8

EL SANEAMIENTO DE LA COMARCA

 

 

Había caído la noche cuando, empapados y rendidos de cansancio, los viajeros llegaron por fin al puente del Brandivino. Lo encontraron cerrado: en cada una de las cabeceras del puente se levantaba una gran puerta enrejada coronada de púas; y vieron que del otro lado del río habían construido algunas casas nuevas: de dos plantas, con estrechas ventanas rectangulares, desnudas y mal iluminadas, todo muy lúgubre, y para nada en consonancia con el estilo característico de la Comarca.

Golpearon con fuerza la puerta exterior y llamaron a voces, pero al principio no obtuvieron respuesta; de pronto, ante el asombro de los recién llegados, alguien sopló un cuerno, y las luces se apagaron en las ventanas. Una voz gritó en la oscuridad:

— ¿ Quién llama ? ¡ Fuera! ¡ No pueden entrar! ¿ No han leído el letrero: Prohibida la entrada entre la puesta y la salida del so/?

—No podemos leer el letrero en la oscuridad —respondió Sam a voz en cuello—. Y si en una noche como ésta, hobbits de la Comarca tienen que quedarse fuera bajo la lluvia, arrancaré tu letrero tan pronto como lo encuentre.

En respuesta, una ventana se cerró con un golpe, y una multitud de hobbits provistos de linternas emergió de la casa de la izquierda. Abrieron la primera puerta y algunos de ellos se acercaron al puente. El aspecto de los viajeros pareció amedrentarlos.

—¡Acércate! —dijo Merry, que había reconocido a uno de los hobbits—. ¿No me reconoces, Hob Guardacercas? Soy yo, Merry Brandigamo, y me gustaría saber qué significa todo esto, y qué hace aquí un Gamuno como tú. Antes estabas en la Puerta del Cerco.

— ¡Misericordia! ¡Si es el señor Merry, y en uniforme de combate! —exclamó el viejo Hob—. ¡Pero cómo, si decían que estaba muerto! Desaparecido en el Bosque Viejo, eso decían. ¡Me alegro de verlo vivo, de todos modos!

— ¡Entonces acaba de mirarme boquiabierto espiando entre los barrotes, y abre la puerta! —dijo Merry.

—Lo siento, señor Merry, pero tenemos órdenes.

—¿Ordenes de quién?

—Del Jefe, allá arriba, en Bolsón Cerrado.

—¿Jefe? ¿Jefe? ¿Te refieres al señor Otho? —preguntó Frodo.

—Supongo que sí, señor Bolsón; pero ahora tenemos que decir «el Jefe», nada más.

—¡De veras! —dijo Frodo—. Bueno, me alegro al menos que haya prescindido de Bolsón. Pero ya es hora de que la familia se encargue de él y lo ponga en el lugar que le corresponde.

Entre los hobbits que estaban del otro lado de la puerta se hizo un silencio.

—No le hará bien a nadie hablando de esa manera —dijo uno—. Llegarán a oídos de él. Y si meten tanta bulla despertarán al Hombre Grande que ayuda al Jefe.

—Lo despertaremos de una forma que lo sorprenderá —dijo Merry—. Si lo que quieres decir es que ese maravilloso Jefe tiene rufianes a sueldo venidos quién sabe de dónde, entonces no hemos regresado demasiado pronto. —Se apeó del poney de un salto, y al ver el letrero a la luz de las linternas, lo arrancó y lo arrojó del otro lado de la puerta. Los hobbits retrocedieron, sin dar señales de decidirse a abrir.— Adelante, Pippin —dijo Merry—. Con nosotros dos bastará.

Merry y Pippin se encaramaron a la puerta, y los hobbits huyeron precipitadamente. Sonó otro cuerno. En la casa más grande, la de la derecha, una figura pesada y corpulenta se recortó bajo la luz del portal.

— ¿Qué significa todo esto? —gruñó, mientras se acercaba—. Conque violando la entrada ¿eh? ¡Largo de aquí o los acogotaré a todos! —Se detuvo de golpe, al ver el brillo de las espadas.

—Bill Helechal —dijo Merry—, si dentro de diez segundos no has abierto esa puerta, tendrás que arrepentirte. Conocerás el frío de mi acero, si no obedeces. Y cuando la hayas abierto te irás por ella y no volverás nunca más. Eres un rufián y un bandolero.

Bill Helechal, acobardado, se arrastró hasta la puerta y la abrió.

— ¡Dame la llave! —dijo Merry. El bandido se la arrojó a la cabeza y escapó hacia la oscuridad. Cuando pasaba junto a los poneys, uno de ellos le lanzó una coz que lo alcanzó en plena carrera. Con un alarido se perdió en la noche, y nunca más volvió a saberse de él.

—Buen trabajo, Bill —dijo Sam, refiriéndose al poney.

—Allá va el famoso Hombre Grande —dijo Merry—. Más tarde iremos a ver al Jefe. Lo que ahora queremos es alojamiento por esta noche, y como parece que han demolido la Posada del Puente, para levantar este caserío tétrico, ustedes tendrán que acomodarnos.

—Lo siento, señor Merry —dijo Hob—, pero no está permitido.

—¿Qué no está permitido?

—Alojar huéspedes imprevistos, y consumir alimentos de más, y esas cosas —dijo Hob.

— ¿Qué diantre pasa? dijo Merry—. ¿Han tenido un año ma

lo, o qué? Creía que el verano había sido espléndido, y la cosecha óptima.

—Bueno, sí, el año fue bastante bueno —dijo Hob—. Cultivamos mucho y de todo, pero no sabemos a dónde va a parar. Son esos «recolectores» y «repartidores», supongo, que andan por aquí contando y midiendo y llevándoselo todo para almacenarlo. Es más lo que recolectan que lo que reparten, y la mayor parte de las cosas nunca las volvemos a ver.

—¡Oh, ya basta! —dijo Pippin, bostezando—. Todo esto es demasiado fatigoso para mí esta noche. Tenemos víveres en nuestros sacos. Danos sólo un cuarto donde echarnos a descansar. De todos modos, será mejor que muchos de los lugares que hemos conocido.

Los hobbits de la puerta todavía parecían inquietos, pues era evidente que se estaba quebrantando alguna norma; pero era imposible tratar de contradecir a cuatro viajeros tan autoritarios, todos armados por añadidura, y dos de ellos excepcionalmente altos y fornidos. Frodo ordenó que volvieran a cerrar las puertas. De todos modos, parecía justificado montar guardia mientras hubiese bandidos merodeando. Los cuatro compañeros entraron en la casa de los guardianes y se instalaron lo más cómodamente que pudieron. Era desnuda e inhóspita, con un hogar miserable en el que el fuego siempre se apagaba. En los cuartos de la planta alta había pequeñas hileras de camastros duros, y en cada una de las paredes un letrero y una lista de Normas. Pippin los arrancó de un tirón. No tenían cerveza y muy poca comida, pero los viajeros compartieron lo que traían y todos disfrutaron de una cena aceptable; y Pippin quebrantó la Norma 4 poniendo en el hogar la mayor parte de la ración de leña del día siguiente.

—Bueno ¿qué les parece si fumamos un poco mientras nos cuentan las novedades de la Comarca? dijo.

—No hay hierba para pipa ahora —dijo Hob—; y la que hay, se la han guardado los Hombres del Jefe. Todas las reservas parecen haber desaparecido. Lo que hemos oído es que carretones enteros de hierba partieron por el Camino Verde desde la Cuaderna del Sur, a través del Vado de Sarn. Eso fue al final del año pasado, después de la partida de ustedes. Pero ya antes la habían estado sacando en secreto de la Comarca, en pequeñas cantidades. Ese Otho...

—¡Cierra el pico, Hob Guardacercas! —gritaron varios hobbits—. Sabes que no está permitido hablar así. El Jefe se enterará, y todos nos veremos en figurillas.

—No tendría por qué enterarse de nada, si algunos de los presentes no fueran soplones replicó Hob, enfurecido.

—¡Está bien, está bien! —dijo Sam—. Es suficiente. No quiero saber nada más. Ni bienvenida, ni cerveza, ni hierba para pipa, y un montón

de normas y de chachara digna de los orcos. Esperaba descansar, pero por lo que veo tenemos afanes y problemas por delante. ¡Vamos a dormir y olvidémonos de todo hasta mañana!

Era evidente que el nuevo «Jefe» tenía medios para enterarse de las novedades. Desde el Puente hasta Bolsón Cerrado había unas cuarenta millas largas, pero alguien las había recorrido a gran velocidad. Y Frodo y sus amigos no tardaron en descubrirlo. No tenían aún planes definidos, pero pensaban de algún modo en ir todos juntos a Cricava, y descansar allí un tiempo. Ahora, sin embargo, viendo cómo estaban las cosas, decidieron ir directamente a Hobbiton. Así pues, al día siguiente tomaron el camino, y marcharon a un trote lento pero constante. Aunque el viento había amainado, el cielo seguía gris, y el país tenía un aspecto triste y desolado; pero al fin y al cabo era primero de noviembre, en las postrimerías del otoño. No obstante, les sorprendió ver tantos incendios, y humaredas que brotaban desde muchos sitios en los alrededores. Una gran nube trepaba a lo lejos hacia el Bosque Cerrado.

