8. Moscas y Arañas

 

Caminaban en fila. La entrada del sendero era una suerte de arco que llevaba a un túnel lóbrego formado por dos árboles inclinados, demasiado viejos y ahogados por la hiedra y los líquenes colgantes para tener más que unas pocas hojas ennegrecidas. El sendero mismo era estrecho y serpenteaba por entre los troncos. Pronto la luz de la entrada fue un pequeño agujero brillante allá atrás, y en el silencio profundo los pies parecían golpear pesadamente mientras todos los árboles se doblaban sobre ellos y escuchaban.

Cuando se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver un poco a los lados, a una trémula luz de color verde oscuro. En ocasiones, un rayo de sol que alcanzaba a deslizarse por una abertura entre las hojas de allá arriba, y escapar a los enmarañados arbustos y ramas entretejidas de abajo, caía tenue y brillante ante ellos. Pero esto ocurría raras veces, y cesó pronto.

Había ardillas negras en el bosque. Los ojos penetrantes e inquisitivos de Bilbo empezaron a vislumbrar las fugazmente mientras cruzaban rápidas el sendero y se escabullían escondiéndose detrás de los árboles. Había también extraños ruidos, gruñidos, susurros, correteos en la maleza y entre las hojas qué se amontonaban en algunos sitios del bosque; pero no conseguían ver qué Causaba estos ruidos. Entre las cosas visibles lo más horrible eran las telarañas: espesas telarañas oscuras, con hilos extraordinariamente gruesos; tendidas casi siempre de árbol a árbol, o enmarañadas en las ramas más bajas, a los lados. No había ninguna que cruzara el sendero, y no pudieron adivinar si esto era por encantamiento o por alguna otra razón.

No transcurrió mucho tiempo antes que empezaran a odiar el bosque tanto como habían odiado los túneles de los trasgos, e incluso tenían menos esperanzas dé llegar a la salida. Pero no había otro remedio que seguir y seguir, aun después de sentir que no podrían dar un paso más si no veían el sol y el cielo, y de desear que el viento les soplara en las caras. El aire no se movía bajo el techo del bosque, eternamente quieto, sofocante y oscuro. Hasta los mismos enanos lo sentían así, ellos que estaban acostumbrados a excavar túneles y a pasar largas temporadas apartados de la luz del sol; pero el hobbit, a quien le gustaban los agujeros para hacer casas, y no para pasar los días de verano, sentía que se asfixiaba poco a poco.

Las noches eran lo peor: entonces se ponía oscuro como el carbón, no lo que vosotros llamáis negro carbón, sino realmente oscuro, tan negro que de verdad no se podía ver nada. Bilbo movía la mano delante de la nariz, intentando en vano distinguir algo. Bueno, quizá no es totalmente cierto decir que no veían nada; veían ojos. Dormían todos muy juntos, y se turnaban en la vigilia; cuando le tocaba a Bilbo, veía destellos alrededor, y a veces, pares de ojos verdes, rojos o amarillos se clavaban en él desde muy cerca, y luego se desvanecían y desaparecían lentamente, y empezaban a brillar en otra parte. De vez en cuando destellaban en las ramas bajas que estaban justamente sobre él, y eso era lo más terrorífico. Pero los ojos que menos le agradaban eran unos que parecían pálidos y bulbosos. "Ojos de insecto" pensaba, "no ojos de animales, pero demasiado grandes."

Aunque no hacía aún mucho frío, trataron de encender unos fuegos pero desistieron pronto. Parecían atraer cientos y cientos de ojos alrededor; pero esas criaturas, fuesen las que fuesen, tenían cuidado de no mostrar sus cuerpos a la luz trémula de las brasas. Peor aún, atraían a miles y miles de falenas grises oscuras y negras, algunas casi tan grandes como vuestras manos, que revoloteaban y les zumbaban en los oídos. No fueron capaces de soportarlo, ni a los grandes murciélagos, negros como sombreros de copa; así que pronto dejaron de encender fuegos y dormitaban envueltos en una enorme y extraña oscuridad.

Todo esto duró lo que al hobbit parecieron siglos y siglos; siempre tenía hambre, pues cuidaban sobremanera las provisiones. Aun así, a medida que los días seguían a los días y el bosque parecía siempre el mismo, empezaron a sentirse ansiosos. La comida no duraría siempre: de hecho, empezaba a escasear. Intentaron cazar alguna ardilla, y desperdiciaron muchas flechas antes de derribar una en el sendero. Cuando la asaron, tenía un gusto horrible, y no cazaron más.

Estaban sedientos también; ninguno llevaba mucha agua, y en todo el trayecto no habían visto manantiales ni arroyos. Así estaban cuando un día descubrieron que una corriente de agua interrumpía el sendero. Rápida y alborotada, pero no demasiado ancha, fluía cruzando el camino; y era negra, o así parecía en la oscuridad. Fue bueno que Beorn les hubiese prevenido contra ella, o hubieran bebido y llenado alguno de los odres vacíos en la orilla, sin preocuparse por el color. Así que sólo pensaron en cómo atravesarla sin mojarse. Allí había habido un puente de madera, pero se había podrido con el tiempo y había caído al agua dejando sólo los postes quebrados cerca de la orilla.

Bilbo, arrodillándose en la ribera, miró adelante con atención y gritó: —¡Hay un bote en la otra orilla' ¿Por qué no pudo haber estado aquí?

—¿A qué distancia crees que está? —preguntó Thorin, pues por entonces ya sabían que entre todos ellos Bilbo tenía la vista más penetrante.

—No muy lejos. No me parece que mucho más de doce yardas.

—¡Doce yardas! Yo hubiera pensado que eran treinta por lo menos, pero mis ojos ya no ven tan bien como hace cien años. Aun así, doce yardas es tanto como una milla. No podemos saltar por encima del río y no nos atrevemos a vadearlo o nadar.

—¿Alguno de vosotros puede lanzar una cuerda?

—¿Y de qué serviría? Seguro que el bote está atado, aun contando con que pudiéramos engancharlo, cosa que dudo.

—No creo que esté atado —dijo Bilbo—. Aunque, naturalmente, con esta luz no puedo estar seguro; pero me parece como si sólo estuviese varado en la orilla, que es bastante baja ahí donde el sendero se mete en el río.

—Dori es el más fuerte, pero Fíli es el más joven y tiene mejor vista —dijo Thorin—. Ven acá, Fíli, y mira si puedes ver el bote de que habla el señor Bolsón.

Fíli creyó verlo; así que luego de mirar un largo rato para tener una idea de la dirección, los otros le trajeron una cuerda. Llevaban muchas con ellos, y en el extremo de la más larga ataron uno de los ganchos de hierro que usaban para sujetar las mochilas a las correas de los hombros. Fíli lo tomó, lo balanceó un momento, y lo arrojó por encima de la corriente.

Cayó salpicando en el agua. —¡No lo bastante lejos!

—dijo Bilbo, que observaba la otra orilla—. Un par de pies más y hubieras alcanzado el bote. Inténtalo otra vez. No creo que el encantamiento sea tan poderoso para hacerte daño si tocas un trozo de cuerda mojada.

Recogieron el gancho y Fíli lo alzó en el aire, aunque dudando aún. Esta vez tiró con más fuerza.

