedarse con las estrellas.
- Muchacha -dijo el Capitán sonriendo-; tu fantasía es sorprendente.
***
El viejo Aelos me ve llegar a través del túnel excavado en
la montaña que lleva a las fuertes almenas de la entrada. Con él están sus
hijos, cansados como yo por una larga noche en vela. Al principio no reconocen
la figura que se acerca en la penumbra del pasadizo, enfundada en plateada
cota de malla, ciñendo la vaina de Gilrist, portando el yelmo de Capitán.
Creen ver, quizá, a mi padre en su juventud, o el fantasma de mi abuelo. Pero
cuando surjo bajo la luz del sol naciente ya no les quedan dudas acerca de
mi identidad. Se miran unos a otros, pero no dicen nada. Son los últimos Dúnedain
de la fortaleza, y acatan los símbolos a los que siempre han servido.
-Si alguno de vosotros quiere irse con las mujeres, este
es el momento -les digo. -No habrá en ello ningún deshonor.
- Señora Elithil, -carraspeó Aelos-, lo hemos hablado y nos
quedamos todos: yo, mi esposa, mis hijos y las esposas de mis hijos.
Sus caras muestran determinación. Se apoyan en sus lanzas
con fuerza, como si les permitiera permanecer en pie en un mundo que se mueve.
A lo lejos se alza Eärendil, la estrella del alba, cruzando los cielos en
su nave blanca, protegiendo el Silmaril de los males y ambiciones de la tierra.
Eärendil, una estrella que es un hombre, ancestro de los Reyes del Oeste y
de los Señores de Gondor, a los que servimos sin haberlos visto jamás, sin
haber recibido nunca misivas de sus Senescales. Una estrella, una Torre y
un Árbol Blanco...
No tardan en llegar los hombres del pueblo. Son muchos: primero
Borghain y Chermaic y Erchion y, cómo no, el sonriente Nichaill. Detrás la
mayoría de los hombres de la villa y, con ellos, algunos desconocidos llegados
probablemente de las Tierras Salvajes. Finalmente las mujeres, muchas de ellas
criadas o servidoras de la mansión, o trabajadoras en los frutales del anillo.
Quieren ver el final de una época.
Se detienen frente a las puertas cerradas. Desde dentro es
fácil abrirlas. Fueron hechas de tal modo que giran con facilidad y nunca
oí que chirriaran. Desde fuera son indestructibles. El anillo de Isengard,
envuelto por roca y piedra, arte del Hombre y obra de la naturaleza, es inexpugnable.
Una sola entrada, un túnel impenetrable... y cinco hombres y un puñado de
mujeres para protegerlo.
- Permítenos, oh triste Elithil -declama Borghain cuando
se hace silencio-, que nos unamos a ti en tu dolor y que rindamos al Capitán
los honores que se merece. Ya está listo el túmulo y la pira funeraria. Aquí
estamos para llevar el cadáver al fuego liberador.
- El cuerpo de mi padre, oh Borghain, reposará como el de
todos mis antepasados en la cripta bajo la mansión, y jamás nadie de esta
casa ha sido incinerado, ni es esa la costumbre entre los Hombres del Oeste.
- Oh, triste Elithil, nos parece bien que sepultes el cuerpo
de tu noble padre como mejor prefieras, y compartimos el corazón destrozado
de una hija huérfana. Déjanos entrar y ayudarte en tus preparativos. Déjanos
el pesado trabajo a nosotros y podrás entregarte a solas a tu dolor. Pero,
aun así, la vida te llama, y el futuro, y la felicidad. Más de uno entre nosotros
te ama y está dispuesto a unir su vida a la tuya y protegerte de todo mal.
Sé razonable, medita, y sabrás qué es lo mejor para ti.
- Os agradezco mucho que hayáis venido todos a consolarme
en mi dolor. Así podré comunicaros que mi padre, Capitán de la Torre y Señor
del Valle, me nombró esta noche caballero de Gondor y heredera de su misión.