Al caer de la tarde llegaron a las cercanías de Los Ranales, una aldea situada sobre el camino, a unas veintidós millas del Puente. Allí tenían la intención de pasar la noche: El Leño Flotante de Los Ranales era una buena posada. Pero cuando llegaron al extremo este de la aldea encontraron una barrera con un gran letrero que decía Camino Cerrado; y detrás de la barrera un nutrido pelotón de Oficiales de la Comarca provistos de garrotes y con plumas en los sombreros. Tenían una actitud arrogante y al mismo tiempo temerosa.

—¿Qué es todo esto? dijo Frodo, casi tentado de soltar la carcajada.

—Es lo que es, señor Bolsón dijo el Jefe de los Oficiales, un hobbit con tres plumas—. Están ustedes arrestados por Violación de Puerta, y por Destrucción de Normas, y por Ataque a Guardianes, y por Transgresiones Reiteradas, y por Haber Pernoctado en los Edificios de la Comarca sin Autorización, y por Sobornar a los Guardias con Comida.

—¿Y qué más? —dijo Frodo.

—Con esto basta para empezar dijo el Jefe de los Oficiales de la Comarca.

—Si usted quiere, yo podría agregar algunos motivos más dijo Sam. Por Insultar al Jefe, por Tener Ganas de Estamparle un Puñetazo en la Facha Granujienta, y por Pensar que los Oficiales de la Comarca parecen una tropilla de Fantoches.

—Oiga, don, ya basta. Por orden del Jefe tienen que acompañarnos sin chistar. Ahora los llevaremos a Delagua y los entregaremos a los Hombres del Jefe; y cuando él se haya ocupado del caso, podrán decir

lo que tengan que decir. Pero si no quieren quedarse en las Celdas demasiado tiempo, yo si fuera ustedes pondría punto en boca.

Ante la decepción de los Oficiales de la Comarca, Frodo y sus compañeros estallaron en carcajadas.

— ¡No sea ridículo! —dijo Frodo—. Yo voy a donde me place, y cuando se me da la gana. Y da la casualidad que ahora iba a Bolsón Cerrado por negocios, pero si insisten en acompañarnos, bueno, es asunto de ustedes.

—Muy bien, señor Bolsón —dijo el jefe, empujando hacia un lado la barrera—. Pero no olvide que está bajo arresto.

—No lo olvidaré —dijo Frodo—. Jamás. Pero quizá pueda perdonarlo. Y ahora, porque no pienso ir más lejos por hoy, si tiene la amabilidad de escoltarme hasta El Leño Flotante, le quedaré muy agradecido.

—No puedo hacerlo, señor Bolsón. La posada está clausurada. Hay una casa de Oficiales de la Comarca en el otro extremo de la aldea. Los llevaré allí.

—Está bien —dijo Frodo—. Vayan ustedes delante, y nosotros los seguiremos.

Sam había estado observando a todos los oficiales, y descubrió a un conocido.

— ¡Eh, ven aquí, Robin Madriguera! —llamó—. Quiero hablarte un momento.

Tras una mirada tímida al jefe, que aunque parecía enfurecido no se atrevió a intervenir, el oficial Madriguera se separó de la fila y se acercó a Sam, que se había apeado del poney.

—¡Escúchame, botarate! —dijo Sam—. Tú, que eres de Hobbiton, bien podrías tener un poco más de sentido común. ¿Qué es eso de venir a detener al señor Frodo y todo lo demás? ¿Y qué historia es ésa de que la posada está clausurada?

—Están todas clausuradas — dijo Robin—. El Jefe no tolera la cerveza. O por lo menos así empezó la cosa. Pero los Hombres del Jefe se la guardan para ellos. Y tampoco tolera que la gente ande de aquí para allá; de modo que si eso se proponen, tendrán que ir a la Casa de los Oficiales y explicar los motivos.

—Tendría que darte vergüenza andar mezclado en tamaña estupidez —dijo Sam—. En otros tiempos una taberna te gustaba más por dentro que por fuera. Siempre andabas metiendo en ellas las narices, en las horas de servicio o en las de licencia.

—Y aún lo haría, Sam, si pudiera. Pero no seas duro conmigo. ¿Qué puedo hacer? Tú sabes por qué me metí de Oficial de la Comarca hace siete años, antes que empezara todo esto. Me daba la oportunidad de recorrer el país, y de ver gente, y de enterarme de las novedades, y de saber dónde tiraban la mejor cerveza. Pero ahora es diferente.

—Pero igual puedes renunciar, abandonar el puesto, si ya no es más un trabajo respetable —dijo Sam.

—No está permitido —dijo Robin.

—Si oigo decir varias veces más no está permitido —dijo Sam—, estallaré de furia.

—No lamentaría verlo, te lo aseguro —dijo Robin bajando la voz—. Si todos juntos estalláramos de furia alguna vez, algo se podría hacer. Pero son esos hombres, Sam, los Hombres del Jefe. Están en todas partes, y si alguno de nosotros, la gente pequeña, trata de reclamar sus derechos, se lo llevan a las Celdas a la rastra. Primero apresaron al viejo Pastelón, y al viejo Will Pieblanco, el alcalde, y luego a muchos más. Y en los últimos tiempos las cosas han empeorado. Ahora les pegan a menudo.

—Entonces ¿por qué haces lo que ellos te ordenan? —le dijo Sam, indignado—. ¿Quién te mandó a Los Ranales?

—Nadie. Vivimos aquí, en la Casa Grande de los Oficiales. Ahora somos el Primer Pelotón de la Cuaderna del Este. Hay centenares de Oficiales de la Comarca contándolos a todos, y todavía necesitan más, con las nuevas normas. La mayor parte está en esto contra su voluntad, pero no todos. Hasta en la Comarca hay gente a quien le gusta meterse en los asuntos ajenos y darse importancia. Y todavía los hay peores: hay unos cuantos que hacen de espías, para el Jefe y para sus Hombres.

—¡Ah! Fue así como se enteraron de nuestra llegada ¿no?

—Justamente. Nosotros ya no tenemos el derecho de utilizarlo, pero ellos emplean el viejo Servicio Postal Rápido, y mantienen postas especiales en varios lugares. Uno de ellos llegó anoche de Surcos Blancos con un «mensaje secreto», y otro lo llevó desde aquí. Y esta tarde se recibió un mensaje diciendo que ustedes tenían que ser arrestados y conducios a Delagua, no a las Celdas directamente. Por lo que parece, el Jefe quiere verlos cuanto antes.

—No estará tan ansioso cuando el señor Frodo haya acabado con él

—dijo Sam.

La Casa de los Oficiales de la Comarca en Los Ranales les pareció tan sórdida como la del Puente. Era de ladrillos toscos y descoloridos, mal ensamblados, y tenía una sola planta, pero las mismas ventanas estrechas. Por dentro era húmeda e inhóspita, y la cena fue servida en una mesa larga y desnuda que no había sido fregada en varias semanas. Y la comida no merecía un marco mejor. Los viajeros se sintieron felices cuando llegó la hora de abandonar aquel lugar. Estaban a unas dieciocho millas de Delagua, y a las diez de la mañana se pusieron en camino. Y habrían partido bastante más temprano si la tardanza no hubiese irritado tan visiblemente al jefe de los oficiales. El viento del oeste había cambiado y ahora soplaba del norte, y aunque el frío había recrudecido, ya no llovía.

Fue una comitiva bastante cómica la que partió de la villa, si bien los contados habitantes que salieron a admirar el «atuendo» de los viajeros no parecían estar muy seguros de si les estaba permitido reírse. Una docena de Oficiales de la Comarca habían sido designados para escoltar a los «prisioneros»; pero Merry los obligó a caminar delante, y Frodo y sus amigos los siguieron cabalgando. Merry, Pippin y Sam, sentados a sus anchas, iban riéndose y charlando y cantando, mientras los oficiales avanzaban solemnes, tratando de parecer severos e importantes. Frodo en cambio iba en silencio, y tenía un aire triste y pensativo.

La última persona con quien se cruzaron al pasar fue un viejo campesino robusto que estaba podando un cerco.

—¡Hola, hola! —gritó con sorna—. ¿Ahora quién ha arrestado a quién?

Dos de los oficiales se separaron inmediatamente del grupo y fueron hacia el anciano.

—¡Jefe! —dijo Merry—. ¡Ordéneles a esos dos que vuelvan a la fila, si no quiere que yo me encargue de ellos!

A una orden cortante del cabecilla los dos hobbits volvieron malhumorados.

—Y ahora ¡adelante! —dijo Merry, y a partir de ese momento los jinetes marcharon a un trote bastante acelerado, como para obligar a los oficiales a seguirlos a todo correr. Salió el sol, y a pesar del viento frío pronto estaban sudando y resollando.

En la Piedra de las Tres Cuadernas se dieron por vencidos. Habían caminado casi catorce millas con un solo descanso al mediodía. Ahora eran las tres de la tarde. Estaban hambrientos, tenían los pies hinchados y doloridos y no podían seguir a ese paso.