—¡Calma! —dijo Bilbo—. Lo has metido entre los árboles del otro lado. Retíralo lentamente. —Fíli retiró la cuerda poco a poco, y un momento después Bilbo dijo:

—¡Cuidado!, ahora estás sobre el bote; esperemos que el hierro se enganche.

Y se enganchó. La cuerda se puso tensa y Fíli tiró en vano. Kili fue en su ayuda, y después Óin y Glóin. Tiraron, y de pronto cayeron todos de espaldas. Bilbo que estaba atento alcanzó a tomar la cuerda y con un trozo de palo retuvo al pequeño bote negro que se acercaba arrastrado por la corriente. —¡Socorro! —gritó, y Balin aferró el bote antes de que se deslizase aguas abajo.

—Estaba atado, después de todo —dijo, mirando la amarra rota que aún colgaba del bote—. Fue un buen tirón, muchachos; y suerte que nuestra cuerda era la más resistente.

—¿Quién cruzará primero? —preguntó Bilbo.

—Yo —dijo Thorin—, y tú vendrás conmigo, y Fíli y Balin. No cabemos más en el bote. Luego, Kili, Óin, Glóin y Dori. Seguirán Ori y Nori, Bifur y Bofur, y por último Dwalin y Bombur.

—Soy siempre el último, y no me gusta —dijo Bombur—. Hoy le toca a otro.

—No tendrías que estar tan gordo. Tal como eres, tienes que cruzar el último y con la carga más ligera. No empieces a quejarte de las órdenes, o lo pasarás mal.

—No hay remos. ¿Cómo impulsaremos el bote hasta la otra orilla? —preguntó Bilbo.

—Dadme otro trozo de cuerda y otro gancho —dijo Fíli, y cuando se los trajeron, arrojó el gancho hacia la oscuridad, tan alto como pudo. Como no cayó, supusieron que se había enganchado en las ramas—. Ahora subid —dijo Fíli—. Que uno de vosotros tire de la cuerda sujeta al árbol. Otro tendrá que sujetar el gancho que utilizamos al principio, y cuando estemos seguros en la Otra orilla, puede engancharlo y traer el bote de vuelta.

De este modo pronto estuvieron todos a salvo en la orilla opuesta, al borde del arroyo encantado. Dwalin acababa de salir aprisa, con la cuerda enrollada en el brazo, y Bombur (refunfuñando aún) se aprestaba a seguirlo cuando algo malo ocurrió. Sendero adelante hubo un ruido como de pezuñas raudas. De repente, de la lobreguez, salió un ciervo volador. Cargó sobre los enanos y los derribó, y en seguida se encogió para

saltar. Pasó por encima del agua con un poderoso brinco, pero no llegó indemne a la orilla. Thorin había sido el único que aún se mantenía en pie y alerta. Tan pronto como llegaron a tierra había preparado el arco y había puesto una flecha, por si de pronto aparecía el guardián del bote. Disparó rápido contra la bestia, que se derrumbó al llegar a la otra orilla. Las sombras la devoraron, pero oyeron un sonido entrecortado de pezuñas que al fin se extinguió.

Antes que pudieran alabar este tiro certero, un horrible gemido de Bilbo hizo que todos olvidaran la carne de venado. —¡Bombur ha caído! ¡Bombur se ahoga! —gritó. No era más que la verdad. Bombur sólo tenía un pie en tierra cuando el ciervo se adelantó y saltó sobre él. Había tropezado, impulsando el bote hacia atrás y perdiendo el equilibrio, y las manos le resbalaron por las raíces limosas de la orilla, mientras el bote desaparecía girando lentamente.

Aún alcanzaron a ver el capuchón de Bombur sobre el agua, cuando llegaron corriendo a la orilla. Le echaron rápidamente una cuerda con un gancho. La mano de Bombur aferró la cuerda y los Otros tiraron. Por supuesto, el enano estaba empapado de pies a cabeza, pero eso no era lo peor. Cuando lo depositaron en tierra seca ya estaba profundamente dormido, la mano tan apretada a la cuerda que no la pudieron soltar; y profundamente dormido quedó, a pesar de todo lo que le hicieron.

Aún estaban de pie y mirándolo, maldiciendo el desgraciado incidente y la torpeza de Bombur, lamentando la pérdida del bote, que les impedía volver y buscar el ciervo, cuando advirtieron un débil sonido: como de trompas y de perros que ladrasen lejos en el bosque.

Todos se quedaron en silencio, y cuando se sentaron les pareció que oían el estrépito de una gran cacería al norte del sendero, aunque no vieron nada.

Estuvieron sentados durante largo rato, no atreviéndose a moverse. Bombur seguía durmiendo con una sonrisa en la cara redonda, como si todos aquellos problemas ya no le preocuparan. De repente, sendero adelante, aparecieron unos ciervos blancos, un cervato y unas ciervas, tan níveos como oscuro había sido el ciervo anterior. Refulgían en las sombras. Antes de que Thorin pudiera decir nada, tres de los enanos se habían puesto en pie de un brinco y habían disparado las flechas. Ninguna pareció dar en el blanco. Los ciervos sé volvieron y desaparecieron entre los árboles tan en silencio como habían venido y los enanos dispararon en vano otras flechas.

—¡Deteneos! ¡Deteneos! —gritó Thorin, pero demasiado tarde; los excitados enanos habían desperdiciado las últimas flechas, y ahora los arcos que Beorn les había dado eran inútiles.

Esa noche fueron una triste partida, y esta tristeza pesó aún más sobre ellos en los días siguientes. Habían cruzado el arroyo encantado, pero más allá el sendero parecía serpear igual que antes, y en el bosque río advirtieron cambio alguno. Si sólo hubiesen sabido un poco más de él, y hubiesen considerado el significado de la cacería y del ciervo blanco que se les había aparecido en el camino, hubieran podido reconocer que iban al fin hacia el linde este, y que si hubiesen conservado el valor y las esperanzas, pronto habrían llegado a sitios donde la luz del sol brillaba de nuevo y los árboles eran más ralos.

Pero no lo sabían, y estaban cargados con el pesado cuerpo de Bombur, al que transportaban como mejor podían, turnándose de cuatro en cuatro en la fatigosa tarea, mientras los demás se repartían los bultos. Si estos no se hubieran aligerado en las últimas jornadas, nunca lo hubieran conseguido, pero el sonriente y sonador Bombur era un pobre sustituto de las mochilas cargadas de comida, pesasen lo que pesasen. Pocos días más y no les quedó prácticamente nada que comer o beber. Nada apetitoso parecía crecer en el bosque; sólo hongos y hierbas de hojas pálidas y olor desagradable.

Cuatro días después del arroyo encantado, llegaron a un sitio del bosque poblado de hayas. En un primer momento les alegró el cambio, pues aquí no crecían malezas y las sombras no eran tan profundas. Había una luz verdosa a ambos lados del sendero, pero el resplandor sólo revelaba unas hileras interminables de troncos rectos y grises, como pilares de un vasto salón crepuscular. Había un soplo de aire y se oía un viento, pero el sonido era triste. Unas hojas secas cayeron recordándoles que fuera llegaba el otoño. Arrastraban los pies por entre las hojas muertas de otros otoños incontables, que en montones llegaban al sendero desde la alfombra granate del bosque.