Os invito a que volváis a vuestras casas y vuestros campos, y a ti, Borghain,
te pido que envíes un mensajero con las nuevas a Glamscrafu, la fortaleza
de los Jinetes.
Un murmullo se extiende entre la multitud: confusos comentarios
y sonrisas sardónicas y hablar de mujeres indignadas.
- Yo soy el representante de la villa -dice Borghain- y ahora,
en ausencia de otra autoridad, sobre mí recae la responsabilidad de la Torre
y el anillo de Isengard. Creo que comprendemos que, trastocada por el dolor,
te hayas vestido como tu padre y juegues a ser él, con tu espada y tu traje
brillante. Pero ya basta, niña. Te conmino a que abras las puertas y nos dejes
entrar.
- Y yo te ordeno que te retires con toda esta gente y obedezcas
mi petición, o creeré que os estáis sublevando contra la autoridad del Rey.
Esta vez no es un murmullo sino un griterío enfurecido lo
que se alza hacia las almenas. Las mujeres de la aldea me gritan con un rencor
que nunca creí posible. Me insultan, me llaman advenediza, traidora a mi madre,
bruja élfica, niña insolente. "Vuélvete
a la rueca y al huso, al telar y la lanzadera" les oigo decir. Los
extranjeros entre la multitud se ríen de los aldeanos y les increpan:
-¿Cómo dejáis que una mujer se vista de hombre y os trate
así? En nuestro país las mujeres cocinan y remiendan y obedecen a sus maridos.
¿Tan débiles os han vuelto las leyes de los extranjeros? ¿Sois hombres o eunucos?
El griterío se transforma en tumulto, y la multitud carga
contra las puertas. Las golpean con varas y lanzas, las patean, las empujan
con el hombro...todo es inútil. Nada abrirá las puertas de Angrenost desde
fuera. Se enfurecen y me gritan. Chormaic el torvo se sobrepone a los demás
con su voz potente:
- Tus reyes no existen, tus senescales están lejos. Somos
hijos de Dunland, bruja, y no serviremos a una mujer ni a los cabeza de paja.
Cojo el arco y disparo como me enseñó mi padre. Chormaic, el traidor, se lleva
las manos al pecho y cae aferrándose a la flecha que le atraviesa. Aelos y
sus hijos asoman con sus arcos y apuntan a nuestros asaltantes.
- Fuera, traidores, fuera o moriréis todos -grito. Es absurdo,
lo sé, pero ellos no pueden entrar y nosotros sí podemos dispararles. La multitud
se asusta y empieza a retroceder. Necesitarán máquinas de asedio o grandes
escaleras para tomar las murallas. Llevan con ellos su primera víctima.
***
Dicen que las viejas de las montañas arrojan hierbas a un
caldero lleno de agua hirviendo y, pronunciando ensalmos y sortilegios, pueden
ver en su superficie, el interior de las viviendas y lugares lejanos y tenebrosos.
Pero yo soy mejor bruja que ellas: no necesito caldero. Los veo con claridad:
Borghain, Erchion, Nichaill y forasteros de las Tierras Brunas, ansiosos por
entrar en Isengard. Los dunlendinos proponen el asedio, pero los aldeanos
saben que el anillo tiene sus propios campos, sus frutales, sus almacenes
de alimento. Once personas podemos resistir toda una vida. Los dunlendinos
hablan de derribar las puertas con arietes, pero los aldeanos saben que nada
puede romper unas puertas forjadas por los artífices de la Torre. Los dunlendinos
hablan de tomar las murallas por asalto. Eso sí es posible en dos o tres tramos,
donde un defensor puede cortar cuatro cuerdas, rechazar tres escalas, pero
no contener una marea humana. Y sin embargo, les da miedo.
Pero veo a Nichaill sonreír con malignidad y atraer la atención
de los demás y hablarles con los ojos brillantes. Y mi mano empuña a Gilrist
buscando protección. Hace frío esta noche en Angrenost.