— ¡Y bien, tómense todo el tiempo que necesiten! —dijo Merry—. Nosotros continuamos.

— ¡Adiós, Robin! —dijo Sam—. Te esperaré en la puerta de El Dragón Verde, si no has olvidado dónde está. ¡No te distraigas por el camino!

—Esto es una infracción, una infracción al arresto —dijo el Jefe con desconsuelo—, y no respondo por las consecuencias.

—Todavía pensamos cometer muchas otras infracciones, y no le pediremos que responda —dijo Pippin—. ¡Buena suerte!

Los viajeros continuaron al trote, y cuando el sol empezó a descender hacia las Lomas Blancas, lejano sobre la línea del horizonte, llegaron a Delagua y al gran lago de la villa; y allí recibieron el primer golpe verdaderamente doloroso. Eran las tierras de Frodo y de Sam, y ahora sabían que no había en el mundo un lugar más querido para ellos. Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas

parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbits en la margen norte del lago parecía abandonada, y los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino de Hobbiton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolsón Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer.

Sam estaba fuera de sí.

—¡Yo marcho adelante, señor Frodo! —gritó — . Voy a ver qué está pasando. Quiero encontrar al Tío.

—Antes nos convendría saber qué nos espera, Sam —dijo Merry—. Sospecho que el «Jefe» ha de tener una pandilla de rufianes al alcance de la mano. Necesitaríamos encontrar a alguien que nos diga cómo andan las cosas por estos parajes.

Pero en la aldea de Delagua todas las casas y las cavernas estaban cerradas y nadie salió a saludarlos. Esto les sorprendió, pero no tardaron en descubrir el motivo. Cuando llegaron a El Dragón Verde, el último edificio del camino a Hobbiton, ahora desierto y con los vidrios rotos, les alarmó ver una media docena de hombres corpulentos y malcarados que holgazaneaban, recostados contra la pared de la taberna; tenían la piel cetrina y la mirada torcida y taimada.

—Como aquel amigo de Bill Helechal en Bree —dijo Sam.

—Como muchos de los que vi en Isengard —murmuró Merry.

Los bandidos empuñaban garrotes y llevaban cuernos colgados del cinturón, pero por lo visto no tenían otras armas. Al ver a los viajeros se apartaron del muro, y atravesándose en el camino, les cerraron el paso.

— ¿A dónde creéis que vais? —dijo uno, el más corpulento y de aspecto más maligno—. Para vosotros, el camino se interrumpe aquí. ¿Y dónde están esos bravos oficiales?

—Vienen caminando despacio —dijo Merry—. Con los pies un poco doloridos, quizá. Les prometimos esperarlos aquí.

—Garn ¿qué os dije? —dijo el bandido volviéndose a sus compañeros—. Le dije a Zarquino que no se podía confiar en esos pequeños imbéciles. Tenían que haber enviado a algunos de los nuestros.

—¿Y eso en qué habría cambiado las cosas? —dijo Merry—. En este país no estamos acostumbrados a los bandoleros, pero sabemos cómo tratarlos.

—Bandoleros ¿eh? —dijo el hombre—. No me gusta nada ese tono. O lo cambias, o te lo cambiaremos. A vosotros, la gente pequeña, se os

han subido los humos a la cabeza. No confiéis demasiado en el buen corazón del Jefe. Ahora ha venido Zarquino, y él hará lo que Zarquino diga.

—¿Y qué puede ser eso? —preguntó Frodo con calma.

—Este país necesita que alguien lo despierte y lo haga marchar como es debido —dijo el otro—, y eso es lo que Zarquino hará; y con mano dura, si lo obligan. Necesitáis un Jefe más grande. Y lo tendréis antes que acabe el año, si hay nuevos disturbios. Entonces aprenderéis un par de cosas, ratitas miserables.

—Me alegra de veras conocer vuestros planes —dijo Frodo—. Ahora mismo iba a hacerle una visita al señor Otho, y es muy posible que también a él le interese conocerlos.

El bandido se echó a reír.

— ¡Otho! Los conoce muy bien. No te preocupes. El hará lo que Zarquino diga. Porque si un Jefe crea problemas, nosotros nos encargamos de cambiarlo. ¿Entiendes? Y si la gente pequeña trata de meterse donde no la llaman, sabemos cómo sacarlos del medio. ¿Entiendes?

—Sí, entiendo —dijo Frodo—. Para empezar, entiendo que estáis atrasados, atrasados de noticias. Han sucedido muchas cosas desde que abandonasteis el Sur. Tu tiempo ya ha pasado, y el de todos los demás rufianes. La Torre Oscura ha sucumbido, y en Gondor hay un Rey. E Isengard ha sido destruida y vuestro preciado amo es ahora un mendigo errante en las tierras salvajes. Me crucé con él por el camino. Ahora serán los mensajeros del Rey los que remontarán el Camino Verde, no los matones de Isengard.

El hombre le clavó la mirada y sonrió.

— ¡Un mendigo errante de las tierras salvajes! —dijo con sarcasmo—. ¿De veras? Pavonéate si quieres, renacuajo presumido. De todas maneras no pensamos movernos de este amable país donde ya habéis holgazaneado de sobra. ¡Mensajeros del Rey! —Chasqueó los dedos en las narices de Frodo.— ¡Mira lo que me importa! Cuando vea uno, tal vez me fije en él.

Aquello colmó la medida para Pippin. Pensó en el Campo de Cormallen, y aquí había un rufián de mirada oblicua que se atrevía a tildar de «renacuajo presumido» al Portador del Anillo. Echó atrás la capa, desenvainó la espada reluciente, y la plata y el sable de Gondor centellearon cuando avanzó montado en el caballo.

—Yo soy un mensajero del Rey —dijo—. Le estás hablando al amigo del Rey, y a uno de los más renombrados en todos los países del Oeste. Eres un rufián y un imbécil. Ponte de rodillas en el camino y pide perdón, o te traspasaré con este acero, perdición de los trolls.

La espada relumbró a la luz del poniente. También Merry y Sam desenvainaron las espadas, y se adelantaron, prontos a respaldar el desafío de Pippin; pero Frodo no se movió. Los bandidos retrocedie

ron. Hasta entonces, se habían limitado a amedrentar e intimidar a los campesinos de Bree, y a maltratar a los azorados hobbits. Hobbits temerarios de espadas brillantes y miradas torvas eran una sorpresa inesperada. Y las voces de estos recién llegados tenían un tono que ellos nunca habían escuchado. Los helaba de terror.

— ¡Largaos! —dijo Merry—. Si volvéis a turbar la paz de esta aldea, lo lamentaréis.

Los tres hobbits avanzaron, y los bandidos dieron media vuelta y huyeron despavoridos por el Camino de Hobbiton; pero mientras corrían hicieron sonar los cuernos.

—Bueno, es evidente que no hemos regresado demasiado pronto

—dijo Merry.

—Ni un día. Tal vez demasiado tarde, al menos para salvar a Otho —dijo Frodo—. Es un pobre imbécil, pero le tengo lástima.

—¿Salvar a Otho? ¿Pero qué demonios quieres decir? —preguntó Pippin—. Destruirlo, diría yo.

—Me parece que tú no comprendes bien lo que sucede, Pippin dijo Frodo—. Otho nunca tuvo la intención de que las cosas llegaran a este extremo. Ha sido un tonto y un malvado, y ahora está en una trampa. Los bandidos han tomado las riendas, recolectando, robando y abusando, y manejando o destruyendo las cosas a gusto de ellos, y en nombre de él. Y ni siquiera en nombre de él por mucho tiempo más. Ahora es un prisionero en Bolsón Cerrado, y ha de estar muy atemorizado, me imagino. Tendríamos que intentar rescatarlo.

—¡Esto sí que es inaudito! —exclamó Pippin —. Como broche de oro de nuestros viajes, nunca me lo habría imaginado: venir a combatir con bandidos y con semiorcos en la Comarca misma... ¡para salvar a Otho Granujo!

—¿Combatir? —dijo Frodo—. Bueno, supongo que podría llegarse a eso. Pero recordad: no ha de haber matanza de hobbits, por más que se hayan pasado al otro bando. Que se hayan pasado de verdad, quiero decir: no que obedezcan por temor a las órdenes de los bandidos. Jamás en la Comarca un hobbit mató a otro hobbit con intención, y no vamos a empezar ahora. Y en la medida en que pueda evitarse, no se matará a nadie. Así que conservad la calma hasta el final.

—Pero si hay muchos de estos bandidos —dijo Merry—, tendrá que haber lucha. Con sentirte horrorizado y triste, no rescatarás a Otho, ni salvarás a la Comarca, mi querido Frodo.

—No —dijo Pippin—. No será tan fácil amedrentarlos de nuevo. Esta vez los tomamos por sorpresa. ¿Oíste sonar los cuernos? Es indudable que andan otros por las cercanías. Y cuando sean más numerosos, se sentirán mucho más audaces. Tendríamos que buscar algún sitio donde refugiarnos esta noche. Al fin y al cabo no somos más que cuatro, aunque estemos armados.