Bombur dormía aún, y ellos estaban muy cansados. A veces oían una risa inquietante, y a veces también un Canto a lo lejos. La risa era risa de voces armoniosas, no de trasgos, y el canto era hermoso, pero sonaba misterioso y extraño, y en vez de sentirse reconfortados, se dieron prisa por dejar aquellos parajes con las fuerzas que les restaban.

Dos días más tarde descubrieron que el sendero descendía, y antes de mucho tiempo salieron a un valle en el que crecían unos grandes robles.

—¿Es que nunca ha de terminar este bosque maldito? —dijo Thorin— Alguien tiene que trepar a un árbol y ver si puede sacar la cabeza por el tejado y echar un vistazo alrededor. Hay que escoger el árbol más alto que se incline sobre el sendero.

Por supuesto, "alguien" quería decir Bilbo. Lo eligieron porque para que el intento sirviera de algo, quien trepase necesitaría sacar la cabeza por entre las hojas más altas, y por tanto tenía que ser liviano para que las ramas delgadas pudieran sostenerlo. El pobre señor Bolsón nunca había tenido mucha práctica en trepar a las árboles, pero los otros lo alzaron hasta las ramas más bajas de un roble enorme que crecía justo al lado del sendero y allá tuvo que subir, lo mejor que pudo; se abrió camino por entre las pequeñas ramas enmarañadas, con más de un golpe en los ojos. Se manchó de verde y se ensució con la corteza vieja de las ramas más grandes; más de una vez resbaló y consiguió

sostenerse en el último momento; por fin, tras un terrible esfuerzo en un sitio difícil, donde no parecía haber ninguna rama adecuada, llegó cerca de la cima. Todo el tiempo se estuvo preguntando si habría arañas en el árbol, y cómo iba a bajar (excepto cayendo).

Al fin sacó la cabeza por encima del techo de hojas, y en efecto, encontró arañas. Pero eran pequeñas, de tamaño corriente, y sólo les interesaban las mariposas. Los ojos de Bilbo casi se enceguecieron con la luz. Oía a los enanos que le gritaban desde abajo, pero no podía responderles, sólo aferrarse a las ramas y parpadear. El sol brillaba resplandeciente y pasó largo rato antes que pudiera soportarlo. Cuando lo consiguió, vio a su alrededor un mar verde oscuro, rizado aquí y allá por la brisa; y por todas partes, cientos de mariposas. Supongo que eran una especie de "emperador púrpura", una mariposa aficionada a las alturas de las robledas, pero no eran nada purpúreas, sino muy oscuras, de un negro aterciopelado, sin que se les pudiese ver ninguna marca.

Observó a la "emperador negra" durante largo rato, y disfrutó sintiendo la brisa en el cabello y la cara, pero los gritos de los enanos, que ahora estaban impacientes y pateaban el suelo allá abajo, le recordaron al fin a qué había venido. De nada le sirvió. Miró con atención alrededor, tanto como pudo, y no vio que los árboles o las hojas terminasen en alguna parte. El corazón, que se le había aligerado viendo el sol y sintiendo el soplo del viento, le pesaba en el pecho; no había comida que llevar allá abajo.

Realmente, como os he dicho, no estaban muy lejos del linde del bosque; y si Bilbo hubiera sido más perspicaz habría entendido que el árbol al que había trepado, aunque alto, estaba casi en lo más hondo de un valle extenso; mirando desde la copa, los otros árboles parecían crecer todo alrededor, como los bordes de un gran tazón, y Bilbo no podía ver hasta dónde se extendía el bosque. Sin embargo, no se dio cuenta de esto, y descendió al fin desesperado, cubierto de arañazos, sofocado, y miserable, y no vio nada en la oscuridad de abajo, cuando llegó allí. Las malas nuevas pronto pusieron a los otros tan tristes como él.

—¡El bosque sigue, sigue y sigue en todas direcciones! ¿Qué haremos? ¿Y qué sentido tiene enviar a un hobbit? —gritaban como si Bilbo fuese el culpable. Les importaban un rábano las mariposas, y cuando les habló de la hermosa brisa se enfadaron más aún, pues eran demasiado pesados para trepar y sentirla.

Aquella noche tomaron las últimas sobras y migajas de comida, y cuando a la mañana siguiente despertaron, advirtieron ante todo que estaban rabiosamente hambrientos, y luego que llovía, y que las gotas caían pesadamente aquí y allá sobre el suelo del bosque. Eso sólo les recordó que también estaban muertos de sed, y que la lluvia no los aliviaba: no se puede apagar una sed terrible sólo quedándote al pie de unos robles gigantescos, esperando a que una gota ocasional te caiga en la lengua. La única pizca de consuelo llegó, inesperadamente, de Bombur.

Bombur despertó de súbito y se sentó rascándose la cabeza. No había modo de que pudiera entender dónde estaba ni por qué tenía tanta hambre. Había olvidado todo lo que ocurriera desde el principio del viaje, aquella mañana de mayo, hacía tanto tiempo. Lo último que recordaba era la tertulia en la casa del hobbit, y fue difícil convencerlo de la verdad de las muchas aventuras que habían tenido desde entonces.

Cuando oyó que no había nada que comer, se sentó y se echó a llorar; se sentía muy débil y le temblaban las piernas.

—¿Por qué habré despertado? —sollozaba—. Tenía unos sueños tan maravillosos. Soné que caminaba por un bosque bastante parecido a éste, alumbrado sólo por antorchas en los árboles, lámparas que se balanceaban en las ramas, y hogueras en el suelo; y se celebraba una. gran fiesta, que no terminaría nunca. Un rey del bosque estaba allí coronado de hojas; y se oían alegres canciones, y no podría contar o describir todo lo que había para comer y beber.

—Y no tienes por qué intentarlo —dijo Thorin—. En verdad, si no puedes hablar de otra cosa, mejor te callas. Ya estamos bastante molestos contigo por lo que pasó. Si no hubieras despertado, te habríamos dejado en el bosque con tus sueños idiotas; no es ninguna broma andar cargando contigo ni aun después de semanas de escasez.

No podían hacer otra cosa que apretarse los cinturones sobre los estómagos vacíos, cargar con los sacos y mochilas también vacíos, y marchar sin descanso camino adelante, sin muchas esperanzas de llegar al final antes de caer y morir de inanición. Esto fue lo que hicieron todo ese día, avanzando cansada y lentamen te, mientras Bombur seguía quejándose de que las piernas no podían sostenerlo y que quería echarse y dormir.

—No, no lo harás —decían—. Que tus piernas cumplan la parte que les toca; nosotros ya te hemos cargado bastante tiempo.

A pesar de todo, Bombur se negó de pronto a dar un paso más y se dejó caer en el suelo. —Seguid si es vuestro deber —dijo—, yo me echaré aquí a dormir y a soñar con comida, ya que no puedo tenerla de otro modo. Espero no despertar nunca más.

En ese momento, Balin, que iba un poco más adelante, gritó: —¿Qué es eso? Creí ver un destello de luz entre los árboles.

Todos miraron, y parecía que allá a lo lejos se veía un parpadeo rojizo en la oscuridad, y después otro y otro a un lado. Hasta Bombur mismo se puso de pie, y luego todos caminaron de prisa, sin detenerse a pensar si las luces serían de ogros o de trasgos. La luz brillaba delante de ellos y a la izquierda, y al fin fue evidente que unas antorchas y hogueras ardían bajo los árboles, pero a buena distancia del sendero.