***
- Tu madre no era del pueblo, niña - dijo la vieja sirvienta.
- Ya lo sé, Maeghi. Era de las Tierras Brunas, me lo dijo
mi padre. Pero te he preguntado si la conociste -respondió la muchachita.
- Bueno, hijita, un poco... -la rueca giraba con un crujido
rumoroso-, pero, sabes, no mucho. Era un poco altiva, caminaba por las almenas
con la espalda muy recta. Muchos decían que era una princesa dunlendina, raptada
por tu padre.
- ¡Qué tontería! -se indignó la niña. -Mi padre nunca se
llevaría a nadie contra su voluntad.
- Bien, no, claro... pero es un hombre y un soldado y, bueno,
cuando crezcas irás aprendiendo que los hombres a veces hacen cosas que...,
en fin, que no están muy bien. Pero así es la vida. De todas formas, esto
es sólo un rumor. También había quien decía que tu madre era una sacerdotisa
de las cañadas y había embrujado al Capitán para apoderarse de los secretos
de la torre.
- Mi madre, ¿una bruja? -la niña abrió mucho los ojos.
- Eso decían algunos, hijita -admitió la vieja Maeghi. -Desde
luego, se veía que sabía bastante de hierbas y pociones. Mientras estuvo aquí
fueron muchos los que se beneficiaron de su capacidad para sanar dolores y
curar huesos rotos. Pero, como siempre, otros (a veces los mismos que habían
sido sanados) murmuraban contra ella, echándole la culpa de la lluvia excesiva
o de la sequía, del frío invierno o del verano tórrido, de los aullidos de
los lobos o de las noches silenciosas.
- ¡Cómo le gusta chismorrear a la gente! -dijo Elithil frunciendo
el ceño.
- Bien, hijita, así son las cosas, y si no fueran así serían
de otra manera, digo yo -sentenció la hilandera mientras se levantaba para
buscar el huso de mano.
- A lo mejor mi madre era una princesa de los Elfos y por
eso sabía tanto de hierbas... -saltó la pequeña entusiasmada.
- Si así fuera -comentó Maeghi - sería la primera vez que
oigo hablar de una doncella de los Elfos de cabellos rojos.
***
- Mi señora...
Me giro y veo a Etaine, la más joven de las nueras de Aelos.
Está bien abrigada bajo su manto de lana, y lleva una bandeja con comida y
un jarro de vino. Tiene un aspecto nervioso. Me pregunto qué sentimientos
albergará respecto a mí. ¿Me odiará? ¿Creerá quizá que he obligado a mis últimos
servidores a quedarse aquí y compartir mi suerte? Sin duda sabe que les di
permiso para marcharse, pero en realidad eso no hace ninguna diferencia. El
puesto de una mujer está junto a su marido. Una vez eligió él, ella no tuvo
libertad.
- Mi señora, llevo la cena a Aelach.
- Está allí, junto a las puertas, en la sala del mecanismo
-le digo, intentando sonreír para transmitirle alguna firmeza.
- Quizá mi señora..., quizá quiera entrar en la mansión y
calentarse junto al fuego. La noche está muy fría. Yo haré compañía a mi esposo,
para que no se duerma.
Ahora sí que sonrío de buen grado. La muchacha se casó hace
poco y no soporta estar separada de su amor. Quiere estar a solas junto a
él, antes de que suene la hora del destino.
-Bien, Etaine, tienes razón -concedámosles al menos un rato
de intimidad-. Anoche no dormí y llevo todo el día de pie en las almenas.
Cuida que Aelach no abuse del vino.
Ella abre mucho la boca y se muestra turbada.
- ¿Por ... por qué decís eso? -tartamudea. ¡Es tan joven!
Cualquiera diría que la he acusado de algo deshonesto...