—Se me ocurre una idea —dijo Sam—. ¡Vayamos a casa del viejo Tom

Coto, allá abajo, en el Sendero del Sur! Siempre fue de agallas. Y tiene un montón de hijos que toda la vida fueron amigos míos.

— ¡No! —dijo Merry—. No tiene sentido «refugiarse». Eso es lo que la gente ha estado haciendo, y lo que a los bandidos les gusta. Caerán sobre nosotros en pandilla, nos acorralarán, y nos obligarán a salir por la fuerza; o nos quemarán vivos. No, tenemos que hacer algo, y pronto.

— ¿Hacer qué? —dijo Pippin.

—¡Sublevar a toda la Comarca! —dijo Merry—. ¡Ahora! ¡Despertar a todo el mundo! ¡Odian todo esto, es evidente!; todos, excepto tal vez uno o dos bribones, y unos pocos imbéciles que quieren sentirse importantes, pero que en realidad no entienden nada de lo que está pasando. Pero la gente de la Comarca ha vivido tan cómoda y tranquila durante tanto tiempo que no sabe qué hacer. Sin embargo, una chispa bastará para encender todos los ánimos. Los Hombres del Jefe tienen que saberlo. Tratarán de aplastarnos y eliminarnos rápidamente. Nos queda muy poco tiempo.

»Sam, ve tú de una corrida a la Granja de Coto, si quieres. Es el personaje más importante de por aquí, y el más decidido. ¡Vamos! Voy a tocar el cuerno de Rohan, y les haré escuchar una música como nunca en la vida habían oído.

Cabalgaron de regreso al centro de la aldea. Allí Sam dobló y partió al galope por el sendero que conducía al sur, a casa de los Coto. No se había alejado mucho cuando oyó de pronto la clara llamada de un cuerno que se elevaba vibrando. Resonó a lo lejos más allá de las colinas y de los campos; y era tan imperiosa aquella llamada que el propio Sam estuvo a punto de dar media vuelta y regresar a la carrera. El poney se encabritó y relinchó.

—¡Adelante, muchacho! ¡Adelante! —le gritó Sam—. Pronto regresaremos.

Un instante después notó que Merry cambiaba de tono, y el Toque de Alarma de Los Gamos se elevó, estremeciendo el aire.

¡despertad! ¡despertad! ¡peligro! ¡fuego! ¡enemigos! ¡despertad!

fuego! ¡enemigos! ¡despertad!

Sam oyó a sus espaldas una batahola de voces y el estrépito de puertas que se cerraban de golpe. Delante de él se encendían luces en el anochecer; los perros ladraban; había rumor de pasos precipitados. No había llegado aún al fondo del sendero, cuando vio al granjero Coto que corría a encontrarlo acompañado por tres de sus hijos, el joven Tom, Alegre y Nic. Llevaban hachas, y le cerraron el paso.

— ¡No! No es uno de esos bandidos —dijo la voz grave del granjero—.

Por la estatura parece un hobbit, pero está vestido de una manera estrafalaria. ¡Eh! —gritó—. ¿Quién eres, y a qué viene todo este alboroto?

—Soy Sam, Sam Gamyi. Estoy de vuelta.

El granjero Coto se le acercó y lo observó un rato en la penumbra.

— ¡ Bien! — exclamó —. La voz es la misma, y tu cara no se ve peor de lo que era, Sam. Pero no te habría reconocido en la calle, con esa vestimenta. Has estado por el extranjero, dicen. Te dábamos por muerto.

—¡Eso sí que no! —dijo Sam—. Ni tampoco el señor Frodo. Está aquí con sus amigos. Y esto mismo es la causa de todo el alboroto. Están sublevando a la población de la Comarca. Vamos a echar dé aquí a todos esos rufianes, y también al Jefe que tienen. Ya estamos empezando.

—¡Bien, bien! —exclamó el granjero Coto—. ¡Así que la cosa ha empezado, por fin! De un año a esta parte, me ardía la sangre, pero la gente no quería ayudar. Y yo tenía que pensar en mi mujer y en Rosita. Estos rufianes no se arredran ante nada. ¡Pero vamos ya, muchachos! ¡Delagua se ha rebelado! ¡Tenemos que estar allí!

—Pero... ¿y la señora Coto, y Rosita? —dijo Sam—. No es prudente dejarlas solas.

—Mi Nibs está con ellas. Pero puedes ir y ayudarlo, si tienes ganas —dijo el granjero Coto con una sonrisa. Y él y sus hijos partieron a todo correr hacia la aldea.

Sam se apresuró a entrar en la casa. En el escalón más alto del fondo del patio, la señora Coto y Rosita estaban de pie junto a la gran puerta redonda, y Nibs aguardaba frente a ellas, blandiendo una horquilla para el heno.

—¡Soy yo! —anunció Sam, todavía trotando—. ¡Sam Gamyi! Así que no trates de ensartarme, Nibs. De todos modos llevo puesta una cota de malla. —Se apeó del poney de un salto y trepó los escalones. Los Coto lo observaron en silencio.— ¡Buenas noches, señora Coto! —dijo Sam—. ¡Hola, Rosita!

—¡Hola, Sam! —dijo Rosita—. ¿Por dónde has andado? Decían que habías muerto; pero yo te he estado esperando desde la primavera. Tú no tenías mucha prisa ¿no es cierto?

—Tal vez no —respondió Sam, sonrojándose—. Pero ahora sí la tengo. Nos estamos ocupando de los bandidos y tengo que volver con el señor Frodo. Pero quise venir a echar un vistazo, a ver cómo andaba la señora Coto; y tú, Rosita.

—Andamos bien, gracias —dijo la señora Coto—. O al menos andaríamos bien si no fuese por esos rufianes ladrones.

—¡Bueno, vete! —dijo Rosita—. Si has estado cuidando al señor Frodo todo este tiempo ¿cómo se te ocurre dejarlo solo ahora, justo cuando las cosas se ponen más difíciles?

Aquello fue demasiado para Sam. O necesitaba una semana para

contestarle, o no le decía nada. Bajó los escalones y volvió a montar el poney. Pero en el momento en que se disponía a partir, Rosita llegó, corriendo.

—¡Luces  muybien,   —dijo—.¡Vete, ahora!

Sam regresó y encontró en pie a toda la villa. Además de numerosos muchachos más jóvenes, ya se habían reunido más de un centenar de hobbits fornidos provistos de hachas, martillos pesados, cuchillos largos y gruesos bastones; y algunos llevaban arcos de caza. Y continuaban llegando otros de las granjas vecinas.

Algunos de los aldeanos habían encendido una gran hoguera, sólo para animar la velada, y porque era además una de las cosas prohibidas por el Jefe. Las llamas trepaban cada vez más brillantes a medida que avanzaba la noche. Otros, a las órdenes de Merry, estaban levantando barricadas a través del camino, a la entrada y a la salida de la aldea. Cuando los Oficiales de la Comarca se toparon con la primera barricada, quedaron estupefactos; pero tan pronto como vieron que las cosas pintaban mal, la mayoría se quitó las plumas y se plegó a la revuelta. Los otros huyeron furtivamente.

Sam encontró a Frodo y sus amigos junto al fuego discurriendo con el viejo Tom Coto, y rodeados de una multitud de gente de Delagua que los miraba con admiración.

—Y bien, ¿cuál es el próximo movimiento? —dijo el granjero Coto.

—No sé decirlo —respondió Frodo—, hasta tanto no tenga más información. ¿Cuántos son los bandidos?

—Es difícil saberlo —dijo Coto—. Andan siempre aquí y allá, yendo y viniendo. A veces hay cincuenta en las barracas, allá en lo alto del camino a Hobbiton; pero salen de correrías, a robar y a «recolectar», como ellos dicen. De todos modos, rara vez hay menos de una veintena alrededor del Jefe, como lo llaman. Y él está en Bolsón Cerrado, o estaba, pero ya no sale. En realidad, nadie lo ha visto desde hace unas dos semanas: pero los hombres no dejan que nadie se acerque.

—Pero Hobbiton no es el único lugar en que están acuartelados ¿no? —dijo Pippin.

—No, para colmo de males —dijo Coto—. Hay un buen puñado allá abajo, en el sur, en Valle Largo, y cerca del Vado de Sarn, dicen; y algunos más escondidos en Bosque Cerrado; y han construido barracas en El Cruce. Y están las Celdas Agujeros, como ellos las llaman: los viejos almacenes subterráneos en Cavada Grande, que han transformado en prisiones para los que se atreven a enfrentarlos. Sin embargo estimo que no hay más de trescientos en toda la Comarca, y tal vez menos. Podemos dominarlos, si nos mantenemos unidos.

—¿Tienen armas? —preguntó Merry.

—Látigos, cuchillos y garrotes, suficiente para el sucio trabajo que hacen; al menos eso es lo que han mostrado hasta ahora —dijo Coto—. Pero sospecho que sacarán a relucir otras, en caso de lucha. De todos modos, algunos tienen arcos. Han matado a uno o dos de los nuestros.