—Parece como si mis sueños se hiciesen realidad —dijo Bombur desde atrás con voz entrecortada, y quiso correr directamente bosque adentro hacia las luces. Pero los Otros recordaban demasiado bien las advertencias de Beorn y el mago.

—Un banquete no servirá de nada si no salimos vivos —dijo Thorin.

—Pero de cualquier modo, sin un banquete no seguiremos vivos mucho tiempo —dijo Bombur, y Bilbo asintió de todo corazón. Lo discutieron largo rato del derecho y del revés, hasta que por fin convinieron en mandar un par de espías, para que se acercaran arrastrándose a las luces y averiguaran más sobre ellas. Pero luego, cuando se preguntaron a quién enviarían, no pudieron ponerse de acuerdo: nadie parecía tener ganas de extraviarse y no encontrar más a sus amigos. Por último, y a pesar de las advertencias, el hambre los decidió, ya que Bombur continuó describiendo todas las buenas cosas que se estaban comiendo en el banquete del bosque, de acuerdo con lo que él había soñado, de (nodo que dejaron la senda y juntos se precipitaron bosque adentro.

Luego de mucho arrastrarse y gatear miraron escondidos detrás de unos troncos y vieron un claro con algunos árboles caídos y un terreno llano. Había mucha gente allí, de aspecto élfico, vestidos todos de castaño y verde y sentados en círculo sobre cepos de árboles talados. Una hoguera ardía en el centro y había antorchas encendidas sujetas a los árboles de alrededor; pero la visión más espléndida era la gente que comía, bebía y reía alborozada.

El olor de las carnes asadas era tan atractivo que sin consultarse entre ellos todos se pusieron de pie y corrieron hacia el círculo con la única idea de pedir un poco de comida. Tan pronto como el primero dio un paso dentro del claro, todas las luces se apagaron como por arte de magia. Alguien pisoteó la hoguera que desapareció en cohetes de chispas rutilantes. Estaban perdidos ahora en la oscuridad más negra, y ni siquiera consiguieron agruparse, al menos durante un buen rato. Por fin, luego de haber corrido frenética mente a ciegas, golpeando con estrépito los árboles, tropezando en los troncos caídos, gritando y llamando hasta haber despertado sin duda a todo el bosque en millas a la redonda, consiguieron juntarse en montón y se contaron unos a otros. Por supuesto, en ese entonces habían olvidado por completo en qué dirección quedaba el sendero, y estaban irremisiblemente extraviados, por lo menos hasta la mañana.

No podían hacer otra cosa que instalarse para pasar la noche allí donde estaban; ni siquiera se atrevieron a buscar en el suelo unos restos de comida por temor a separarse otra vez. Pero no llevaban mucho tiempo echados, y Bilbo sólo estaba adormecido, cuando Dori, a quien le había tocado el primer turno de guardia, dijo con un fuerte susurro:

—Las luces aparecen de nuevo allá, y ahora sea más numerosas.

Todos se incorporaron de un salto. Allá, sin ninguna duda, parpadeaban no muy lejos unas luces y se oían claramente voces y risas. Se arrastraron hacia ellas, en fila, cada uno tocando la espalda del que iba delante. Cuando se acercaron, Thorin dijo: —¡Que nadie se apresure ahora! ¡Que ninguno se deje ver hasta que yo lo diga! Enviaré primero al señor Bolsón para que les hable. No tos asustará. —"¿Y qué me pasará a mí?" pensó Bilbo—. Y de todos modos, no creo que le hagan nada malo.

Cuando llegaron al borde del círculo de luz, empujaron de repente a Bilbo por detrás. Antes que tuviera tiempo de ponerse el anillo, Bilbo avanzó tambaleándose a la luz del fuego y las antorchas. De nada sirvió, Otra vez se apagaron las luces y cayó la oscuridad.

Si había sido difícil reunirse antes, ahora fue mucho peor. Y no podían dar con el hobbit. Todas las veces que contaron, eran siempre trece. Gritaron y llamaron:

—¡Bilbo Bolsón! ¡Hobbit!¡Tú,maldito hobbit! ¡Eh, hobbit malhadado!¿Dónde estás?

Iban a abandonar toda esperanza cuando Dori dio con él por casualidad. Cayó sobre lo que creyó un tronco y se encontró con que era el hobbit acurrucado y profundamente dormido. Después de mucho zarandearlo, consiguieron que despertase, y Bilbo no pareció muy contento.

—Tenía un sueño tan maravilloso —gruñó—, todos participando de la más espléndida cena.

—¡Cielos!, está como Bombur —dijeron—. No nos hables de cenas. Las cenas soñadas de nada sirven y no podemos compartirlas.

—No hay nada mejor a mi alcance en este desagradable lugar —murmuró Bilbo, mientras se echaba otra vez al lado de los enanos e intentaba volver a dormir y tener de nuevo aquel sueño.

Pero no fue la última vez que vieron luces en el bosque. Más tarde, cuando ya la noche tenía que haber envejecido, Kili, que estaba entonces de guardia, vino y los despertó a todos.

—Ha aparecido un gran resplandor, no muy lejos —dijo—. Cientos de antorchas y muchas hogueras han sido encendidas de repente y por arte de magia. ¡Escuchad el canto y las arpas!

Luego de quedarse un rato echados y escuchando, descubrieron que no podían resistir el deseo de acercarse y tratar, una vez más, de conseguir ayuda. Todos se incorporaron, y esta vez el resultado fue desastroso. El banquete que vieron entonces era más grande y magnífico que antes: a la cabecera de una larga hilera de comensales estaba sentado un rey del bosque, con una corona de hojas sobre los cabellos dorados, muy parecido a la figura que Bombur había visto en sueños. La gente élfica se pasaba cuencos de mano en mano por encima de las hogueras; algunos tocaban el arpa y muchos estaban cantando. Las cabelleras resplandecían ceñidas con flores; gemas verdes y blancas destellaban en cinturones y collares, y las caras y las canciones eran de regocijo. Altas, claras y hermosas sonaban las canciones, y fuera salió Thorin, apareciendo entre ellos.

Un silencio mortal cayó a mitad de una frase. Todas las luces se extinguieron. Las hogueras se transformaron en humaredas negras. Brasas y cenizas cayeron sobre los ojos de los enanos, y en el bosque se oyeron otra vez clamores y gritos.

Bilbo se encontró corriendo en círculos (así lo creía) y llamando y llamando: —Dori, Nori, Ori, Óin, Glóin, Fíli, Kili, Bombur, Bifur, Balin, Dwalin, Thorin Escudo de Roble —mientras gentes que ni podía ver ni sentir hacían lo mismo alrededor, lanzando algún ocasional —¡Bilbo! —Pero los gritos de los otros fueron haciéndose más lejanos y débiles, y aunque al cabo de un rato le pareció que se habían transformado en aullidos y distantes llamadas de socorro, todos los sonidos murieron al fin, y Bilbo se quedó sólo en una oscuridad y un silencio completos.