-Era una broma, niña. Tranquila. Pero no dejéis de vigilar
el sendero del pueblo. Ella marcha hacia la sala del mecanismo, desde donde
se controla todo el acceso frontal. Yo dirijo mis pasos a la mansión. Estoy
muy cansada, más de lo que estaba dispuesta a admitir en la muralla. La noche
es cada vez más fría. Me envuelvo en mi capa para protegerme de la gélida
brisa de las Montañas Nubladas.
***
- ¿Conocéis esta melodía, mi señora Elithil? -preguntó el
bardo, pulsando unas notas en su laúd blanco. La joven asintió con un gesto
de satisfacción.
- Es la historia de la Caída de Gondolin. El Rey Turgon de
los Elfos vivía en la ciudad blanca y escondida de Gondolin, pero Maeglin,
el hijo de su hermana, le traicionó y reveló a Morgoth la situación de la
ciudad -dijo ella.
- ¡Mi hija sabe muchas canciones de los Días Antiguos, noble
Linbeth! -interrumpió el Capitán.
-No sé dónde las habrá aprendido. Rara vez llegan aquí viajeros
que recuerden las canciones del pasado.
- ¡Oh, padre! Sabéis perfectamente que las pocas canciones
que sé son las que vos me habéis enseñado.
El bardo sonreía mientras tocaba:
-Quizá vuestro padre debió ser poeta en vez de soldado.
-¡Bah, pamplinas! -el señor de la torre alzó la mano, restando
importancia al comentario.
-Si las estrellas hubieran querido que yo fuese bardo, me
habrían hecho Elfo o campesino risueño, y no Capitán de un puesto en la frontera
del reino.
Elithil se giró hacia el visitante:
-¿Vos habéis visto Elfos alguna vez, mi señor Linbeth?
El bardo dejó de tocar.
- Una vez -respondió con voz suave. -Fue en el Valle del
Anduin, lejos al norte. Era una hermosa noche estrellada y yo había acampado
junto a un arroyo de plata. En su fondo se había escondido la luna y me entretenía
tirándole piedrecitas para animarla a salir del agua, aunque ella no me hacía
ningún caso. Entonces me pareció que las aguas del arroyo cantaban con palabras.
Miré a mi alrededor y, no muy lejos, vi unas figuras vestidas de verde, apoyadas
en unos troncos cubiertos de musgo. Cantaban en la Lengua Gris una historia
absurda pero hermosa acerca de ratones y ardillas, de gorriones y jilgueros,
de encinas y enebros... Y yo no pude sino escucharla, y callar y maravillarme.
Cuando terminó la canción ellos desaparecieron como si hubieran formado parte
de su propia música. ¿Y querréis creer, bella Elithil, que yo, Linbeth el
Bardo, no pude nunca recordar la canción ni su melodía? Y sin embargo, las
noches estrelladas, sueño con esa música y me digo durmiendo: "esta vez
la recordaré", pero al llegar la mañana todo lo he olvidado, excepto
el rumor del agua y la eterna betitud de las estrellas.
- ¿Cómo sabéis que no fue un sueño? -preguntó Elithil.
- Si fue un sueño, señora, entonces Irmo es el mayor benefactor
de los hombres -respondió él gentilmente.
***
Mi cuerpo despierta antes que yo, mis manos aferran yelmo
y espada, mis piernas me impulsan fuera de la habitación. He oído el entrechocar
de aceros en el salón y sólo ahora, mientras corro hacia la escalera, comprendo
que todo ha acabado. Cuando me asomo a la balaustrada, junto a la panoplia
de las lanzas, puedo apreciar el pegajoso olor de la sangre. Allí están Borghain,
Erchion, Nichaill, varios rufianes de sus clanes y, en gran número, guerreros
bárbaros de las Tierras Salvajes. Media docena de cadáveres cubren el suelo:
algunos son los cuerpos de las nueras de Aelos. Varios dunlendinos están ahora
rematando a Aethel, su hijo pequeño. Supongo que los demás están muertos en
la muralla. Traición, piensa mi mente; traición; bombea mi corazón; traición;
llora mi espíritu. Pero mi cuerpo no se mueve: inmóvil en lo alto de la escalera
parezco una de las piedras vigilantes que los Antiguos labraron en los valles,
una estatua incapaz de reaccionar.