—¡Ya ves, Frodo! —dijo Merry—. Sabía que tendríamos que combatir. Bueno, ellos empezaron la matanza.

—No exactamente —dijo Coto—. O en todo caso no fueron ellos los que empezaron con las flechas. Los Tuk empezaron. Se da cuenta, señor Peregrin, el padre de usted nunca lo pudo tragar al tal Otho, desde el principio; decía que si alguien tenía derecho a darse aires de jefe a esta hora del día era el propio Thain de la Comarca y no ningún advenedizo. Y cuando Otho le mandó a los hombres, no hubo modo de convencerlo. Los Tuk son afortunados, ellos tienen esas cavernas profundas allá en las Colinas Verdes, los Grandes Smials y todo eso, y los bandidos no pueden llegar hasta allí; y los Tuk no los dejan entrar en sus tierras. Si se atreven a hacerlo, los persiguen. Los Tuk mataron a tres que andaban robando y merodeando. Desde entonces los bandidos se volvieron más feroces. Y ahora vigilan de cerca las tierras de los Tuk. Ya nadie entra ni sale allí.

—¡Un hurra por los Tuk! —gritó Pippin. Pero ahora alguien tendrá que entrar. Me voy a los Smials. ¿Alguien desea acompañarme a Alforzaburgo?

Pippin partió con una media docena de muchachos, todos montados en poneys.

—¡Hasta pronto! —gritó—. A campo traviesa hay sólo unas catorce millas. Por la mañana estaré de vuelta con todo un ejército de Tuks.

Desaparecieron en la oscuridad, mientras la gente los aclamaba y Merry los despedía con un toque de cuerno.

—Como quiera que sea —dijo Frodo a todos los que se encontraban alrededor—, no quiero que haya matanza; ni aun de los bandidos, a menos que sea necesario para impedir que dañen a los hobbits.

—¡De acuerdo! —dijo Merry—. Pero creo que de un momento a otro tendremos la visita de la pandilla de Hobbiton. Y no van a venir precisamente a platicar. Procuraremos tratarlos con ecuanimidad, pero tenemos que estar preparados para lo peor. Tengo un plan.

—Muy bien —dijo Frodo—. Tú te encargarás de los preparativos. En  aquel momento, algunos hobbits que habían sido enviados a Hobbiton, regresaron a todo correr.

— ¡Ya llegan! —dijeron—. Una veintena o más, pero dos han tomado hacia el oeste a campo traviesa.

—A El Cruce, me imagino dijo Coto—, en busca de refuerzos. Quince millas de ida y quince de vuelta. No vale la pena preocuparse por el momento.

Merry se apresuró a dar las órdenes. El granjero Coto se encargó de despejar las calles, enviando a todo el mundo a casa, excepto a los

hobbits de más edad que contaban con algún tipo de arma. No tuvieron que esperar mucho. Pronto oyeron voces ásperas y pasos pesados; y en seguida vieron aparecer todo un pelotón de bandidos. Al ver la barricada se echaron a reír. No les cabía en la imaginación que en aquel pequeño país hubiese alguien capaz de enfrentar a veinte como ellos. Los hobbits abrieron la barrera y se hicieron a un lado.

— ¡Gracias! —dijeron los hombres con sorna—. Y ahora, pronto a casa, y a dormir, antes que empecemos con los látigos. —Y avanzaron por la calle vociferando.— ¡Apagad esas luces! ¡Entrad en las casas y quedaos en ellas! De lo contrario nos llevaremos a cincuenta y los encerraremos en las Celdas durante un año. ¡Adentro! ¡El Jefe está perdiendo la paciencia!

Nadie hizo ningún caso a aquellas órdenes, pero a medida que los bandidos avanzaban, iban cerrando filas detrás de ellos y los seguían. Cuando los hombres llegaron a la hoguera, allí estaba el viejo Coto, solo, calentándose las manos.

—¿Quién eres y qué estás haciendo aquí? —lo interpeló el cabecilla. El granjero Coto lo observó con una mirada lenta.

—Justamente iba a preguntarte lo mismo —respondió—. Este no es tu país y aquí no te queremos.

—Pues bien, nosotros te queremos a ti, en todo caso —dijo el cabecilla—. ¡Prendedlo, muchachos! ¡A las Celdas y dadle algo que lo tranquilice un rato!

Los hombres avanzaron un paso y se detuvieron. Alrededor de ellos se había alzado un clamor de voces, y advirtieron en ese momento que el granjero Coto no estaba solo. En la oscuridad, al filo de la hoguera, se cerraba un círculo de hobbits que habían salido en silencio de entre las sombras. Eran unos doscientos, y todos armados.

Merry dio un paso adelante.

—Ya nos hemos conocido —le dijo al cabecilla—, y te advertí que no volvieras a aparecer por aquí. Ahora te vuelvo a advertir: estás a plena luz y rodeado de arqueros. Si te atreves a poner un solo dedo en este hobbit, o en cualquier otro de los presentes, serás hombre muerto. ¡Dejad en el suelo todas las armas!

El cabecilla echó una mirada en torno. Estaba atrapado. Pero con veinte secuaces para respaldarlo, no tenía miedo. Conocía poco y mal a los hobbits para darse cuenta del peligro en que se encontraba. Envalentonado, decidió luchar. No le iba a ser difícil abrirse paso.

—¡A la carga, muchachos! —gritó—. ¡Duro con ellos!

Esgrimiendo un largo puñal en la mano izquierda y un garrote en la derecha, se abalanzó contra el círculo de hobbits, procurando escapar hacia Hobbiton. Intentó atacar con violencia a Merry, que le cerraba el paso. Cayó muerto, traspasado por cuatro flechas.

A los restantes les bastó con eso. Se rindieron. Despojados de las armas y sujetos con cuerdas unos a otros, fueron conducidos a una

cabana vacía que ellos mismos habían construido, y allí, atados de pies y manos, los dejaron encerrados con una fuerte custodia. Al cabecilla muerto lo llevaron a la rastra un poco más lejos y lo enterraron.

—Parece casi demasiado fácil, después de todo ¿verdad? —dijo Coto—. Yo decía que éramos capaces de dominarlos. Lo que nos faltaba era una señal. Han vuelto en el momento justo, señor Merry.

—Todavía queda mucho por hacer —dijo Merry—. Si tus estimaciones son acertadas, aún no hemos dado cuenta ni de la décima parte de estos rufianes. Pero está oscureciendo. Creo que para el próximo golpe tendremos que esperar la mañana. Entonces le haremos una visita al Jefe.

—¿Por qué no ahora mismo? —dijo Sam—. No son mucho más de las seis. Y yo quiero ver al Tío. ¿Sabe qué ha sido de él, señor Coto?

—No está ni demasiado bien ni demasiado mal, Sam dijo el granjero. En Bolsón de Tirada derribaron todos los árboles, y ése fue un golpe duro para el viejo. Ahora está en una de esas casas nuevas que construyeron los hombres cuando todavía hacían algo más que quemar y robar: a apenas una milla del linde de Delagua. Pero me viene a ver cada tanto, cuando puede, y yo cuido de que esté mejor alimentado que algunos de esos pobres infelices. Todo contra las Normas, por supuesto. Lo habría alojado en mi casa, pero eso no estaba permitido.

—Se lo agradezco de todo corazón señor Coto, y nunca lo olvidaré —dijo Sam. Pero quiero verlo. El Jefe, y ese tal Zarquino, por lo que decían, podrían hacer algún desaguisado allá arriba, antes de la mañana.

—Está bien, Sam —dijo Coto—. Llévate a un par de mozalbetes, y ve a buscarlo y tráelo a mi casa. No necesitarás acercarte a la vieja aldea de Hobbiton en Delagua. Mi Alegre te indicará el camino.

Sam partió. Merry puso unos centinelas alrededor de la aldea y junto a las barreras durante la noche. Luego fue con Frodo a casa del granjero Coto. Se sentaron con la familia en la caldeada cocina, y los Coto, por pura cortesía, les hicieron unas pocas preguntas sobre los viajes que habían hecho, pero en verdad casi no escuchaban las respuestas: les interesaba mucho más lo que estaba aconteciendo en la Comarca.

—Todo empezó con Granujo, como nosotros lo llamamos —dijo el viejo Coto—, y empezó apenas se fueron ustedes, señor Frodo. Tenía ideas raras, el Granujo. Quería ser el dueño de todo, y mandar a todo el mundo. Pronto se descubrió que ya tenía más de lo que era bueno para él; y continuaba acumulando más y más, aunque de dónde sacaba el dinero era un misterio: molinos y campos de cebada, y tabernas y granjas, y plantaciones de hierba para pipa. Ya antes de venir a vivir a Bolsón Cerrado había comprado el Molino de Arenas, según parece.