Aquel fue uno de los momentos más tristes de la vida de Bilbo. Pero pronto decidió que era inútil intentar nada hasta que el día trajese alguna luz y que de nada servía andar a ciegas cansándose, sin esperanzas de desayuno que lo reviviese. Así que se sentó con la espalda contra un árbol, y no por última vez se encontró pensando en el distante agujero—hobbit y las hermosas despensas. Estaba sumido en pensamientos de pancetas, huevos, tostadas y mantequilla, cuando sintió que algo lo tocaba. Algo como una cuerda pegajosa y fuerte se le había pegado a la mano izquierda; trató de moverse y descubrió que tenía las piernas ya sujetas por aquella misma especie de cuerda, y cuando trató de levantarse, cayó al suelo.

Entonces la gran araña, que había estado ocupada en atarlo mientras dormitaba, apareció por detrás y se precipitó sobre él. Bilbo sólo veía los ojos de la criatura, pero podía sentir el contacto de las patas peludas mientras la araña trataba de paralizarlo con vueltas y más vueltas de aquel hilo abominable. Fue una suerte que volviese en sí a tiempo. Pronto no hubiera podido moverse. Pero antes de liberarse, tuvo que sostener una lucha desesperada. Rechazó a la criatura con las manos —estaba intentando envenenarlo para mantenerlo quieto, como las arañas pequeñas hacen con las moscas— hasta que recordó la espada y la desenvainó. La araña dio un salto atrás y Bilbo tuvo tiempo para cortar las ataduras de las piernas. Ahora le tocaba a él atacar. Era evidente que la araña no estaba acostumbrada a cosas que tuviesen a los lados tales aguijones, o hubiese escapado mucho más aprisa. Bilbo se precipitó sobre ella antes que desapareciese y blandiendo la espada la golpeó en los ojos. Entonces la araña enloqueció y saltó y danzó y estiró las patas en horribles espasmos, hasta que dando otro golpe Bilbo acabó con ella. Luego se dejó caer, y durante largo rato no recordó nada más.

Cuando volvió en sí, vio alrededor la habitual luz gris y mortecina de los días del bosque. La araña yacía muerta a un lado y la espada estaba manchada de negro. Por alguna razón, matar a la araña gigante, él, totalmente solo, en la oscuridad, sin la ayuda del mago o de los enanos o de cualquier otra criatura, fue muy importante para el señor Bolsón. Se sentía una persona diferente, mucho más audaz y fiera a pesar del estómago vacío, mientras limpiaba la espada en la hierba y la devolvía a la vaina.

—Te daré un nombre —le dijo a la espada—. ¡Te llamaré Aguijón!

Luego se dispuso a explorar. El bosque estaba oscuro y silencioso, pero antes que nada tenía que buscar a sus amigos, como era obvio. Quizá no estuviesen lejos, a menos que unos trasgos (o algo peor) los hubieran capturado. A Bilbo no le parecía sensato ponerse a gritar, y durante un rato estuvo preguntándose de qué lado correría el sendero y en qué dirección tendría que ir para buscar a los enanos.

—¡Oh!, ¿por qué no habremos tenido en cuenta los consejos de Beorn y Gandalf? —se lamentaba— ¡En qué enredo nos hemos metido todos nosotros! ¡Nosotros! Lo único que deseo es que fuésemos nosotros: es horrible estar completamente solo.

Por último trató de recordar la dirección de donde habían venido los gritos de auxilio la noche anterior, y por suerte (había nacido con una buena provisión de suerte) lo recordó bastante bien, como veréis en seguida. Habiéndose decidido, avanzó muy despacio, tan hábilmente como pudo. Los hobbits saben moverse en silencio, especialmente en los bosques, como ya os he dicho; además Bilbo se había puesto el anillo antes de ponerse en marcha, y fue por eso que las arañas no lo vieron ni oyeron cómo se acercaba. Se abrió paso sigilosamente durante un trecho, cuando vio delante una espesa sombra negra, negra aun para aquel bosque, como la sombra de una medianoche inmutable. Cuando se acercó, vio que la sombra era en realidad una confusión de telarañas superpuestas. Vio también, de repente, que unas arañas grandes y horribles estaban sentadas por encima de él en las ramas, y con anillo o sin anillo, tembló de miedo al pensar que quizá lo descubrieran. Se quedó detrás de un árbol, observó a un grupo de arañas durante un tiempo, y al fin comprendió que aquellas repugnantes criaturas se hablaban unas a otras en la quietud y el silencio del bosque. Las voces eran como leves crujidos y siseos, pero Bilbo pudo entender muchas de las palabras. ¡Estaban hablan do de los enanos!

—Fue una lucha dura, pero valió la pena —dijo una—. En efecto, qué pieles asquerosas y gruesas tienen, pero apuesto a que dentro hay buenos jugos.

—Sí, serán un buen bocado cuando hayan colgado un poco en la tela —dijo otra.

—No los colguéis demasiado tiempo —dijo una tercera—. No están muy gordos. Yo diría que no se alimentaron muy bien últimamente.

—Matadlos, os digo yo —siseó una cuarta—. Matadlos ahora y colgadlos muertos durante un rato.

—Apostaría a que ya están muertos —dijo la primera.

—No, no lo están. Acabo de ver a uno forcejeando. Justo despertando de un hermoso sueño, diría yo. Os lo mostraré.

Una de las arañas gordas corrió luego a lo largo de una cuerda, hasta llegar a una docena de bultos que colgaban en hilera de las ramas altas. Bilbo los vio entonces por primera vez suspendidos en las sombras, y descubrió horrorizado que el pie de un enano sobresalía del fondo de algunos de los bultos, y aquí y allá la punta de una nariz, o un trozo de barba o de capuchón.

La araña se acercó al más gordo de los bultos. "Es el pobre viejo Bombur, apostaría", pensó Bilbo; y la araña pellizcó la nariz que asomaba. Dentro sonó un débil gañido, y un pie salió disparado y golpeó fuerte y directamente a la araña. Aún quedaba vida en Bombur.

Se oyó un ruido, como si hubieran pateado una pelota desinflada, y la araña enfurecida cayó del árbol, aferrándose a su propia cuerda en el último instante.

Las otras rieron. —Tenías bastante razón. ¡La carne aún está viva y coleando!

—¡Pronto acabaré con eso! —siseó la araña colérica, volviendo a trepar a la rama.

Bilbo vio que había llegado el momento de hacer algo. No podía llegar hasta donde estaban las bestias, ni tenía nada que tirarles; pero mirando alrededor vio que en lo que parecía el lecho de un arroyo, seco ahora, había muchas piedras. Bilbo era un tirador de piedras bastante bueno y no tardó mucho en encontrar una lisa y de forma de huevo que le cabía perfectamente en la mano. De niño había tirado piedras a todo, hasta que las ardillas, los conejos y aun los pájaros se apartaban rápidos como el rayo en cuanto lo veían aparecer; y de mayor se había pasado también bastante tiempo arrojando tejos, dardos, bochas, boliches, bolos y practicando otros juegos tranquilos de puntería y tiro; aunque también podía hacer muchas otras cosas —aparte de anillos de humo, preguntar acertijos y cocinar— que no he tenido tiempo de contaros. Tampoco lo hay ahora. Mientras recogía piedras, la araña había llegado hasta Bombur, que pronto estaría muerto. En ese momento Bilbo disparó. La piedra dio en la cabeza de la araña con un golpe seco y la bestia se desprendió del árbol y cayó pesadamente al suelo con todas las patas encogidas.