Nichaill me ve y ordena silencio con un ladrido seco y autoritario
que todos los miembros de la manada obedecen. Sus colmillos blancos sonríen
con avidez y me ronronea con la insolencia del poder recién adquirido:
-¡Ay, Elithil! Tus criadas ofrecieron resistencia y tuvimos
que defendernos. Excepto la joven Etaine. Ella nos abrió la puerta a cambio
de que respetáramos a su amante dúnadan, a quien drogó. Pero no podrá ser:
Isengard ya no albergará zorras ni extranjeros.
-Es verdad- murmuro sin saber si soy yo quien habla-, Angrenost
cambia esta noche de habitantes. Se vuelve cubil de lobos y guarida de bandidos.
El gordo Borghain avanza dos pasos sobre un cadáver.
- Elithil, eres una mujer hermosa y no hay razón para que
mueras. Admiramos tu coraje. Elige con cuál de nosotros tres te casarás y
podrás seguir viviendo en tu propia casa como hasta ahora. ¿Qué me dices?
¿Cuál es tu respuesta?
Ahora sí soy plenamente consciente de lo que hago. Vivo mil
instantes en uno solo, siento detenerse el tiempo mientras mi mano se extiende
a mi derecha, a la panoplia de las lanzas. Palpo la madera grabada con runas
de velocidad y precisión, me ciega el momentáneo destello de la brillante
punta teñida de fuego, mi brazo arroja el dardo y la sierpe de acero se entierra
en el pecho de Borghain.
- ¡Esta es mi respuesta! -les grito, y emprendo la huída
hacia el torreón del Árbol.
Los bárbaros, repuestos de la sorpresa, me siguen inflamados
de furia, aullando en su lengua tosca y brutal. Atropelladamente suben la
escalera. Erchion va entre los primeros, empuñando un hacha y un gran escudo.
Corro, corro en la estrecha escalera de caracol que asciende a lo alto. Me
detengo a respirar. Un dunlendino asoma por el hueco, varios escalones más
bajo que yo. Gilrist se hunde en su rostro como un relámpago de luna, y el
cuerpo se desploma. Otro salvaje salta sobre él, empuñando una lanza que apenas
puede blandirse en la estrecha escalera. Le asesto un golpe certero en el
cuello. Los demás titubean unos momentos en el paso bloqueado por los cadáveres.
Sigo trepando. Oigo la voz de Erchion tras de mí:
- ¡Dejadme, dejadme, cobardes! Yo enseñaré a esa perra a
respetar a sus amos.
No me cabe duda de que lo haría y con placer. Lo espero antes
de llegar al piso de madera. Él sube con prudencia: ha dejado de oír mis pasos
apresurados. El escudo ha sido abandonado: era demasiado grande. En cambio
agarra el hacha con ambas manos. Un duelo torpe y absurdo se entabla entre
nosotros. Su hacha no me alcanza, siempre que yo ceda un escalón en cada ataque.
Mi espada no puede sorprenderle: también yo tengo problemas para esgrimirla.
Abajo se oyen los gritos de los dunlendinos. Y la hiriente voz de Nichaill,
azuzando a su cómplice:
- No la lastimes, vendedor de caballos; la quiero para calentar
mi lecho.
- Igual te servirá sin piernas o sin brazos -escupe rabioso
Erchion. Y entonces se abre hueco Gilrist y alcanza su pecho. El traidor forcejea
aún y me golpea el brazo, forzándome a soltar el arma. Cuando se derrumba
lo hace con mi espada aún clavada. Los bárbaros se abalanzan pisoteando el
cadáver. Y yo asciendo, apretándome el brazo entumecido, subiendo los angostos
escalones de tres en tres. Haciendo un esfuerzo llego a la cima y, con el
brazo sano, abro la trampilla para salir al exterior. El enmaderamiento, viejo
y defectuoso, cruje al sentir mi peso. Cojo uno de los mástiles pequeños de
repuesto, una pesada barra de hierro, y espero a que asome mi primer perseguidor
por la trampilla. Cuando lo hace, descargo el asta sobre él. Lo veo caer con la cabeza
ensangrentada, pero varios brazos fuertes agarran mi improvisada arma y me
la arrancan de las manos.