»Naturalmente, comenzó con las propiedades que le había dejado el

padre en la Cuaderna del Sur; y parece que desde hacía un par de años estaba vendiendo grandes partidas que sacaba en secreto de la Comarca. Pero a fines del año pasado se atrevió a mandar carretones enteros, y no sólo de hierba. Los víveres comenzaron a escasear y el invierno se acercaba. La gente estaba furiosa, pero él sabía cómo responder. Y empezaron a llegar hombres y más hombres, bandidos casi todos y algunos se llevaban las cosas en grandes carretas, y otros se quedaban. Y seguían llegando y llegando, y antes que nos diéramos cuenta de lo que pasaba, los teníamos instalados aquí y allá, y por toda la Comarca, y talaban los árboles y hacían excavaciones y construían cobertizos y casas donde y como se les antojaba. Al principio, Granujo pagaba las mercancías y los daños; pero al poco tiempo los hombres empezaron a darse aires y a apropiarse de todo lo que querían.

»En ese entonces hubo algún descontento, pero no suficiente. El viejo Will, el alcalde, marchó a Bolsón Cerrado, a protestar, pero nunca llegó a destino. Los bandidos le echaron mano y se lo llevaron y lo encerraron en una covacha en Cavada Grande, y allí está todavía. Desde entonces, poco después del Año Nuevo, no hemos tenido más alcalde, y el Granujo se hizo llamar Jefe de los Oficiales de la Comarca, o Jefe a secas, y hacía lo que le daba la gana; y si a alguien «se le subían los humos», como ellos decían, corría la misma suerte de Will. Y así las cosas iban de mal en peor. No había hierba de pipa para nadie, excepto para los hombres del Jefe; y como el Jefe no soportaba la cerveza, a menos que la bebieran sus hombres, cerró todas las tabernas; y todo, menos las Normas, escaseaba a más y mejor; a menos que uno consiguiera esconder algo, cuando los rufianes iban de granja en granja recolectando «para un reparto equitativo»; lo cual significaba que ellos se quedaban con todo y nosotros con nada, salvo las sobras que acaso te dieran en las Casas de los Oficiales, si las podías tragar. Todo lo peor. Pero desde que llegó Zarquino, ha sido una verdadera calamidad.

—¿Quién es ese Zarquino? —preguntó Merry—. Se lo oí nombrar a uno de los rufianes.

—El rufián más rufián de toda la pandilla, no le quepa la menor duda —respondió Coto—. Fue en la época de la última cosecha, hacia fines de septiembre, cuando oímos hablar de él por primera vez. No lo hemos visto nunca, pero está allá arriba, en Bolsón Cerrado; y ahora él es el verdadero Jefe, supongo. Todos los bandidos hacen lo que él dice; y lo que él dice es mayormente: hachar, quemar, destruir; y ahora han empezado a matar. Y ya ni siquiera con algún propósito, por malo que sea. Voltean los árboles y los dejan tirados allí, y queman las casas y no construyen otras.

»La historia del Molino de Arenas, por ejemplo. Granujo lo hizo demoler no bien se instaló en Bolsón Cerrado. Luego trajo una pandilla de hombres sucios y malcarados para que construyesen uno más grande; y lo llenaron de bote en bote de ruedas y otros adminículos

estrafalarios. El único que estaba contento con todo esto era el imbécil de Ted, y allí trabaja ahora, limpiando las ruedas para complacer a los hombres, se da cuenta, allí donde el padre de él era el molinero y el dueño y señor. La idea de Granujo era moler más y más rápido, o eso decía. Tiene otros molinos semej antes. Pero para moler se necesita grano; y para el molino nuevo no había más grano que para el viejo. Pero desde que llegó Zarquino ya ni siquiera muelen. No hacen más que martillar y martillar, y echan un humo y un olor... Ya no hay más tranquilidad en Hobbiton, ni siquiera de noche. Y tiran inmundicias adrede; han infestado todo el curso inferior del Elagua, y ya empiezan a bajar al Brandivino. Si lo que se proponen es convertir la Comarca en un desierto, no podían haber buscado un camino mejor. Yo no creo que el tonto del Granujo esté detrás de todo. Para mí, que es Zarquino.

—¡Claro que sí! —interrumpió Tom el joven—. Si hasta a la propia madre del Granujo se la llevaron, a esa vieja Lobelia, y aunque nadie la podía ver ni en pintura, él al menos la quería. Alguna gente de Hobbiton estaba allí y vio lo que pasó. Ella viene bajando por el camino con su viejo paraguas. Unos cuantos bandidos van en sentido contrario con un carro.

»"¿Se puede saber a dónde van?", ella dice.

»"A Bolsón Cerrado", ellos dicen.

»"¿A hacer qué?", ella dice.

»"A construir barracones para Zarquino", ellos dicen.

»"¿Con el permiso de quién?", ella dice.

»"De Zarquino", ellos dicen. "¡Así que quítate del medio, vieja bruja!"

»"¡Zarquino les voy a dar yo, ladrones sucios, rufianes!", ella dice, y arriba con el paraguas contra el Jefe, casi el doble de altura. Y se la llevaron. A la rastra hasta las celdas, y a su edad. Se han llevado a otros a quienes en verdad echamos de menos, claro, pero no es posible negarlo: ella mostró más coraje que muchos.

En medio de esta conversación entró Sam como una tromba acompañado por el Tío. El viejo Gamyi no parecía muy envejecido, pero estaba un poco más sordo.

— ¡Buenas noches, señor Bolsón! —dijo—.Me alegro de veras de verlo de vuelta sano y salvo. Pero tenemos una cuentita pendiente, como quien dice, usted y yo, si me permite el atrevimiento. No tenía que haber vendido Bolsón Cerrado, siempre lo he dicho. Ahí empezaron todas las calamidades. Y mientras usted andaba medoreando por ahí en países extraños, a la caza de Hombres Negros allá arriba en las montañas por lo que me dice mi Sam, si bien no aclara para qué, vinieron y socavaron Bolsón de Tirada, y estropearon todas mis patatas.

—Lo siento mucho, señor Gamyi —dijo Frodo—. Pero ahora estoy de vuelta y haré cuanto pueda por reparar los errores.

—Bien, eso sí que es decir las cosas bien —dijo el Tío—. El señor Frodo Bolsón es un verdadero gentilhobbit, siempre lo he dicho, piense lo que piense de otros que llevan el mismo nombre, con el perdón de usted. Y espero que mi Sam se haya comportado bien y satisfactoriamente.

—Más que satisfactoriamente, señor Gamyi —dijo Frodo—. En verdad, si usted puede creerlo, es ahora una de las personas más famosas en todas las tierras, y se están componiendo canciones que narran sus hazañas desde aquí hasta el Mar y más allá del Río Grande. —Sam se ruborizó, pero le echó a Frodo una mirada de gratitud, porque a Rosita le brillaban los ojos y le sonreía.

—Cuesta un poco creerlo —dijo el Tío— aunque puedo ver que ha frecuentado extrañas compañías. ¿Qué pasó con la ropa de antes? Porque toda esa ferretería, por muy durable que sea, no me gusta nada.

A la mañana siguiente la familia Coto y todos sus huéspedes estuvieron en pie a primera hora. Durante la noche no hubo novedades, pero era evidente que no tardarían en presentarse otros problemas.

—Al parecer, allá arriba, en Bolsón Cerrado, no queda un solo rufián

—dijo Coto—; pero la pandilla de El Cruce aparecerá de un momento a otro.

Después del desayuno llegó un mensajero, que había venido cabalgando desde Alforzada. Estaba de muy buen humor.

—El Thain ha sublevado toda la campiña —dijo—, y la noticia corre como fuego en todas direcciones. Los bandidos que vigilaban nuestras tierras, los que escaparon con vida, han huido hacia el sur. Y el Thain ha salido a perseguirlos, manteniendo a raya al grueso de la banda; pero ha enviado de regreso al señor Peregrin con toda la gente de que pudo prescindir.

La noticia siguiente fue menos favorable. Merry, que había pasado la noche afuera, llegó al galope a eso de las diez.

—Hay una banda numerosa a unas cuatro millas de distancia — dijo—. Vienen desde El Cruce, pero muchos de los fugitivos se han unido a ellos. Son casi un centenar, e incendian todo lo que encuentran. ¡Malditos sean!

—¡Ah! Estos no se van a detener a conversar, matarán, si pueden

—dijo el granjero Coto—. Si los Tuk no llegan antes, lo mejor será que nos pongamos a cubierto y ataquemos sin discutir. Habrá un poco de lucha antes que se arregle todo esto, señor Frodo, es inevitable.

Pero los Tuk llegaron antes. Aparecieron al poco rato, un centenar, y venían en formación, desde Alforzaburgo y las Colinas Verdes con Pippin a la cabeza. Merry contaba ya con una hobbitería fornida y lo

bastante numerosa como para enfrentar a los bandidos. Los batidores informaron que la pandilla se mantenía unida. Sabían que la población rural en pleno se había sublevado, y no cabía duda de que venían decididos a sofocar sin miramientos el foco mismo de la rebelión, en Delagua. Pero por crueles y despiadados que fueran, no había entre ellos un jefe experto en las artes de la guerra, y avanzaban sin tomar precauciones. Merry elaboró rápidamente sus planes.