La piedra siguiente atravesó zumbando una telaraña, y rompiendo las cuerdas, derribó a la araña que estaba allí sentada. A esto siguió una gran conmoción en la colonia, y por un momento olvidaron a los enanos, os lo aseguro. No podían ver a Bilbo, pero no les costó mucho descubrir de qué dirección venían las piedras. Rápidas como el rayo, se acercaron corriendo y balanceándose hacia el hobbit, tendiendo largas cuerdas alrededor, hasta que el aire pareció todo ocupado por trampas flotantes.

Bilbo, de cualquier modo, se deslizó pronto hasta otro sitio. Se le ocurrió la idea de alejar más y más a las arañas de los enanos, si podía, y hacer que se sintieran perplejas, excitadas y enojadas, todo a la vez. Cuando medio centenar de arañas llegó al lugar donde él había estado antes, les tiró unas cuantas piedras más, y también a las otras que habían quedado a retaguardia; luego, danzando por entre los árboles, se puso a cantar una canción, para enfurecerlas y atraerlas, y también para que lo oyeran los enanos.

Esto fue lo que cantó;

 

¿Araña gorda y vieja que hilas en un árbol!

¡Arana gorda y vieja que no alcanzas a verme!

¡Venenosa! ¡Venenosa!

¡No pararás?

¿No pararás tu hilado y vendrás a buscarme?

 

Viga Tontona, toda cuerpo grande,

¡Vieja Tontona, no puedes espiarme!

¡Venenosa! ¡Venenosa!

¡Déjate caer!

¡Nunca me atraparás en los árboles!

 

No muy buena quizá, pero no olvidéis que había tenido que componerla él mismo, en el apuro de un difícil momento. De todos modos tuvo el efecto que él había esperado. Mientras cantaba, tiró algunas piedras más y pateó el suelo. Prácticamente todas las arañas del lugar fueron tras él: unas saltaban abajo, otras corrían por las ramas, pasando de árbol en árbol o tendían nuevos hilos en sitios oscuros. Estaban terriblemente enojadas. Aun olvidando las piedras, ninguna araña había sido llamada Venenosa, y desde luego, Tontona es para cualquiera un insulto inadmisible.

Bilbo se escabulló a otro sitio, pero por entonces muchas de las arañas habían corrido a diferentes puntos del claro donde vivían, y estaban tejiendo telarañas entre los troncos de todos los árboles. Muy pronto Bilbo estaría rodeado de una espesa barrera de cuerdas, al menos esa era la idea de las arañas. En medio de todos aquellos insectos que cazaban y tejían, Bilbo hizo de tripas corazón y cantó otra vez:

 

La Lob perezosa y la loca Cob

tejen telas para cazarme;

más dulce soy que muchas carnes,

¡pero no pueden encontrarme!

Aquí estoy yo, mosca traviesa;

y ahí vosotras, gordas y hurañas.

Jamás podréis atraparme

en vuestras locas telarañas.

 

Con eso se volvió y descubrió que el último espacio entre dos grandes árboles había sido cerrado con una telaraña, pero por fortuna no una verdadera telaraña, sino grandes hebras de cuerdas de doble ancho, tendidas rápidamente de acá para allá de tronco a tronco. Desenvainó la pequeña espada, hizo pedazos las hebras, y se fue cantando.

Las arañas vieron la espada, aunque no creo que supieran lo que era, y todas se pusieron a correr persiguiendo al hobbit, por el suelo y por las ramas, agitando las piernas peludas, chasqueando las pinzas, los ojos desorbitados, rabiosas, echando espuma. Lo siguieron bosque adentro, hasta que Bilbo no se atrevió a alejarse más. Luego se escabulló de vuelta, más callado que un ratón.

Tenía un tiempo corto y precioso, lo sabía, antes que las arañas perdieran la paciencia y volviesen a los árboles, donde colgaban los enanos. Mientras tanto, tenía que rescatarlos. Lo más difícil era subir hasta la rama larga donde pendían los bultos. No me imagino Cómo se las hubiese arreglado si, por fortuna, una araña no hubiera dejado un cabo colgando; con ayuda de la cuerda, aunque se le pegaba a las manos y le lastimaba la piel, trepó, y allá arriba se encontró con una araña malvada, vieja, lenta y gruesa, que había quedado atrás y guardaba a los prisioneros, y que había estado entretenida pinchándolos, para averiguar cuál era el más jugoso. Había pensado comenzar el banquete mientras las otras estaban fuera, pero el señor Bolsón tenía prisa, y antes que la araña supiera lo que estaba sucediendo, sintió el aguijón de la espada y rodó muerta cayendo de la rama.

El siguiente trabajo de Bilbo era soltar un enano. ¿Cómo lo haría? Si cortaba la cuerda, el enano maltrecho caería golpeándose contra el suelo, que estaba bien abajo. Serpenteando rama adelante (lo que hizo que los pobres enanos se balancearan y danzaran como fruta madura), llegó al primer bulto.

"Fíli o Kili" se dijo viendo la punta de un capuchón azul que sobresalía de un extremo. "Más posiblemente Fíli", pensó al descubrir la punta de una nariz larga que asomaba entre las cuerdas enmarañadas. Inclinándose, Consiguió cortar la mayor parte de las cuerdas pegajosas y fuertes, y entonces, en efecto, con un puntapié y algunas sacudidas, apareció la mayor parte de Fíli. Me temo que Bilbo se rió viendo cómo agitaba las piernas y brazos rígidos mientras danzaba con la cuerda de la telaraña en las axilas, como uno de esos juguetes divertidos que se menean en un alambre.

De algún modo, Fíli se encaramó en la rama, y ahí ayudó todo lo posible al hobbit, aunque se sentía mareado y enfermo a causa del veneno de las arañas, y por haber estado colgado la mayor parte de la noche y el día siguiente, envuelto y envuelto en cuerdas, sólo con la nariz fuera para respirar. Tardó mucho tiempo en quitarse aquellas hebras bestiales de los ojos y las cejas, y en cuanto a la barba, tuvo que cortarse la mayor parte. Bien, Bilbo y Fíli, juntos, alzaron primero a un enano y luego a otro y cortaron las ataduras. Ninguno se encontraba mejor que Fíli y algunos bastante peor, pues apenas habían podido respirar (ya veis, a veces las narices largas son útiles), y algunos parecían más envenenados.

De este modo rescataron a Kili. Bifur, Bofur, Dori y Nori. El pobre viejo Bombur estaba tan exhausto —era el más gordo y lo habían pinchado y pellizcado constantemente— que rodó de la rama y ¡plaf!, cayó al suelo, por fortuna sobre unas hojas, y quedó allí tendido. Pero aún había cinco enanos que colgaban del extremo de la rama, cuando las arañas comenzaron a volver, más rabiosas que nunca.

Bilbo fue inmediatamente hasta el sitio en que la rama nacía del tronco, y mantuvo a raya a las arañas que subían trepando. Se había quitado el anillo cuando rescató a Fíli y había olvidado ponérselo de nuevo, y ahora todas ellas farfullaban y siseaban:

—¡Ya te vemos, asquerosa criatura! ¡Te comeremos y sólo te dejaremos la piel y los huesos colgando de un árbol! ¡Ah! Tiene un aguijón, ¿verdad? Bueno, de todas maneras lo atraparemos y colgaremos cabeza abajo durante un día o dos.