Cuidadosamente paso a las almenas mientras ellos suben en
tropel. Nichaill va el segundo, siempre escudándose tras alguien. Dejo el
suelo de madera y me subo a la ancha piedra del torreón, como un pináculo
más. El viento me azota con fuerza. El cielo empieza a teñirse de rosa en
el Este. El suelo de madera cruje bajo el peso de los dunlendinos.
- Elithil -dice el traidor, frenando a sus lobos- ¿qué haces
en lo alto de la almena? ¿Nos has hecho subir esta escalera inacabable para
suicidarte? Pensaba que los dúnedain tenían prohibido darse muerte a sí mismos.
-Así es. No saltaré -le digo. -A menos que sea arrastrando
a un enemigo conmigo. Ven a buscarme y te aseguro que acabarás estrellado
contra el patio de la mansión.
- ¡Vamos! -el lobo sonríe y da un paso hacia mí. - ¿Haces
profecías o me amenazas? También yo soy profeta, y te vaticino una buena noche
conmigo bajo una piel de oso. Piénsalo. Con el tiempo llegarás a apreciarme...
¿no es eso lo que dicen? Necesito alguien que conozca bien el anillo junto
a mí. No hay por qué morir.
La torre cerrada de Orthanc bajo la luz naciente, ¿es hermosa
o terrorífica? A mis pies está el valle de Isengard: la muralla del anillo,
el lago, los frutales, los riachuelos de la montaña, el pueblo agitado. Aquí,
a mi lado, el Árbol Blanco en el paño ajado. Este es el señorío que se me
confió.
- Nichaill -le digo- eres un traidor y un asesino. Pero,
peor aún a mis ojos, eres también un cobarde. Ven a buscarme si te atreves.
La risa del bribón resuena en lo alto.
- ¿Buscarte? Yo soy ahora el Señor de la Torre y tengo autoridad
para dar órdenes, perra inmunda. No necesito arriesgarme. ¡Traédmela! -ordena
a sus sirvientes. Pero ya es demasiado tarde para ellos. La vieja y podrida
madera del suelo del torreón, torturada por un peso muy superior al que puede
soportar, se abre, como la grieta devoró los Silmarils, y caen en el vacío
los ocupantes del torreón. Nichaill salta a tiempo sobre una viga gruesa se
apoya en la piedra de la pared. Los aullidos de los dunlendinos cortan el
aire como cuervos de dolor. No miro: no necesito verles caer. Nichaill saca
una daga de su cinto, un cuchillo cruel de hierro negro.
- Mujer, se acabó el juego. Tu cabeza adornará mi nueva chimenea.
Feliz caída.
No dejo que me lo arroje.
Salto, extiendo las alas. Soy un águila de Manwë, un mensajero alado del destino,
señora de las nubes, reina de los vientos. Mis garras son de acero, mi abrazo
es mortal. Mi cresta es oscura, mi melena es negra noche. Atrapo a mi presa
cayendo desde arriba y conmigo la arrastro, la hundo hasta el fin. Soy un
águila de Manwë. Antaño volé cerca de un rey, en la cima sagrada del Meneltarma.
Hoy culmina mi destino, se terminan mis días, cumplo con mi deber. El traidor
muere conmigo, bajo la sombra del estandarte, viejo y ajado, de un Árbol Blanco
en las almenas. u
"Los dunlendinos (...) se apoderaron del Anillo de Isengard, matando a los pocos sobrevivientes que no estaban dispuestos, como lo estaba la mayoría, a mezclarse con el pueblo dunlendino." Cuentos Inconclusos III, p. 184.