Los bandidos llegaron pisoteando ruidosamente por el Camino del Este, y sin detenerse tomaron el Camino de Delagua, que por un trecho trepaba entre barrancas altas coronadas de setos bajos. Al doblar un recodo, a unas doscientas yardas del camino principal, se toparon con una poderosa barricada levantada con viejos carretones puestos boca abajo. Tuvieron que detenerse. En el mismo momento se dieron cuenta de que los setos que flanqueaban el camino por ambos lados estaban atestados de hobbits. Y detrás de ellos, varios hobbits empujaban otros carretones que habían mantenido ocultos en un campo, cerrándoles de este modo la salida. Una voz habló desde lo alto:

—Y bien, han caído en una trampa —dijo Merry—. Lo mismo les sucedió a los bandidos de Hobbiton, y uno ha muerto y los restantes están prisioneros. ¡Depongan las armas! Luego retrocederán veinte pasos y se sentarán en el suelo. Cualquiera que intente escapar será hombre muerto.

Pero los rufianes no iban a dejarse amilanar con tanta facilidad. Unos pocos obedecieron, aunque azuzados por los insultos de sus compañeros, reaccionaron inmediatamente. Una veintena, o más, intentó escapar abalanzándose contra las carretas. Seis cayeron muertos, pero los restantes lograron huir, matando a dos hobbits, y luego se dispersaron campo traviesa en dirección al Bosque Cerrado. Otros dos cayeron mientras corrían. Merry lanzó un potente toque de cuerno y otros le respondieron a la distancia.

—No irán muy lejos —dijo Pippin—. Todos estos campos están llenos de cazadores hobbits.

Atrás, los hombres atrapados en el sendero trataban de escalar la barricada y las barrancas, y los hobbits tuvieron que matar a unos cuantos, con las flechas o con las hachas. Pero algunos de los más vigorosos y más encarnizados consiguieron salir por el oeste, y más decididos ahora a matar que a escapar, atacaron ferozmente. Varios hobbits cayeron, y los restantes empezaban a flaquear, cuando Merry y Pippin, que se encontraban en el flanco este, irrumpieron de improviso y se lanzaron contra los rufianes. Merry mató con sus propias manos al cabecilla, un bruto corpulento de mirada torcida que parecía un orco gigantesco. Luego replegó sus fuerzas, encerran

do a los últimos remanentes de la pandilla en un amplio círculo de arqueros.

Al fin la batalla terminó. Casi setenta bandidos yacían sin vida en el campo y doce habían sido tomados prisioneros. Entre los hobbits hubo diecinueve muertos y unos treinta heridos. A los rufianes muertos los cargaron en carretones, los transportaron hasta un antiguo arenal de las cercanías, y los enterraron: el Arenal de la Batalla, lo llamaron desde entonces. Los hobbits caídos fueron sepultados todos juntos en una tumba en la ladera de la colina, donde más tarde levantarían una gran lápida rodeada de jardines. Así concluyó la Batalla de Delagua, 1419, la última librada en la Comarca, y la única desde la Batalla de los Campos Verdes, 1147, en la lejana Cuaderna del Norte. Por consiguiente, aunque por fortuna costó pocas vidas, hay un capítulo dedicado a ella en el Libro Rojo, y los nombres de todos los participantes fueron inscritos en una Lista y aprendidos de memoria por los historiadores de la Comarca. De esa época viene el considerable incremento de la fama y la fortuna de los Coto; pero a la cabeza de la Lista figuran en todas las versiones los nombres de los Capitanes Meriadoc y Peregrin.

Frodo había estado presente en la batalla, pero no había desenvainado la espada, preocupado sobre todo en impedir que los hobbits, exacerbados por las pérdidas, matasen a aquellos adversarios que ya habían depuesto las armas. Una vez la batalla concluida, y encomendadas las tareas que seguirían, Merry y Sam se reunieron con él, y cabalgaron de regreso en compañía de los Coto. Comieron un almuerzo tardío, y entonces Frodo dijo con un suspiro:

—Bueno, supongo que es hora de que nos ocupemos del «Jefe».

—Sí, y cuanto antes mejor —dijo Merry—. ¡Y no seas demasiado blando! El es el responsable de haber traído a la Comarca a esos rufianes, y de todos los males que han causado.

El granjero Coto reunió una escolta de unas dos docenas de hobbits fornidos.

—Porque eso de que no quedan más rufianes en Bolsón Cerrado es una mera suposición —dijo—. No sabemos.

Se pusieron en camino, a pie. Frodo, Sam, Merry y Pippin encabezaban la marcha.

Fue una de las horas más tristes en la vida de los hobbits. Allí, delante de ellos, se erguía la gran chimenea; y a medida que se acercaban a la vieja aldea en la margen opuesta del Delagua, entre la doble hilera de sórdidas casas nuevas que flanqueaban el camino, veían el nuevo molino en toda su hostil y sucia fealdad: una gran construcción de ladrillos a horcajadas sobre las dos orillas del río, cuyas aguas emponzoñaba con efluvios humeantes y pestilentes. Y a lo largo del camino, todos los árboles habían sido talados.

Un nudo se les cerró en la garganta cuando atravesaron el puente y miraron hacia la colina. Ni aun la visión de Sam en el Espejo los había preparado para ese momento. La vieja alquería de la orilla occidental había sido demolida y reemplazada por hileras de cobertizos alquitranados. Todos los castaños habían desaparecido. Las barrancas y los setos estaban destrozados. Grandes carretones inundaban en desorden un campo castigado y arrasado. Bolsón de Tirada era una bostezante cantera de arena y piedra triturada. Más arriba, Bolsón Cerrado se ocultaba detrás de unas barracas.

— ¡Lo han derribado! —gritó Sam—. ¡Han derribado el Árbol de la Fiesta! —Señaló el lugar donde se había alzado el árbol a cuya sombra Bilbo había pronunciado el Discurso de Despedida. Yacía seco en medio del campo. Como si aquello fuera la gota que colmaba el cáliz, Sam se echó a llorar.

Una risa acabó con las lágrimas. Un hobbit de expresión hosca holgazaneaba recostado contra el muro del patio del molino.

—¿No te gusta, Sam? —dijo, burlón—. Pero tú siempre fuiste un corazón tierno. Creía que te habías ido en uno de esos barcos de los que tanto hablabas, a navegar, a navegar. ¿A qué has vuelto? Ahora tenemos mucho que hacer en la Comarca.

—Ya lo veo —dijo Sam—. No hay tiempo para lavarse, pero sí para sostener paredes. Escuche, señor Arenas, yo tengo una cuenta que ajustar en esta aldea, y no venga a alargarla con burlas, o le resultará demasiado salada para su bolsillo.

Ted Arenas escupió por encima del muro.

—¡Garn! —dijo—. No puedes tocarme. Soy amigo del Jefe. Pero él te tocará a ti, te lo aseguro, si te atreves a abrir la boca otra vez.

— ¡No pierdas más tiempo con ese tonto, Sam! —dijo Frodo—. Espero que no sean muchos los hobbits que se han convertido en esto. Sería una desgracia mucho mayor que todos los males que han causado los hombres.

—Eres un sucio y un insolente, Arenas —dijo Merry—. Y tus cálculos te han fallado. Justamente subíamos a la colina a desalojar a tu adorado Jefe. De sus hombres, ya hemos dado cuenta.

Ted abrió la boca para responder, y quedó boquiabierto, porque acababa de ver la escolta que a una señal de Merry avanzaba por el puente. Entró como una flecha en el molino, y volvió a salir; traía un cuerno y lo sopló con fuerza.

— ¡Ahórrate el aliento! —dijo Merry riendo. Yo tengo uno mejor. —Y levantando el cuerno de plata lanzó una llamada clara que resonó más allá de la colina; y de las cavernas y las cabanas y las deterioradas casas de Hobbiton, los hobbits respondieron y se volcaron por los caminos, y entre vivas y aclamaciones alcanzaron a la comitiva y siguieron detrás de ella rumbo a Bolsón Cerrado.

En lo alto del sendero todos se detuvieron, y Frodo y sus amigos

siguieron solos: por fin llegaban a aquel lugar en un tiempo tan querido. En el jardín se apretaban las cabanas y cobertizos, algunos tan cercanos a las antiguas ventanas del lado oeste que no dejaban pasar un solo rayo de luz. Por todas partes había pilas de inmundicias. La puerta estaba cubierta de grietas y de cicatrices; la cadena de la campanilla se bamboleaba, suelta, y la campanilla no sonaba. Golpearon, pero no hubo respuesta. Por último empujaron, y la puerta cedió. Entraron. La casa apestaba, había suciedad y desorden por doquier, como si hiciera algún tiempo que nadie vivía en ella.

—¿Dónde se habrá escondido ese miserable de Otho? —dijo Merry. Habían buscado en todas las habitaciones, sin encontrar a ninguna criatura viviente, excepto ratas y ratones.— ¿Les pedimos a los otros que registren las barracas?

— ¡Esto es peor que Mordor! dijo Sam—. Mucho peor, en un sentido. Duele en carne viva, como quien dice; pues es parte de nosotros y la recordamos como era antes.