Mientras, los enanos trabajaban en el resto de los cautivos y cortaban los hilos. Pronto liberarían a todos, aunque no estaba claro qué ocurriría después. Las arañas los habían capturado sin muchas dificultades la noche anterior, pero sorprendiéndolos en la oscuridad. Esta vez, parecía que iba a librarse una terrible batalla.

De repente Bilbo cayó en la cuenta de que algunas arañas se habían reunido alrededor del viejo Bombur, sobre el suelo, lo habían atado otra vez y se lo estaban llevando a la rastra. Dio un grito y acuchilló a las bestias que tenía delante. Las arañas retrocedieron en seguida, y Bilbo trepó y saltó desde el árbol, justo en medio de las que estaban en el suelo. La pequeña espada era un tipo de aguijón que no conocían. ¡Cómo se movía de acá para allá! La hoja brillaba triunfante cuando traspasaba a las arañas. Seis de ellas murieron antes que el resto huyese y dejase a Bombur en manos de Bilbo.

—¡Bajad! ¡Bajad! —gritó a los enanos que estaban en la rama—. No os quedéis ahí; os echarán las redes encima —pues veía que unas pocas arañas trepaban a los árboles vecinos, arrastrándose por las ramas sobre la cabeza de los enanos.

Los enanos bajaron gateando, o saltaron o se dejaron caer, los once en montón, la mayoría muy temblorosos y torpes de piernas. Allí se encontraron al fin los doce, contando al pobre Bombur, a quien sostenían por ambos lados el primo Bifur y el hermano Bofur; y Bilbo se movía alrededor y blandía el Aguijón; y cientos de arañas los miraban con los ojos desorbitados, desde arriba, desde un lado, desde otro. La situación parecía bastante desesperada.

Entonces comenzó la batalla. Algunos enanos tenían cuchillos; otros, palos, y había piedras para todos; y Bilbo blandía la daga élfica. Una y otra vez las arañas fueron rechazadas, y muchas murieron. Pero esto no podía prolongarse. Bilbo estaba casi exhausto; sólo cuatro de los enanos se mantenían aún en pie, y pronto las arañas caerían sobre ellos como sobre moscas cansadas. Ya tejían de nuevo alrededor, de árbol en árbol.

Bilbo al fin no pudo pensar en otro plan que comunicar a los enanos el secreto del anillo. Lo lamentaba bastante, pero no había otro remedio.

—Voy a desaparecer —dijo—. Alejaré a las arañas de aquí, si puedo; vosotros tenéis que manteneros juntos y escapar en la dirección opuesta. Por allí a la izquierda quizá se podría llegar al sitio donde vimos por última vez el fuego de los elfos.

Tardaron en entender, pues las cabezas les daban vueltas en medio de una confusión de gritos, y palos y piedras que golpeaban, pero al fin Bilbo sintió que no podía esperar más: las arañas estaban cerrando el círculo. De súbito se deslizó el anillo en el dedo, y desapareció dejando estupefactos a los enanos.

Pronto se oyeron gritos: —¡Perezosa Lob! ¡Venenosa! —entre los árboles de la derecha. Esto enfureció mucho a las arañas. Dejaron de acercarse a los enanos y unas cuantas se volvieron hacia la voz. "Venenosa" las enojó tanto que perdieron el juicio. Entonces Balin, quien había entendido el plan de Bilbo mejor que los demás, se lanzó al ataque. Los enanos se unieron en un pelotón y descargando una lluvia de piedras corrieron hacia la izquierda y atravesaron el círculo. Lejos, detrás de ellos, los cantos y gritos cesaron de pronto.

Esperando contra toda esperanza que no hubiesen capturado a Bilbo, los enanos siguieron adelante. No bastante de prisa, sin embargo. Se sentían enfermos y débiles y arrastraban las piernas y cojeaban, perseguidos por arañas que les pisaban los talones. Una y otra vez tenían que volverse y enfrentar a las criaturas que estaban casi encima de ellos; y ya algunas de las arañas corrían por los árboles y dejaban caer unos largos hilos pegajosos.

Las cosas parecían haber empeorado otra vez, cuando de pronto Bilbo reapareció e inesperadamente atacó desde un lado a las asombradas arañas.

—¡Seguid! ¡Seguid! —gritó—. ¡Yo seré quien clave el aguijón!

Y así ocurrió. Se movía adelante y atrás, rasgando los hilos de las arañas, cortándoles las patas y acuchillándoles los cuerpos gordos si se acercaban demasiado. Las arañas se hinchaban de rabia y farfullaban y espumajeaban y siseaban horribles maldiciones; pero ahora tenían un miedo mortal al Aguijón y no se atrevían a acercarse. Así, mientras maldecían, la presa se les escapaba lenta e inexorablemente. Era una situación horrible y parecía durar horas. Pero al fin, cuando Bilbo sentía que ya no tenía fuerzas para levantar la mano y asestar otro golpe, de pronto abandonaron la persecución, y no los siguieron más y volvieron decepcionadas a la tenebrosa colonia.

Entonces los enanos se dieron cuenta de que habían llegado al círculo en que habían ardido los fuegos de los elfos. No podían saber si era uno de los fuegos que habían visto la noche anterior; pero parecía que algún encantamiento bienhechor persistía en estos sitios, que a las arañas no les gustaban. De cualquier modo, la luz era más verde, los arbustos menos espesos y amenazadores, y ahora podían descansar y recobrar el aliento.

Allí se quedaron un rato resollando y jadeando. Pero muy pronto los enanos empezaron a hacer preguntas. Querían que Bilbo les explicase bien el asunto de las desapariciones; tanto les interesó la historia del anillo que por un momento olvidaron sus propios problemas. Balin en particular insistió en oír otra vez la historia de Gollum con acertijos y todo lo demás, y con el anillo en el lugar que correspondía. Pero al cabo de un tiempo la luz comenzó a declinar, y se hicieron otras preguntas. ¿Dónde estaban y por dónde corría el camino? ¿Dónde habría comida y qué harían ahora? Estas preguntas fueron hechas una y otra vez, y esperaban que el pequeño Bilbo conociese las respuestas. Por lo que podéis ver, habían cambiado mucho de opinión con respecto al señor Bolsón, y ahora lo respetaban de veras (tal y como había dicho Gandalf). Ya no refunfuñaban, y esperaban realmente que a Bilbo se le ocurriría algún plan maravilloso. Sabían demasiado bien que si no hubiese sido por el hobbit todos estarían ya muertos; y se lo agradecieron muchas veces. Algunos de ellos incluso se pusieron en pie y lo saludaron inclinándose hasta el suelo, aunque el esfuerzo los hizo caer, y durante un rato no pudieron incorporarse. Saber la verdad sobre las desapariciones no disminuyó de ningún modo la opinión que Bilbo les merecía, pues entendieron que tenía ingenio, y también suerte y un anillo mágico, y las tres cosas eran bienes muy útiles. En verdad lo elogiaron tanto que Bilbo llegó a sentir que había algo en él de aventurero audaz, al fin y al cabo, aunque se hubiese sentido aún mucho más audaz si hubiera tenido algo que comer.

Pero no había nada, nada de nada, y ninguno estaba en disposición de ir a buscar algo o encontrar el sendero perdido. ¡El sendero perdido! En la fatigada cabeza de Bilbo no había otra cosa. Se sentó y clavó los ojos en los árboles que se sucedían en interminables hileras, y al cabo de un rato todos callaron otra vez. Todos excepto Balin. Mucho tiempo después que los otros hubieran dejado de hablar y cuando ya habían cerrado los ojos, Balin seguía aún murmurando y riendo entre dientes.

—¡Gollum! ¡Caramba! Así fue como se escabulló delante de mí, ¿no? ¡Ahora me lo explico! Arrastrándose en silencio, nada más, ¿no, señor Bolsón? ¡Los botones todos sobre el umbral! El bueno de Bilbo... Bilbo... Bil bo... bo... bo... bo... —Y entonces se quedó dormido, y durante un largo rato no se oyó nada.

De pronto, Dwalin abrió un ojo y miró alrededor, —¿Dónde está Thorin? —preguntó.

Fue un golpe terrible. Desde luego, sólo eran trece, doce enanos y el hobbit. ¿Dónde, pues, estaba Thorin? Se preguntaron qué desgracia habría caído sobre él: un encantamiento, o quizá unos monstruos oscuros, y todos se estremecieron mientras yacían perdidos allí en el bosque. Y así, cuando la tarde se hizo noche negra, cayeron uno tras otro en un sueño incómodo, de horribles pesadillas; y ahí cenemos qué dejarlos por ahora, demasiado enfermos y débiles como para ponerse a vigilar o turnarse como centinelas.

Thorin había sido capturado mucho antes que ellos. ¿Recordáis que Bilbo cayó dormido como un tronco cuando entró en el círculo de luz? La vez siguiente fue Thorin quien dio un paso adelante, y cuando la luz desapareció, cayó al suelo como una piedra encantada. Las voces de los enanos perdidos en la noche, los gritos cuando las arañas se precipitaron sobre ellos y los ataron, y todos los ruidos de la batalla del día siguiente, habían pasado inadvertidos para Thorin. Luego los Elfos del Bosque se le echaron encima, y lo ataron, y se lo llevaron.

Por supuesto, las gentes de los banquetes eran Elfos del Bosque. Los elfos no son malos, pero desconfían de los desconocidos: esto puede ser un defecto. Aunque dominaban la magia, andaban siempre con cuidado, aun en aquellos días. Distintos de los Altos Elfos del Poniente, eran más peligrosos y menos cautos, pues muchos de ellos (así como los parientes dispersos de las colinas y montañas) descendían de las tribus antiguas que nunca habían ido a la Tierra Occidental de las Hadas. Allí los Elfos de la Luz, los Elfos del Abismo y los Elfos del Mar vivieron durante siglos y se hicieron más justos, prudentes y sabios, y desarrollaron artes mágicas, y la habilidad de crear objetos hermosos y maravillosos, antes que algunos volvieran al Ancho Mundo. En el Ancho Mundo los Elfos del Bosque disfrutaban de los crepúsculos del Sol y la Luna, pero preferían las estrellas; e iban de un lado a otro por los bosques enormes que crecían en tierras ahora perdidas. Habitaban la mayor parte del tiempo en los límites de las florestas, de donde salían a veces para cazar o cabalgar y correr por los espacios abiertos a la luz de la luna o de los astros; y luego de la llegada de los Hombres, se aficionaron más y más al crepúsculo y a la noche. Sin embargo, eran y siguen siendo elfos, y esto significa Buena Gente.

En una gran cueva, algunas millas dentro del Bosque Negro, en el lado este, vivía en este tiempo el más grande rey de los elfos. Por delante de unas puertas de piedra corría un río que venía de las cimas de los bosques y desembocaba dentro y fuera de los pantanos, al pie de las altas tierras boscosas. Esta gran cueva, en la que se abrían a un lado y a otro otras cuevas más reducidas, se hundía mucho bajo tierra y tenía numerosos pasadizos y amplios salones; pero era más luminosa y saludable que cualquier morada de trasgos, y no tan profunda ni tan peligrosa. De hecho, los súbditos del rey vivían y cazaban en su mayor parte en los bosques abiertos y tenían casas o cabañas en el suelo o sobre las ramas. Las hayas eran sus árboles favoritos. La cueva del rey era el palacio, un sitio seguro para guardar los tesoros y una fortaleza contra él enemigo.

 

Era también la mazmorra de los prisioneros. Así que a la cueva arrastraron a Thorin, no con excesiva gentileza, pues no querían a los enanos y pensaban que Thorin era un enemigo. En otros tiempos habían libra do guerras con algunos enanos, a quienes acusaban de haberles robado un tesoro. Sería al menos justo decir que los enanos dieron otra versión y explicaban que sólo habían tomado lo que era de ellos, pues el rey elfo les había encargado que le tallasen la plata y el oro en bruto, y más tarde había rehusado pagarles. Si el rey elfo tenía una debilidad, ésa eran los tesoros, en especial la plata y las gemas blancas; y aunque guardaba muchas riquezas, siempre quería más, pensando que aún no eran tantas como las de otros señores elfos de antaño. La gente élfica nunca cavaba túneles ni trabajaba los metales o las joyas; ni tampoco se preocupaba mucho por comerciar o cultivar la tierra. Todo esto era bien conocido por los enanos, aunque la familia de Thorin no había tenido nada que ver con la disputa de la que hablamos antes. En consecuencia, Thorin se enojó por el trato que había recibido cuando le quitaron el hechizo y recobró el conocimiento, y estaba decidido también a que no le arrancasen ni una palabra sobre oro o joyas.

 

El rey miró severamente a Thorin cuando lo llevaron al palacio y le hizo muchas preguntas. Pero Thorin sólo dijo que se estaba muriendo de hambre.

 

—¿Por qué tú y los tuyos intentasteis atacarnos tres veces durante la fiesta? —preguntó el rey.

 

—Nosotros no los atacamos —respondió Thorin—, nos acercamos a pedir porque nos moríamos de hambre.

 

—¿Dónde están tus amigos y qué hacen ahora?

 

—No lo sé, pero supongo que muriéndose de hambre en el bosque.

 

—¿Qué hacíais en el bosque?

 

—Buscábamos comida y bebida, pues nos moríamos de hambre.

 

—Pero, en definitiva, ¿qué asunto os trajo al bosque? —preguntó el rey, enojado.

 

Thorin cerró entonces la boca y no dijo nada más.

 

—¡Muy bien! —exclamó el rey—. Que se lo lleven y lo pongan a buen recaudo hasta que tenga ganas de decir la verdad, aunque tarde cien años.

 

Entonces los elfos lo ataron con correas y lo encerraron en una de las cuevas más interiores, de sólidas puertas de madera, y lo dejaron allí. Le dieron buena comida y bebida en abundancia, pues los elfos no eran trasgos, y se comportaban de modo razonable con los enemigos que capturaban, aun con los peores. Las arañas gigantes eran las únicas cosas vivientes con las que no tenían misericordia,

 

Allí, en la mazmorra del rey, quedó el pobre Thorin, y luego de haber dado gracias por el pan, la carne y el agua, empezó a preguntarse qué habría sido de sus infortunados amigos. No tardó mucho en saberlo; pero esto es parte del capítulo siguiente y el comienzo de una nueva aventura en la que el hobbit muestra otra vez su utilidad.