—Sí, esto es Mordor —dijo Frodo—. Una de sus obras. Saruman creía estar trabajando para él mismo, pero en realidad no hacía más que servir a Mordor. Y lo mismo hacían aquellos a quienes Saruman engañó, como Otho.

Merry echó en torno una mirada de consternación y repugnancia.

—¡Salgamos de aquí! dijo—. De haber sabido todo el mal que ha causado, le habría cerrado el gaznate con mi tabaquera.

—¡No lo dudo, no lo dudo! Pero no lo hiciste, de modo que ahora puedo darte la bienvenida. —De pie, en la puerta, estaba Saruman en persona, bien alimentado y satisfecho de sí mismo. Los ojos le chisporroteaban, divertidos y maliciosos.

La luz se hizo de súbito en la mente de Frodo.

— ¡Zarquino! —exclamó. Saruman se echó a reír.

—De modo que ya has oído mi nombre ¿eh? Así, creo, me llamaban en Isengard todos mis subditos. Una prueba de afecto, sin duda.1 Pero parece que no esperabas verme aquí.

—No por cierto dijo Frodo. Pero podía haberlo imaginado. Un poco de maldad mezquina. Gandalf me advirtió que aún eras capaz de eso.

—Muy capaz dijo Saruman—, y más que de un poco. Me hacéis gracia vosotros, señoritos hobbits, cabalgando por ahí con todos esos grandes personajes, tan seguros y tan pagados de vuestras pequeñas personitas. Creíais haber salido muy airosos de todo esto, y que ahora podíais volver tranquilos a casa, a disfrutar de la paz del campo. La casa

de Saruman podía ser destruida, y él expulsado, pero nadie podía tocar la vuestra. ¡Oh, no! Gandalf iba a cuidar de vuestros asuntos. Saruman volvió a reír.

¡El, justamente! Cuando sus instrumentos dejan de servirle, los deja a un lado. Pero vosotros teníais que seguir pendientes de él, fanfarroneando y perdiendo el tiempo, y volviendo por un camino dos veces más largo que el necesario. Bien, pensé, si son tan estúpidos, llegaré antes y les daré una lección. Una mano lava la otra. La lección habría sido más dura si me hubierais dado un poco más de tiempo y más hombres. De todos modos, pude hacer muchas cosas que os será difícil reparar o deshacer en vuestra vida. Y será un placer para mí pensarlo, y resarcirme así de las injurias que he recibido.

Bueno, si eso te da placer dijo Frodo—, te compadezco. Temo que sólo será un placer en el recuerdo. ¡Márchate de aquí inmediatamente y no vuelvas nunca más!

Los hobbits de la aldea, al ver salir a Saruman de una de las cabanas, se habían amontonado junto a la puerta de Bolsón Cerrado. Cuando oyeron la orden de Frodo, murmuraron con furia:

¡No lo deje ir! ¡Mátelo! Es un malvado y un asesino. ¡Mátelo! Saruman miró el círculo de caras hostiles y sonrió.

¡Mátelo! repitió, burlón—. ¡Matadlo vosotros, si creéis ser bastante numerosos, mis valientes hobbits! Se irguió, y los ojos negros se clavaron en ellos con una mirada sombría. ¡Mas no penséis que al perder todos mis bienes perdí también todo mi poder! Aquel que se atreva a golpearme será maldecido. Y si mi sangre mancha la Comarca, la tierra se marchitará, y nadie jamás podrá curarla.

Los hobbits retrocedieron. Pero Frodo dijo:

¡No lo creáis! Ha perdido todo su poder, menos la voz que aún puede intimidaros y engañaros, si le prestáis atención. Pero no quiero que lo matéis. Es inútil pagar venganza con venganza. ¡Márchate de aquí, Saruman y por el camino más corto!

¡Serpiente! ¡Serpiente! —gritó Saruman; y de una de las cabanas vecinas, arrastrándose como un perro, salió Lengua de Serpiente—. ¡De nuevo a los caminos, Serpiente! dijo Saruman—. Estos delicados amigos y señoritos nos echan otra vez a los caminos. ¡Sigúeme!

Saruman se volvió como si fuera a partir, y Lengua de Serpiente lo siguió, arrastrándose. Pero en el momento en que Saruman pasaba junto a Frodo un puñal le centelleó en la mano, y lanzó una rápida estocada. La hoja rebotó contra la oculta cota de malla, y se quebró, con un golpe seco. Una docena de hobbits, con Sam a la cabeza, se abalanzaron con un grito y derribaron al villano.

— ¡No, Sam! dijo Frodo—. No lo mates, ni aun ahora. No me ha herido. En todo caso, no deseo verlo morir de esta manera inicua. En un tiempo fue grande, de una noble raza, contra la que nunca nos hubiéramos atrevido a levantar las manos. Ha caído, y devolverle la paz

y la salud no está a nuestro alcance; mas yo le perdonaría la vida, con la esperanza de que algún día pueda recobrarlas.

Saruman se levantó y clavó los ojos en Frodo. Tenía una mirada extraña, mezcla de admiración, de respeto y de odio.

—Has crecido, mediano —dijo—. Sí, has crecido mucho. Eres sabio y cruel. Me has privado de la dulzura de mi venganza, y en adelante mi vida será un camino de amargura, sabiendo que la debo a tu clemencia. ¡ La odio tanto como te odio a ti! Bien, me voy, y no te atormentaré más. Mas no esperes de mí que te desee salud y una vida larga. No tendrás ni una ni otra. Pero eso no es obra mía. Yo sólo te lo auguro.

Se alejó, mientras los hobbits se apartaban para que pasase; pero los nudillos les palidecían al apretarlos sobre las armas. Lengua de Serpiente titubeó y luego siguió a su amo.

— ¡Lengua de Serpiente! —llamó Frodo—. No es preciso que lo sigas. Que yo sepa, tú no me has hecho ningún mal. Podrás tener reposo y alimento aquí, por algún tiempo, hasta que estés más fuerte y puedas seguir tu verdadero camino.

Lengua de Serpiente se detuvo y se volvió a mirarlo, casi decidido a quedarse. Saruman dio media vuelta.

—¿Ningún mal? —graznó—. ¡Qué esperanza! Cuando sale de noche furtivamente, es sólo para contemplar las estrellas. Pero ¿no oí preguntar a alguien dónde estaba escondido el pobre Otho? Tú lo sabes ¿no es verdad, Serpiente? ¿Se lo vas a decir?

Lengua de Serpiente se encogió y gimió:

— ¡No, no!

—Entonces, yo se lo diré —dijo Saruman—. Serpiente mató a vuestro Jefe, mis pobres amiguitos, a vuestro buen pequeño patrón. ¿No es verdad, Serpiente? Lo apuñaló mientras dormía, creo. Lo enterró, espero; aunque últimamente Serpiente ha pasado mucha hambre. No, Serpiente no es bueno en realidad. Mejor será que lo dejéis en mis manos.

En los ojos rojos de Lengua de Serpiente apareció una mirada de odio salvaje.

—Tú me dijiste que lo hiciera —siseó. Saruman lanzó una carcajada.

—Y tú haces lo que Zarquino te dice, siempre, ¿verdad, Serpiente? Pues bien, ahora te dice: ¡sigúeme! —Y mientras el otro se arrastraba, le lanzó un puntapié a la cara y echó a andar. Pero algo se quebró en ese instante. Lengua de Serpiente se irguió de pronto y sacó un puñal que llevaba escondido; gruñendo como un perro saltó sobre la espalda de Saruman, y tirándole la cabeza hacia atrás, le hundió la hoja en la garganta; luego, con un aullido, echó a correr sendero abajo. Antes que Frodo pudiera recobrarse ni pronunciar una sola palabra, tres arcos hobbits silbaron en el aire, y Lengua de Serpiente se desplomó sin vida.

Ante el espanto de todos, alrededor del cadáver de Saruman se formó una niebla gris, que subió lentamente a gran altura como el humo de una hoguera, mientras una figura pálida y amortajada asomaba sobre la colina. Vaciló un instante, de cara al poniente; pero una ráfaga de viento sopló desde el oeste, y la figura se dobló, y con un suspiro se deshizo en nada.

Frodo miró el cadáver con horror y piedad, y de pronto le pareció ver en él largos años de muerte; y el rostro marchito se contrajo, y se transformó en jirones de piel sobre una calavera horrenda. Levantando los faldones del manto sucio que se extendía junto al cadáver, Frodo lo cubrió, y se alejó.

Y he aquí el final dijo Sam. Un final horrible, y no desearía haberlo visto; pero es una liberación.

—Y el final definitivo de la guerra, espero —dijo Merry.

—También yo lo espero dijo Frodo suspirando. El golpe definitivo, pero pensar que ha caído aquí, a las puertas mismas de Bolsón Cerrado. En medio de todas mis esperanzas y todos mis temores, jamás imaginé nada semejante.

—Yo no diré que es el fin, hasta que hayamos arreglado este desbarajuste —dijo Sam con aire sombrío. Y eso nos llevará mucho tiempo y trabajo.

 1. Probablemente de origen orco: sharku, El Viejo.


 

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